Los Nombres del Río Capítulo 2Sombra en la orilla #3
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Capítulo 2Sombra en la orilla #3

La tercera hoja la reservó al peritaje caligráfico: copia forense de la lista manuscrita con cinco apellidos y fecha 15/04/1982.

Solicitó análisis de tinta, determinación del tipo de instrumento, presión del trazo y examen de borrados o añadidos; pidió además un microanálisis del papel para determinar composición y posible exposición a agua de embalse —un dato que, ligado al sedimento, podía precisar si la hoja había permanecido en un bolsillo húmedo desde hacía tiempo o si había sido colocada más recientemente.

Dejó la petición informática para el final, afinando la redacción: proponía que, una vez la Fiscalía dictara la orden judicial, se instara al operador telefónico a remitir los registros de comunicaciones y las localizaciones por antena del número vinculado al DNI de Héctor Valcárcel para la ventana temporal comprendida entre las 18:00 y las 24:00 del día anterior a la crecida.

Añadió una medida complementaria: orden de conservación de tráfico para impedir sobrescrituras y petición de extracción forense de cualquier dispositivo que se encontrara asociado al fallecido cuando la Fiscalía autorizara la entrada en domicilios u oficinas; remarcó que la imagen forense debía realizarla un perito acreditado, con certificación del hash y custodia física sellada.

Subrayó las limitaciones: tiempo de espera para respuesta de operadoras, posibilidad de sobrescritura y margen de tardanza, todo consignable en acta.

Mientras escribía, la puerta del despacho se abrió lo justo para que la comisaría asomara la cabeza. Marta Lobo no dijo nada hasta que él dobló la última hoja y la dejó sobre la mesa.

—¿Firmado ya? —preguntó ella.

—Para Fiscalía —contestó Raúl—. Prioridad pericial y petición de medidas cautelares sobre datos telefónicos en cuanto el fiscal lo autorice.

Marta miró las páginas, la caligrafía sin adornos.

—Te digo lo mismo que antes: discreción y trazabilidad. Pero si vas a activar la vía judicial con peticiones de operatoria y peritajes, avísame. Yo coordino con provincial. No queremos órdenes contradictorias en la misma mañana.

Raúl le extendió la pluma. Ella firmó con una traza rápida.

—Controlaré las llamadas que recibas de la Provincia —dijo—. Si hay presión política directa, la canalizaré por aquí y la dejaré por escrito. Tú sigue con los peritajes.

Él dobló las copias, colocó una en el expediente y otra en un sobre dirigido a la Fiscalía.

Además envió por correo seguro la documentación y preparó un documento para la teniente: limitación de accesos al expediente, auditoría de consultas y notificación a todos los funcionarios que hubieran manipulado la carpeta.

Ordenó que se hicieran copias selladas de la evidencia digital y que una de esas copias se depositara en caja fuerte del Juzgado.

El gesto era preventivo: dejar vías registrables.

Mandó a la teniente que pusiera en marcha la auditoría informática inmediatamente; ella asintió y se marchó con la tablet bajo el brazo.

Raúl aprovechó para llamar al laboratorio provincial.

Habló con la recepcionista y pidió hablar con el responsable de histología; dejó instrucciones claras sobre priorización y embalaje.

Registró la comunicación en la libreta: hora, interlocutor, plazos.

Antes de colgar, anotó en voz baja que solicitaba un informe intermedio que pudiera remitirse a la defensa y a la familia si la Fiscalía lo autorizaba; la idea era preservar el valor probatorio y esquivar filtraciones fragmentarias. No quería sorpresas: cada paso quedaría con huella.

Apenas terminó la última llamada recibió un mensaje encriptado de la teniente: «Acceso restringido. Auditoría iniciada. Lista de personal enviada al Juzgado». Raúl escribió una nota breve y la pegó con cinta sobre la carpeta: «No abrir sin orden judicial». Fue una redundancia deliberada.

Quedaba la cuestión humana: los testigos que habían declarado en el muelle, el operario, el vecino de la loma y el responsable del turno.

Encargó formalizar las declaraciones y solicitó que, si aceptaban, se grabaran con equipo que dejara constancia de la hora y el consentimiento.

No por desconfianza personal sino por disciplina: la ley se sostiene en constancias.

Cuando terminó, colocó todas las copias en el sobre que ya llevaba la firma de la comisaria y la suya. Puso el sello oficial y pidió a la secretaria que registrara la salida en el libro. La secretaria tecleó sin preguntar; la pantalla devolvió la hora y el número de entrada en el sistema.

Antes de levantarse miró por la ventanilla empañada.

La lluvia había aumentado; sobre el cristal corrían mapas hinchados de agua.

En la orilla del embalse, la niebla debía de estar devolviendo su memoria en siluetas y rumores, pero allí, en la mesa, la memoria había sido fijada en papel.

Raúl guardó su libreta en el bolsillo interior de la gabardina, cerró la carpeta con el broche metálico y, sin dramatismos, dijo en voz baja lo que siempre decía cuando quería ordenar el ruido: —Que los peritos hablen.

Estampó la última firma, deslizó la carpeta hacia la cinta del registro y, al recoger su abrigo, pensó en la línea que había trazado entre la orilla y la mesa. Guardó la carpeta bajo el brazo y salió a la lluvia.