Los Nombres del Río Capítulo 1El embalse escupe un cuerpo #2
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Capítulo 1El embalse escupe un cuerpo #2

La cámara registró la hoja: papel cuadriculado de una libreta económica, tinta negra corrida por la humedad, manchas de barro que apenas dejaban leer pero no borraban.

Raúl se inclinó, puso la nariz a la distancia de la foto y leyó en voz baja los apellidos, uno debajo de otro, trazados con prisa y luego con pausa —como si la mano se detuviera—; al final, una fecha: 15 de abril de 1982.

Los apellidos eran cinco, escritos con la misma mano: Iza, Olabarria, Leiva, Mendieta, Aguirre.

Raúl señaló con el dedo, sin tocar, y pidió que se repitiera la toma desde otro ángulo.

Anotó la descripción física: papel cuadriculado, 12 x 8 cm aproximados, tinta negra, esquina superior doblada, restos de lodo.

Mandó que la hoja se colocara en su propia bolsa numerada, sellada y etiquetada; pidió además la firma del operario y la del hombre de traje —un representante de la familia— que no se había separado del borde.

El hombre de traje volvió a acercarse con una respiración contenida que intentaba ser una cortesía, y puso la mano en la lona como quien intenta recuperar algo que se escapa.

—Eso no debería salir de aquí —dijo, mesurado—. Es mejor no dar pie a especulaciones. Esto ha de ser tratado con discreción. Una filtración haría daño al pueblo y a la familia.

Raúl lo miró y dejó que la frase conspirara en el aire húmedo. La presión familiar, empresarial, se posaba en su nuca como un peso frío. No contestó con palabras ampulosas; indicó con la libreta.

—Firmamos cada paso —dijo—. Fotocomprobación, bolsa independiente, acta. Todo quedará constancia en el atestado y la Fiscalía será informada.

El hombre de traje frunció el ceño, abrió la boca para rebatir y finalmente asentó. La firma del operario quedó al lado, temblorosa por el frío.

Raúl ordenó que la bolsa con la lista fuera diferenciada del resto de las prendas: una identificación roja para objetos que sugieran intención o vínculo anterior a la crecida.

Mandó también que se añadiera un folio donde constara que la extracción del papel se había hecho in situ por necesidad de conservación y que se solicitaría la ratificación judicial en cuanto fuera posible, siguiendo el protocolo que ya había dejado escrito en su libreta.

Reclamó además que el forense dejara una nota sobre la posibilidad de peritaje caligráfico y análisis de fibra del papel: tinta, tipo de pluma, trazos, cualquier elemento que permitiera fechar o identificar autoría.

Mientras tanto, el sanitario solicitó a un agente que acompañara el traslado del cuerpo y vigilara que nadie alterara la zona del embarcadero.

Raúl observó cómo la camilla se elevaba, cómo los dedos del muerto asomaban por el borde de la sábana blanca y cómo los operarios se apartaban a empujones de protocolo.

Los curiosos, en la loma, se habían hecho un pequeño corro; algunos, contra su voluntad, mostraban los dientes de la sorpresa.

Pidió una declaración inmediata al operario sobre lo que había visto la noche anterior: si Héctor había hablado con alguien, si había permanecido en el lugar más tiempo del habitual, si mostró algún gesto que recordase tensión. El operario vaciló, y luego dijo:

—No habló alto. Parecían dos. Uno le dijo algo sobre papeles, no entendí la palabra.

La mención resonó en el aire quieto. Raúl no interpeló a los presentes con juicio; apuntó con la calma de quien construye un mapa paso a paso.

Ordenó que esa frase constara literalmente, entrecomillada, para evitar interpretaciones posteriores.

Mandó que la comitiva de la familia se mantuviera a cierta distancia de los testigos en la loma; pidió al equipo que tomara fotografías de esas posiciones y que corroborara identidades en cada firma.

A la bolsa con la lista, además de la numeración y la firma de los presentes, se añadió una indicación: «Prioridad: peritaje caligráfico y análisis de fibra.

Entregar a Fiscalía y consignar custodia.

» Raúl escribió la instrucción con trazos decididos.

Hizo que el agente mayor, con voz baja, la leyera en voz alta antes de sellar.

—Queda constancia —dijo—. Cadena de custodia iniciada. Fecha y hora.

El operario, en un gesto sin egoísmo, se acercó y preguntó si iba a pasar algo si contaba más. Tenía miedo, lo dijo sin rituales, como quien enumera herramientas.

Raúl le miró. La lluvia se concentraba ahora en un hilo tenue que resbalaba por el muelle. No dijo que lo protegería: no podía prometer lo que los juzgados no garantizan de inmediato. Ofreció, en lugar de promesas, un procedimiento.

—Firma lo que has dicho —indicó—. Lo incorporamos a la causa. Si cambia de opinión, volverás a hablar. Y quedará registrado.

El operario firmó, la tinta tembló un instante en la hoja.

