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Media hora más tarde, una pequeña caravana se disponía a abandonar el pozo Ajamuk en dirección al norte.
La componían tres camellos montados por Laila, Aisha y Suleiman, otros cuatro cargados con la mayor parte de las pertenencias de la familia, y una cuerda de cautivos cuyos rostros mostraban a las claras el horror que les producía la sola idea de tener que avanzar a pie a través del desierto.
—¿Adónde nos llevan? —inquirió uno de ellos con apenas un hilo de voz.
—A un lugar seguro… —fue la respuesta—. Pero no se preocupe, no somos bandidos. En cuanto se repare el daño que nos han causado volverán a sus casas sanos y salvos.
—Pero es que podemos repararlo aquí y ahora —replicó el pobre hombre—. En el coche guardo cien mil francos para casos de emergencia. Y estoy seguro de que en los otros dos había casi otro tanto. ¡Son suyos, pero no nos obligue a caminar con semejante calor!
—Puede estar seguro de que cuando vuelvan su dinero continuará en el mismo sitio —le hizo notar el targui—. Aquí no sirve más que para encender fuego. Lo que tiene que hacer es rezar para que quien causó tanto quebranto se presente ante mí.
—¿Y si no lo hace?
—Mi hermano los matará.
—¡Que Dios nos ayude! —sollozó el otro.
—Él es siempre el último consuelo…
Cuando el grupo de hombres y bestias hubo desaparecido más allá de las rocas que protegían el campamento del temido harmattan que a menudo soplaba durante varias semanas,
Gacel Sayah tomó asiento al pie de su palmera predilecta y se dispuso a esperar con la paciencia que tan sólo los hombres habituados a la caza en las arenas y las llanuras pedregosas son capaces de desarrollar.
De niño, su padre, el gran inmouchar al que todos llamaban el Cazador le había enseñado a permanecer enterrado durante todo un día sin dejar al descubierto más que la nariz y los ojos, oculto bajo un matojo, a la espera de una gacela, un antílope o un avestruz que tal vez jamás haría su aparición.
El tiempo que tuviera que permanecer bajo un sol abrasador carecía de importancia.
El calor, la sed, los alacranes y las serpientes también.
Lo único que importaba en aquellos momentos era convertirse en piedra, no mover un músculo y evitar que la aguda vista o el fino oído de los habitantes de la llanura les pusiera sobre aviso.
Se hacía necesario permitir que la pieza se fuera aproximando paso a paso y que ramoneara aquí y allá moviéndose a su antojo, puesto que en semejantes soledades una bala era un preciado tesoro que jamás se debía desaprovechar,
y un buen cazador nunca apretaba el gatillo hasta estar absolutamente seguro de que no iba a fallar el tiro.
La paciencia era como una segunda piel en la que los tuaregs se embutían en cuanto tenían uso de razón.
La paciencia era el arma con la que habían logrado sobrevivir allí donde tantos otros pueblos habían perecido, y la paciencia era como un gen añadido a los genes de su raza, tan distinta a otras razas como si en verdad el color de su piel fuera de un azul-añil intenso.
Ahora, sentado allí, contemplando lo poco que quedaba de lo que había sido su hogar, Gacel Sayah demostraba una vez más que para los de su estirpe el tiempo carecía de importancia, ya que pese a que permaneciera muy quieto y como ausente,
su mente se agitaba como las ramas de una acacia bajo un violento vendaval.
Tenía conciencia de que el camino que había elegido resultaría a la larga absolutamente intransitable.
Tenía conciencia de que no podía enfrentarse, sin más armas que su cochambroso fusil y su fuerza de voluntad, a las sorprendentes máquinas que los temidos europeos eran capaces de desarrollar, pero tenía conciencia, también, de que si no se comportaba tal como lo estaba haciendo,
los huesos de su padre se removerían en la tumba y generaciones de sus antepasados le maldecirían por no haber sabido defender el honor del más glorioso de los pueblos: el del Kel-Talgimus.
—Haber nacido en el seno del «Pueblo del Velo» nos hace diferentes del resto del mundo, en lo bueno y en lo malo —le había dicho muchos años atrás su madre cuando le preguntó la razón por la que su padre se había lanzado a la imposible aventura de enfrentarse a un ejército—.
