Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 3
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Los recién llegados se aproximaron al pozo, lo observaron, parecieron sorprenderse por su rústico aspecto o su profundidad, pero sin hacer el menor comentario halaron de la vieja cuerda hasta conseguir que la piel de cabra que servía de recipiente hiciera su aparición rezumando por los cuatro

costados.

Pero lo que ocurrió entonces dejó perplejos al resto de los presentes, puesto que en lugar de beber, se dedicaron a lavarse cara y manos, y más tarde comenzaron a limpiar cuidadosamente el parabrisas del vehículo.

—¿Es que no tienen sed? —inquirió al fin Aisha sin poder ocultar su desconcierto.

—¡Oh, no! ¡En absoluto! —replicó el conductor con una leve sonrisa—. Aún nos queda suficiente agua en la nevera… —Reparó en la expresión de cuantos le rodeaban, e inquirió en tono de evidente preocupación—: ¿Es que ocurre algo?

—Aquí el agua es muy escasa… —le hizo notar Gacel sin aparente acritud—. La empleamos únicamente para beber y para regar las plantas.

—Pero nos han asegurado que este pozo cuenta con un caudal muy importante durante todo el año… —señaló el otro al que se le notaba un tanto incómodo.

—¿Y quién puede haberlo dicho? Que yo sepa, nadie más que nosotros lo conoce.

—¿Acaso no es el pozo Sidi-Kaufa?

—No. Éste es el pozo Ajamuk. Sidi-Kaufa queda a cuatro días de marcha, al noroeste.

—¡No es posible!

—Les aseguro que lo es.

Podría creerse que a los recién llegados se les caía de improviso el mundo encima, puesto que la amable sonrisa huyó de sus labios, palidecieron e intercambiaron una mirada que casi cabría considerar de terror.

—¡Dios bendito! —exclamó el que había llevado hasta ese momento la voz cantante—. Nos hemos equivocado de ruta. Pero ¿en qué coño estabas pensando?

—¿Yo? —replicó su copiloto al que costaba dar crédito a lo que estaba oyendo—. ¿De qué demonios hablas? Estamos en el lugar exacto.

—¿A cuatro días de marcha de Sidi-Kaufa…?

El otro no respondió, se introdujo en el vehículo, consultó con suma atención el panel de instrumentos y regresó con un sobado cuaderno de negras tapas en las manos.

—Éstas son las coordenadas, y según el GPS nos encontramos exactamente aquí con un margen de error de menos de un kilómetro. Y de acuerdo con el «Libro de Rutas», esto es Sidi-Kaufa.

—Pues esta buena gente opina otra cosa, y me da la impresión de que llevan viviendo aquí bastante tiempo… ¿O no?

—Unos seis años. Y el pozo lo construimos nosotros.

—¿Te vas enterando? Esto no es el pozo Sidi-Kaufa de los cojones. Es el pozo Ajamuk y pertenece a estos señores.

El copiloto, que había tomado asiento en el pescante del vehículo y observaba una y otra vez el mapa como si lo viera por primera vez, alzó el rostro y sus ojos mostraban la magnitud de su desolación.

—Pues en ese caso es el mapa el que está equivocado… —masculló al fin—. Esas montañas de enfrente no aparecen por ninguna parte y hace una hora deberíamos haber cruzado un campo de dunas que tampoco hemos visto… ¡La madre que los parió! ¡Si serán imbéciles! ¿Qué vamos a hacer ahora?

—No tengo ni la más mínima idea.

—Pronto oscurecerá.

—Ya me había dado cuenta.

—¿Y…?

—¿Qué quieres que te diga? —El atribulado conductor se volvió una vez más a Gacel Sayah para inquirir en tono casi suplicante—: ¿Sabría indicarnos el camino para llegar a Sidi-Kaufa?

El aludido asintió seguro de lo que decía:

—Rodeando aquellas rocas siempre hacia el noroeste, pero si lo intentan de noche se enterrarán hasta el cuello. Por allí siempre sopla viento del norte y las dunas son jóvenes e inestables… Mi consejo es que esperen a que amanezca.

—¡Joder!

—Nos sentiremos muy honrados permitiéndoles dormir en una de nuestras jaimas.

—Lo sé… —admitió su interlocutor esforzándose en sonreír nuevamente—. Conozco bien el sentido de la hospitalidad de los tuaregs… Porque son tuaregs, ¿verdad?

—¡Naturalmente! ¿Qué otra cosa podíamos ser?

—Esquimales no, desde luego… ¡Bien! A mal tiempo buena cara. ¿Qué le vamos a hacer? Perdidos pero contentos… Y a todas éstas aún no nos hemos presentado: me llamo Marcel Charriere, y mi compañero Alain Guitay.

—Ésta es mi madre, y éstos mis hermanos. Todo cuanto tenemos está a su disposición. ¿Tienen hambre?

—De lobo, pero en el coche llevamos siempre provisiones por si se nos presenta una emergencia y me da la impresión de que por estos lugares los supermercados escasean. ¿No se ofenderían si nos permitieran invitarlos? Presumo de ser un excelente cocinero.

—No es la costumbre.

—Tampoco es mi costumbre perderme en mitad del desierto… ¡Por favor…!

Gacel consultó a su madre con la mirada, ésta dudó, pero al fin acabó por encogerse de hombros.

—La verdad es que hace años que no probamos la comida de los franceses. Veamos si es tan buen cocinero como dice…

Marcel Charriere demostró ser, en efecto, un cocinero más que aceptable, y en menos de una hora había preparado una gigantesca fuente de sabrosos espaguetis con salsa picante a los que siguió una generosa ración de muslos de pato a la brasa,

en lo que constituía un auténtico banquete para unos pobres beduinos que llevaban años comiendo siempre lo mismo.

