Capítulo 2Sombra en la orilla #2
—Bien —dijo por fin—. La jefatura provincial ya ha llamado. Quieren que contengamos la narrativa: riada, accidente, cierre rápido. Si salen titulares que mezclen presas y expropiaciones, vamos a tener al fiscal, al alcalde y a la prensa sobre nosotros en veinticuatro horas.
Raúl no contestó con promesas. Sacó la fotografía macro de la hoja y la dejó sobre la mesa, girándola para que ella viera la tinta corrida en la esquina.
—Hay una hoja con cinco apellidos fechada el 15 de abril de 1982 —repitió—. La hemos sellado y consignado como evidencia prioritaria. He pedido caligrafía y microanálisis de fibras. Esto no es una opción de prudencia: es la cadena de custodia.
Marta miró la fotografía, luego las firmas en el expediente, y por un instante cedió la rigidez de su expresión.
—Lo entiendo —admitió—. Pero entiéndeme a mí: hay una presión política que no es rumor. Me han dicho claramente que evitemos un conflicto con la comarca. Si subimos el volumen informativo sin necesidad, propiciamos una fractura social que nos puede volver en contra.
Él le entregó la copia del acta firmada en la caravana, la hoja con la anotación sobre la extracción in situ y el sello que ya llevaba la firma del jefe de la brigada.
—Todo está registrado —dijo—. He dejado constancia en la Fiscalía. No voy a hacer filtraciones; tampoco voy a cerrar a priori una posibilidad que la evidencia rechace. Si la autopsia y los peritos confirman que hubo lesión antemortem, tenemos la obligación de investigar.
Marta apoyó las manos sobre la carpeta, midiendo las palabras como quien reparte raciones.
—Entonces hacemos esto con la máxima discreción —propuso—. Tú pides los peritajes y yo me encargo de las llamadas institucionales. Pero necesito que controles la comunicación interna: nada sale sin pasar por la comisaría y la Fiscalía. ¿Podemos acordarlo?
Raúl asintió y escribió una instrucción breve: «Comunicación restringida. Copia a Fiscalía. Registro de accesos a expediente». Entregó la nota a la teniente del despacho de al lado con un gesto que pedía eficacia más que lealtad personal.
No habían terminado de firmar cuando la puerta se abrió y un coche negro se detuvo en la entrada; la secretaria entró con un mensaje y una tarjeta manuscrita.
Raúl reconoció el sello sin levantar la vista: la tarjeta de la familia Valcárcel, pulcra y lacada.
En pocos minutos, Cristina Valcárcel apareció en el umbral con el paso impecable de quien sabe que su presencia hace peso.
Llevaba un abrigo oscuro, los guantes en una mano y una expresión manufacturada para la ocasión. Saludó sin sonrisa, caminó hacia la mesa y dejó que la mirada hipnotizara la habitación.
—Comisaría, inspector Mendizábal —dijo—. He venido a ofrecer colaboración institucional y a pedir sensatez. Una investigación descontrolada causará daño real a gente que depende de la central. El pueblo ya sufre las consecuencias de la riada; no necesitamos que se convierta en un circo.
Raúl mantuvo el cuaderno apoyado en la mano y observó la manera en que Cristina colocaba los guantes sobre la mesa, gesto deliberado que completaba su compostura.
—La investigación sigue su cauce legal —contestó—. Toda colaboración será bienvenida si se ajusta al debido proceso. Si la empresa tiene documentación relevante, puede canalizarla por la Fiscalía.
Cristina ladeó la cabeza; la advertencia estuvo en el matiz.
—La compañía ha remitido ya informes técnicos sobre el embalse. Lo último que necesitamos es suposiciones públicas que pongan en duda la competencia de nuestros ingenieros. No confundir, inspector: discreción no es encubrimiento; es responsabilidad social.
No hubo amenaza explícita en la frase, pero su tono la hizo innecesaria.
Raúl pidió que entregara por escrito cualquier informe y que su abogado lo remitiera al fiscal a través de canales oficiales.
Cristina aceptó y, cuando se marchó, dejó tras de sí un silencio que se le pegó a la comisaría como una humedad más.
Pocos minutos después, el teléfono de la brigada sonó con un tono metálico. La voz al otro lado era anónima, rasposa y medida; la línea tenía la claridad de quien intenta jugar con la precisión.
