Capítulo 17La Noche de Las Viñas
La Noche de Las Viñas
Tomás Leiva
Al caer la tarde, la bodega olía a tonel viejo y a tierra; una luz rasante se filtraba por la rendija alta de la puerta y hacía brillar motas de polvo sobre las duelas.
Tomás encendió el hornillo eléctrico, puso la cafetera de pitorro y dejó que el silbido le diera tiempo al gesto: desabrochó la camisa, enrolló las mangas, tomó la hoja en blanco que había traído doblada en el bolsillo y la extendió sobre la mesa de trabajo.
El vapor del café trazó una nube corta que fue a posarse en el papel; Tomás lo apartó con la mano como si apartara un recuerdo dispuesto a humedecerse.
Antes de hablar, dibujó. No era dibujo para otros; era un mapa hecho a la manera de quien ha visto un sitio veinte veces y lo guarda en la palma.
Trazó al río como una raya curva, añadió el embarcadero con una cruz y, hacia arriba, el caserío L.
en un rectángulo. Señaló la vía vieja que serpenteaba entre los olmos y la piedra grande donde decían que se encendía la hoguera en las fiestas.
Con punta de bolígrafo indicó un sendero lateral, con ruedas marcadas.
A su lado escribió, con letra que se le hacía más firme cuanto más recordaba: «piedra‑fogata».
Fue colocando los nombres que conocía —Casa de la Fuente, molino— como si pegara fichas sobre el tablero de la noche.
Hizo anotaciones, flechas que iban desde la bifurcación al caserío: tres coches —A, B, C—, dijo en voz baja mientras dibujaba círculos negros; puso una cruz donde aparcaron y otra, más cercana a la casa, donde los faros dirigieron un haz de luz.
Subrayó con una línea quebrada la zona donde, según su memoria, apuntaron las linternas: «luz alta — foco hacia ventanal norte».
La mano le tembló apenas. La memoria no es un archivo limpio, pensó, sino un surco que se repasa hasta que la arcilla responde.
Se sirvió el café en un vaso de hojalata y mascó un poquito de pan mientras hablaba en voz propia, para que la frase no se rompiera.
Dijo que fue en verano de 1980, aunque enseguida matizó: que el mes no estaba claro para él, que lo importante era la noche y la disposición.
En la hoja fue anotando movimientos: llegada de coches, motores apagándose, un olor a gasoil que aún le subía a la memoria —«olor a gasolina, a queroseno quizás»— y la huella del polvo en el talón de las botas.
«Llegaron en convoy, no uno a uno», murmuró; la flecha A→B→C lo representaba con precisión de labriego: una cuerda tensa que unía vehículos hasta la sombra del caserío.
Miró la puerta de la bodega como si imaginara la escena desde dentro.
Recordó cómo colocaron, al borde del prado, una lata con queroseno y un foco improvisado —«una lata vieja, oxidada»— que proyectó una luz dura hacia la casa; lo dibujó con un pequeño círculo manchado.
Encima, anotó: «punto referencia: piedra».
Fue marcando nombres, no siempre formales: dijo que el notario estuvo, que Castaño —el ingeniero— anduvo cerca, que Ardanaz, el administrador técnico, apenas habló.
No añadió juicios; sólo trazó quién habló más.
Señaló con una línea corta al centro del círculo a quien dominó la palabra: «hombre corpulento — organizador».
No pudo ponerle un nombre; la memoria le ofrecía la figura, la manera de mandar, el gesto de colocar a la gente y de vigilar la puerta, pero no siempre la etiqueta.
Al lado anotó, casi como advertencia: «mano en bolsillo — controla salidas».
Los detalles sensoriales volvieron con vigor: la risa forzada de los que no se conocían bien entre sí —«una risa que suena a madera vieja»—; el ruido del barro en las suelas cuando alguien reculaba; el rumor del río que, en la linde, parecía una pared.
Recordó el olor a humo de leña mezclado con algo más fuerte, como aceite quemado, y la sensación de frío en la nuca cuando una ráfaga levantó la manga del foco.
Dibujó cinco asientos esquemáticos alrededor de una mesa improvisada y, junto a cada uno, trazó pequeñas notas: «habló — promesa de pago», «silencio — apuntó a escrituras», «miró lejos — evitó fotos».
Se detuvo al anotar la disposición de los asistentes.
Para Tomás la diferencia entre quien hablaba y quien controlaba la puerta era esencial: el que hablaba trataba de convencer; el que controlaba la puerta medía amenazas.
En su mapa dibujó a la gente en dos planos: los que estaban dentro del círculo —los que discutían, que pidieron voces, que firmaron luego en mesas— y los que quedaban en el perímetro, con linternas o con cigarrillo, vigilando.
Junto a uno de los vigilantes escribió en letra más pequeña: «pañuelo, mano izquierda» —un rasgo que le quedaba incrustado— y que dejó allí como una nota, no como acusación.
La anotación era breve, apenas un recuerdo de tacto: la textura del pañuelo, el color que le pareció oscuro esa noche.
