Los navegantes El viejo burro y el mar
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El viejo burro y el mar

El viejo burro y el mar

El fado nació un día cuando el viento mal mecía y el cielo en el mar se prolongaba, en la borda de un velero, en el pecho de un marinero que estando triste cantaba, que estando triste cantaba.

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Madre, adiós, adiós, María, guarda bien en tu sentido que este aquí te jura que o te llevo a la sacristía o fue Dios quien quiso darme en el mar sepultura.

De Fado portugués, J OSÉ R ÉGIO 1

En el cuarto y último intento los pilotos logran aterrizar.

Las nubes cuelgan bajas y llueve a cántaros; la isla está envuelta en algodón gris.

De repente se abre el banco de nubes y alcanzo a ver lava negra y arbustos verdes.

El avión se precipita hacia el mar. Segundos después las ruedas tocan el suelo.

No soy una conductora competente; se me acelera el pulso con solo vislumbrar una luz roja a lo lejos o, peor aún, un atasco.

Las estrechas carreteras de Pico son como a mí me gustan, casi sin tráfico ni rotondas intimidantes.

Vacas rechonchas deambulan con parsimonia por prados de un verde vivo.

Empieza a llover otra vez. Pronto cae un aguacero.

La casa donde voy a escribir el próximo mes está en un lugar aislado, incluso para ser Pico.

Pico es la segunda isla más grande de las nueve que componen las Azores, pero solo viven aquí poco más de catorce mil personas.

Desde los grandes ventanales panorámicos tengo vistas al Atlántico, azul celeste un día, gris al siguiente.

En el horizonte apenas se distingue una sombra ovalada: la isla vecina de São Jorge.

A un tiro de piedra hay un hotel y un restaurante, donde casi nunca hay huéspedes ahora, en pleno invierno.

Leo, escribo y doy paseos cortos bajo la lluvia.

Tras unos días en la isla descubro que tengo un vecino.

Al principio es esquivo y mantiene las distancias, pero le llevo rebanadas de pan y poco a poco se va soltando.

Vive en un pequeño pastizal pedregoso debajo del restaurante.

El reino que gobierna está cercado por lava negra, como es costumbre aquí: kilómetros y kilómetros de muros de piedra trabajados, levantados y apilados con esfuerzo por los habitantes de la isla a lo largo de los siglos.

Se dice que si los muros de Pico se extendieran en línea recta darían la vuelta al mundo.

Se llama Jeremias. Ya no es esquivo. Cada vez que me ve, suelta un largo rebuzno y trota hacia el muro de piedra volcánica. Los días se confunden unos con otros. El burro Jeremias es mi único amigo en la isla.

Una mañana se levanta la niebla y Jeremias y yo tenemos vista al pico volcánico que da nombre a la isla, rodeado por la luz rosada del amanecer.

Pico se eleva 2351 metros sobre el Atlántico y vuelve a ser la montaña más alta de Portugal desde que Timor Oriental dejó de ser una provincia portuguesa de ultramar.

El Imperio se ha desmoronado, como hacen los imperios.

El Portugal de hoy tiene casi exactamente las mismas fronteras que en 1297.

Todo lo que queda de aquellos audaces viajes de descubrimiento son nueve islas rocosas y volcánicas en medio del Atlántico y el pequeño archipiélago de Madeira, al oeste de Marruecos.

Lo único del Imperio que ha perdurado son esas pequeñas islas, donde no había un alma viva cuando los portugueses llegaron navegando en el siglo XV .

Sic transit gloria mundi, murmura Jeremias entre bocados de pan. Así pasa la gloria del mundo. Lo miro sorprendida; no tenía idea de que hablara latín. Tira de mi mochila a modo de prueba, pero no me queda nada que darle. Decepcionado, devora en su lugar las matas de hierba más cercanas.

El continente se siente eternamente lejano.

En días despejados se alcanza a ver el Monumento a los Descubrimientos justo antes de que el avión inicie el aterrizaje en el aeropuerto Humberto Delgado de Lisboa.

El estrecho coloso de hormigón se proyecta sobre el río Tajo como una epopeya brutalista, repleta de las celebridades de la era de los descubrimientos, toscamente talladas en piedra caliza, con narices heroicas, miradas decididas y flequillos que parecen trazados con una regla.

En lo más alto, dominándolo todo, se alza Enrique el Navegante, el príncipe que lo puso todo en marcha.

