Los nueve dragones CAPÍTULO 1. EL HOMBRE DE ORO #2
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CAPÍTULO 1. EL HOMBRE DE ORO #2

—No convierta cada cosa que digo en una flecha hacia Jian.

—Convierto cada cosa que dice en una nota. Las flechas llegan después.

—Eso suena tranquilizador.

—No pretendía serlo.

Ella lo miró con una irritación que, de forma inconveniente, a Shen le resultó atractiva. Apartó la idea. Una investigación homicida era un lugar excelente para tomar malas decisiones y él había acumulado experiencia suficiente con decisiones malas.

Durante el reconocimiento exterior, Lin explicó cómo se construían aquellos cuerpos gigantes.

No eran esculturas macizas, sino estructuras mixtas de hormigón, acero y revestimientos, con corredores que seguían la anatomía inventada del animal.

Los diseñadores habían tenido que negociar entre la forma simbólica y la física: una cola demasiado delgada no admitía evacuación; una cabeza demasiado pesada necesitaba apoyos que arruinaban la silueta; las escamas ocultaban juntas y registros.

“Cada dragón era una mentira estructural cuidadosamente sostenida”, dijo.

Shen respondió que podía describir con la misma frase varias instituciones. Lin soltó una risa corta.

Encontraron el antiguo montacargas cerca de una zona de bambú.

Solo quedaban pilares y una plataforma oxidada, pero el acceso conducía casi directamente a la cámara oculta.

Shen pidió tomar muestras. En uno de los pilares aparecía una mancha de pintura azul bajo capas posteriores.

El color coincidía con el logotipo de Haijin que Lin encontró en viejas fotografías de camiones.

El cadáver de Xu pudo haber sido movido durante una etapa en que la compañía aún operaba en el parque.

Al final de la jornada, Shen llamó a su hija desde el coche.

Ella respondió al tercer intento. Hablaron menos de dos minutos.

An tenía ensayo de piano y un examen de matemáticas.

Shen preguntó si necesitaba ayuda. La joven recordó que la última vez que él intentó explicarle álgebra terminó atendiendo una llamada durante cuarenta minutos.

Lo dijo sin reproche, casi como un dato.

Esa neutralidad dolió más. Shen prometió escribir después.

Cuando colgó, vio a Lin a través del parabrisas, esperando bajo la lluvia con el casco en la mano.

Parecía cansada y aislada frente a la enormidad del Dragón de Metal.

Shen pensó que ambos llevaban familias convertidas en expedientes de distinta manera.

No dijo nada cuando ella subió al coche. Solo encendió la calefacción.

A última hora de la tarde, un agente local llevó a Shen una caja procedente del pequeño almacén de objetos perdidos del parque.

Nadie la había revisado en años. Contenía llaves, folletos, tarjetas de empleados y un registro de incidencias.

La libreta estaba cubierta de polvo y humedad, pero varias páginas de 2009 podían leerse.

Xu Ancheng había firmado turnos nocturnos en fechas en que, según su contrato, no debía estar trabajando.

En cuatro de esas noches aparecía una anotación repetida: “entrega cultural, acceso M”.

No había matrícula ni proveedor. Lin recordó que las entregas culturales normales entraban por la zona de recepción, no por Metal.

Shen pidió a la policía de tráfico buscar cámaras archivadas, sabiendo que diecisiete años hacían improbable cualquier resultado.

Lo que sí apareció fue una sanción de circulación a un camión de Haijin la noche anterior a la desaparición de Xu.

Transportaba “material de exposición” y circulaba con exceso de carga.

La multa había sido anulada al día siguiente por orden de un funcionario.

El nombre del funcionario estaba parcialmente oculto en el sistema antiguo, pero las iniciales eran G.S.

—Gao Sheng —dijo Lin cuando Shen se lo mostró.

—Todavía no.

—¿Cuántos Gao Sheng había en la policía de Dongyang?

—Probablemente más de uno.

—Usted disfruta llevando la contraria.

—Disfruto llegando vivo a los juicios.

El registro de incidencias incluía también una queja de Xu sobre un acceso abierto sin autorización.

Escribió que “el topógrafo” había ordenado retirar una cámara de vigilancia y que se negaba a firmar responsabilidad.

Dos días después alguien añadió en otro color: “resuelto con dirección”.

Shen fotografió ambas caligrafías. Ma Rong era topógrafo, pero oficialmente había desaparecido un año antes.

Si la anotación se refería a él, su desaparición era ficción desde el principio.

Un antiguo guardia llamado Lu Qiang confirmó que veía a Ma después de 2008.

Pensaba que “Ma Rong” era un apodo, porque todo el mundo decía que aquel hombre ya no existía.

Shen preguntó por qué nunca lo comentó a la policía.

Lu respondió que nadie le preguntó. La frase volvió a golpear el centro del caso: muchas verdades no estaban ocultas; simplemente nadie había formulado la pregunta correcta.

Al anochecer, la familia de Xu pidió entrar hasta la entrada del dragón.

Shen se resistió, pero la doctora Yu dijo que podía hacerse sin comprometer la escena.

Xu Lihua caminó despacio hasta la boca de Metal.

No quiso pasar. Tocó una columna exterior y preguntó cuánto tiempo había tardado su marido en morir.

Shen dijo que aún no podían saberlo. Ella respondió que llevaba quince años odiándolo por abandonarla y que ahora le daba vergüenza.

Shen le dijo que no debía sentirla. Lihua lo miró con una dureza que lo dejó sin palabras.

«No me diga lo que debo sentir. Usted acaba de conocerlo». Tenía razón. Shen se disculpó.

Cuando la mujer se marchó, Lin comentó que a veces los profesionales creían que el lenguaje correcto podía ordenar el dolor. Shen dijo que los arquitectos hacían lo mismo con el espacio. Lin lo miró de lado. «Eso ha sido casi inteligente». «Gracias». «Casi».

Volvieron al interior para una última inspección.

El sol se había puesto y los focos policiales convertían los pasillos dorados en algo más siniestro.

Shen se detuvo junto a la silla vacía. Imaginó a alguien transportando a Xu años después de matarlo, sentándolo allí y construyendo un tabique.

No era solo ocultamiento. Era conservación.

Alguien había querido saber siempre dónde estaba el cadáver.

Esa idea cambió la pregunta. Quizá Xu no había sido enterrado porque el cuerpo también era una pieza del archivo: una deuda física, una prueba que podía utilizarse contra quien ordenó el golpe.

Se lo dijo a Lin. Ella observó la cámara.

—Entonces Ma no escondía cosas para que desaparecieran. Las escondía para que siguieran existiendo bajo su control.

—Exacto.

—Eso explica los huecos.

—Y quizá explica por qué alguien nos ha traído hasta aquí ahora.

Fuera, la enorme cabeza del Dragón de Metal se recortaba contra la noche. Shen no pensó en monstruos. Pensó en archivadores. Y le pareció bastante peor.