6
Llegaba del sudeste, pero por más que aguzó la vista no advirtió la presencia de vehículos ni de nubes de polvo.
Por último comprendió que lo que se aproximaba era un helicóptero de mediano tamaño que se mantuvo durante unos cuantos minutos justo sobre la vertical del pozo.
Al poco fue a posarse a unos cien metros de distancia y de él descendieron dos hombres, mientras que un tercero permanecía sentado ante los mandos.
Los que se habían apeado no eran militares.
Ni policías, ni militares, y al menos uno de ellos, rubio y delgado, no podía ocultar su procedencia europea.
El otro, cetrino y de cabello rizado, podía muy bien ser norteafricano.
Estudió atentamente sus gestos, observó cómo se aproximaban a comprobar que no había nadie en los coches, cómo se asomaban más tarde al pozo, y cómo acababan por extraer agua para olerla y probarla mojando la punta de un dedo al tiempo que hacían un gesto de desagrado.
El moreno lanzó un reniego y comenzó a hablar agitadamente.
Luego se dirigieron a la mayor de las jaimas para desaparecer en su interior.
Gacel se cercioró de que el piloto no estaba mirando hacia donde él se encontraba, se deslizó fuera de su escondite y corrió para buscar un ángulo desde el que tampoco pudiera verle.
Trazó un amplio rodeo por detrás de la tumba de Ajamuk, se aproximó por la cola del helicóptero y tras cubrirse el rostro con el velo abrió la portezuela y ordenó secamente:
—¡Baja!
El pobre hombre dio un respingo, pero obedeció sin rechistar y sin demostrar temor alguno:
—Aselam aleikum! —saludó.
—Metulem metulem! —replicó Gacel prefiriendo utilizar como siempre el saludo targui al tiempo que indicaba hacia la jaima—. ¿Quiénes son?
—Miembros de la organización del rally. Yo me limito a pilotar este trasto.
—¿Van armados?
—¿Armados? —repitió el otro con sincera sorpresa—. ¡En absoluto! ¿A quién se le ocurriría entrar armado en un campamento tuareg?
—A uno de los suyos se le ocurrió.
—Imbéciles hay en todas partes. Y en esta carrera más que en ninguna otra.
Avanzaron en dirección al pozo y cuando se encontraban a menos de diez metros de la entrada los dos recién llegados hicieron su aparición en la puerta de la tienda de pelo de camello, e inmediatamente abrieron las manos como para dejar muy claro que venían en son de paz.
—Aselam aleikum! —exclamó en árabe el más moreno—. Respetuosamente solicitamos tu hospitalidad.
—Concedida está si habéis acudido en son de paz.
—En son de paz acudimos —aseguró el rubio en un exquisito francés—. Me llamo Yves Clos, y éstos son los señores Amed Habaja y Nené Dupré. Lo único que pretendemos es solucionar cuanto antes este desagradable incidente.
—En ese caso será mejor que nos sentemos dentro. ¿Tienen agua?
—¡Naturalmente!
—¡Tráiganla!
El rubio, que demostraba ser desde el primer momento el jefe del grupo, hizo un leve gesto al piloto que corrió hacia al helicóptero, pero que una vez en la puerta se volvió para gritar:
—¿Llevo también café?
Gacel asintió y al poco el hombre regresó con una cantimplora, un termo y varios vasos de plástico.
Tomaron asiento en el interior de la jaima, los extranjeros en el fondo y el targui frente a ellos con el arma sobre las rodillas, y se observaron como si cada uno de ellos esperara que fuera el otro quien iniciara la conversación.
—¿Y bien? —se decidió al fin Yves Clos—. ¿Qué es lo que pretende reteniendo a esos hombres?
—Que se haga justicia.
—Lo entiendo y me parece lógico, aunque no me parezca correcta la forma de conseguirlo. El secuestro es un delito muy grave.
—¿Tan grave como amenazar con un arma a gente de paz en su propia casa y envenenar el único pozo que existe en la región?
—No lo sé, pero quiero suponer que igual de grave.
—¿Qué le hubiera ocurrido a mi familia si esos coches no aparecen? Nuestras posibilidades de llegar con vida al pozo más cercano eran muy escasas.
—Lo imagino, y me congratulo de que no les haya sucedido nada, pero esos a los que han retenido no tienen culpa de lo ocurrido.
—Lo sé, y por ello tienen mi palabra que si se cumplen mis condiciones no sufrirán el más mínimo daño.
—¿Y cuáles son esas condiciones?
—Únicamente tres.
—¿A saber…?
—La primera que vacíen el pozo, lo limpien y lo llenen de agua hasta los bordes.
—No hay problema. ¿La segunda?
—Que ni coches ni motos vuelvan a pasar nunca por aquí.
—Tampoco veo problemas a eso. ¿Y la tercera?
