CAPÍTULO 1. EL HOMBRE DE ORO
El inspector Shen Wei llegó a Jiulongshan poco después del amanecer, con la camisa pegada a la espalda y una migraña que había empezado en Hangzhou y parecía haber viajado con él durante las dos horas de carretera.
El complejo apareció entre la niebla como una extravagancia que alguien hubiera abandonado a mitad de una pesadilla: lomos de dragones gigantescos reptando por las laderas, cabezas suspendidas sobre la vegetación y escamas de cemento descascarilladas por años de lluvia.
Había visto fotografías antes de salir, pero ninguna transmitía la escala.
Aquello no era una colección de estatuas.
Eran edificios con forma de criaturas mitológicas, cuerpos huecos, corredores, cámaras, escaleras y antiguos espacios de exhibición.
El Dragón de Metal se extendía frente a ellos con una piel apagada que alguna vez había sido dorada.
La policía había acordonado la entrada principal y una veintena de curiosos se acumulaba detrás de las cintas, móviles en alto.
El cadáver estaba en una cámara que no aparecía en la copia de los planos entregados por la empresa propietaria.
Shen se agachó junto a él sin tocar nada.
El hombre había muerto mucho tiempo atrás.
Conservaba restos de una chaqueta de trabajo, botas endurecidas y un casco amarillo deformado a sus pies.
La posición resultaba casi ceremonial: sentado en una silla, espalda contra la pared, manos sobre los muslos.
La mandíbula abierta enseñaba un fragmento de alambre oxidado.
La forense local, doctora Yu Fen, señaló una fractura en el parietal y una depresión en el occipital.
—No murió sentado —dijo—. Lo colocaron aquí después. La humedad ha hecho el resto.
Shen miró el teléfono que descansaba en una bolsa de evidencias.
Un modelo reciente, negro, sin funda. El aparato no pertenecía al cadáver.
Había sido encontrado entre sus manos, sostenido por una tira de tela ya descompuesta.
En la pantalla de bloqueo figuraba un nueve blanco sobre fondo negro.
Ninguna notificación, ninguna fotografía, ningún nombre.
—¿Identificación del muerto?
—Probablemente Xu Ancheng. Capataz de obra. Desapareció en octubre de 2009. La familia denunció su desaparición. El expediente terminó como abandono voluntario después de que apareciera una transferencia bancaria desde su cuenta en Wenzhou.
—¿Y el teléfono?
—Registrado a nombre de Luo Qiming, periodista independiente de Hangzhou. Su hermana comunicó que no sabe nada de él desde hace tres días.
Shen dejó escapar el aire despacio. Un muerto de diecisiete años con el teléfono de un desaparecido de tres días. Aquello no era un hallazgo arqueológico. Era una invitación.
Fuera de la cámara esperaba una mujer alta, de cabello negro recogido y botas embarradas, acompañada por un agente que parecía estar perdiendo una discusión.
Tenía cuarenta años aproximadamente y llevaba una carpeta rígida bajo el brazo.
Cuando Shen salió, ella le mostró una acreditación del Instituto Provincial de Conservación Arquitectónica.
—Lin Yulan. Me han llamado porque la cámara no aparece en los planos oficiales y porque estas estructuras tienen problemas de estabilidad. Si siguen entrando veinte personas a la vez sin saber dónde están los apoyos, tendrán un segundo cadáver mucho más reciente.
Shen observó la pared. Ella no sonreía. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal en el cuerpo del fondo.
—¿Conoce el parque?
—Lo suficiente.
—Eso no es una respuesta.
—Trabajé aquí cuando tenía veinticuatro años.
La respuesta sí lo era. Shen miró otra vez el cadáver. La doctora Yu acababa de retirar con pinzas un objeto de debajo del casco. Parecía una moneda, pero cuando la limpió apareció un disco de latón con una figura de dragón grabada y un pequeño orificio cuadrado en el centro.
Lin Yulan perdió el color del rostro.
Shen lo vio.
—¿Qué es?
Ella tardó en contestar.
—Una ficha de acceso de obra.
—¿Por qué le sorprende?
—Porque se retiraron todas cuando el parque cerró.
—Quizá Xu conservó una.
—No esa.
Lin señaló el borde del disco. Había una diminuta incisión junto a la cola del dragón.
—Las fichas normales no estaban numeradas. Esta sí.
Shen acercó la bolsa a la luz.
Allí, casi invisible bajo la corrosión, había un número.
Uno.
Antes de abandonar Metal, Shen pidió que nadie retirara aún la silla.
Quería reconstruir el modo en que habían introducido el cadáver.
Lin aceptó ayudarlo y volvieron sobre sus pasos hasta la entrada de servicio.
El corredor era demasiado estrecho para transportar un cuerpo rígido sin dejar marcas, pero en 2010 una parte del revestimiento interior todavía no estaba instalada.
Ella recordó que entonces existía un montacargas provisional por el flanco norte.
