Capítulo 14Los muros de Valdeluz #3
No llamó. Iba con la requisitoria aún doblada en el bolsillo interior, con la bolsa 060 cerrada en la mano, y pidió que su presencia se anotara en el libro de accesos.
El responsable de seguridad, que los había acompañado en la sala de control, se quedó a cincuenta pasos; al fondo, la silueta baja de un técnico doblaba la espalda sobre una mesa.
Raúl encendió la linterna; la luz corta dibujó polvo en suspensión y empezó a recorrer la hilera de casetas auxiliares.
Las bisagras crujieron con un sonido apagado.
La lluvia, en el cristal de la sala de control, siguió su medida inalterable.
La primera caseta guardaba herramientas: estanterías con botes, mangueras, una caja de llaves con etiquetas y varios cuadernos apilados que parecían destinados al registro cotidiano.
Raúl no los tocó aún; hizo las fotografías generales primero: plano de conjunto, detalle de la cerradura, macro de etiquetas.
Tomó las tomas con orden y precisión, numeró cada archivo y dictó en voz alta la referencia para la hoja de custodia: "Fotograma 1169‑A, B, C — Caseta 3 — Estantería norte.
" La teniente abrió el bloc con el acta y estampó su firma; el responsable de seguridad firmó con la mano que todavía olía a grasa.
En la mesa, bajo un foco colgante, había un cuaderno de guardia abierto con la tapa desgastada.
Las hojas empezaban con entradas rutinarias: fechas, nombres, turnos.
Luego aparecieron anotaciones irregulares: horas tachadas, entradas en las que el sello de la empresa faltaba y, en cuatro ocasiones durante la madrugada de la semana previa, la columna de firma había sido cubierta con iniciales diferentes a la rúbrica que figuraba en la tabla oficial de turnos.
Raúl inclinó la linterna sobre la página y vio una corrección a lápiz que dejaba un trazo vertical como si alguien hubiera intentado borrar una línea completa.
No leyó en voz alta; fotografió la doble página con macro para que quedara visible la presión del trazo, la textura del papel humedecido y la alteración.
— ¿Esto siempre lo lleva así? — preguntó en voz baja.
El responsable de seguridad replicó con mesura: — Hay registros centralizados. Esto es auxiliar. A veces los operarios anotan aquí y luego se pasan a la bitácora de la sala. No debería, pero pasa.
Raúl dejó que la respuesta quedara en el acta y la anotó en su libreta.
La contradicción entre un cuaderno auxiliar y la bitácora principal, si se ratificaba en peritaje, abría una vía para documentar accesos no registrados.
Tomó otra foto: detalle de la firma que aparecía repetida con trazos inclinados —la misma forma que había observado antes en recibos domésticos— y apuntó en la ficha de prioridades: "Peritaje caligráfico: cuaderno caseta — comparar rúbricas vs firmas nómina Valdeluz. "
El perito de la brigada, que había traído el kit para huellas y embalaje, desplegó guantes y una tabla limpia.
Comprobó la secuencia fotográfica y solicitó al responsable de seguridad que firmara el acta de extracción.
El hombre vaciló apenas; Raúl lo miró y presentó la requisitoria y el acta preparada: "Extracción preventiva — cuaderno de guardia caseta 3 — entregado a efectos de custodia y peritaje con consentimiento del responsable presente.
" Él firmó, con la letra contenida que había usado en la sala de control, y la teniente estampó su rúbrica como testigo.
Con guantes de nitrilo, el perito levantó el cuaderno, lo colocó sobre la tabla de extracción, fotografió el lomo, el interior y la cara de las páginas seleccionadas.
Cada imagen recibió etiqueta, hora y hash provisional.
Raúl dictó la identificación de la bolsa: "Bolsa 063 — cuaderno guardia — caseta 3 — hora 09:16 — firma responsable seguridad, firma perito, firma R.
Mendizábal." El perito introdujo el cuaderno en una funda plástica arrollada, selló el cierre con una tira numerada y Raúl anotó la numeración en el acta.
Mientras el técnico retiraba la funda sellada, Raúl se inclinó hacia una balda inferior donde notó un resto de adhesivo pegado al borde de un bote de pintura.
Era una pegatina deshilachada; alguien la había arrancado parcialmente y la mitad que quedaba mostraba el logotipo de un taller local —una silueta de llave inglesa— y tres dígitos de teléfono legibles: 64‑9.
