11 #5
¡Pura utopía…! —Nené Dupré hizo una pausa, pero al cabo de unos instantes añadió—: Lo único que puedo hacer es dejarte a cierta distancia del pozo y preguntarle al tuareg si quiere hablar contigo.
—Me parece una buena idea.
—Pero corres un grave peligro.
—¿Y es?
—Que si por cualquier razón no vuelvo, o vuelvo y no te encuentro, te habrás quedado solo en mitad del Teneré, lo que significaría una muerte segura.
—Difícil me lo pones.
—La decisión es tuya, y tienes que adoptarla pronto porque ese de ahí es el último lugar habitado en el que puedo dejarte.
El austriaco observó con atención el minúsculo grupo de chozas de barro y la media docena de polvorientas palmeras que habían hecho su aparición en la distancia destacando, casi incongruentes, de la impresionante monotonía de la parda llanura pedregosa,
y acabó por lanzar un leve silbido al exclamar:
—No parece gran cosa.
—Nada es gran cosa por aquí.
—¿Y cómo se supone que regresaría a la civilización si me dejases ahí tirado?
El piloto no pudo por menos que observarle de reojo para dedicarle una burlona sonrisa.
—Ése es tu problema, no el mío… —dijo—. Ya he hecho bastante con sacarte del campamento.
—Pero es que eso está en mitad de la nada —protestó su acompañante.
—Lo sé, pero por aquí suelen pasar caravanas de sal que se dirigen al sur. Por unos cuantos francos te llevarán hasta algún lugar más o menos civilizado.
—¡Menudo panorama…!
—Recuerda que eres tú quien se lo ha buscado. ¿Quién te mandó meterte en camisa de once varas?
—Nadie, pero ante todo soy periodista. Y cuando un auténtico periodista se enfrenta a una historia que debe ser contada, su obligación es contarla.
—¡Pues cuéntala, hijo! ¡Cuéntala! Pero no te lamentes si para contarla tienes que pasar tres días en lo alto de un camello rodeado de panes de sal y bajo un sol que raja las piedras.
—Se volvió para mirarle una vez más de reojo e insistir con manifiesta mala fe—.
Aparte de que no sé qué coño quieres contar si nadie te lo va a publicar…
—Alguien lo publicará, puedes estar seguro.
—En ese caso decídete: ¿te quedas aquí, o te dejo más adelante arriesgándote a morir de sed en mitad del desierto?
—Me arriesgo.
Nené Dupré agitó una y otra vez la cabeza con gesto de profundo pesimismo.
—La verdad es que eres mucho más tonto de lo que pareces… —musitó—. ¿No se te ha pasado por la cabeza la idea de que puedo haberme puesto de acuerdo con Fawcett para dejarte abandonado en un lugar en el que no te encontrarían en años?
—Sí que se me ha pasado —reconoció el periodista—. Es lo primero que se me ha pasado…
—¿Entonces?
—No tienes pinta de asesino.
—¿Y qué pinta tienen los asesinos…? —casi se enfureció el francés—.
¿Cuántos asesinos has visto en tu vida, y en qué se les nota que se dedican a matar gente?
Los únicos asesinos con cara de asesinos que conoces son actores de cine que siempre hacen de gángsteres, y que en cuanto aparecen en la pantalla ya sabes que intentan estrangular a la chica…
—Optó por encogerse de hombros como si reconociera su total impotencia—.
Al fin y al cabo se trata de tu vida —sentenció.
El resto del viaje lo hicieron en silencio, limitándose a admirar un paisaje que iba ganando en grandiosidad, puesto que algunas de las doradas dunas casi fosilizadas superaban los doscientos metros de altura con un juego de luces,
sombras y curvas tan pronunciado que en ocasiones semejaban un plácido campo de doncellas gigantes totalmente desnudas.
Cuando al fin dejaron atrás el río de dunas para adentrarse en una extensísima llanura pedregosa, hicieron su aparición en el horizonte las negras siluetas dentadas de una minúscula cadena montañosa,
por lo que Nené Dupré desvió el rumbo hacia el sudoeste y a los pocos minutos indicó un punto oscuro que destacaba a unos diez kilómetros de distancia.
—Allí está el pozo —dijo—. Y aquí te quedas tú.
En cuanto comenzaron a descender, tanto el pozo y sus palmeras como las lejanas montañas desaparecieron del campo visual, por lo que el austriaco se alarmó al comprender que iba a quedarse absolutamente solo en mitad de una llanura tan plana como una mesa recalentada por el sol,
y sin el más mínimo horizonte en cualquiera de las direcciones que mirase.
—¡Jesús! —no pudo por menos que exclamar.
—Siempre he odiado tener que decir eso de «te lo advertí»…
—le hizo notar Nené Dupré—. Pero lo cierto es que te lo advertí…
—De la parte posterior del aparato extrajo una pequeña mochila a la que se encontraba sujeta una cantimplora llena de agua—.
Con esto podrás sobrevivir un par de días, pero si por la mañana no he vuelto dirígete hacia donde se pone el sol y en dos o tres horas habrás llegado al pozo.
—¿Es que piensas dejarme aquí toda la noche?
—Nunca se sabe.
—¿Y las fieras?
—¿Fieras? —Se asombró el piloto—. ¿Qué fieras? ¿Realmente crees que existe alguna fiera tan estúpida como para vivir en este lugar?
Hans Scholt dirigió una larga mirada a su alrededor, se percató una vez más de su abrumadora desolación, y acabó por negar con un gesto.
—¡No! La verdad es que no creo que ni la más misógina de las lagartijas se decidiera a vivir aquí… Pero procura volver esta misma tarde.
—Eso ya no depende de mí… ¡Suerte!