Revisaron fotografías de obra en una tableta y encontraron la estructura.
En una imagen tomada durante una visita de inversores aparecía Xu Ancheng al fondo, casco amarillo, señalando hacia la ladera.
A su lado estaba Qiao Mingde, mucho más joven, y un hombre que Lin identificó como Ma Rong.
Shen amplió la imagen. Ma sostenía una carpeta con el mismo círculo dividido en cinco secciones que Luo había encontrado en la pared.
La fotografía, sin probar un homicidio, demostraba que el sistema de los cinco elementos ya circulaba entre ellos antes de la desaparición de Xu.
En el exterior, la familia de Xu esperaba detrás del cordón policial.
Su viuda, Xu Lihua, tenía sesenta y cuatro años y había viajado desde Wenzhou con un hijo adulto que evitaba mirar hacia el dragón.
Shen explicó lo que podían decir por el momento.
Lihua escuchó sin llorar. Al terminar preguntó solo si su marido había estado allí todo el tiempo.
Shen respondió que aún no lo sabían. La mujer miró la enorme cabeza dorada sobre los árboles.
«Pasé quince años creyendo que se había ido con otra mujer», dijo.
«Lo odié para poder seguir trabajando. Ahora resulta que estaba muerto y tengo que aprender a odiar a alguien distinto».
Esa frase acompañó a Shen durante el resto del día.
Los expedientes hablaban de desapariciones; las familias, en cambio, habían tenido que fabricar explicaciones habitables.
La primera inspección del teléfono de Luo reveló además una carpeta de notas protegida por reconocimiento facial.
Como el periodista seguía desaparecido, los técnicos solicitaron autorización judicial para forzar el acceso.
Recuperaron fragmentos de mensajes dirigidos a un contacto guardado como “M.D.”.
En uno, Luo decía: «No creo que sean nueve muertos.
Creo que son nueve llaves». En otro: «La arquitecta no sabe que su madre estaba dentro».
Shen miró a Lin desde el otro lado de la sala móvil.
Ella discutía con un ingeniero sobre la estabilidad del techo, ajena a la frase.
Decidió no ocultársela. Cuando se la mostró, Lin leyó dos veces y devolvió el aparato.
«Entonces Luo sabía más de mi familia que yo». No sonó sorprendida. Sonó ofendida.
Al caer la tarde, Shen subió solo a una plataforma exterior del Dragón de Metal.
Desde allí vio otros tres lomos emergiendo entre la vegetación.
Comprendió por qué el lugar había atraído exploradores urbanos.
Era imposible observarlo sin imaginar una historia.
Y ese era precisamente el peligro: los símbolos podían hacer que un investigador quisiera encontrar un patrón más elegante que la realidad.
Se prometió no perseguir dragones, números ni leyendas.
Perseguiría dinero, llamadas, vehículos y sangre.
Aun así, cuando descendió, descubrió que había guardado en el bolsillo una copia impresa del nueve de la pantalla del teléfono.
No por superstición, se dijo. Por método.
El hallazgo de Xu convirtió Jiulongshan en un circo antes de mediodía.
Canales locales instalaron unidades móviles en la carretera y dos creadores de contenido intentaron entrar por una ladera secundaria.
Shen ordenó reforzar el perímetro, pero sabía que el problema real no era impedir fotografías.
Era controlar la historia antes de que la historia controlara a los testigos.
En pocas horas ya circulaban versiones sobre sacrificios humanos, maldiciones y una secta vinculada a los nueve dragones.
Un vídeo afirmaba que la policía había encontrado nueve cuerpos.
Otro aseguraba que el cadáver conservaba escamas pegadas a la piel.
Shen pidió al departamento de prensa una comunicación mínima: un cuerpo antiguo, investigación abierta, ninguna evidencia de ritual.
Nada más. Cuanto menos combustible ofrecieran, mejor.
La doctora Yu realizó el primer examen en una unidad forense improvisada.
Xu presentaba una fractura craneal, dos costillas rotas antes de morir y signos de haber permanecido en un ambiente distinto al de la cámara durante los primeros años de descomposición.
Polen microscópico adherido a la ropa correspondía a una zona más baja y húmeda del parque.
Eso confirmaba la hipótesis de traslado posterior.
En los bolsillos encontraron una llave de vehículo, tres monedas de 2009 y un trozo de papel mineralizado por la humedad.
Bajo luz oblicua podían distinguirse dos caracteres: 海金, Haijin.
El nombre no significó nada para Shen todavía.
Lin, al verlo, dijo que había sido una de las empresas de logística.
—¿Una de muchas?
—Demasiadas. El proyecto cambiaba de subcontratas cada vez que aparecía un problema de pagos.
—¿Trabajó su hermano para Haijin?
Lin tardó un segundo.
—No directamente. Para un proveedor que hacía entregas para ellos.
Shen anotó la relación. Lin observó el gesto y se cruzó de brazos.