Capítulo 6Presión en el Despacho
Presión en el Despacho
Raúl Mendizábal
Era por la tarde. La lluvia golpeaba el tejado de la comisaría con la misma insistencia que la voz de la comarca había golpeado los oídos de Raúl desde la mañana; al entrar en el despacho, dejó la gabardina colgada y tardó un segundo en desprenderse del olor a humedad que la tela conservaba.
Marta Lobo ya estaba sentada detrás de la mesa, la tablet encendida delante, la mandíbula apretada; en la ventana la niebla borraba el cerro.
—Marta —dijo él sin sacudirse— ¿qué hay?
Ella no necesitó formar la respuesta. Puso sobre la mesa la copia del informe preliminar del forense: la ficha con la anotación sobre la contusión occipital, la lista de muestras embaladas, las peticiones de histología y sedimentología.
Raúl vio la letra mecanografiada, el sello del hospital y la firma de Garrido; apartó la vista un segundo para dejar que la gravedad del papel se posara entre ambos.
—La jefatura ha pedido prudencia —dijo Marta, mirando la pantalla—.
La provincia y el Ayuntamiento han abogado por contener la versión pública.
Hay llamadas desde primera hora: "evitar alarma", "no politizar", "pensar en la comarca".
Cristina Valcárcel me ha dejado un mensaje pidiendo sensatez.
Yo no voy a poner en riesgo la comisaría. No me pidas que hagamos teatro.
Sus manos no buscaban suavizar el tono; lo medía todo para que la medida hiciera el trabajo por ella. Raúl respiró y apoyó las palmas sobre la mesa. La madera vibró con un golpe de lluvia en el cristal.
—No hay teatro posible —contestó—. Hay hechos que necesitan peritos. Y no se puede convertir un hallazgo forense en una consigna política.
Ella inclinó la cabeza, el gesto de quien ya había elegido una vía intermedia.
—Insiste conmigo en esto: un titular ahora y el pueblo se desangra en rumores. Cierra como accidente y ganamos tiempo. Ganamos la tranquilidad de la plaza y la estabilidad económica. No estoy hablando de ocultación, estoy hablando de gestión de crisis.
Raúl dejó que la palabra "gestión" rebotara en su experiencia.
Sabía qué significaba en su gente: puestos de trabajo, contratos, facturas que llegaban puntuales.
Sabía también que "gestión" a veces era la palabra que cubría acuerdos opacos.
Sacó la copia fotográfica de la hoja que había llegado del embalse, rozó con el borde del dedo el plástico que protegía la imagen —no la abriría sin orden judicial— y la dejó sobre la mesa para que Marta la viera sin tocarla.
—El forense ha dejado constancias claras —dijo—.
Contusión en la nuca con posible datación previa a la inmersión, sedimentos adheridos en la región occipital que no concuerdan con una simple inmersión pasiva, ausencia de signos inequívocos de ahogamiento clásico.
Además: tenemos la lista encontrada en su chaqueta, sellada como bolsa 003, y la intimidación a Tomás consignada como bolsa 014.
No son conjeturas, Marta; son elementos que requieren peritajes y tiempo.
Ella leyó las líneas sin levantar la vista, como si buscara fallos técnicos para poner en marcha su plan.
—¿Y si esos elementos indican algo que no sea fatal para la comarca? —preguntó—. ¿Y si sólo son impresiones que alimentan una caza? El fiscal entiende la sensibilidad del lugar. No hagamos que todo estalle.
La forma de la pregunta era una advertencia. Raúl la escuchó como tal y, antes de responder, le devolvió la vista con la serenidad que aplicaba a los procedimientos.
—He pedido prioridad en histología y sedimentología —dijo—.
He pedido peritaje caligráfico sobre la hoja y conservación de todas las imágenes de la zona.
Lo he hecho por escrito, con sello y envío seguro al fiscal esta mañana.
No cerraré por oficio lo que los peritos aún no han hablado.
Y si alguien quiere manejar la comunicación oficial, que pase por la Fiscalía.
Marta dejó la tablet apoyada, el reflejo de la pantalla rebotó en sus gafas. Silenció el gesto y, al hacerlo, se le vio más humana: una línea de cansancio en la comisura. Sacó su propia libreta y, sin teatralidad, anotó algo. Después habló con voz baja.
—Raúl, esto te puede costar. Ya sabes cómo va: la provincia, la prensa, la familia… Puedes perder apoyo. Yo trato de proteger la estructura para que, si todo cuadra, podamos llegar a una conclusión sin quemar la comarca entera. ¿Entiendes?
Raúl asintió con la cabeza, no con sumisión sino con cálculo.
Sus dedos buscaron la libreta y comenzó a escribir.
Sus notas no eran un desahogo: eran un acto administrativo.
Fue escribiendo, y cada línea era una pieza que convertiría en constancia: hora exacta; resumen del informe; discrepancias señaladas por Garrido; lista de pruebas ya embaladas y ubicación de bolsas 003 y 014; petición reiterada de peritajes y la instrucción de que toda comunicación oficial se canalice mediante la Fiscalía.
