Los nueve dragones PRÓLOGO
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Los nueve dragones

Los nueve dragones

Por Cesar Rai

© inepub.com

PRÓLOGO

La lluvia había borrado el sendero cuando Luo Qiming encontró la boca de servicio.

No figuraba en ninguno de los planos que llevaba impresos dentro de una bolsa de plástico, pero allí estaba: una puerta rectangular, baja, escondida bajo las escamas de hormigón del Dragón de Metal.

La cadena que debía cerrarla colgaba partida y oxidada.

A pocos metros, la cabeza del animal se levantaba sobre las copas de los árboles, con la mandíbula abierta hacia el valle, una sonrisa mineral llena de helechos.

Luo encendió la linterna del teléfono y entró.

El aire olía a humedad, polvo y algo más antiguo, un olor dulzón que no quiso identificar.

Avanzó por un corredor que en otros tiempos había sido parte de una atracción turística.

Quedaban restos de pintura dorada, cables cortados, soportes para altavoces y paneles con caracteres casi borrados.

Sobre una pared alguien había trazado, con pintura negra, un círculo dividido en cinco partes.

Metal. Madera. Agua. Fuego. Tierra. Debajo, cuatro flechas señalaban los puntos cardinales. En el centro, un nueve.

Llegó a una escalera de caracol. Bajó tres niveles.

El hormigón estaba manchado por filtraciones, pero los peldaños no parecían tan abandonados como el resto.

Había marcas recientes de barro. En el último descansillo encontró una puerta metálica pintada de gris.

Sobre ella, grabado a punzón, había un carácter: 金.

Metal. La cerradura había sido sustituida.

Luo sacó de la mochila una llave que había recibido dentro de un sobre sin remitente dos días antes. Encajó.

La estancia del otro lado era demasiado pequeña para pertenecer al recorrido turístico y demasiado limpia para llevar quince años cerrada.

Había estanterías vacías, cajas de plástico, un escritorio sin cajones y una vieja silla.

En la pared del fondo, nueve fotografías sujetas con chinchetas.

Reconoció siete rostros. El octavo era el de una mujer joven a la que nunca había visto. La novena fotografía era la suya.

Luo no llegó a oír la puerta cerrarse detrás de él.

Solo notó que la corriente de aire desaparecía.

Se volvió. La figura permanecía en penumbra, sin linterna, como si conociera cada centímetro de aquel interior.

Luo levantó el teléfono. La pantalla mostró durante un instante el rostro del intruso, pero una mano golpeó su muñeca y el aparato cayó al suelo.

—Pensé que querías que encontrara esto —dijo Luo.

—Quería que llegaras hasta aquí.

La voz no era la que esperaba.

Luo retrocedió hasta las fotografías. Comprendió entonces que había interpretado mal los nueve nombres, la leyenda de los cinco elementos y los cuatro mares, incluso la razón por la que alguien le había proporcionado la llave.

El parque no era un mausoleo construido para esconder un crimen.

Era un archivo. Y el archivo seguía siendo utilizado.

Cuando intentó correr, la luz se apagó.

Tres días después, dos exploradores clandestinos entrarían en el Dragón de Metal y encontrarían un cadáver sentado frente a la pared. No sería el de Luo Qiming.

Junto al muerto habría un teléfono fabricado seis meses antes.

Y en la pantalla, todavía encendida, aparecería un único carácter chino.

九.

Nueve.