Raúl pidió además la declaración por escrito del vecino que había observado desde la loma, y del responsable del turno de la presa.

No quería testimonios de oídas: quería nombres precisos, horas exactas y la traza documental de quién estuvo dónde.

Mientras organizaba las firmas, la lista seguía allí, con las letras oscuras y la fecha que pesaba.

Raúl sostuvo el papel con los ojos pero no con las manos: ya lo habían sellado.

Pensó en el giro que ese trozo de papel podía provocar —en su cabeza la investigación se volvía menos lineal—, y pidió que los peritajes se abrieran por la vía más ágil.

No ordenó conclusiones; solo protección de la prueba y prioridad en su análisis.

Antes de subir al vehículo que llevaría la bolsa al furgón de custodia, miró de nuevo al hombre de traje.

El rostro del representante no cambió de registro: pulcro, controlado.

Raúl guardó la libreta y escribió una nota corta: «lista 5 apellidos – 15/04/1982.

Prioridad Fiscalía. Declaraciones del operario y del vecino.

Cadena custodia: bolsa 003.» Selló y entregó la bolsa al agente que iría al juzgado con el transporte forense.

Mientras la niebla volvía a cerrar la ladera y el muelle quedaba otra vez con su olor a hierro y madera húmeda, Raúl permaneció un instante mirando la línea oscura del agua.

No formuló una hipótesis en voz alta; su energía la canalizó en un acto concreto: solicitó que una copia fotográfica de alta resolución de la hoja quedara grabada en el servidor de la brigada y remitida por correo seguro a Fiscalía, con acuse de recibo.

Cerró la libreta, se ajustó la gabardina y dio la orden para el traslado: la lista no saldría de la custodia sin que antes la justicia la reclamase.

Apagó el motor y guardó la libreta con la cadena de custodia.

El furgón del traslado quedó detrás, las luces de posición aún parpadeando contra la niebla.

Avanzó a paso corto hasta la caravana que hacía las veces de comisaría provisional: una puerta metálica, un cartel plastificado con el escudo, un ventilador que marcaba el único sonido doméstico dentro del silencio húmedo del muelle.

La estancia olía a café recalentado y a humedad.

Sobre la mesa central, la bolsa numerada con la lista estaba apoyada junto a la cartera sellada; sobre la cartera, el documento plastificado de identidad, todavía salpicado de tierra y arrugado por el agua.

El agente que la había custodiado la había colocado en la mesa al entrar y permanecía a la espera del traslado.

Raúl dejó la gabardina en la percha, se acercó y apartó con guante la banda adhesiva para comprobar la etiqueta: bolsa 003, expedición: Verahonda, hora de extracción consignada.

La placa del agente que la había custodiado todavía estaba junto al paquete, con la tinta de la firma algo corrida.

Sacó el documento con cuidado y comparó los datos visibles con la nota en su libreta.

Nombre, apellidos, fecha de nacimiento; concordaban con la identificación provisional.

Héctor Valcárcel. Marcó el folio con un subrayado breve y anotó la hora exacta de la comprobación.

Solicitó por radio el número de central y, en espera, consultó la base de datos policial desde el ordenador portátil de la caravana.

La consulta devolvió coincidencias administrativas: domicilio de la finca Valcárcel, relación societaria con la central Valdeluz.

Raúl cerró la sesión y apuntó la referencia.

Justo entonces la puerta se abrió con la precisión de quien entra con un permiso: Marta Lobo no dejó que la humedad le arrugara la compostura.

Traía el pelo recogido, la gabardina corta y el paso de quien mide la oportunidad de cada palabra.

Dejó sobre la mesa una carpeta con papeles mecanografiados y una tablet.

Miró la bolsa, la cartera y, por fin, a Raúl.

—Me han avisado. La jefatura provincial ha recibido ya llamadas y quiere evitar que se cree alarma en la comarca.

No preguntó por detalles. Raúl le ofreció la silla más cercana sin gesto de aprobación ni reproche. Ella se sentó, abrió la carpeta y dejó que la mirada repasara el nombre en el documento.

—¿Confirmado?

—Coincide con los datos del DNI. Registro auxiliar confirmado por central. Identidad provisional válida para diligencias.

Marta dejó la carpeta donde reposaba su mano y la cerró con un dedo.

—Entonces tenemos un fallecido identificado y una riada. La jefatura prefiere manejarlo como accidente. No conviene politizarlo. Un cierre rápido evita presiones públicas y evita que la comarca se desangre en rumores.

En el borde de la mesa, la bolsa 003 se convertía en un foco. Raúl vio la fecha escrita en la hoja mojada, los cinco apellidos; esa hoja era una dirección. No respondió con vigor, dejó que las palabras se apilaran en el aire.

—La decisión sobre el carácter de la muerte no la dicta la conveniencia. La dicta la evidencia. He ordenado ya la extracción y el sellado conforme al protocolo. La Fiscalía recibirá copia digital de las fotos. Pido informe forense prioritario y caligrafía sobre la lista.