Los ojos del tuareg (Tuareg 2) 2
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De tanto en tanto cerraba los ojos e intentaba adivinar cuál hubiera sido el comportamiento de su padre en aquellos momentos.

Matar a un camello, beber su sangre y masticar cruda la grasa de su giba podría ser sin duda una solución para los hombres, pero tenía muy claro que ni las mujeres, ni los niños, ni mucho menos el anciano Suilem, responderían positivamente a semejante tratamiento de choque.

Tampoco sabía a ciencia cierta si con sus recién cumplidos dieciocho años, o los dieciséis de Suleiman, serían capaces de soportar tan dura prueba.

Tan sólo los guerreros o los cazadores más experimentados conseguían sobreponerse a la falta absoluta de agua cuando la temperatura se aproximaba como en aquellos momentos a los cincuenta grados, y resultaba de todo punto absurdo suponer que la delicada Laila, la adolescente Aisha,

o los desnutridos siervos tuvieran la más remota esperanza de salir adelante en semejantes circunstancias.

Como bien había dicho su madre, lo único que podían hacer era confiar en la benevolencia de Alá.

Y esperar.

Con el sol cayendo a plomo, las sombras de los buitres era cuanto se movía en torno al campamento puesto que ni las moscas se sentían con fuerzas para alzar el vuelo y se quedaban donde se habían posado, como despatarradas sobre las secas pieles,

a la espera de momentos más propicios para reiniciar la tarea de alimentarse.

Aquel macizo rocoso que probablemente no había figurado jamás en ningún mapa, se alzaba casi en el centro mismo del mayor de los desiertos, y apenas a unas jornadas de marcha de la depresión natural en la que se registraban anualmente las más altas temperaturas del planeta.

Aquél era el lugar más desolado e inhabitable que ser humano alguno pudiera elegir para intentar formar un hogar, pero las circunstancias habían querido que aquél fuese el punto al que había ido a parar la familia del malogrado Gacel Sayah.

Debido a ello no resultaba sorprendente que se encontraran en trance de perecer.

Los buitres se convirtieron en legión.

La sangre en las venas se espesaba como el magma que surge a borbotones de la boca de un volcán, pero que a medida que se desliza pendiente abajo va perdiendo color y fluidez hasta acabar por transformarse en una masa viscosa,

oscura y fatigada que se desparrama en grandes charcos que días más tarde no serán más que enormes explanadas de dura roca.

Ya no sudaban.

¡Ni siquiera sudaban!

Oculta en lo más profundo de la mayor de las jaimas, Laila cerró los ojos, y evocó una vez más el curtido rostro del hombre al que había amado sobre todas las cosas, al que había sido fiel incluso con el pensamiento, pero al que en aquellos momentos tenía la amarga impresión de estar traicionando.

El día en que su esposo abandonó el campamento rumbo a lo que habría de ser su grandiosa epopeya, le confió a sus hijos, pero resultaba evidente que ella no había sabido cuidar de ellos arrastrándolos durante años de un lado a otro, y ahora estaban allí, justo al borde del desastre,

sin que se le ocurriera forma alguna de evitarlo.

Su hombre, el más astuto y valiente de los guerreros, habría sabido hacer frente a tan difícil situación poniendo a salvo a su familia.

Su hombre, el más tierno y apasionado de los amantes, habría sabido protegerla como la protegió mientras conservó un hálito de vida.

Pero ella, que tanto debía haber aprendido de tan extraordinario maestro, lo único que sabía hacer era encogerse en un rincón, inútil e impotente.

No lloró porque su madre le había enseñado que una auténtica targui nunca llora.

No imploró porque generaciones de sangre imohag corría por sus venas.

Se limitó a maldecir en silencio su propia estupidez.

Resonó un trueno muy lejano.

Presto atención.

Le siguió un nuevo trueno.

Corrió a la entrada de la gran tienda de pelo de camello para enfrentarse una vez más a un cielo azul en el que resultaba de todo punto imposible distinguir ni la sombra de una nube.

—¿Son truenos?

Su hijo Gacel negó con un leve gesto de cabeza mientras se aproximaba hasta acariciarle suavemente la mejilla.

—No son truenos —musitó impasible—. Son los disparos con que Ajamuk anuncia su presencia. Pronto hará su aparición por detrás de aquellas rocas.

A los pocos minutos, dos jinetes y cuatro dromedarios cargados de odres rebosantes de agua surgieron en el punto exacto en que el muchacho había indicado, para iniciar un trote corto y alegre en dirección a quienes les aguardaban alborozados e impacientes.

En su camino se cruzaron con la Muerte que se alejaba rumbo al norte tan aburrida y desganada como siempre.

Los buitres se dispersaron y su sombra fue sustituida por la sombra de Gacel Sayah, el valiente inmouchar de eterna memoria.

Al día siguiente sus hijos reanudaron la tarea de construir un pozo en mitad de la nada.

Únicamente un targui sería tan loco como para lanzarse a la aventura de intentar encontrar agua en tan remoto lugar del desierto, pero quizá por ello los tuaregs habían sido, desde que se tenía memoria, dueños y señores de ese desierto.

Centímetro a centímetro horadaron la tierra.

Piedra a piedra completaron los círculos.