Se nos otorga un gran honor, pero en compensación se nos penaliza con una pesada carga: la de tener que ofrecer incluso la vida por mantener aquellos principios que nos diferencian del resto de los mortales.
Morir por defender a quienes hemos ofrecido nuestra amistad o nuestra protección es tan importante como morir por exterminar a quienes nos ofenden o desprecian.
Cuentan que en las verdes llanuras del paraíso tan sólo existe una montaña y que está reservada a los tuaregs.
Por eso los tuaregs tienen que hacer más méritos que los demás para conseguir sentarse en la cima.
—¿Quién la ha visto?
—Cierra los ojos y la verás.
A menudo, cuando la soledad o la tristeza le invadían, Gacel cerraba los ojos para que su mente volara una vez más a la cima de aquella montaña, en cuya cúspide, sentado junto a su fiel camello R’Orab, su padre disfrutaba, más que ningún otro,
de la proximidad de aquel que había sido capaz de crear al mismo tiempo la aridez del desierto y el esplendor del paraíso.
Nacido en el seno de una nación de héroes, su padre se había hecho famoso por sus heroicidades, y por lo tanto, quien llevara su sangre tenía que dar claras muestras de que esa sangre seguía conservando toda su fuerza.
Llegaron las sombras, cerró la noche, aullaron las hienas y una luna inmensa hizo su aparición en el horizonte.
La luna llena en el desierto nace de un rojo intenso y tan enorme que se diría que está a punto de abrasar la tierra como si en realidad se tratara de un nuevo sol que se ha aproximado en exceso.
Luego, a medida que se eleva disminuye de tamaño y cambia de color pasando en cuestión de minutos del amarillo al azul metálico y más tarde a un blanco luminoso.
A qué se debían dichos cambios de color y por qué extraña razón se empequeñecía cuando estaba en lo más alto para volver a crecer cuando se aproximaba de nuevo al horizonte era un misterio para el que los beduinos jamás habían tenido explicación.
—Sube mucho y se aleja… —aseguraban algunos—. Luego vuelve a descender y se aproxima.
—Es como un inmenso buche de cabra que allá arriba se deshincha porque no encuentra suficiente aire… —aventuraban otros—. Al descender vuelve a encontrarlo.
—Se trata simplemente de un fenómeno óptico —aseguraban los franceses—. Su tamaño y su distancia nunca varían; es el hecho de tener o no la referencia de la línea del horizonte lo que lleva a nuestra mente la falsa impresión de que aumenta o disminuye.
Fuera como fuera, allí estaba, trocando las tétricas tinieblas en hermosa claridad, obligando a las hojas de las palmeras a dar sombra una vez más, y permitiéndole incluso distinguir la dentada silueta de las montañas en las que los miembros de su corta familia debía haber encontrado ya refugio.
Allí, en aquel complejo laberinto de picachos y barrancas que tantas veces habían recorrido siguiendo el rastro de una cabra salvaje, su difunto hermano Ajamuk había descubierto, por pura casualidad,
la diminuta entrada de una enorme gruta cuyo interior aparecía adornado con infinidad de delicadas pinturas de antílopes y gacelas, y que al parecer llevaban allí miles de años.
Tan alta y espaciosa como la mayor de las mezquitas en que hubieran rezado nunca, oscura y fresca, debió servir de seguro refugio a una numerosa tribu en los lejanos tiempos en los que por aquellos parajes aún corría un caudaloso río que por alguna desconocida razón se cansó de lamer las faldas de
las montañas.
Se fue el agua, murió la tierra, se alejó la caza, emigraron los hombres, y como recuerdo de los hermosos tiempos tan sólo permanecieron la cueva, las pinturas y algunos restos de huesos y cornamentas.
Disimulada tras dos rocas, ni aun los sofisticados instrumentos que tan capaces eran de inventar los europeos conseguirían localizar su entrada, y debido a ello Gacel Sayah alimentaba la remota esperanza de que tal vez tenía una oportunidad de vencer en la desequilibrada guerra que acababa de
declarar a unos enemigos a los que reconocía infinitamente superiores.
Le vino a la mente una frase que en dos ocasiones muy diferentes le había repetido su padre:
«Un tuareg nunca debe luchar contra un enemigo más débil puesto que eso es a todas luces indigno. Tampoco debe luchar contra un igual, a no ser que también sea tuareg, pero en ese caso únicamente la suerte decidirá el resultado, por lo que la victoria carece de mérito.