—Inspector Mendizábal —dijo la voz—. Hay equilibrios que conviene respetar. No politice usted esto. Hay gente que paga por mantener la calma. Abra una investigación amplia y habrá consecuencias. Cuidamos al pueblo.
Raúl mantuvo la mano sobre el auricular, dejó que la frase entrara en el registro y preguntó por datos identificativos. La voz cortó con una risa breve y el silencio volvió, pesado.
Colgó. En la libreta consignó la hora, el número desconocido y la interpretación: «Llamada anónima con advertencia velada.
Registrar en atestado». Ordenó que se archivara junto a la tarjeta de la familia y las firmas de la extracción en el muelle.
Pidió además al oficial de guardia que solicitara trazabilidad de la llamada y anotara cualquier intento posterior de contacto.
Marta lo miró, midiendo el acto administrativo con la frialdad profesional que la detenía de ceder al dramatismo.
—Toma nota y no lo difundas —dijo—. Cualquier filtración nos será reprochada a nosotros antes que a ellos.
Voy a gestionar por mi parte las llamadas del Ayuntamiento y los requerimientos provinciales.
Que quede registrado: hago todo lo posible para que la investigación siga sin convertirse en guerra pública.
Raúl cerró el expediente provisional en su carpeta y escribió otra instrucción: «Registrar y cortar canales de filtración interna.
Auditoría de accesos a expediente». Mandó a la teniente que limitara permisos de visualización y que sacase copias selladas al juzgado si fuese necesario.
No solicitó medidas grandilocuentes; pidió trazabilidad y registro, herramientas que dejan rastro.
Quiso evitar, con diligencia administrativa, que la presión se convirtiera en hecho político antes de que las pruebas lo exigieran.
Llamó por teléfono a la Fiscalía, dejó el resumen técnico y pidió acuse de recibido.
La voz de la fiscal contestó con la medida de quien sabe que las investigaciones se miden en papeles y plazos.
—He tomado nota —dijo—. Remíteme por correo seguro todo lo que tengas y pide peritaje urgente. Mantén comunicación limitada. Y, señor Mendizábal: documenta cualquier presión.
Colgó y estampó en la copia del expediente la anotación de la llamada. Marta recogió la tablet y revisó los nombres de quienes tenían acceso a la carpeta. La comisaría, por un instante, pareció un tablero de fichas: cada movimiento registrable, cada contacto susceptible de dejar huella.
Raúl reunió los folios que llevaba sobre la mesa: la fotografía de la lista, el acta de extracción, la orden de traslado, la nota de autopsia preliminar.
Con cuidado, dobló el conjunto y colocó encima la hoja que debía ir a Fiscalía: un informe intermedio que describía hechos, medidas y peticiones periciales.
Humedeció la lengua, buscó el sello de la brigada y estampó la firma.
Antes de ir al buzón para registrar la entrega, miró, por un segundo, la ventanilla empañada de la comisaría.
La lluvia, fina, había vuelto a comenzar y trazaba un dibujo gris sobre el cristal.
Fue un gesto pequeño: dejó la mano apoyada sobre la pila de papeles un instante más.
Selló el sobre con la estampilla consignada y lo depositó en la bandeja para salida de Fiscalía.
Tras depositar el sobre sellado en la bandeja de salida de Fiscalía, se sentó frente a la mesa, abrió la libreta y trazó en limpio la lista de peticiones.
Redactó la solicitud dirigida al Instituto de Medicina Forense: prioridad máxima para histología de la contusión occipital, preparación de bloques para tinciones especiales, y remisión expedita de resultados con protocolo de conservación a 4 °C.
Indicó las localizaciones de muestreo —pelo, nuca, región dorsal alta, suela de bota— y exigió que cada frasco llevara etiqueta con número de expediente, hora de extracción y firma del técnico.
Añadió que se consignara en el informe la posible presencia de reacción vital en el tejido, sin interpretaciones sumarias, y que cualquier corte se documentara mediante fotografía macro antes y después.
A continuación proyectó la solicitud al laboratorio forense externo: análisis granulométrico y biológico del lodo adherido —muestras tomadas de nuca, espalda y suela— con cotejo comparativo frente a sedimento del embalse y de los afluentes recientes.
Señaló la necesidad de identificar microalgas y fragmentos vegetales que pudieran ubicar el punto de contacto del sedimento: ribera, cauce afluente o fondo de presa.
Instruyó que las muestras se enviasen con cadena de custodia completa, cada paquete con su fotografía en alta resolución y su sello.