Metro a metro siguieron el camino que les marcaban las raíces de las palmeras.

Estaban convencidos, «sabían» por siglos de habitar en tan desoladas regiones, que si aquellas palmeras se mantenían con vida, era porque esa vida les llegaba desde algún perdido lugar del cauce de la sekia.

Y si se encontraba allí, fuera donde fuera, darían con ella.

Una noche en que Ajamuk trabajaba a más de veinticinco metros de profundidad, una laja de piedra sometida a excesiva presión se desprendió unos diez metros más arriba, le golpeó en la cabeza, y le dejó inconsciente arrodillado sobre el fondo del pozo con la frente apoyada en el muro.

La arena que surgía por el hueco que había dejado la piedra comenzó a caer como una diminuta cascada que iba en aumento a medida que pasaban los minutos.

En el exterior, el criado encargado de ayudar a quien se encontraba abajo no escuchó el seco golpe ni advirtió nada extraño.

La arena continuó deslizándose como un implacable reloj que marcara el tiempo de vida que le quedaba al infeliz muchacho.

Primero le cubrió las piernas, luego las rodillas, y al fin le alcanzó la cintura.

La Muerte, que tan escaso interés había demostrado cuando todo era fácil, regresó alocadamente porque al parecer era aquélla una inusual tragedia que en verdad le divertía.

Tomó asiento en el borde del pozo y escuchó el débil susurro de la arena que fluía sin prisas por entre las rocas.

Y exactamente al mismo ritmo que escapaba la arena, se escapaba la vida de Ajamuk.

Al poco se encontraba enterrado hasta el pecho.

En esos momentos abrió los ojos y gritó.

El siervo acudió de inmediato, miró hacia abajo pero no descubrió más que la oscuridad.

La pequeña antorcha estaba ya enterrada.

Un casi imperceptible gemido ascendía desde las entrañas de la tierra.

El siervo corrió a despertar a sus amos, y de inmediato Gacel descendió en ayuda de su hermano cuando ya la arena le alcanzaba la barbilla.

Tiró de él intentando aferrarle por debajo de los sobacos con la intención de sacarlo de aquella trampa infernal, pero el aturdido Ajamuk era ya un peso muerto que no conseguía reaccionar mientras la arena continuaba precipitándose sobre ellos de modo inexorable.

A horcajadas sobre el brocal del pozo, la Muerte sonreía.

No todos los días le era dado mostrar su rostro más macabro.

No todos los días podía capturar a su víctima de una forma tan lenta, cruel y sofisticada.

No todos los días se conseguía escapar a la rutina.

En el fondo de un pozo seco en mitad del más caluroso de los desiertos, sin apenas aire, a oscuras y con un chorro de arena derramándose sobre la cabeza, el desesperado Gacel Sayah nada pudo hacer por salvar la vida de su hermano.

Cuando quiso darse cuenta descubrió que ya más de un metro de arena le cubría, y que él mismo corría peligro de quedar enterrado en vida si no escapaba a tiempo de semejante trampa.

Los pozos tuareg suelen llevar el nombre del primer hombre que muere durante su construcción, y si por algún extraño milagro se concluye sin que haya habido accidentes, en agradecimiento se le acostumbra a poner el nombre del santón que esté enterrado más cerca.

Aquél sería de allí en adelante el pozo Ajamuk, y casi ningún otro nombre habría podido lucir, puesto que en tan remotas regiones no había sido enterrado jamás ningún santón.

La familia Sayah necesitó más de una semana para tapar la brecha reponiendo la laja de piedra, retirar la arena y recuperar el cuerpo del difunto, al que enterraron en una sencilla ceremonia a la sombra de las palmeras.

Pero cuando se dispusieron a reiniciar una vez más la tarea, llegaron a la conclusión de que el agua que Ajamuk había traído se agotaría antes de tiempo.

—Tenemos que hacer otro viaje… —sentenció Laila—. No sería bueno arriesgarnos de nuevo, esperando hasta el último momento.

—Estoy de acuerdo… —admitió su hijo mayor—. Pero ahora tan sólo somos dos, y si uno de nosotros va a buscar agua, el otro apenas avanzará en la construcción del pozo.

—Yo traeré el agua… —se apresuró a señalar Aisha—. Como jinete no puedo compararme con Ajamuk, pero ahora dispondremos de más tiempo y Rachid conoce el camino.

Gacel Sayah se volvió para observar al gigantón que permanecía en pie junto a la entrada de la jaima.

—¿Lo conoces? —se limitó a preguntar.

—Perfectamente, mi amo —admitió el negro.

—¿Y sabrás defender a Aisha?

—Sabré defenderla, mi amo.

—Si no lo haces, los demonios del «gri-gri» te perseguirán aunque te escondas en el confín del universo.

—Lo sé, mi amo.

—En ese caso, los Sayah te confiamos lo más valioso que tenemos, y que Alá te proteja si dentro de diez días no estáis de vuelta aquí, sanos y salvos.

Partieron pues, con los mismos seis camellos, y al ver cómo se alejaba su hija, vestida de hombre y con un pesado fusil terciado sobre las rodillas, Laila no pudo hacer otra cosa que lamentarse por el hecho de que hubieran llegado aquellos terribles tiempos en los que una hermosa muchacha,