Los Nombres del Río Capítulo 1El embalse escupe un cuerpo
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Los Nombres del Río

Los Nombres del Río

Por Hugo Sanz

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Capítulo 1El embalse escupe un cuerpo

El embalse escupe un cuerpo

Raúl Mendizábal

La zodiac policial entró con la cabezada baja.

Raúl Mendizábal bajó del coche con la gabardina empapada hasta los muslos y la sensación de reconocer cada bruñido del lugar: había bosques, caminos y matices de lluvia que solo un hombre nacido en un valle sabe leer.

No llevaba ni el gesto ni la prisa del que llega de una gran ciudad: caminó con paso medido hacia el embarcadero, observando la escena como se mide un terreno antes de sembrar.

El operario que guiaba la zodiac alzó la mano y señaló la orilla donde la corriente había depositado algo que se distinguía ya por la mancha oscura sobre el barro.

Hubo silencio hasta que la embarcación clavó la proa y dos hombres ayudaron a sacar el bulto.

No era la brutalidad de una imagen; el agua, en su oficio, había respetado formas: la chaqueta había retenido barro y hojas, un bote de plástico pegado al cinturón, cabellos pegados al cuello.

Raúl se acercó y dejó que los agentes y los técnicos hicieran lo que tenían que hacer bajo su mirada, sin prisa pero sin dudas.

Tocó con el guante la textura de la chaqueta, pidió que nadie la moviera más de lo imprescindible.

Ordenó que se colocaran testigos en posiciones visibles: un operario de la presa que había bajado con el bote y un vecino mayor que había estado observando desde la loma.

Les pidió que firmaran el acta de presencia en cuanto terminara la extracción.

Sus instrucciones fueron medidas, casi rituales: —Fotografiar todo, número, hora, posición.

Detalle de prendas y objetos dentro de la bolsa. — Nadie replicó.

Abrió con guante la chaqueta con cuidado profesional.

El barro cedió en rémoras; hubo un pequeño chasquido de cierre.

En el bolsillo interior, pegada por la humedad, apareció una cartera de cuero rajado y, sobre ella, una anilla metálica con iniciales trabajadas en un óvalo gastado.

Raúl deslizó el dedo índice sobre la superficie, leyó las iniciales, y con la otra mano extrajo la cartera.

Un carnet plastificado, doblado al extremo pero legible pese al agua, dejó ver una línea de nombre.

El verbo que habría usado cualquier hombre olvidado en el pueblo llegó sin anuncio a su garganta: Héctor Valcárcel.

El vecino que había observado desde la loma emitió un murmullo que se convirtió en un ruido contenido de incertidumbre.

Un hombre de chaleco naranja —el encargado de turno, supo Raúl por su placa— se acercó con la voz templada y dijo en un tono que pretendía ser neutral: —Hay que considerarlo accidente de la crecida, inspector.

Mejor no abrir...— No terminó la frase; la sugestión quedó en el aire.

Raúl no disipó su atención con la forma de la sugerencia.

Miró la línea de troncos flotando, el alambre de la barca golpeando el costado del muelle, y tomó la cartera con guantes.

Ordenó que se fotografiara tal como estaba, numerando las tomas y anotando la hora.

Mandó a dos agentes que la colocaran en una bolsa de evidencia, que sellaran la bolsa con cinta numerada y que la etiqueta fuera firmada por el operario de la presa y por uno de los testigos presentes.

Exigió que la firma en el acta incluyera la hora y la circunstancia: —Recogida in situ por urgencia por riesgo de dispersión probatoria; recuperación realizada sin orden judicial por necesidad de conservación; constará en las diligencias y se solicitará ratificación judicial.

— Lo dijo con el mismo tono con que se pide el café: práctico, preciso, sin teatralidad.

Pidió al sanitario del lugar que cubriera el cuerpo y que se limitara a movimientos imprescindibles.

Solicitó que el levantamiento fuera efectuado por el servicio de medicina forense y que el traslado al Instituto se hiciera con cadena de custodia, vehículo cerrado y custodia policial.

Ordenó además que las prendas se embalaran por separado.

—Nada en la misma bolsa hasta que el forense lo autorice—, dijo.

Hizo notar que la evidencia húmeda necesita un tratamiento distinto: fotografías exhaustivas, documentación de saturación, y, si había que actuar sin orden, que quedara por escrito el motivo y el nombre de quienes dieron fe.

Mientras los hombres ejecutaban sus instrucciones, un teléfono vibró en el bolsillo de la chaqueta de Raúl.

No lo atendió en ese momento. Un brigada le pasó una libreta y un bolígrafo.

Raúl escribió con la punta del guante: hora, coordenadas aproximadas, la relación de personas presentes y quién había manipulado el cuerpo.

Firmó con su nombre y su número de placa.

Pidió que esa hoja se incorporara como folio inicial del atestado y que se la enviaran de inmediato al juzgado y a la Fiscalía —para que quede constancia de la intervención—, dijo en voz baja.

