Capítulo 3La memoria de los viejos muros
La memoria de los viejos muros
Tomás Leiva
La lluvia canturreaba contra el tejado de la taberna.
Era la última hora de la tarde. Dentro, la estufa de hierro soltaba un calor que olía a carbón y a madera vieja; las paredes de piedra guardaban la humedad y las palabras como quien guarda herramientas.
Tomás Leiva tenía las manos recogidas sobre la mesa, las palmas rugosas asidas a la taza y observaba el brasero con la mirada de quien recupera mapas en el fuego.
A su lado, dos vecinos hablaban en voz baja de cosechas y de caminos cortados.
El murmullo mezclaba nombres del pueblo con el clac de la cucharilla al sacar el poso.
Cuando la puerta se abrió, una ráfaga de aire húmedo trajo olor a gabardina empapada; Raúl Mendizábal entró quitándose el sombrero, hizo un gesto de cortesía con la barbilla y se detuvo junto al contrabarra.
Tomás lo miró sin hacer ademán de levantarse; la curiosidad y la desconfianza cabían en el mismo surco de su cara.
Raúl se acercó y, sin estridencias, pidió permiso para sentarse. Tomás le señaló con el índice la silla enfrente y volvió la mirada al brasero, midiendo el silencio con el cuidado de quien no quiere que se rompa una palabra que aún debe hervir.
—¿No te han dicho nada los de la Guardia?
Raúl dejó la gabardina en la percha y apoyó las manos sobre la mesa. Habló con la mesura que ya conocía Tomás.
—Han pedido discreción, pero la Fiscalía está informada. Vengo a hablar contigo porque tu apellido aparece en una hoja que apareció con Héctor Valcárcel.
La palabra hoja insistió en el silencio. Tomás apretó la taza hasta que las nudosas falanges se blanquearon.
—¿Qué hoja?
Raúl deslizó una fotografía sobre la mesa.
Era una copia autorizada; el original estaba embalado en la bolsa numerada.
La dejó como si fuera una piedra que hay que mirar para adivinar su peso.
Tomás reconoció las letras, la fecha: 15/04/1982.
Los nombres estaban escritos en columna, lacónicos y no muy derechos: Iza, Olabarria, Leiva, Mendieta, Aguirre.
Por un instante no dijo nada. El silencio se hizo denso; la taberna pareció contener la respiración. La lluvia fuera marcó un ritmo distinto, más hondo. Cuando habló, su voz fue más áspera que la madera.
—No soy Iza —dijo, con una mueca, señalando la columna—. —Iza es otro; yo soy Leiva.
Raúl asintió y esperó. En la taberna nadie interrumpió.
Tomás dejó la taza y se frotó las manos, secándolas con el borde de la servilleta.
—Aquello fue un tiempo de máquinas y promesas.
Vinieron con planos que parecían cosas de otro mundo.
Decían que el valle iba a cambiar, que habría trabajo y que nadie se quedaría atrás.
Y mientras hablaban se llevaron la tierra por la que andábamos antes.
¿Tú sabes lo que es ver cómo una máquina arrasa un manzano que lleva en tu campo desde que aprendiste a andar?
Es como que te arranquen una palabra que te define.
No dijo el nombre del ingeniero; nombró el hecho y la máquina. Raúl anotó, sin interrumpir. Tomás tomó una bocanada de aire y continuó contando en voz baja.
—Nos juntamos en el ayuntamiento. Ahí estuvimos días y noches: pieles curtidas, mujeres con los brazos rojos del frío, hombres que no sabían qué decir y que aprendían a decir "no" en coro.
Firmas, actas que nos leían como si fuésemos aplaudir, y promesas que se iban haciendo pequeñas a medida que la firma quedaba en el papel.
Lo que no estaba en esos papeles quedaba en la boca de la gente, en el surco del camino y en el árbol que nos quitaron.
Raúl apoyó la libreta sobre la mesa. Tomás miró las notas, las manos del joven inspector.
—¿Y las actas? ¿Se firmaron allí, en el ayuntamiento?
Tomás volteó la cabeza, miró por la ventana empañada hacia el camino encharcado.
—Se firmaron cosas. También vi, una noche de verano, a hombres que llevaban papeles al patio y les prendieron fuego.
No eran muchas manos las que lo hicieron; fue una quema con guantes.
Se oía el ruido del papel al perder su nombre.
Yo lo vi desde la catedral de mi campo: fue un resplandor, y al día siguiente el aire olía a goma y a gasolina.
¿Expediente? Puede que fuese parte de uno.
Puede que fuesen trozos. No lo sé como juez; lo sé como quien vio las cosas arder.
La frase quedó flotando. Raúl no preguntó por qué no lo había dicho antes.
—Cuando quemaron las hojas, algunos se fueron a casa y otros nos miramos sin saber qué hacer.
A la mañana siguiente el secretario municipal apareció con la cara encajada como si hubiera tragado hiel.
Dijo que no había pasado nada, que aquello eran restos de papeles viejos.
Es lo que dijo. Algunas cosas en este pueblo se arreglan con palabras y otras con silencios que valen por órdenes.
No nombró al secretario; no hacía falta. Sus manos, al golpear la mesa una vez, fueron la sentencia.
—¿Y la gente? ¿Qué pasó con los que firmaron?
