Capítulo 6Presión en el Despacho #2
—Traje lo que pediste —dijo la teniente desde la silla contigua—. Los registros de la PBX y la auditoría de accesos a la carpeta. No hay contenido de llamadas, solo metadatos. El proveedor exige orden judicial para extracción de audio.
Raúl repasó con el dedo la sucesión de números.
Había repetidas marcaciones entre la jefatura provincial y el número de la alcaldía; a las 16:37 aparecía la conexión que él ya había registrado por la llamada a Marta.
Entre esas entradas, en tres ocasiones, se consignaban llamadas salientes de la comisaría hacia un número centralizado que correspondía, según un apunte antiguo en su libreta, a la oficina de relaciones de la empresa Valcárcel.
Tomó notas con letra precisa. Ordenó a la teniente que sacara impresiones certificadas de la PBX y que sellara cada página con la firma de ambos.
Ella lo hizo sin demora: imprimió, numeró, colocó una tira adhesiva con número de acta y dejó constancia de la hora en la cabecera de cada hoja.
Raúl pidió guantes; se los puso y fotografió por turnos los listados, las cabeceras y las firmas de la impresora.
Cada imagen recibió su hash, escrito a mano junto a la referencia en la hoja de custodia.
—¿Queremos pedir conservación al proveedor? —preguntó la teniente—. Sin orden, no nos los darán, pero sí podemos pedir que no borren nada y que lo guarden hasta que la Fiscalía dictamine.
—Pediré conservación ahora mismo —contestó Raúl—. Lo dejo por escrito y con acuse. Y lo envío al fiscal. Que quede constancia de la solicitud y del motivo: presión externa sobre la investigación.
Redactó en voz alta la petición para el proveedor telefónico, dictando la estructura para que la teniente la pasara a limpio: referencia de expediente, horas concretas a preservar (las veinticuatro horas previas a la crecida y las posteriores), solicitud de copia forense condicionada a orden judicial y petición expresa de no sobrescribir grabaciones.
Selló el documento, escribió la hora y añadió la instrucción: "Copia al fiscal.
Custodia comisaría: bolsa 022". La teniente rubricó; Raúl hizo una foto de las firmas y la depositó en la carpeta destinada al fiscal.
Mientras la teniente cerraba el trámite, llegó un mensajero del Ayuntamiento con un sobre abultado.
Dejó el paquete sobre la mesa y explicó que la secretaria municipal había pedido que fuera entregado en mano al inspector responsable.
Abrió el sobre con guantes; dentro había una hoja mecanografiada con membrete del Ayuntamiento y, clavado por encima, un ejemplar impreso de un correo electrónico remitido supuestamente por la oficina de la presidencia de la compañía.
La primera línea, subrayada a bolígrafo por alguien, decía: «Solicitamos prudencia y evitar la alarma pública. Coordinar narrativa.»
Raúl dejó la hoja junto a las impresiones de la PBX y tomó una fotografía general antes de tocarla.
Hizo, como era su costumbre, una toma macro de la cabecera del correo donde figuraban dirección de envío, destinatarios y la cadena de copias.
En el margen, con letra menuda, anotó la hora de entrega, el nombre del mensajero y la firma que el funcionario municipal estampó en el acta de recepción.
Todo quedó consignado en el acta: «Entrega voluntaria de documentación municipal.
Copia certificada recibida.» Solicitó al mensajero que firmara la hoja de recepción; el hombre lo hizo con gesto rígido.
No habían pasado diez minutos cuando llamó a la puerta un visitante formal: traje oscuro sin ostentación, tarjeta profesional que dejó sobre la mesa con un pequeño gesto medido.
"Responsable de Relaciones Institucionales — Compañía Valcárcel", decía la tarjeta.
Habló con educación pulida, la voz templada y la mirada que buscaba sutileza en cada frase.
—Inspector —dijo—. Mi nombre es César Rivas. Lamento lo sucedido. La familia Valcárcel desea colaborar y pide que la investigación se lleve con mesura. Nos preocupa la alarma social y el efecto sobre los trabajadores. No pretendo interferir, solo ofrecer la colaboración institucional que precise.
Raúl dejó que el hombre depositara su intención antes de interrumpirlo. No rechazó la cortesía, pero su modo fue invariable: protocolario.
—La colaboración se formaliza por escrito —respondió—. Toda comunicación relacionada con esta investigación ha de canalizarse por la Fiscalía. No aceptamos notas verbales ni presiones. Si tiene documentos, puede entregarlos aquí y quedarán bajo acta. Será fotografiado, sellado y remitido al fiscal.
Rivas asintió con una sonrisa contenida.
De una carpeta sacó dos hojas impresas: una nota de condolencia en nombre de la presidenta de la familia y, como acompañamiento, una copia de un correo donde la alcaldía y la compañía parecían intercambiar nombres y estrategias para «contener la narrativa».