Detrás de él están todos: Gil Eanes, el navegante que en 1434 franqueó el temido cabo Bojador y abrió así los océanos del mundo a los portugueses; Diogo Cão, que murió en algún lugar de la actual Namibia; Bartolomeu Dias, el primero en rodear el extremo sur de África; Pedro Álvares Cabral, el descubridor de Brasil; Vasco da Gama, por supuesto.

Afonso de Albuquerque, el César de Oriente, está, naturalmente, entre tan buena compañía, como también lo está san Francisco Javier, el primer misionero que visitó Japón.

El traidor Fernando de Magallanes ha sido reincorporado al redil, a pesar de que navegó bajo bandera española.

El cronista de la corte Gomes Eanes de Zurara y el poeta nacional Luís de Camões también han encontrado su lugar en la piedra caliza, al igual que el imaginativo Fernão Mendes Pinto.

La única mujer entre los treinta y tres héroes es la reina Filipa de Lancaster, madre de Enrique el Navegante.

En un principio, el Monumento a los Descubrimientos se construyó en madera y yeso y se levantó en 1940 como parte de una exposición temporal de gran envergadura sobre el mundo portugués.

Mientras la guerra arrasaba el resto de Europa, Portugal conmemoraba su 800.

º aniversario como nación y los trescientos años de la restauración de su independencia de España.

Dos décadas después, el monumento fue reconstruido en hormigón armado, esa vez para conmemorar el 500.

º aniversario del nacimiento de Enrique el Navegante.

Como la mayoría de las capitales, Lisboa está llena de huellas de los héroes de su pasado.

El puente de carretera más largo de Europa se abrió al tráfico en 1998, quinientos años después de que Vasco da Gama descubriera la ruta marítima a la India.

El nombre se imponía por sí solo. La amplia y transitada avenida que conduce al puente Vasco da Gama lleva el nombre de Enrique el Navegante.

En pleno centro de la ciudad, el padre de Enrique, el rey Juan, aparece triunfante a caballo.

A un par de pasos de allí, Pedro, el primer emperador de Brasil, se alza sobre una columna de mármol de 23 metros de altura.

Los numerosos palacios de verano de la familia real rodean la ciudad.

Sus pasillos y salones ya no están llenos de damas y princesas de la corte, sino de hordas de turistas.

A lo largo de las orillas del Tajo ya no hay veleros fondeados cargados de especias, azúcar, loros y oro, ni marineros sudorosos y mugrientos, sino monstruosos cruceros atestados de estadounidenses recién duchados.

En la terminal esperan pequeños carritos de golf para que los pasajeros no tengan que moverse por su propio pie.

En verano, las estrechas y empinadas calles de Alfama, el antiguo barrio morisco de Lisboa, son casi intransitables, y solo los más inclinados al masoquismo se apretujan a bordo del encantador pero siempre abarrotado tranvía 28.

No todos los visitantes se marchan: muchos se quedan, lo que ha hecho que los precios de los alquileres en Lisboa sean hoy los más altos de Europa y desaten airadas quejas entre los vecinos.

Los portugueses son maestros en el arte de la queja.

Si se pregunta a un portugués cómo está, probablemente responderá mais ou menos, es decir, «más o menos», «regular».

Si se le pregunta qué piensa sobre el rumbo del país y el Gobierno de turno, será mejor disponer de tiempo.

Los lusos son los europeos del este de Europa occidental.

Han convertido el descontento en un arte, sí, casi en una seña de identidad.

Desde los pequeños restaurantes familiares de Alfama, el dolor fluye en torrentes.

Entre el bacalao y los buñuelos de bacalao se interpretan canciones dramáticas y sombrías sobre el amor desdichado y la tristeza inherente a la vida.

Fado significa «destino» y es una especie de flamenco melancólico y moroso, pero sin baile y con guitarras portuguesas.

Los cantantes suelen ser viejos y dignos, visten de negro y su interpretación —su entrega— es al menos tan importante como su propia voz.

Todo el dolor del mundo se vierte sobre los comensales antes de que se enciendan de nuevo las luces y se sirva el siguiente plato.

No es de extrañar que los artistas deprimidos hayan alcanzado un lugar destacado en el paisaje urbano.

Junto a los reyes y los heroicos exploradores se yerguen, melancólicos, grandes escritores.

El poeta nacional, Luís de Camões, tiene incluso su propia plaza, en pleno centro.

Desde un pedestal de siete metros de altura, el equivalente portugués de Shakespeare contempla el vacío con gesto preocupado.