Capítulo 17La Noche de Las Viñas #2
La luz de la linterna cortó un rectángulo que dejó ver la huella de tacos en el barro: tres surcos paralelos bien marcados.
En dos puntos la grava había quedado apisonada en redondo, como si algo pesado hubiera reposado y luego sido arrastrado.
Tomás describía sin alzar la voz; escogía las palabras con la misma parsimonia con que calculaba la distancia entre aquello y el presente.
Raúl sacó el croquis de la gabardina y comparó la traza del sendero con los planos que había consultado; allí no aparecía ningún acceso oficial.
Comenzó a perfilar con la cámara; el flash devolvía puntos blancos en la niebla y los disparos sonaban como sellos. Tomás no se acercó demasiado; observó, señaló el sentido de la marcha y marcó la bifurcación con la punta del bastón.
—Aquí hacían la maniobra —dijo—; y aquí, a la derecha, paraban. Miraban la casa. Nadie los veía salvo el ventanal.
La piedra que buscaban no tardó en aparecer: baja, al ras de la tierra, con una concavidad en el borde. Tomás la reconoció de inmediato. Señaló; Raúl midió con la cinta que llevaba colgada y dictó la referencia en voz baja.
—La piedra fogata —explicó Tomás—. La usábamos en las fiestas. Aquella noche la usaron como punto. Ponían la lata aquí y la luz rebotaba hacia el ventanal norte.
Se arrodilló sin rozar la piedra; dejó la mano en el aire y repitió, con la precisión de quien ha repasado una escena hasta que la memoria no admite duda, cómo colocaron la lata, por dónde enfocaron la luz y la dirección exacta del haz.
Sus dedos temblaron apenas cuando apoyó la palma en el bordillo del surco.
Raúl colocó una tarjeta de escala sobre la losa; el metal de la cinta resonó seco. Cuando la linterna iluminó la concavidad, en el hollín se distinguió una sombra oscura y, en el hueco central, residuos ennegrecidos que no parecían leña.
—No la toques —dijo Raúl—; voy a fotografiarlo y lo dejo en acta.
Tomás apartó la mano con lentitud y asintió. Miró la piedra otra vez y señaló, con la punta del bastón, un brillo oxidado en la maleza a medio metro.
—La lata quedó por aquí —dijo—. La levantaron con la pala o algo así y la dejaron medio enterrada. La vi después.
Raúl iluminó el punto y fotografió la chapa sin mover nada. Cuando se agachó y, con guantes, levantó la lata, Tomás contuvo el aliento. La lata, con bordes mordidos y costra oscura en el interior, olía a óxido y a algo más tenue que pudo ser queroseno.
—La entrego —dijo entonces, con la voz áspera—. No quiero que mañana vayan máquinas y lo borren.
Raúl preparó la hoja de entrega voluntaria; dictó los términos con la calma de quien apunta para que todo sea admisible.
Tomás firmó con la mano que no sujetaba el bastón; la tinta se le movió en un giro torpe.
Raúl selló, escribió la referencia y colocó la lata en una bolsa numerada delante de Tomás: «Bolsa 072 — lata oxidada — viñedo — 17/04/2022 — entregante: T. Leiva — responsable: R. Mendizábal».
Tomás miró la bolsa precintada. Señaló con el bastón un parche blanquecino en la grava, a pocos pasos de la piedra.
—Esparcieron polvo —dijo—. No era humo de leña; era polvo blanco. Se ve como si lo hubieran tirado para que el fuego no durara. Rebotaba con la luz.
Raúl tomó un macro de la acumulación y dictó la descripción para la hoja de custodia: «acumulación de polvo blanquecino — posible yeso — muestreo pendiente por perito sedimentológico — preservar in situ hasta toma de muestra». Tomás escuchó la fórmula técnica.
La ausencia de aquel camino en los planos y la lata enterrada, junto al polvo blanquecino, apuntaban a una reunión diseñada para la privacidad deliberada.
Se quedó un instante con la linterna apagada, mirando cómo la niebla tragaba sus huellas. Raúl cerró la libreta, repasó las firmas y guardó la bolsa numerada entre sus cosas; alzó la última fotografía de la piedra en la pantalla de la cámara y la dejó en el brillo tenue del cristal.
Tomás tanteó el cuero del bastón con la palma y, antes de alejarse hacia el furgón, murmuró sin mirar a nadie en particular:
—Que quede; que alguien lo vea por escrito.
De regreso de la visita al viñedo, volvieron a la bodega.
Tomás cerró la puerta con la misma lentitud con que había pronunciado la frase, apoyó el bastón en el borde de la mesa y dejó que la hoja doblada se deslizara hacia el centro, como si fuera la única prueba que aún pudiera sostener entre las manos.
La lámpara seguía encendida, el vapor frío del café dibujaba una línea que se disolvía rápido en el aire cerrado, y en el cuarto olía a madera vieja y a aceite de herramientas.
No miró a Raúl; miró la hoja, la arruga donde había hecho el mapa, y volvió la vista al suelo antes de hablar.
—Se llamaba así entre nosotros —dijo al fin—. Le decíamos «El Vigilante».
Raúl se inclinó hacia delante sin quebrar la compostura; el gesto quedó fuera del foco de Tomás y por eso Tomás lo sintió como una comprobación más que una pregunta. Apretó los nudillos contra la madera y dejó que la mano izquierda, la del bastón, buscara la costura del cuero.
—Siempre tenía el pañuelo azul —continuó—. Doblado, en la mano izquierda. No como adorno: lo sujetaba así, como quien no suelta la llave. Si había que hablar, lo doblaba y lo apretaba. Si había que mandar, lo llevaba entre los dedos y movía la muñeca.
Lo dijo casi sin aire, como si nombrar ese gesto fuera a convocar al hombre hasta la bodega.
—¿Pañuelo azul? —repitió Raúl con la voz baja, anotando algo en la libreta que Tomás no llegó a ver.
Tomás asintió. Había vivido la escena tantas veces que los detalles le salían en cadenas: el olor a gasoil, la lata con queroseno, las linternas que partían el monte y la figura que siempre quedaba en la periferia, la que miraba más que hablaba. El bastón marcó el compás con el que habló.
—Era un hombre grande. Ancho de hombros.
No hablaba mucho cuando mandaba; miraba.
Tenía una cicatriz en la mano derecha, por aquí —tocó con la punta del pulgar la carne entre la base del índice y el pulgar—, como si le hubieran abierto la piel una vez.
Y el pañuelo, Raúl. Doblado, en la mano izquierda. Siempre.