Antes de que Raúl tocara las hojas pidió permiso y señaló que eran copias de lo que habían enviado a distintos destinatarios.
Raúl pidió a la teniente que hiciera un acta de entrega.
Fotografiaron el cierre de la carpeta, el membrete y la cabecera del correo.
Solicitó al visitante que firmara la hoja de entrega en el reverso, dejando su nombre y puesto, y que declarara ante acta que la entrega era voluntaria.
Rivas lo hizo, mostrando sin evasivas su sello y su firma.
Raúl colocó las hojas en una bolsa numerada, escribió el número en el acta y pidió a la teniente que sellara la bolsa con cinta numerada.
El visitante observó cada movimiento con la expresión impasible de quien sabía que los procedimientos registrales, no la retórica, dejaban marca.
—¿Puedo preguntar una cosa? —dijo Rivas en un instante de menor formalidad—. ¿Ha considerado la posibilidad de que la autopsia espere a los peritos para evitar conclusiones precipitadas?
La pregunta no era inocente; buscaba un resquicio. Raúl la devolvió con la misma calma que imprimía a su trabajo.
—Los peritos han sido solicitados con prioridad —dijo—. No habrá conclusiones públicas hasta que el fiscal lo autorice. Si desea colaboración de la compañía, hágalo por escrito y por el cauce que he señalado.
Rivas guardó las manos en los bolsillos y, antes de marcharse, dejó un número de contacto institucional y repitió la petición de discreción, sin amenazar, sin pedir silencio a cambio de nada.
Raúl lo fotografió también: la tarjeta sobre la mesa y la mano que la dejaba allí.
Cuando la puerta se cerró, el pasillo volvió al ruido de la lluvia.
Raúl pasó en limpio todo lo recibido. Comparó las horas de las llamadas impresas con los sellos de entrega: varias comunicaciones procedentes de la alcaldía coincidían con envíos y llamadas a la central de la empresa en horas cercanas a las conversaciones mantenidas por la jefatura provincial.
No era prueba de manipulación, pero era patrón suficiente para pedir preservación de servidores y correos.
Tomó el teléfono del despacho y marcó al registrador del Ayuntamiento; pidió formalmente, y por escrito, que conservaran los correos electrónicos remitidos y recibidos entre las direcciones implicadas en el rango de fechas establecido.
Solicitó además que se hiciera una copia certificada de la correspondencia y que la remitieran por mensajero con acta de entrega a la comisaría.
—Sin orden judicial pueden negarse —comentó la teniente—. Pueden limitarse a dar copia certificada y conservar originales.
—Que den copia certificada y que conserven los originales —replicó Raúl—. Y que quede en acta la negativa en caso de que la haya. Lo que no quiero es que se diga luego que no existió nada por falta de custodia.
Redactó en el ordenador una nota dirigida al fiscal donde solicitaba: conservación de registros telefónicos, petición de copia forense de correos entre Ayuntamiento y la compañía, y la incorporación de las hojas aportadas por la empresa y por el Ayuntamiento como "documentos de interés" en el expediente.
Selló la petición y la fotografió. Guardó también en la carpeta fotocopias selladas de las tarjetas, la nota de condolencias y el correo que había llegado por mensajero.
Antes de enviar los documentos al registro, anotó en su libreta una línea que sirviera como guion operativo: "Registro comunicaciones cruzadas — Ayuntamiento ↔ Valcárcel.
Horas claves: 10:12; 16:37; 18:03. Solicitar conservación CDR y copia forense correos.
Envío al fiscal: bolsa 022." Cerró la libreta con la mano y, con la misma firmeza, firmó y estampó la pieza que llevaría al fiscal por la mañana siguiente.
Mandó un correo interno a todo el personal de la brigada: "Toda comunicación externa sobre esta investigación debe canalizarse por escrito y remitirse al fiscal.
No contestar llamadas de presión; registrar hora y número.
Cualquier documento entregado en mano será fotografiado y archivado en bolsa numerada.
" No hizo alarde, lo dejó en el buzón de servicio y lo declaró en acta para blindarlo.
Una vez hechos los sellos y las fotografías, colocó las copias certificadas en la bandeja dirigida al fiscal y cerró la carpeta con cinta numerada.
Antes de guardar la llave en la caja fuerte, pasó los dedos por la tapa como quien comprueba que nada se ha quedado sin marcar.
En la libreta, al lado de la anotación ya escrita, añadió una breve nota: "No por voz; por escrito.
" Firmó debajo, dejó la pluma apoyada y entregó la carpeta a la teniente para que la dejara en el registro de salida.
Cerró el despacho por dentro; el ruido de la lluvia seguía marcando el ritmo de la comisaría.
Al poner la llave sobre la mesa, miró la hoja que acababa de sellar y escribió, con la calma que usaba para ordenar pruebas, la última línea de la jornada: "Registro de comunicaciones cruzadas incorporado al expediente. Petición de conservación formulada."