Eso quiere decir que un auténtico inmouchar tuareg tan sólo debe enfrentarse a quien sea más fuerte que él con el fin de que pueda sentirse justamente orgulloso de su triunfo.»
Pese a que aquella simple frase mostrara a las claras hasta qué punto los imohag se sentían superiores al resto de los hombres, Gacel Sayah había vivido durante suficiente tiempo en una gran ciudad como para saber que cuanto le dijera su padre podría aplicarse a una época en la que se luchaba en el
desierto y espada en mano, pero no cuando gigantescos misiles surcaban el cielo y veloces tanques atravesaban los campos.
Durante su estancia en aquella horrenda ciudad había vagabundeado por muy diversas calles, y había pasado largas horas plantado frente a muy diversos escaparates en los que infinidad de pantallas de televisión mostraban sorprendentes imágenes de lugares y gentes de los que jamás sospechó siquiera
la existencia.
Había asistido incluso a la retransmisión en directo de una feroz guerra en el desierto, y había podido asombrarse ante la eficacia con que los proyectiles destruían sus objetivos en plena noche.
¿Qué se podía hacer frente a eso cuando no se contaba más que con un herrumbroso Mauser heredado de su abuelo y para el que no le quedaban más que un puñado de balas?
¿Qué se podía hacer cuando el más veloz y resistente de sus camellos tan sólo podía recorrer en un día la centésima parte de camino que recorría sin fatigarse uno de aquellos pestilentes vehículos?
Giró el rostro hacia los tres pesados todoterrenos cubiertos de polvo pero cuyos cristales devolvían multiplicado el reflejo de la luna, para detenerse a comparar el grosor de sus gigantescas ruedas con la fragilidad de las patas de su «mehari» predilecto.
No pudo evitar que se le escapara una leve sonrisa, como si en realidad estuviera riéndose de sí mismo, ya que se le antojaba que la suya era la tragicómica historia de la hormiga que intentaba violar a un elefante.
¿Adónde pretendía llegar?
¿En qué demonios estaba pensando cuando se le ocurrió la peregrina idea de desafiar a quienes podían permitirse el lujo de despilfarrar tanto dinero y tanto esfuerzo en un empeño tan ridículo como atravesar África de lado a lado por el simple capricho de llegar en primer lugar a El Cairo?
La luna estaba en lo alto, justo sobre su cabeza y más pequeña que nunca cuando cerró los ojos, pero rozaba ya de nuevo el horizonte, ahora más grande, cuando la risa de una hiena le despertó.
Calculó el tiempo que faltaba para el amanecer, y calculó también el tiempo que faltaría a los suyos para alcanzar la entrada de la que tiempo atrás habían bautizado como «La Cueva de las Gacelas».
El nuevo día sería sin duda un día muy duro.
El alba comenzaba a anunciar su presencia por levante cuando se puso pesadamente en pie, se encaminó a un grupo de matojos que crecían en el borde mismo de la viaja sekia, y súbitamente desapareció.
Fue como si se lo hubiera tragado la tierra, y de hecho así era.
Allí, perfectamente disimulado entre los arbustos, sus hermanos y él habían cavado un seguro refugio capaz para una docena de personas en el que en caso de peligro podían ocultarse las mujeres y los niños.
Era ésa una vieja costumbre beduina nacida de la necesidad de proteger a los más débiles en una época en la que los enfrentamientos tribales y los asaltos de los bandidos solían estar a la orden del día.
«La Madriguera del Fenec» se le llamaba, puesto que su configuración copiaba punto por punto el escondite de los pequeños zorros del desierto, con una entrada muy angosta, un amplio espacio interior a gran profundidad,
y una salida de emergencia que tan sólo podía terminarse desde dentro y siempre en el último momento.
Una vez cerrada resultaba imposible localizarla, pero una angosta mirilla permitía atisbar cuanto ocurría en el exterior.
El calor resultaba agobiante y el aire casi irrespirable, pero eso era algo a lo que un saharaui estaba acostumbrado desde niño.
Se sentó a esperar.
Una vez más la paciencia se adueñó de su ánimo.
El sol alumbró la inquietante desolación del campamento.
Pasaron, sin prisas, largas horas.
El calor iba en aumento.
Al fin percibió un lejano zumbido.