Los Nombres del Río Capítulo 2Sombra en la orilla
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Capítulo 2Sombra en la orilla

Sombra en la orilla

Raúl Mendizábal

Esa misma tarde, la sala de autopsias olía a desinfectante y a metal frío; la luz colgaba del techo en paneles blanquecinos que no perdonaban sombras.

Tras firmar el acta en la caravana, el traslado al Instituto de Medicina Forense se había materializado en la sala forense del hospital comarcal, delegada por disponibilidad.

Raúl se quitó la gabardina empapada y la dejó sobre una silla mientras el forense cerraba la tapa del tomógrafo.

Guardó la libreta en el bolsillo interior y se acercó al módulo de trabajo con paso medido: observando las cosas antes de que las manos las nombren.

—Hicimos un TAC antes de abrir —dijo—. Para valorar lesiones internas y guiar la autopsia. Menos sorpresas sobre la mesa.

Raúl asintió. Miró la pantalla: cortes transversales en escala de grises, líneas y sombras que para un ojo entrenado hablaban de densidades y vacíos. Dejó que Garrido señalara con el dedo el pasaje que le interesaba. El forense indicó una línea tenue en la región occipital.

—Aquí hay un área con aumento de densidad que puede corresponder a un hematoma subcutáneo. No parece fractura craneal, pero requiere confirmación macroscópica y estudio histológico para datación.

Garrido retiró el paño que cubría la cabeza y dejó al descubierto la nuca.

Raúl observó sin aproximarse más de lo necesario: la piel mostraba una tumefacción definida, un abultamiento que alteraba la regularidad del cuello.

No hubo sangre abierta ni laceración extensa, pero el relieve era inequívoco al tacto de los guantes del forense.

—¿Compatible con golpe previo a la inmersión? —preguntó Raúl, midiendo la pregunta como quien sopesa una herramienta.

Garrido no contestó con un sí rotundo; trazó la línea de la prudencia profesional.

—Compatible, sí —respondió—. Pero la palabra clave es compatible.

Hay reacciones vitales en el tejido que sólo el microscopio podrá fechar con un margen.

Si fue antemortem, tendrá signos inflamatorios que la autopsia grossa no siempre distingue; necesito muestras para histología y tinciones específicas.

Y hay que valorar toxicología: presencia de alcohol o sedantes puede cambiar hipótesis.

Raúl tomó nota en la libreta con la punta de un bolígrafo, sin ruido innecesario. Releyó mentalmente lo hecho en el muelle: extracción sin orden por urgencia probatoria, bolsa 003 con la hoja de la lista, la cartera. No era momento de premuras verbales; era hora de procedimientos.

Garrido dirigió al equipo con frases cortas: fotografiar macro, numerar tomas, tomar dos juegos de muestras.

Los técnicos trabajaban en silencio práctico, cambiando guantes, etiquetando viales.

Cada frasco recibió una etiqueta manuscrita, el número de expediente y la firma de quien lo cerraba.

Raúl observó que cumplían la cadena de custodia en cada paso: sellos, firmas, el código que remitía a la bolsa 003.

Mientras Garrido ejecutaba la inspección externa, Raúl reparó en la disposición de las prendas.

La chaqueta había sido retirada en presencia de personal de la funeraria; la ropa interior y la camisa presentaban depósitos de lodo con distribución irregular.

Garrido señaló una evidencia que hizo que Raúl frunciera apenas el ceño.

—Mire esto —dijo, inclinando la cabeza—.

El lodo se adhiere en buena cantidad en la región alta de la espalda y en el pelo junto a la nuca, pero en las extremidades inferiores apenas hay restos adheridos; las botas están relativamente limpias.

En una inmersión total por la corriente, esperaríamos una capa más homogénea o una disposición que muestre arrastre desde los pies hacia la cabeza.

Esto sugiere contacto con material vegetal o sedimento a nivel medio o alto antes de la inmersión, o una inmersión en condiciones distintas a la del arrastre por crecida.

Raúl volvió a mirar el tejido que llevaban a la caja rotulada.

Pensó en la orilla, en los troncos y la maleza que el embalse había devuelto aquella mañana.

Las algas, las hojas, el barro fino; todo eso podía adherirse de modos distintos según la posición del cuerpo y el momento del impacto.

No le bastaba la intuición: necesitaba correlación técnica.

—Tomad muestras del lodo adherido —ordenó—. Una muestra para sedimento, otra para análisis biológico de algas. Marcad ubicación exacta en el protocolo: pelo, nuca, espalda, suela de la bota. Y enviad una porción al laboratorio de la provincia para cotejo con muestras tomadas en el embalse.

Garrido asintió y consignó la orden. Pidió además que el laboratorio incluyera una sedimentología básica: granulometría y composición orgánica, para determinar si el sedimento procede del fondo del embalse, de un tramo de ribera o de un cauce afluente.

Raúl apretó los labios; la precisión técnica tenía el mismo valor que una declaración.

Si el sedimento en la nuca correspondía a una zona distinta del embalse, podría apuntar a un lugar de contacto anterior.

