Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 4 #3
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Veinte minutos más tarde, y acomodados en el interior de la única jaima que aún no había sido desmontada, los dos desconcertados «prisioneros» contemplaban a sus captores como si en verdad se tratara de seres de otra galaxia.

—¿Y nosotros qué tenemos que ver con todo eso? —inquirió al fin el que parecía llevar la voz cantante—. Ni siquiera conocemos a ese tal Marc, y no nos pueden culpar de haber envenenado su pozo cuando aún nos encontrábamos a cincuenta kilómetros de aquí.

—Y no les culpo —le hizo notar con toda naturalidad Gacel, que había tomado asiento frente a ellos—. Si les culpara ya estarían muertos.

—¿Entonces?

—Comprenderán que con nuestros pobres camellos jamás conseguiríamos atrapar al auténtico culpable, que a esas horas ya debe estar cerca de Sidi-Kaufa… Pero hasta que ese malnacido regrese, pida perdón y reciba el castigo que merece, ustedes se quedarán aquí.

—¿Cómo ha dicho?

—Que serán nuestros huéspedes, hasta que el culpable regrese.

—¿Huéspedes o rehenes?

—Llámelo como quiera.

—¡Pero esto es una locura! —protestó el copiloto que al parecer no entendía demasiado bien el francés y hacía un notable esfuerzo con el fin de captar el sentido de cuanto se estaba diciendo—. ¡Una auténtica locura!

—La auténtica locura estriba en correr como posesos a través de los pedregales y las dunas, sin respetar la propia vida ni la de cuantos encuentran en su camino.

Locura es robar y envenenar un agua sin la que estamos condenados a morir, o amenazar con un arma a quien te ha recibido con los brazos abiertos.

Y si ha aceptado tomar parte en semejante estupidez, debe aceptar que en un momento determinado su estupidez les arrastre.

—Pero ¿qué piensa conseguir secuestrándonos? —quiso saber el otro—. Dudo que un cabrón capaz de hacer lo que ha hecho reconozca su error y acepte volver a pedir perdón.

—En ese caso lo sentiré por ustedes.

—¿Quiere decir que está dispuesto a matarnos?

—Ése es el fin que aguarda a los rehenes cuando no se cumplen las exigencias de quienes les retienen, y…

—Viene otro coche.

Gacel se volvió a su hermano que era quien le había interrumpido, y que permanecía en pie junto a la entrada, limitándose a hacer un leve gesto de asentimiento al señalar:

—Esto parece haberse convertido en un zoco… ¿Cuántos crees que necesitaremos?

—Cuantos más mejor.

—Con cinco o seis bastará. Demasiados nos causarían problemas.

A media tarde, cuando los termómetros se aproximaban a los cincuenta grados y el aire se volvía casi irrespirable, siete sudorosos cautivos, uno de los cuales había llegado a bordo de una motocicleta, se apretujaban en el fondo de la enorme tienda de pelo de camello.

Las dos mujeres se habían preocupado de recoger el agua que quedaba en los vehículos, así como todas las provisiones disponibles, y comenzaba a atardecer cuando ya los animales aparecían cargados y listos para ponerse en marcha.

Gacel se acuclilló frente al motorista, un austriaco taciturno que hablaba un francés deleznable pero que parecía entenderlo a la perfección, para apuntarle directamente con el dedo:

—Vas a regresar por donde has venido —le dijo—.

Y te ocuparás de detener a todos los que intenten aproximarse.

Explícales la situación; que entiendan que a tus compañeros los voy a enviar a un lugar en el que jamás podrán encontrarlos.

Yo me quedaré aquí esperando, y hasta que ése al que llaman Marc, no se presente ante mí, estos seis permanecerán en poder de mi familia… ¿Has comprendido?

—Perfectamente.

—¿Alguna duda?

—Sólo una. ¿Piensa matarlos?

—Si no queda otro remedio, sí.

—¿Por un poco de agua?

—¿Tienes sed?

—Mucha.

—Pues si te dejara aquí y nadie viniera a buscarte, mañana matarías a tu madre por un poco de agua… —Extrajo de la funda la afilada gumía que siempre llevaba a la cintura y cortó con ella las gruesas correas que le maniataban—. ¡Y ahora vete! —dijo.

—¿Puedo beber algo?

—No.

—¡Pero es que estoy casi deshidratado!

—Eso te permitirá comprender mejor nuestra situación, y hasta qué punto tu amigo ha cometido un delito imperdonable.

—¡No es mi amigo! —protestó ruidosamente el otro—. Jamás lo he visto.

—Un grave error por tu parte… —sentenció el imohag—. Lanzarte a la aventura de atravesar un continente sin saber qué clase de gente viaja contigo te puede conducir a situaciones como ésta… ¿Te vas ya o mando a otro?

—¡Me voy, me voy…! —se apresuró a replicar el austriaco, pero casi de inmediato se volvió al resto de los cautivos—. ¡Tranquilos! —dijo—. En un par de días todo se habrá solucionado.

—Procura que así sea. Y por favor, que avisen a nuestras familias.

—Me ocuparé de ello… —Lanzó un reniego—. ¡La puta que parió a ese cabrón! ¡Mira que la que ha organizado!

Trepó a su frágil máquina aún maldiciendo, la puso en marcha y a los pocos instantes volaba por la llanura siguiendo lo que comenzaba ya a ser un camino casi perfectamente delimitado.

Gacel y Suleiman le estuvieron observando largo rato, y al fin el segundo señaló:

—Será mejor que nos pongamos en marcha. Quiero estar en la cueva antes de que amanezca porque si aparece uno de esos aviones nos localizará fácilmente.

—Ten cuidado en las montañas.

—Sabes que lo tendré.