Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 2 #3
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Cuando hombre, cabra y camello se perdieron de vista en la vasta llanura que se abría hacia el sur, tuvo la extraña sensación de que la gran familia que su difunto esposo había llegado a constituir se le estaba derritiendo entre los dedos.

De lo que antaño fuera un poderoso clan temido y respetado en «la árida tierra que sólo sirve para cruzarla», no quedaba ya más que un puñado de miembros que malvivían de un mísero pozo que daba menos agua que leche una vieja cabra.

Una tórrida mañana de finales de verano, un extraño rumor surgió llegando desde el sudoeste, fue creciendo muy poco a poco en intensidad, y al fin una blanca avioneta hizo su aparición en el horizonte para ir a cruzar justamente sobre sus cabezas.

Todos corrieron a observarla, y aunque en la ciudad las habían visto con cierta frecuencia, su presencia allí, tan lejos de todo, no pudo por menos que atemorizarles.

La ruidosa máquina trazó cuatro o cinco círculos cada vez más cerrados, sus ocupantes hicieron varias fotografías y les preguntaron algo que no pudieron entender mientras señalaban insistentemente el brocal del pozo, y por último desaparecieron en la misma dirección que habían traído.

En los días que siguieron no pudieron dejar de hablar de otra cosa que no fuera la inesperada visita que sin lugar a dudas constituía un hito en su pequeña historia tan falta de acontecimientos de auténtica relevancia.

¿A qué se debía, y qué diablos se les había perdido a aquellos hombres tan lejos de todo lugar civilizado?

¿Qué era lo que con tanta insistencia preguntaban?

No se trataba de un avión de guerra, de eso estaban seguros, pero por más que se esforzaron y más vueltas que le dieron, no consiguieron encontrar una explicación razonable al hecho de que un aparato de apariencia tan frágil se hubiese aventurado hasta el corazón mismo del Teneré cuando el

aeropuerto más próximo se encontraba a cientos de kilómetros de distancia.

De tanto en tanto algún gigantesco reactor surcaba el cielo a alturas inconcebibles dejando a su paso una blanca estela, e infinidad de noches escuchaban el rumor de motores y distinguían luces rojas y blancas parpadeando en dirección al norte.

Sabían que se trataba de aviones comerciales que continuamente cruzaban el continente rumbo a Europa, pero siempre los habían considerado casi como pertenecientes a otra galaxia,

puesto que la distancia que los separaba de ellos era sin duda tan difícil de salvar como si en verdad sus pasajeros se encontraran en el mismísimo París.

Sin embargo, aquel pequeño aparato cuyos motores runruneaban como avispas furiosas, y que volaba a tan baja altura que incluso habían podido percatarse de que el piloto lucía una espesa barba entrecana, se convertía de improviso en algo tangible que casi podía tocarse con la mano.

Gracias a su estancia en la ciudad, los Sayah tenían una remota idea de lo que significaban los aventureros empedernidos, los turistas amantes de nuevos horizontes, e incluso los arqueólogos empecinados en encontrar restos de remotos antepasados en los rincones más insólitos,

pero también tenían muy claro, que ni arqueólogos, ni turistas, ni viajeros tenían nada que buscar en el lugar en que se encontraban.

Mucho más al norte, en el Macizo del Tassili existían fastuosos paisajes y podían encontrarse curiosas pinturas rupestres que al parecer apasionaban a los investigadores que llegaban incluso desde América, pero allí, al pie de aquellas peladas rocas cuya cima no superaba los doscientos metros,

no existían atractivos paisajes y nadie más que ellos había descubierto restos de pasadas culturas.

Tampoco resultaba imaginable que los estuvieran buscando después de tantos años, cuando era ya más que probable que su amarga historia hubiese quedado en el olvido,

y por lo tanto llegó un momento en que dejaron de pensar en la avioneta para regresar a lo que consistía su pacífica y en cierto modo monótona existencia.

Hasta que al fin, un tranquilo atardecer idéntico a miles de tranquilos atardeceres, una alta columna de polvo se destacó en el horizonte.

Aisha, que fue la primera en divisarla, acudió de inmediato en busca del mayor de sus hermanos.

—Alguien viene —dijo.

Gacel salió de la jaima y observó, desconcertado, cómo la columna de polvo crecía y se aproximaba con vertiginosa rapidez, hasta que al fin pudo distinguir los contornos del rojo vehículo que se aproximaba a una velocidad endiablada.

—Avisa a Suleiman —rogó al tiempo que penetraba en la vivienda para regresar con dos viejos fusiles en la mano, y en cuanto su hermano llegó a su lado le entregó uno indicándole con un gesto que ocupara un estratégico emplazamiento al otro lado del pozo, justo al pie de la mayor de las palmeras.

Luego, la familia al completo aguardó a que el rugiente vehículo llegara hasta donde se encontraban y se detuviera a unos diez metros de la boca del pozo para que descendieran dos jóvenes totalmente cubiertos de polvo.

—Aselam aleikum! —saludaron.

—Metulem, metulem!

—¡Buenas tardes! —añadieron amablemente en un perfecto francés.

—¡Buenas tardes! —les respondieron de igual modo.

—Venimos en son de paz.

—En son de paz sois recibidos.

—Solicitamos hospitalidad.

—Considérense nuestros huéspedes.

—¿Podemos coger agua?

—¡Naturalmente!