Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 2 #2
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que debería estar preparando el ajuar para el día de su boda, se veía en la obligación de ocupar el lugar de los guerreros.

La mujer había desempeñado desde siempre un papel destacado en la organización social de los tuaregs, muy alejado del tradicional sometimiento al hombre que por lo general ocupaban el resto de las mujeres árabes, su opinión era tenida en cuenta,

disfrutaban de una considerable libertad incluso en lo que se refería a temas sexuales, y jamás ocultaban el rostro con un velo, a diferencia de sus maridos que tan sólo se lo quitaban en privado.

Sin llegar a poder ser considerado un auténtico matriarcado, el mundo de los tuaregs se encontraba normalmente regido por ellas, que solían ser las que decidían cuándo había llegado el momento de sembrar, o cuándo el de levantar el campamento en busca de nuevos pastos.

Para los hombres, todo cuanto no estuviese relacionado con la guerra, el pillaje o la caza debía considerarse «labores domésticas», por lo que, bien mirado, ir a buscar agua, aunque en este caso el pozo se encontrase a cuatro días de distancia, era en realidad una tarea reservada a las mujeres.

Aisha había crecido sobre una silla de montar y sabía disparar mucho mejor que la mayor parte de los piojosos beduinos que pudiese tropezarse en el camino, y a ningún miembro del «Pueblo del Velo»,

«la Espada» o «la Lanza» se le pasaría siquiera por la mente causar daño a una muchacha de su propia raza.

Por su parte el negro Rachid era un esclavo ashanti, un akli que había nacido y se había criado en el seno de la familia, su fidelidad estaba fuera de toda duda, y era un hombre extraordinariamente fuerte y resistente, capaz de hacer frente a cualquier tipo de eventualidad que pudiera presentarse.

Pese a todo ello, Laila no podía por menos que sentirse inquieta al ver cómo su única hija se perdía de vista rumbo al norte

—¡Alá es grande! —musitó para sus adentros—. Él la protegerá.

Más temor experimentaba cada vez que uno de sus hijos descendía al pozo, y tanta era su inquietud que se pasaba las noches en vela, sentada junto al brocal y con el oído atento a cuanto pudiera ocurrir en su interior.

Se avanzaba muy, muy despacio.

Las lajas de piedra de las paredes habían sido revisadas una por una, reforzándolas a golpes de maza, pero aun así el recuerdo del accidente que había costado ya una vida obligaba a los hermanos Sayah a trabajar con el mismo cuidado que si estuvieran alzando un castillo de naipes que amenazara con

venirse abajo en el momento menos pensado.

Alcanzaron la cota de los treinta metros, donde la raíz más gruesa de la mayor de las palmeras comenzaba a desviarse hacia el sur.

¿Por qué?

Formaron conciliábulo en torno a la hoguera intentando encontrar una explicación válida a un hecho en apariencia tan absurdo.

Por qué extraña razón una raíz que en buena lógica debería profundizar cada vez más en busca del agua, cambiaba su rumbo de forma tan brusca.

Se aventuraron teorías para todos los gustos, se discutió durante horas, pero al fin se llegó a la que parecía ser la conclusión más lógica: mucho tiempo atrás en aquel punto existió un riachuelo que descendía de las cercanas montañas y que permitió el florecimiento de una cierta vegetación.

Más tarde el nivel de las aguas descendió y únicamente las palmeras fueron capaces de alargar lo suficiente sus raíces como para mantenerse vivas.

Por último, al secarse definitivamente el cauce, las raíces se encaminaron hacia algún otro punto que presentían que aún conservaba una cierta humedad.

—Está ahí abajo… —sentenció un convencido Suleiman—. Lo que no sabemos es a qué distancia.

—¿Y qué podemos hacer?

—Cavar una galería horizontal siguiendo el camino que marca esa raíz.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No tengo ni la menor idea.

—¡Que el Señor nos ayude!

—¡Ya iría siendo hora!

—¡No blasfemes!

—No blasfemo, madre… —puntualizó Suleiman—. Es que desde el maldito día en que nuestro padre brindó hospitalidad a aquel par de moribundos, la desgracia nos ha perseguido dondequiera que vayamos. Nunca nadie pagó tan caro el hecho de cumplir con una vieja costumbre.