—Que me traigan a los culpables para que pueda aplicarles la ley tuareg.
—¿Y qué dicta esa ley?
—Que a uno de ellos, el que no quería tomar parte, pero se comportó como un cobarde, se le propinen treinta latigazos.
—¡Dios bendito! ¡Qué barbaridad!
—Es la ley.
—¿Y qué le harán al otro?
—Recibirá cincuenta latigazos por envenenar el agua y se le cortará la mano derecha por haber amenazado con un arma a quienes les habían recibido pacíficamente.
—¡Cortarle la mano derecha! —se escandalizó el rubio que no pudo evitar volverse a sus compañeros que mostraban idéntico horror—. ¿Se da cuenta de lo que está pidiendo?
—Tan sólo estoy pidiendo que se cumpla la ley.
—Pero ésa es una ley de salvajes.
—Salvaje es quien no respeta el hogar ajeno y quien antepone una estúpida prueba deportiva a cuatro vidas humanas. ¡«Ése» es un salvaje! Yo tan sólo soy un pacífico tuareg que no se había metido con nadie hasta que ustedes aparecieron por aquí.
Se hizo un largo silencio.
Se diría que una pesada losa había caído de improviso sobre las espaldas de los recién llegados, que probablemente no se esperaban, ni por lo más remoto, semejante demanda.
Por fin tras rascarse nerviosamente la rubia cabellera que le caía casi hasta los ojos, el llamado Yves Clos señaló:
—Entienda que va a resultar prácticamente imposible convencer a ese individuo para que venga hasta aquí con el fin de que le propinen cincuenta latigazos y le corten una mano.
—Me lo imagino.
—¿Entonces?
—Son ustedes los que tienen que resolver este asunto, no yo. Pero de lo que pueden estar seguros es de que si no lo traen jamás volverán a ver a los otros.
—No creo que sea capaz de matar inocentes… —intervino el egipcio Amed Habaja que hasta ese momento apenas había abierto la boca más que para saludar—. Es algo que va contra nuestras creencias. El Corán ordena que…
—Sé muy bien lo que ordena el Corán… —replicó Gacel con acritud—. Aquí no hay mucho que hacer y por lo tanto lo he leído una docena de veces. Pero los tuaregs tenemos leyes muy anteriores a la aparición del Corán, y a ellas me atengo.
—No me parece justo.
—La justicia varía con los lugares, con los tiempos, e incluso con las personas —sentenció su interlocutor—.
Ese canalla no dudó a la hora de abandonar a cuatro seres humanos para que murieran de sed en el desierto, y si no está dispuesto a pagar por ello abandonaré a otros cuatro para que mueran de sed en el desierto.
Y pueden estar seguros de que esas muertes caerán sobre su cabeza, no sobre la mía.
—¡Santo Cielo! —se lamentó Yves Clos—. ¿Es que no sabe lo que significa la compasión?
El inmouchar hizo un amplio gesto con la mano indicando el exterior de su mísero campamento:
—¡Mire a su alrededor! —pidió—. Observe hasta qué extremos nos ha llevado la falta de compasión del mundo que nos rodea, y explíqueme por qué razón debo ser yo, que apenas consigo alimentar a mi familia,
el que debe mostrarse compasivo con alguien que antepone el capricho de llegar el primero en una carrera sin sentido, a la vida de cuatro seres humanos.
—Quiero creer que en esos momentos no tomó conciencia de lo que estaba haciendo.
—Sabía muy bien lo que hacía… —le contradijo el targui—. Lo que ocurre es que para él, nosotros, pobres parias del desierto, apenas éramos algo más que los perros que suelen atropellar a su paso.
—Pero ¿cómo puede decir eso? —se escandalizó Amed Habaja.
—¡Diciéndolo…! ¿Cuánta gente ha muerto desde que iniciaron esos rallies africanos? ¿Conoce la cifra?
—Entre participantes y no participantes unos cuarenta.
—¿Y heridos?
—Lo ignoro. Cientos… Tal vez miles. Eso sí que resulta imposible de calcular.
—¿Entiende lo que le digo? Cuarenta muertos y cientos, o tal vez miles de heridos, para nada…
—Gacel agitó negativamente la cabeza al añadir—: Ya va siendo hora de acabar con esto y creo que ha llegado el momento de que alguien les haga comprender que no se puede ir por el mundo atropellando impunemente a tanto desgraciado.
—La mayoría de los que participan lo hacen de buena fe… —se atrevió a intervenir con cierta timidez el piloto del helicóptero—. Suelen ser gente joven que tan sólo buscan un poco de emoción y aventura.
—¿Emoción y aventura? —repitió el tuareg con un leve gesto de socarronería—.
¡De acuerdo! Ahora esos seis van a saber lo que son auténticas emociones y aventuras.
