Los Nombres del Río Capítulo 17La Noche de Las Viñas #3
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Capítulo 17La Noche de Las Viñas #3

No añadió nombre propio. No lo necesitó: en el pueblo los apodos sostienen identidades completas.

«El Vigilante» remitía a rutas, rostros y a una presencia que no había desaparecido con las obras: había seguido vistiendo chalecos, fichando entradas, moviéndose junto a la central.

Tomás lo había visto después, ya con chaleco oscuro, en la puerta de Valdeluz, fumando sin miramientos, siempre con el pañuelo doblado en la mano izquierda.

—Trabajó de vigilante en la central —murmuró—.

Antes fue policía del pueblo, dicen. Cuando vinieron las máquinas, lo contrataron.

Yo lo vi varias veces por la loma, y el hombre que sale en la foto de la nota que me dejaron en la puerta...

—Se llevó la mano al bolsillo con un reflejo que olía a miedo—.

El mismo gesto: el pañuelo en la mano. No me preguntes por qué esperé. Uno aprende a medir las palabras.

Sus ojos buscaron la cara de Raúl en busca de confirmación; no pidió consuelo, pidió que la voz encargada de la ley recibiera la palabra y la tradujera en traza.

Raúl no habló de inmediato. Tomás, que conocía aquellas pausas, las dejó suceder.

La bodega tenía ruido: agua que corría por las canaletas, el motor del furgón apagado lejos, y un leve crujir que parecía asumir la tensión de la frase.

—¿Le decían de alguna otra forma? —preguntó Raúl por fin, seco, sin urgencia.

Tomás dudó. El apodo oficial, el que todos usaban, era ese. Pero hubo una variante que había oído en voz baja, en tablones de faena y en esquinas donde los hombres terminan las rondas con cerveza barata.

—A muchos les daba por llamarlo «El Guardia» cuando venía con uniforme —admitió Tomás—, pero aquí, entre los que sabíamos, era «El Vigilante». Si digo el nombre de pila, puede joder a gente que no tiene nada que ver. El apodo basta.

La bodega se hizo más estrecha. Tomás dejó caer la barbilla hacia el pecho y añadió un detalle menor pero nítido.

—Cuando hablaba con alguien, nunca llevaba el pañuelo a la boca.

Lo doblaba y lo golpeaba con el pulgar en el dorso de la mano.

Como si midiera la palabra con la tela. Si se enojaba, lo apretaba y se veía el nudo.

Yo lo vi hacerlo la noche de Las Viñas. Y después, en la central, lo hacía cuando venía gente nueva. Lo miraban y se callaban.

Raúl escribió sin levantar la vista. Tomás oyó el roce del bolígrafo sobre papel.

—Piensa bien lo que vas a decir —dijo Raúl, la frase no era un reproche; era una fórmula de oficio—. Habrá que pedir intervención. Habrá que hablar con Fiscalía para las citaciones y pedir protección.

Tomás entendió. Hizo un movimiento con la cabeza que fue a la vez aceptación y advertencia.

—No quiero que se me identifique en la plaza. No quiero que mañana me echen piedras en el tejado. Pero tampoco quiero que se vaya sin que alguien lo pregunte. Estoy viejo, Raúl, y no quiero que esto vuelva a pasarle a otro.

Su frase era literal y estaba vacía de retórica; se notaba en la manera en que dejó la voz al ras.

Después de una pausa, nombró un lugar donde el hombre acostumbraba a aparecer: la loma detrás del embarcadero y la pasarela de la central, y dijo —con la voz que crujía entre dientes— que lo había visto salir del furgón que dejaba barro en la grava, el mismo dibujo de tacos que ahora cotejaban en la comisaría.

Raúl vocalizó algo que Tomás oyó más como una gestión que como promesa: necesitaba más datos: descripciones de ropa en noches concretas, voces, cualquier gesto distinguible.

Tomás, con la lengua pegada al paladar por la sequedad del miedo, le dio uno más: el pañuelo, la cicatriz en la mano, la manera de colocarse el cuello del abrigo como quien esconde la nariz del frío y del reproche.

—Si te piden detalles, los das —dijo Tomás casi para sí—. Si te piden que firmes, firmas. Pero que quede por escrito. Por nosotros. Por los que se fueron.

Cuando pronunció «los que se fueron», la palabra abrió una fisura en la cáscara de la bodega.

Raúl asintió sin comentar; fue un gesto visto desde fuera, pero suficiente.

Tomás se incorporó despacio, raspó la suela de la bota en la losa y llevó la palma a la garganta, como quien intenta empujar el latido hacia el pecho.

—Y si viene alguien a decirme que calle —añadió, con la voz voceando lo que temía—, que no sea la primera vez que lo hacen. Que quede que lo dije yo. Que el bastón lo diga por mí si no puedo.

La frase tenía algo de broma amarga. Tomás sonrió sin humor y apoyó de nuevo la mano en el bastón.

Levantó la cabeza y, por primera vez desde que había entrado, miró la puerta.

A lo lejos, más allá del umbral donde la niebla lamía los cristales, se oyó un motor.

No era un motor nuevo: era la nota conocida de un vehículo que no debería estar esa hora en el camino: un velo de grava aplastada que venía y se fue destruyéndose en la distancia.

Tomás apretó los dedos alrededor del bastón. Sabía lo que había dicho; sabía lo que podía desencadenar. Sabía, también, que ya no tenía marcha atrás.