—Sabes bien que entre nosotros la hospitalidad no es tan sólo «una vieja costumbre» —le hizo notar Laila—. Es una ley tan antigua como el mundo.

—Pero que nadie más que los imohag respeta, y yo diría que ni siquiera entiende. En el tiempo que pasamos en la ciudad ni una sola persona me abrió las puertas de su casa. ¿Cuántas noches tuvimos que pasar al raso pese a que en las casas de aquella gente sobraba espacio?

—Muchas, lo sé.

—¿Por qué entonces debemos ofrecer cuanto poseemos al primer desconocido, si luego no se comportan de igual modo con nosotros?

—Porque tenemos la suerte de ser tuaregs y ellos no. Es uno de los precios que nos vemos obligados a pagar por el honor que se nos concedió al nacer.

Suleiman Sayah debió llegar a la conclusión de que discutir con la orgullosa esposa del más orgulloso de los inmouchar del orgulloso «Pueblo del Velo» resultaba del todo inútil, por lo que optó por encogerse de hombros y limitarse a señalar:

—Esta noche comenzaremos a cavar una galería, y que sea lo que Dios quiera.

Y Dios quiso que dos semanas más tarde la tierra comenzara a humedecerse ante ellos, y un delgado hilo de agua hiciera de improviso su aparición.

Se había producido el milagro.

El eterno milagro de la vida que significaba el agua, allí, en el más remoto confín del Sahara y en un lugar en el que probablemente nadie había puesto el pie en cientos de años.

Rezaron durante todo un día y al anochecer sacrificaron el último de sus corderos.

Comieron hasta reventar, bailaron, cantaron y lo regaron todo con agua del pozo Ajamuk.

Al amanecer llenaron un odre con el fin de humedecer la tumba de aquel que había dejado su vida en el empeño.

Ahora, por fin, después de tantas calamidades, trabajos y amarguras, la familia del indomable Gacel Sayah, tenía un hogar.

Su hogar era una infinita extensión de desierto, un macizo rocoso, tres palmeras y un pozo.

Poco para la mayoría de los seres humanos.

Mucho para los tuaregs.

Trajeron del pie de las montañas la mejor tierra y cercaron a la sombra de las palmeras un pequeño huerto.

Luego sembraron una por una, casi ceremoniosamente, las valiosas semillas que Laila conservaba en una bolsa de cuero.

Gacel salía a cazar y de tanto en tanto regresaba con un ónix, una cabra montesa o una gacela.

Las mujeres extraían agua del pozo para ir regando con infinito mimo, casi gota a gota, cada una de las diminutas plantas que habían comenzado a germinar.

Pasó un día, una semana, un mes, un año y muchos más.

El pozo Ajamuk era en verdad un pozo avaro.

Nunca, a lo largo de todos los años que siguieron, se mostró dadivoso, aunque lo cierto es que tampoco se negó a proporcionar el agua justa e imprescindible para la supervivencia de quienes lo habían construido.

Laila comenzó a envejecer.

Suleiman se hizo aún más fuerte.

Aisha se convirtió en una espléndida mujer.

Y Gacel Sayah cada día se parecía más, en el físico, pero sobre todo en la firmeza de carácter, a su difunto padre.

El viejo Suilem murió de puro viejo, y pocos días más tarde su nieto pidió respetuosamente permiso para marcharse. Quería dirigirse al sur, al «País de los Ashantis» del que tanto le había hablado su abuelo, con el fin de encontrar una hermosa mujer de su propia raza con la que fundar una familia.

Le dieron su bendición, le regalaron un buen camello, un fusil y una cabra y le concedieron la libertad para él y todos sus descendientes, garantizándole que el «grigri» de los demonios que perseguía hasta la muerte a los esclavos fugitivos nunca le acosaría.

La muerte del anciano y la marcha de Rachid dejó un vacío en la exigua comunidad, y Laila se entristeció profundamente pese a que aceptara y comprendiera que el gigantón tenía derecho a su propia vida después de tantos años de fieles servicios.