Al abrir la cavidad torácica, Garrido mantuvo el tono clínico y evitó descripciones innecesarias.

Raúl se concentró en gestos y anotaciones: la ausencia o presencia de espuma en las vías respiratorias, los pulmones plegados o expandidos, y la observación de fluidos.

No llegó la conclusión de la inmersión innegable; Garrido habló con cautela.

—No hay una espuma abundante que nos diga, de forma categórica, un ahogamiento clásico —comentó—. Pero la interpretación de eso requiere contexto: posición, tiempo de exposición, temperatura del agua. Por ahora lo dejaremos como dato neutral. Prioritizamos histología y toxicología.

Raúl entendió la cautela. Pidió además que se hiciera cultivo y cribado de tóxicos estándar: alcohol, benzodiacepinas, opiáceos y sedantes más habituales. Añadió que los resultados fueran comunicados con la mayor celeridad posible a Fiscalía y que las pruebas llegaran con cadena de frío y sello.

Garrido le habló, sin dramatismo, de los plazos.

—La histología puede tardar diez días si se hace con calma; con urgencia reducimos a cinco, pero hay que avisar a laboratorio; la tinción y la lectura la hace un especialista.

Para datar una lesión usamos parámetros de reacción celular: congestión, infiltrado polimorfonuclear, proliferación de fibroblastos... No doy plazos que no pueda cumplir.

Raúl guardó la libreta y, por un instante, miró la tumefacción en la nuca como quien evalúa un mapa. Pensó en la lista de 1982, en la fecha, en apellidos que podían ser memoria o rencor. No ligó en voz alta los puntos; prefirió convertir la intuición en instrucción.

—Anotad todo en el informe y solicitad prioridad a la Fiscalía —dijo—. Quiero copia de cada resultado en cuanto entren. Y que se etiqueten dos juegos de muestras: uno para Fiscalía y otro para nuestra custodia. No debe perderse nada.

Garrido asintió y, con la misma economía de gestos, replicó:

—De acuerdo. Foto macro previa a cualquier corte, fotos de la disposición de la ropa y de las algas adheridas. Mantendremos todo a 4ºC hasta el envío. Firmaré el acta conmigo y con el técnico que ha asistido.

El técnico firmó; Raúl firmó también, con el bolígrafo que ya usaba desde la mañana, y la sala pareció ordenar su respiración en torno al ritual: sellado, firma, registro.

Antes de marcharse, Raúl pidió ver de nuevo la hoja que habían encontrado en el bolsillo.

No por morbo, sino por procedimiento: cada indicio debía cruzarse con lo material.

Le llevaron la fotografía de la lista en alta resolución; la tinta corría en la esquina por la humedad, la fecha era legible: 15 de abril de 1982.

Raúl sostuvo la imagen con la mirada y no dijo más que una instrucción breve.

—Cotejad la tinta con perito caligráfico cuando tengamos muestras —indicó—. Y si es posible, identificad fibras del papel con un microanálisis: puede decirnos si estuvo en contacto prolongado con agua de embalse o si fue doblado y guardado en un bolsillo seco.

Garrido asintió. Raúl cerró la libreta, dejó que la luz blanca le diera tiempo para una última observación y, sin teatralidad, se acercó a la puerta.

Antes de salir, volvió la cabeza y vio a Garrido colocar en una urna la porción de tejido marcada «nuca».

El forense fijó la etiqueta con precisión y la depositó junto a las otras cajas selladas.

En el pasillo, el ruido del extractor redujo a un murmullo la sala que dejaba detrás.

Raúl encendió el coche con las manos que aún olían a antiséptico y escribió en la cubierta del expediente: «Autopsia: hallazgo de contusión occipital; lodo y algas con distribución anómala.

Solicitar histología urgente, toxicología y sedimentología comparativa.

Notificar a Fiscalía». Dobló la nota, la guardó y dejó que la sensación de la sala se le pegara a la memoria en la forma concreta de un procedimiento cumplido.

Bajó la escalera hasta el coche, apagó el motor y guardó la nota con la instrucción al laboratorio en el bolsillo interior de la gabardina antes de empujar la puerta de la comisaría central.

La recepción olía a café rancio y a humedad vieja; un cartel con horarios y teléfonos chirriaba en la pared cada vez que alguien lo rozaba.

En el despacho, la luz fluorescente hacía que las sombras fueran precisas; Marta Lobo ya estaba allí, de pie junto a la mesa, con la tablet abierta y la mirada medida.

—¿Qué te han dicho en el Instituto? —preguntó ella sin rodeos al verlo entrar.

Raúl dejó la gabardina sobre la silla y sacó la libreta; la punta del bolígrafo marcó la página por el mismo sitio donde la había dejado en el hospital.

—Contusión occipital compatible con golpe previo —dijo—. Han tomado muestras para histología y toxicología. También han embalado el lodo y las algas para comparar con sedimentos del embalse.

Marta apoyó la nuca en la silla y dejó que el silencio hiciera su trabajo.