Un hombre de traje, que había llegado con el vehículo de la familia según le indicaron, se acercó con paso mesurado.

Dijo con voz grave: —Esto va a causar un problema que no conviene.

Es mejor catalogarlo como desgracia por la riada.

— No pidió nada más, su mirada buscó confirmación en los operarios.

Raúl lo miró sin cambiar de posición. Contestó con una concreción que no admitía negociación: —Catalogaré lo que los hechos permitan catalogar.

Por ahora, esto es una muerte y tiene que documentarse como tal. —

La frase sonó sencilla; hubo un silencio. Alguien masculló que no hacía falta más revuelo, que el río se llevaba cosas y que mejor dejar pasar. Raúl dejó que dijeran.

Ordenó además que se tomaran declaraciones escritas a los presentes: al operario que guiaba la zodiac, al vecino de la loma y al responsable de la presa.

Exigió que se incluyera en cada declaración la hora en la que la persona observó al fallecido por última vez, qué había visto exactamente y si había notado alguna conducta distinta.

Explicó que la diligencia no era un acto de desconfianza sino de certeza: —Si algo que parece accidente tiene un matiz que lo niega, la única forma de demostrarlo es con datos. —

Mientras se cumplían las órdenes, Raúl tomó otra fotografía a la anilla con las iniciales y a la cartera abierta con el carnet asomando.

Hizo que la cámara registrara la suciedad, la rotura de la tapa, la manera en que el plástico del documento se había abultado por la humedad.

Encargó una copia digital de las fotos y pidió que el archivo fuese custodiado por la brigada y entregado también a la Fiscalía.

Subrayó en voz baja la necesidad de peritajes: datación de lesiones por forense, examen del lodo por técnicos, cotejo documental para confirmar identidad.

Todo debía pasar por peritos y laboratorios acreditados.

Con la cartera sellada sobre el capó, revisó una vez más las anotaciones y añadió una línea: —Identificación provisional por objetos personales; se cotejará con documentación oficial. Diligencias abiertas.— Cerró la libreta, se ajustó la gabardina y, sin mirar a nadie, volvió al coche.

Había pasado apenas unos minutos desde que había vuelto al coche.

Abrió la puerta y regresó al muelle sin apuro, con la libreta bajo el brazo y la humedad pegada a la gabardina.

Los forenses terminaban de preparar la camilla; el sanitario cubrió la cabeza con la capucha blanca mientras dos técnicos ajustaban los amarres.

Raúl se colocó a un lado, observando los gestos que ruedan en ese trabajo: manos que no quieren hablar más de lo necesario, miradas que se rehacen en silencio.

El operario de la presa seguía en el borde, con las botas hundidas en el barro, las manos en la cintura y la expresión lisa de quien ha visto que el agua devuelve cosas que no debe. Raúl se acercó y, sin demasiada ceremonia, le extendió la libreta.

—Dígame otra vez la hora en que lo vio —pidió.

El hombre miró al ambulatorio y luego al cuerpo cubierto. No buscó consuelo ni excusa en el viento; las palabras salieron cortas, como las piedras de la orilla.

—Sobre las diez de la noche —dijo—. Pasó por la linde del muelle; bajó a la orilla. No... no lo vi meterse al agua. Andaba atrás de unas ramas o de unas cañas, no lo sé explicar bien. Se quedó ahí un rato. Luego se volvió hacia el coche de la finca y se fue.

Raúl apuntó la hora literal, la repitió en voz baja y la puso en relación con las últimas anotaciones del servicio de mantenimiento. No preguntó para qué o con quién; ahora necesitaba anclar tiempos, nombres y la precisión de las cosas pequeñas que convierten un rumor en dato.

—¿Vio a alguien más? ¿algún coche o movimiento? —insistió.

—Solo una luz, al otro lado; quizá un tractor. No distinguí caras. Si quiere, firmo aquí lo que cuento.

Raúl pidió que se redactara la declaración en primera persona y que el operario la firmara allí mismo, delante de un testigo.

Mientras el papel se escribía, su mirada recorrió la chaqueta tendida sobre una lona, abierta por la humedad pero sin haberse revisado a fondo: los técnicos se habían ocupado primero de la cartera y del documento de identidad; habían dejado para después los bolsillos menos obvios, porque el cuerpo exigía celeridad.

Ahora que la camilla se cerraba y el forense pedía calma, Raúl pidió que se hiciera la inspección completa de las prendas ante testigos.

El joven del equipo, con guantes de nitrilo, deslizó la mano por el interior de la chaqueta y sacó un folio doblado, húmedo y arrugado, que en la orilla del agua había quedado pegado al forro. Raúl lo vio como quien comprueba una herramienta: sin dramatismo, atento a lo que la forma promete.

—Fotografiar primero —ordenó—. Macro y general. No tocar más que con guantes. Dos testigos firmando cada toma.