Capítulo 5Voces que no se atreven #3
Colgó y escribió la petición para Fiscalía.
Sabía que la conservación de registros era la clave para obtener evidencia que no dependiera de voluntades quebradizas: grabaciones de cámaras, registros de acceso a la presa y bitácoras de la central, tránsitos en la gasolinera, movimientos en el embarcadero.
Con la misma letra, añadió la limitación legal: «Si no hay orden judicial, solicitar conservación temporal a los responsables —consentimiento por escrito— y acta de entrega con fotografía y firma».
No se permitía atajos; cada petición que no pudiera resolverse por la vía judicial debía dejar constancia de la voluntad del custodio.
Convocó a la teniente en el despacho; desplegó el plan operativo sobre la mesa.
Mientras él solicitaba por escrito al fiscal la orden de conservación de imágenes y de bitácoras de Valdeluz y de la presa, ella se encargaría de recoger por vía voluntaria los ficheros de comercios locales susceptibles de haber grabado movimientos relevantes —la gasolinera donde Héctor pagó, según anotaciones, la panadería, el bar— y de obtener de ellos una firma que garantizara que no borrarían material.
«Si consiente, fotografíe el soporte, selle y consigne en bolsa numerada», dijo.
Ella asintió y escribió en su libreta electrónica: «Acta de conservación — firmas — fotografías in situ».
Raúl marcó en el calendario las ventanas críticas: las veinticuatro horas anteriores a la crecida y la noche del suceso.
Enumeró las preguntas que necesitaba contestadas por las grabaciones: presencia de vehículos en el embarcadero entre 20:00 y 23:00, pings de antena de teléfonos móviles en la zona, entradas nocturnas a la caseta de la presa, horas de acceso a la caseta técnica de Valdeluz.
Hizo una nota al margen: «Solicitud de conservación de tráfico — Fiscalía.
Petición inmediata de copia forense condicionada a orden judicial».
No quiso pensar en el tiempo que tardaría un juez; prefirió mover las piezas que podía mover ya.
Mandó un mensaje cifrado a la Oficina Técnica para pedir que el perito forense asignado priorizara el cotejo de sedimentos y, en la medida de lo posible, planificara un muestreo comparativo con las muestras recogidas en la autopsia.
No anotó resultados; solo reclamó urgencia: «Prioridad 1 — cotejo sedimentos embalse/hora».
Pensó en la fotografía pegada a la puerta de Tomás.
Ordenó que, además de la vigilancia discreta, se estableciera un canal anónimo para denuncias y que se pusiera a disposición de Tomás una línea directa que derivaría a la comisaría.
Escribió la frase en el acta: «Canal anónimo operativo 24 h — n.º xxxx».
Preparó también una nota más práctica: un plan de relevos para que Tomás supiera que no quedaría expuesto en solitario en caso de aparición de extraños en la plaza.
Pidió al oficial de guardia que revisara los accesos al expediente en los últimos tres días.
No buscaba culpables dentro de la comisaría a la ligera; buscaba trazabilidad: quién había consultado las fotografías, qué archivos se habían abierto, si se habían producido exportaciones digitales.
Ordenó además que todas las copias realizadas quedaran identificadas con hash y sello y que una copia extra se depositara en la caja fuerte del juzgado.
Quiso dejar constancia de que la custodia tenía ahora una doble barrera: el soporte físico y la constancia de accesos.
Preparó un paquete que reunió la petición a Fiscalía, la orden interna de vigilancia y las instrucciones para la teniente.
Puso en cada documento una referencia cruzada a la bolsa 003 y a la 014, para que cualquiera que consultara el expediente pudiera seguir el hilo: origen de la lista, custodia de la hoja, intimidación al testigo, medidas de protección.
Antes de firmar, repitió en voz baja las tres razones por las que pedía discreción: evitar desbandadas de testigos, impedir la manipulación de cámaras por parte de terceros y no dar a la familia Valcárcel motivos para denunciar filtraciones.
Firmó la orden de protección en la esquina inferior y la estampilló con el sello de la comisaría; la dejó en la bandeja de la teniente con la consigna de que la entrada en vigor fuera inmediata.
Le pidió, además, que una copia electrónica sellada saliera por correo seguro a la Fiscalía y la otra quedara en custodia en el servidor sellado de la brigada.
La teniente lo miró un instante, respiró y asintió; organizó las fichas con un gesto mecánico que mitigaba la tensión.
Antes de que la ventana se empañara por la lluvia, Raúl volvió a mirar la fotografía sellada en bolsa y, sin dramatismos, la metió en la carpeta de pruebas que llevaría al fiscal al día siguiente.
Cogió el abrigo, revisó la lista de nombres de los agentes asignados y, mientras guardaba la libreta en el bolsillo interior, escribió una nota rápida al margen: «Buscar cámaras de vigilancia embarcadero — solicitar conservación al responsable de la presa».
Dobló el papel y lo colocó sobre la lámpara; la luz lo dejó nítido.
Firmó la copia final de la orden, la deslizó en un sobre dirigido a la Fiscalía y dejó, con un gesto seco, la pluma sobre la mesa; la radio emitió un pitido de control y él apagó la luz del despacho. La hoja sellada quedó en la penumbra, visible aún por el halo que entraba bajo la puerta.