Mientras escribía, el teléfono del despacho sonó. Marta miró la pantalla y su gesto se tensó; al otro lado se oyó una voz de tono neutro, una voz de despacho político que no aceptaba matices.
—Buenas tardes —dijo ella en voz baja—. Entendido. Haremos lo que nos indica la jefatura. Sí. Sensatez. Muy bien.
Colgó y dejó el teléfono boca abajo, como si hubiera depositado una carga.
Raúl no pidió el nombre de quien había llamado; anotó en su libreta la hora y el hecho: "Llamada de la jefatura provincial.
Petición de contener narrativas. Hora: 16:37.
Registrado." Lo escribió con letra firme.
Marta lo miró, buscó un resquicio, y dijo:
—Te lo digo para que lo sepas. Me llegan instrucciones.
—Que quede por escrito —repuso Raúl—. Pido que cualquier instrucción de ese tipo nos la envíen por escrito a la Fiscalía y que, si proviene de la jefatura, conste en el expediente. No aceptaré presiones verbales sin rastro.
Ella vaciló un segundo, hizo la mueca de quien calcula la propia carrera, y aprobó con la cabeza.
Raúl fue más allá: exigió que la comisaría archivara la grabación de la llamada en el sistema sellado de accesos, que la teniente añadiera la referencia en el registro de entradas y que se remitiera una copia segura al fiscal por correo certificado. Todo lo dejó anotado y lo firmó.
La conversación cambió cuando una segunda llamada entró, esta vez al teléfono fijo de la mesa.
El nombre en la pantalla era un indicio: el registro municipal.
La voz que respondió era distinta, más diplomática.
Habló de “daños a la comarca” y de “responsabilidad colectiva”, y dejó caer la palabra que más pesaba en un pueblo: continuidad económica.
No pidió ocultación explícita; pidió "prudencia por el bien común".
Raúl escuchó sin interrumpir, y cuando le cedieron el turno, indicó con calma:
—Transmitiré al fiscal la petición y la incorporaré al expediente. También dejo constancia de su llamada. Pero hasta que no haya dictamen pericial no puedo orientar la investigación a ninguna hipótesis definitiva.
Colgó y escribió de nuevo: "Llamada del Ayuntamiento. Solicitud de prudencia — incluida en expediente." Selló la hoja con la firma y la hora. Cada anotación fue una barrera contra la presión que venía: tenía la intención de convertir voces en documentos, órdenes en papeles que pudieran seguirse.
Cuando terminó, llamó a la teniente y le entregó tareas concretas: solicitar la conservación temporal de grabaciones privadas que pudieran existir en la zona del embarcadero, abrir acta de recepción de cualquier comunicación externa, auditar accesos a la carpeta del caso y duplicar las copias selladas que ya había remitido al juzgado.
Le pidió, además, que mantuviera el equipo de vigilancia asignado a Tomás y que no revelara a nadie los nombres de los peritos hasta que el fiscal autorizara su comparecencia.
La teniente asintió y recogió las instrucciones con la profesionalidad que alivianó la escena.
Raúl dobló la hoja que había escrito, la colocó en un sobre dirigido al fiscal y la selló con cinta numerada; hizo una fotografía del sobre con su teléfono de trabajo, anotó el hash en la libreta y ordenó que una copia electrónica sellada se depositara en el servidor de la brigada.
Todo el tiempo sus manos trabajaron de forma metódica: sello, foto, registro.
No era una demostración para nadie: era la construcción de un rastro que, en el futuro, podría sostener su decisión.
Marta miró la operación y, por un instante, sus ojos mostraron algo que no era cálculo: respeto mesurado. Dijo en voz baja:
—Haces bien en dejar constancia.
Él no respondió con palabras de más. Guardó la libreta en el bolsillo interior y dejó la pluma sobre la mesa.
Encendió la lámpara de escritorio —la luz blanca dibujó la pila de papeles y la fotografía del embalse— y, al hacerlo, contempló la calle empapada que se veía por la ventanilla.
Antes de apagar la luz para salir, escribió una última línea en la página: "Discrepancias registradas; requerir dictámenes.
No cerrar." Luego dobló la hoja y la metió en la carpeta de pruebas que llevaría al fiscal al día siguiente, y con la carpeta bajo el brazo salió sin ruido hacia la noche húmeda.
Al día siguiente regresó a la comisaría con la carpeta doblada bajo el brazo.
La luz del pasillo amplificó el sonido de sus pasos; al cruzar la puerta del despacho dejó la gabardina como siempre, con el cierre todavía húmedo por la lluvia.
Colocó la carpeta sobre la mesa, abrió la tapa de la lámpara y, sin mirar a nadie, fue directo al terminal donde la teniente había dejado la lista de accesos y el informe de auditoría inicial.
No habló hasta que tuvo delante la fila de llamadas anotadas: horas, números entrantes, destinos.