Los Nombres del Río Capítulo 3La memoria de los viejos muros #2
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Capítulo 3La memoria de los viejos muros #2

—¿Qué notario? —preguntó Raúl, sin prisa.

Tomás apretó los labios.

—Andrés Beltrán —respondió—. Notario Beltrán. Era de la capital; venía a firmar actas y comparecencias. Dicen que algunas escrituras salieron con su sello y reaparecieron con otras fechas. No lo vi yo en dos actos distintos, pero la gente lo comenta.

El nombre cayó como una piedra en agua quieta: en cualquier archivo, un notario deja rastro legible. Tomás observó a Raúl mientras el inspector anotaba.

Siguieron ascendiendo entre muros de piedra. Dos hitos alineados aún marcaban la vieja linde; en uno había un clavo con restos de pintura azul, memoria de una valla que sujetó un cercado provisional.

—Aquí pusieron la valla de obra —dijo Tomás—.

Mirábamos desde la ladera de enfrente y veíamos camionetas sin parar.

Los obreros traían carpetas marrones. Uno de ellos, Lázaro —el capataz—, era de por aquí.

Vive en el Cobertizo, junto al camino viejo.

Si buscas quién firmaba en el campo, pregúntale a Lázaro. No te dará todo, pero te dará nombres.

Pronunció el nombre con la familiaridad de quien nombra a un conocido. Tomás notó cómo Raúl lo apuntaba con la punta del bolígrafo.

A la distancia, la vieja casa del ingeniero apareció en un claro: muros de cal desconchada, alero con tablas ennegrecidas y una verja de hierro medio cerrada por la hiedra. Un castaño aún sostenía su tronco, como un testigo paciente. Tomás se detuvo a poca distancia.

—La llaman la Casa de la Fuente —explicó—. Está al pie de la cuesta del molino; la verja era azul, ahora está oxidada. Arturo Castaño vivía allí con su mujer. Luego vino un ayudante suyo, pero la casa conservó su nombre.

Observó la fachada, buscó el buzón y no encontró nada legible. Alzó la mano y golpeó el pilar de piedra con los nudillos; el sonido resonó, seco.

—Si buscas planos y firmas, empieza por aquí y luego pide el expediente 134/81 en el Ayuntamiento —dijo—.

Pide el proyecto de delimitación y la relación de técnicos.

Mira también en el juzgado: Beltrán pasó papeles por allí.

Y habla con Julián Rueda; era el secretario municipal en aquellos años. Vive al final del sendero.

Mientras hablaba, Tomás volvió la vista hacia la loma: hacia el embarcadero la niebla dejaba entrever el brillo del agua. Un destello cruzó una ventana a lo lejos, o quizá fue la linterna de alguien; fue un pulso breve. Cerró el puño sobre el chaleco.

—También hubo un administrador técnico que venía de la provincia —añadió, como repasando una lista en voz baja—.

Miguel Ardanaz. No era de aquí, pero estampaba rúbricas.

Y busca las actas de deslinde de junio de 1981: mi mujer hablaba de una anotación marginal que nadie nos explicó, algo así como "compensación acelerada".

Ella guardó un cuadernillo con recortes; quizás esa nota exista en el archivo.

Lo dijo más en forma de advertencia que de certeza. Tomás no pidió que le creyeran: entregaba pistas para que la máquina burocrática las confirmara o las desechara.

Dejó entonces sobre la palma el croquis torpe que su mujer le había dibujado: trazos de carbón, una línea que marcaba el sendero, un dibujo esquemático de la Casa de la Fuente y, al margen, tres nombres escritos con mano templada: Castaño, Beltrán, Ardanaz.

No era documento; era un mapa hecho por la costumbre.

—Esto me lo pintó ella —dijo Tomás—. Ella guardó cosas. Llévate estas referencias. Si en el archivo te dicen que todo está en orden, insiste: a veces lo que falta está en el margen.

Extendió el papel. Raúl lo tomó con cuidado.

Tomás lo vio doblar el cuadernillo con respeto y dejó que la lluvia le mojara la frente.

Raúl guardó el trozo de papel en el bolsillo interior de la gabardina; alzó la vista hacia la Casa de la Fuente y dejó que la lluvia marcara un compás preciso entre los viejos muros y la memoria que aún los habitaba.

Siguió con la mirada la caída de la tela hasta que quedó plana contra el costado; la lluvia volvió a dibujar su constancia sobre la chapa de la Casa de la Fuente. No habló.

Regresaron a la taberna sin prisa; el sendero era un mosaico de charcos y barro y cada pisada devolvía el eco de un tiempo que prefería no nombrar.

Dentro, el brasero daba calor y la madera olía a carbón; las voces se habían reducido al rasgueo de vasos y al roce de cucharillas.

Tomás dejó la taza en el borde de la mesa, apoyó las palmas sobre la cerámica y miró a Raúl como quien evalúa si una ventana debe abrirse o romperse.

—Te lo diré como se dice en el pueblo —empezó con la voz áspera de quien ha tragado mucho frío—, no por bravura, por necesidad.

Raúl colgó la gabardina en el respaldo de la silla y apoyó las manos. No hizo preguntas innecesarias; miró a Tomás y sacó la libreta con un movimiento medido. Tomás soltó la primera palabra como se tira una piedra al agua para ver cuántas ondas provoca.

—Después de aquellas protestas cortas, no tardaron en llegar las visitas.