Pasó la punta del bolígrafo por los pliegues del papel hasta que las líneas parecieron suficientes para recobrar la secuencia.
Señaló la entrada: coches aparcan, luces cortan, hombres bajan, se forman dos grupos.
A la derecha del caserío, anotó el camino por donde se marcharon al final: un atajo hacia el molino, atravesando olivos.
Con una flecha punteada marcó la retirada: «salida — ruido piedras»; la flecha terminaba en la vía vieja, no en la carretera principal.
Dibujó, además, la piedra de referencia cercana a la hoguera: «bolardo», escribió, y remarcó que alguien prendió un fuego pequeño para dar calor y, sobre todo, punto de referencia visual.
Cuando llegó a la parte de quién habló en la reunión, sus palabras se volvieron más fragmentarias, pero más seguras.
«El que mandaba habló claro: "pagaremos", "a convenir", "no salga en actas"; esas frases las repitieron», anotó, y subrayó la concordancia con otros papeles que había visto años después.
Señaló que hubo un notario o una especie de fedatario que no intervino mucho, que tomó notas y que también hubo un capataz —Lázaro, escribió— encargado de que nadie se escapara por el lado del arroyo.
Miró la hoja con la insistencia de quien coteja una cosecha: quería que cada signo sostuviera lo que iba a decir.
No todo cabía en el mapa. Hubo momentos —lo admitió en voz baja, como quien calla ante la bodega— en que su memoria vaciló: no recordaba la hora exacta, si la discusión subió de tono antes o después de que se aclararan las linternas; no estaba seguro si los coches eran tres o cuatro.
Por eso dejó un paréntesis al lado de los coches: (aprox.).
Lo escribió porque había aprendido que la certeza de la memoria no se improvisa; se trabaja repasando y comparando.
Tomás se levantó un momento a la luz del umbral y miró la colina que abría hacia Las Viñas.
El crepúsculo había espeso la niebla entre los chopos; pensó en la piedra, en la lata oxidada que alumbró la noche y en la hoja de Héctor que ahora guardaban con cuidado otros.
Volvió, se sentó y añadió una última anotación al mapa: «puerta controlada — salida vigilada — reunión íntima».
Doblegó el bolígrafo y lo dejó sobre la mesa, cerca del vaso vacío.
Miró el conjunto como quien mira una pieza antigua y finalmente entiende su función dentro del mecanismo.
Apagó el hornillo, dejó la taza sobre la hoja y, con la mano algo áspera, señaló el trazo que unía el embarcadero con el caserío L. Luego, sin levantar la mirada del mapa, pronunció las palabras en que había venido a ocuparse: —Así fue la noche de Las Viñas.
Tomás no levantó la mirada del mapa; sin apartarla, dijo: —Así fue la noche de Las Viñas.
Doblegó el mapa con la misma mano que había señalado la flecha, dejó el bolígrafo sobre la mesa y se incorporó sin prisa. Apoyó la palma en la madera barnizada; la sensación del surco que había dibujado todavía le vibraba en la yema de los dedos. Miró a Raúl y añadió, con la misma voz contenida:
—Noté, como siempre, el bastón apoyado junto a la puerta de la bodega.
Guardó el papel en el bolsillo del chaleco, cogió el bastón y se puso la chaqueta.
No hizo más ruido que el de la hebilla; la lluvia pegada a la ventana marcó una continuidad que no necesitaba explicaciones.
Abrió la puerta con cuidado, cerró tras él la oscuridad caliente de la bodega y bajó los tres peldaños hacia el patio, hacia el viejo furgón que esperaba con el motor en marcha.
El camino hasta el viñedo fue corto y la niebla los envolvió en cuanto dejaron atrás las últimas casas.
Tomás sujetó el volante con manos secas, midiendo la pisada, como quien ajusta el paso a una huella ya conocida.
Cada curva le devolvía un detalle del mapa: la vía vieja, la piedra, el seto junto a la higuera.
No habló hasta que el faro del furgón abrió, en la penumbra húmeda, un fajo largo entre las cejas de los chopos.
—Por aquí —dijo al fin—; a la derecha del hito, en el tramo donde el suelo cambia.
Raúl bajó la linterna. Tomás apoyó el bastón en el borde de la puerta antes de salir y dejó la bota en la gravilla mojada.
Anduvo con paso marcado, la suela hundiéndose en el barro reciente, y el bastón marcando el compás del relato: un punto, una pausa, una indicación.
La niebla pegaba al aliento; el único rumbo era el surco que Tomás había trazado en la palma de la mano durante horas.
El sendero que encontró no figuraba en los planos que él conocía de joven; era una herradura que se abría y cerraba entre vides, una hendidura en la tierra que recogía agua y señalaba el paso de ruedas.
Tomás se inclinó y, con la punta del bastón, acarició la banda de compactación como quien repasa una costura antigua.
—Aquí entraban —murmuró—. No por la carretera; por la zanja vieja, pegados al seto de la higuera, así, para que no se viera desde el molino.