Van a saber lo que es la sed, el hambre, el miedo, la fatiga y la incertidumbre sobre si van a morir, cuántos van a morir, cómo van a morir y cuándo van a morir.
De nuevo se hizo un largo silencio, porque de nuevo los tres «negociadores» parecían necesitar un tiempo para asimilar el hecho de que dicha negociación parecía abocada al más absoluto de los fracasos, visto que una de las partes se mostraba a todas luces inflexible.
Por último Yves Clos extrajo del bolsillo superior de su sahariana una corta cachimba y la mostró a su huésped:
—¿Le importa que fume? —inquirió—. Me ayuda a pensar.
Gacel Sayah se limitó a encogerse de hombros y el rubio se concentró en la tarea de cargar la pipa al tiempo que mascullaba como si estuviera hablando para sus adentros:
—La cosa está jodida… —comenzó—. Muy jodida, porque a mi modo de ver tanto unos como otros tienen parte de razón.
Incluso ese gilipollas que alega que quiso pagar el agua y únicamente se enfureció cuando comprendió que le estaban discriminando, ya que a los que habían llegado en primer lugar sí que les permitieron utilizarla…
—En esos momentos no podíamos imaginar que por nuestro campamento iban a pasar todos los locos de medio mundo. El agua de un pozo como éste no puede malgastarse estúpidamente.
—Me parece lógico, y por eso entiendo que también tiene razón, del mismo modo que la tienen los que ahora se encuentran retenidos sin haber tomado parte en el incidente…
—Todo eso ya lo ha dicho… —le hizo notar con cierta impaciencia Gacel—. La situación ha estado muy clara desde el primer momento, y lo único que necesito saber es si le cortaré la mano a uno o mataré a cuatro. ¡Decídase de una vez!
Su interlocutor le miró como si no pudiera dar crédito —y en realidad no podía— a lo que estaba oyendo.
—¡Pero cómo pretende que tome una decisión sobre un tema tan delicado!
—explotó—. No soy juez, fiscal, político ni nada por el estilo.
No soy más que el encargado de las relaciones públicas de una organización deportiva, y lo que pretendo es hacerme una idea sobre la auténtica dimensión del problema.
Mi obligación es informar de cuál es la situación exacta a mis superiores y a las autoridades locales.
—¿Y cuánto tiempo le va a llevar?
—Informar muy poco tiempo, pero me temo que tomar decisiones exigirá por lo menos una semana.
—¿Una semana…? —repitió el nómada con una mezcla de burla e incredulidad—.
¿Me está acusando de salvaje cuando piensa tener a esa gente una semana sin beber?
—Hizo un significativo gesto encogiéndose de hombros como si para él aquello careciese de importancia—.
Usted verá lo que hace, pero le garantizo que mi familia no va a compartir la poca agua de que disponemos con alguien que probablemente vivirá muy poco tiempo.
—¿No tienen agua? —se escandalizó el piloto visiblemente impresionado.
—Ya le he dicho que envenenaron el pozo, y la que encontramos en los coches no da para mucho. ¿Tanto les cuesta entender el problema?
—¡Mañana mismo puedo traer el agua que necesiten! —se apresuró a señalar el pobre hombre al que se le advertía más que preocupado—. Incluso esta misma noche si fuese necesario.
Gacel le observó a través de la estrecha rendija que le dejaba el velo que cubría su rostro, se diría que sus ojos sonreían levemente, y por último hizo un leve gesto de asentimiento:
—¡De acuerdo! —admitió—. Me fío de usted. Mañana traiga todo lo que sus amigos puedan necesitar para una semana de cautiverio. ¡Pero venga solo…! —Luego se volvió a Yves Clos—. ¡Una semana! —repitió—. Ése es mi plazo.
—¿Y qué hará luego? —intervino Amed Habaja que daba claras muestras de ser el menos paciente y comprensivo de los tres—.
¿Qué hará una vez que los haya matado? Estamos dispuestos a ofrecerle cuanto quiera para que pueda iniciar una nueva vida con toda su familia en el lugar que elija, y sin embargo se está arriesgando a ir a parar a la cárcel o algo peor.
—Para un auténtico imohag, aceptar una ofensa semejante sería como ir a la cárcel «o algo peor».
—¡Pero bueno…! —fingió escandalizarse el egipcio—.
¡Estamos en el tercer milenio y aún pretende aplicar leyes y costumbres que pertenecen al pasado!
Recuerdo que una vez un tuareg puso en jaque al ejército, depuso a un presidente y mató a otro, pero eso ocurrió hace ya mucho tiempo, y por fortuna el modo de ver las cosas ha cambiado incluso para los de su pueblo.
—Era mi padre.
—¿Cómo ha dicho?
—Que el tuareg al que se refiere, el que derrotó al ejército, liberó al presidente Abdul-el-Kebir y más tarde lo mató por error, era mi padre.