Tomás rió, con una mueca que no llegaba a alegría.
—Los de siempre terminaron repartiendo favores.
Unos obtuvieron contratos, otros fueron empleados de la central y muchos se llevaron cheques que llegaron tarde y con los números raspados.
Los que perdimos la tierra tuvimos que aprender a mirar la orilla del río y contar cuántos peces quedaban.
Algunos aguantaron, otros se fueron. Y algunos guardaron las heridas para dárselas a sus hijos en forma de historias.
No creas que el papel es lo único que falta.
Faltan las caras que habían de mirarte cuando pedías justicia.
Raúl no habló. El humo subía en espirales.
—¿Conoces a Iza?
Raúl asintió. Tomás apretó los labios.
—Tomás Iza... buen hombre, con manos que pesarían en cualquier tarea.
Perdió la tierra y la dignidad en la misma tarde.
Olabarria también. Los Olabarria tenían un manzano que era el orgullo del barrio.
Mendieta... ese apellido anda siempre en plazas y en promesas.
Y Aguirre, callado, como si la sangre le hubiera aprendido la costumbre del silencio.
¿Y yo? Leiva. Pon mi apellido en la lista y dime que la memoria se ha puesto de nuevo en marcha.
Raúl dejó la libreta abierta y miró las líneas de la palma de Tomás. Las palabras de Tomás eran ya parte de la trama; las llevaría consigo.
—Hiciste bien en hablarme. Lo que dices confirma lo que aparece en los papeles y nos da rutas que mirar. ¿Sabes de alguien que pueda identificar actas, o a quien le quedasen cosas por esconder?
Tomás miró los barrotes del brasero, siguió la forma de las brasas. Al final dio un nombre que no era nombre sino dirección: una casa en el camino de Las Viñas, una puerta con pintura descascarillada.
—Don Julián vive todavía. Vive en la casa del final del sendero, donde la hiedra tapa la verja. Si quieres papeles, mira en la memoria de su casa. Si quieres entender por qué se quemó lo que se quemó, pregúntale a él. No te dará todo, pero te dirá lo que no figura en los libros.
Raúl tomó nota. En la taberna, las cucharillas dejaron de sonar. Tomás se recostó en la silla, apoyó la nuca en la madera y miró la lluvia que barría la calle.
—Si vas, ve despacio. No por culpa de ellos, sino por miedo a que el miedo te confunda con ellos.
Dicho eso, señaló con el dedo el papel doblado que guardaba en el bolsillo del chaleco y con la otra mano se acercó a Raúl y le dijo, claro y sin alardes, la dirección donde encontrar al viejo secretario: la casa al final del sendero de Las Viñas, junto a la piedra que siempre quemaron para hacer fuego en fiestas, y el nombre por el que lo conocen en el pueblo: Julián Rueda.
Se incorporó sin prisa y apoyó la mano en el respaldo de la silla; la madera crujió, el brasero exhaló un suspiro breve. Miró a Raúl y señaló la puerta con el mentón; la calle estaba lisa de lluvia y la luz era la de siempre, la que vuelve los contornos nombres a punto de pronunciarse.
Salieron sin más palabras. El aire cortaba la garganta; la niebla pegaba las fachadas unas contra otras.
Tomás abrió el paso con el compás de quien conoce cada piedra y cada raíz; Raúl le siguió con la gabardina remangada y la libreta cerrada contra el costado.
Caminaban en silencio; en el valle las palabras precisas se ahorran hasta que la geografía exige su uso.
Antes de tomar el sendero que llevaba a Las Viñas, Tomás hizo una pausa junto a un mojón de piedra gastada. Pasó la palma por la superficie y cerró los dedos sobre una marca apenas visible: un cuño antiguo, dos letras entrelazadas. Esperó a que Raúl posara el índice sobre la huella.
—A. C. —murmuró Tomás—. Arturo Castaño. Era el ingeniero jefe que trajo los planos. Vivía en la Casa de la Fuente, al pie de la cuesta del molino. Empieza por ese nombre.
En su boca los nombres eran anclas que convocaban rutas posibles.
Avanzaron por la vereda encharcada. A la derecha quedó la zanja que habían abierto entonces para cablear y emplazar tuberías: un surco vuelto a rellenar con tanta prisa que los cantos sobresalían como cicatrices. Tomás se detuvo y señaló el borde con la uña.
—Aquí hicieron el primer trazado —dijo—. La zanja cortó el lindero del manzano de los Olabarria; lo tumbaron con una pala mecánica. Me acuerdo porque mi madre fue a verlo. Fue en mayo de 1981. El proyecto lo firmaba el ingeniero jefe.
Raúl asintió sin hablar; Tomás lo vio tomar nota. Entregaba fechas como mapas a verificar.
Más adelante, a la izquierda, un hito de hormigón medio cubierto de musgo mostraba una placa corroída donde aún se alcanzaba a leer algo así como "Límite parcela 42 — Exp. 134/81". Tomás apoyó la mano en la placa, la sintió fría.
—Expediente 134/81 —murmuró—. Eso nos trajeron al Ayuntamiento. Lo firmó el equipo técnico y luego el notario cerró las cosas. Recuerdo a la gente preguntando en el bar y al secretario poniéndose pálido.
La mención quedó en el aire. Un dato que obliga a abrir cajas y mirar sellos.