Fotografió el fragmento en macro y lo guardó en una bolsa plástica pequeña; la numeró como "Bolsa 064 — adhesivo taller — caseta 3", y pidió al perito que redactara la nota de extracción.
El trozo era pequeño, pero la tinta y la resina adherida podían ligarlo a fichas de taller, vehículos o facturas si lograban completar el número.
— ¿Suele haber pegatinas de taller aquí? — preguntó la teniente.
— Hay mucha subcontratación — respondió el responsable —. Se ven pegatinas, tarjetas, papeles. Si quiere llevarse algo, firmo.
La declaración de consentimiento quedó por escrito. Raúl no la forzó; sabía que cada firma, por mínima que fuera, cerraba opciones procesales. Ordenó además que se tomara una muestra con hisopo en la superficie donde la pegatina había estado adherida.
Abrió la funda del cuaderno con cuidado sobre la mesa provisional y dejó que la luz delineara los trazos.
Vio entradas recientes donde los nombres aparecían abreviados con siglas que coincidían con listas parciales que había visto en la casa de Héctor; vio, también, una nota breve escrita en bolígrafo: "Cambio de turno — coche taller 02:00", sin número de matrícula.
Sacó fotografías, marcó la página y consignó la observación en la petición que redactaría al fiscal: "Solicitar a Juzgado requerimiento para: listados de talleres locales, facturas por trabajos en Valdeluz, relación de asignaciones de vehículos y comprobantes de salida de equipos en franja nocturna. "
Mientras la teniente redactaba el acta complementaria, el teléfono móvil de Raúl vibró en el bolsillo.
Miró la pantalla: llamada entrante, número oculto.
Contestó con la postura contenida que usaba en interrogatorios; dejó la voz baja para que la caseta no oyera.
La voz al otro lado no se molestó en disfrazar la advertencia.
— No meta las narices donde no toca — dijo la voz, con un acento que unos segundos quiso ser neutro y otros no —. Aquí se arreglan las cosas a su manera. No haga ruido.
Raúl guardó la calma y dejó que el silencio empujara la frase siguiente sin añadidos.
— Anote lo que quiera — prosiguió la voz —. La empresa ya se ocupa. No saque las cosas del sitio. No busque titulares.
La llamada fue breve. Raúl mantuvo el móvil pegado a la oreja hasta que el interlocutor colgó; luego, sin comentarios, pidió que la comunicación quedara registrada en el expediente.
Hizo anotar la hora exacta, la circunstancia y el canal: "Llamada anónima — número oculto — hora 09:34 — advertencia velada; registro incorporado a atestado.
Solicitar conservación de CDR y trazabilidad. "
La teniente miró de reojo al responsable de seguridad; él repitió la frase que ya había dicho por la mañana: — Quieren prudencia — no añadió nombres.
Raúl cerró la libreta y volvió a la mesa.
Había suficientes placas documentales para pedir un requerimiento judicial sobre los talleres: la pegatina con los números incompletos, la entrada del cuaderno que mencionaba "coche taller 02:00" y las anotaciones irregulares en las guardias.
Antes de marcharse ordenó una última operación: que se fotografiara el vano exterior por donde, según la marca en el suelo, habían entrado vehículos pequeños y cuñas de barro; que se tomaran moldes de las dos improntas más claras y que se remitieran al laboratorio de neumáticos para cotejo.
Solicitó también que la ficha de las bolsas 063 y 064 se incluyera de inmediato en el dossier que viajaría al fiscal.
Se despidió con la documentación en regla, la bolsa 063 y la 064 en el armario metálico de custodia provisional y las firmas estampadas en cada acta.
Cruzó el aparcamiento hasta su coche. En el umbral, con la lluvia marcando otra vez su constancia, miró la línea de muros que enmarcaban la central.
Abrió la puerta, se sentó, dejó las bolsas a su lado y, antes de arrancar, anotó en la hoja de ruta: "Solicitar requerimiento juzgado: talleres locales — cotejo facturas y matrículas — conservación CDR — peritaje caligráfico cuaderno 063.
" Colocó la carpeta bajo el brazo, encendió el motor.
Con la mirada en la pared de hormigón que los obreros llamaban Valdeluz, pensó que los muros protegían más que una infraestructura; protegían una red de omisiones.