Incluso preparó un magnífico café muy cargado y obsequió a los hombres con auténticos habanos que obligaron a toser al forzudo Suleiman, que cambió de color y tuvo que acabar por apagarlo puesto que comenzaba a marearse.

—¿Y ahora díganme…? —inquirió por fin Gacel Sayah que se había esforzado por mostrarse prudente, pero al que la curiosidad reconcomía—. ¿Adónde se dirigen con tanta prisa por mitad del desierto?

—A El Cairo.

Se hizo un pesado silencio puesto que la incredulidad se había apoderado de todos los presentes exceptuando, naturalmente, los dos franceses.

—¿A El Cairo…? —repitió al fin Aisha casi con un hilo de voz—. Pero ¿El Cairo no es una gran ciudad que está muy lejos, en el extranjero?

—En efecto. Es la capital de Egipto.

—¿Y van en coche hasta allí?

—¡Exactamente!

—Pero eso debe de estar…

—A unos siete mil kilómetros, poco más o menos.

—¡Bromea!

—En absoluto. Hace cinco días que salimos de Mauritania y nos dirigimos directamente a Egipto… En total son poco más de once mil kilómetros de viaje.

—¿Y no les hubiera resultado más cómodo, más barato y más rápido hacerlo en avión?

—¡Naturalmente! Pero es que se trata de un rally.

—¿Un qué…?

—Un rally… Una carrera.

—¿Una carrera…? —repitió ahora como un eco Suleiman—. ¿Qué quiere decir con eso de una carrera?

—Lo que he dicho: una carrera. En estos momentos hay cientos de personas corriendo en coches, motos y camiones en dirección a El Cairo. —Lanzó una columna de humo con gesto de suprema satisfacción—. Y nosotros vamos los primeros.

—Y ¿por qué?

—Porque está claro que los demás vienen detrás.

—No me refiero a eso… —le hizo notar Gacel que era quien había hecho la última pregunta—. Me refiero a por qué corren hacia El Cairo.

Se diría que ahora era Marcel Charriere el desconcertado, ya que tardó en responder y cuando lo hizo se limitó a encogerse de hombros.

—Ya le he dicho que se trata de una carrera deportiva.

—¿Pretende hacerme creer que cientos de personas están atravesando África de lado a lado, tragando polvo y pasando calor, sólo por deporte?

—¡Naturalmente!

—¡Qué estupidez!

—¿Cómo ha dicho?

—¡Perdón! No he pretendido ofenderle, pero es que me cuesta admitir que nadie pueda derrochar su tiempo, su dinero y su energía en un empeño semejante. Ese desierto es muy peligroso.

—Lo sé por experiencia. Mi mejor amigo murió hace tres años cuando su coche se incendió de improviso.

—Dios no nos ha concedido el don de la vida para que nos la juguemos de una forma tan absurda…

—intervino Laila que escuchaba con especial atención cuanto se decía—.

Imagino que del mismo modo que niega la entrada al paraíso a quien le ofende suicidándose, se la impedirá a quien muere en un empeño tan inútil, que no es, a mi modo de ver, más que otra forma de suicidio.

—Tampoco hay que exagerar convirtiendo en pecado una sencilla diversión.

—No se trata de ninguna exageración… —insistió ella sin inmutarse—. Si no hubiéramos construido ese pozo, estarían perdidos, por lo que resulta más que probable que hubieran muerto de sed en mitad de la llanura.

—Si ustedes no hubieran construido ese pozo, los cretinos que dibujaron nuestros mapas hubieran acabado por encontrar y señalar correctamente el de SidiKaufa —puntualizó Alain Guitay que al parecer no era demasiado aficionado a hablar,

pero que ahora se decidía a hacerlo puesto que el tema estaba directamente relacionado con su trabajo—.

Y eso quiere decir que nunca hubiéramos equivocado el rumbo puesto que nuestros instrumentos nos permiten determinar vía satélite y con un margen de error casi inapreciable el punto del mundo en que nos encontramos.

Laila, Aisha, Gacel y Suleiman se miraron.

Resultó evidente que, o no habían entendido lo que el francés acababa de decir pese a que hablaran su idioma con bastante soltura, o se les antojó tan absurdo que decidieron pasarlo por alto.

«El Pueblo del Velo» había pasado casi cien años bajo su dominio colonial, y por lo tanto sus miembros aceptaban sin ningún tipo de reservas que la francesa era una cultura técnicamente muy avanzada, capaz de conseguir que los vehículos avanzaran sin tracción animal, gigantescos aviones volaran,

e incluso que en una pequeña pantalla apareciesen imágenes de hechos que estaban ocurriendo en aquellos mismos instantes muy lejos de allí, pero de ahí a que un instrumento les permitiera saber en qué punto exacto del mundo se encontraban, podía mediar un abismo o tan sólo un pequeño paso,

y eso era algo que no se sentían capaces de dilucidar.

Los momentos que siguieron resultaron por tanto en cierto modo incómodos, hasta que al fin Marcel Charriere rompió el pesado silencio inclinándose para servirse una nueva taza de café al tiempo que señalaba:

—Ustedes se sorprenden por lo que hacemos, y sin embargo, mucho más sorprendente resulta, a mi modo de ver, que hayan elegido este desolado rincón del planeta para vivir. ¿Por qué? ¿Qué les ha impulsado a instalarse en semejante lugar?

—Aquí estamos bien.