Castigo de los dioses #2
Había hecho un ambicioso plan para la mañana, pero tanto el antiguo palacio imperial como el museo histórico estaban cerrados, y gran parte del centro estaba acordonado.
En Río aún era carnaval. Grupos de mujeres y hombres con poca ropa, con medias de red y faldas de tul, pasaban tambaleándose y dando voces.
Había gente sentada a la sombra bebiendo cerveza en un ambiente festivo.
Renuncié a mis planes turísticos y decidí seguir el consejo que me había dado el presidente Ramos-Horta en Timor Oriental: equipada con traje de baño y una toalla, caminé hasta la playa de Copacabana, sumergí los pies en el agua tibia y me olvidé del llamado Imperio portugués por un tiempo.
Por la tarde tenía una cita con Mãe Celina en el barrio conocido popularmente como Pequena África .
Las paredes de hormigón estaban cubiertas de grafitis y arte callejero, y, de no saber dónde me encontraba, podría haber pensado que estaba en Luanda o Maputo.
En el centro del barrio, rodeado de bloques modernos, edificios monumentales del siglo XIX y calles muy transitadas, había un recinto arqueológico vallado, el Cais do Valongo, el antiguo puerto de Río, donde cientos de miles de esclavos dieron sus primeros y temblorosos pasos en el Nuevo Mundo.
A los que sobrevivían los engordaban con harina de maíz y los untaban con grasa de cerdo para que la piel les brillara, pero muchos llegaban tan debilitados que morían poco después de desembarcar.
En los años noventa del siglo XX se descubrió por casualidad una fosa común junto al muelle de Valongo.
Los científicos estiman que al menos treinta mil esclavos recién llegados están enterrados allí.
El cementerio recibió el nombre de Cemitério dos Pretos Novos, Cementerio de los Nuevos Negros.
Tanto el muelle como el cementerio son hoy patrimonio de la humanidad.
Mãe Celina se llamaba en realidad Celina Maria Rodrigues de Almeida y tenía sesenta y dos años.
Era ialorixá, sacerdotisa —o mãe de santo, madre de santo— en el candomblé.
En una habitación justo al otro lado de la entrada dirigía un pequeño centro cultural africano.
Llevaba un veraniego vestido azul de tirantes.
Me dio la bienvenida con una sonrisa y tomó asiento detrás del escritorio.
Tenía el pelo corto, un poco encanecido: todos los que se inician en el candomblé deben cortárselo.
En la pared detrás de ella colgaban varios diplomas y distinciones, y delante tenía un libro: Por um feminismo afro-latino-americano.
—Hace unos años estuve en Benín para aprender sobre el pasado —contó. Su voz, profunda y oscura, le daba una autoridad natural—. Todos deberíamos hacerlo. Aprender sobre el pasado.
—¿Fue allí para aprender más sobre su historia familiar? —pregunté.
—No, no, me invitaron para hablar de nuestro centro cultural de aquí, de Río, pero durante mi estancia en Benín me enteré de que mis antepasados son de allí.
De que soy una princesa de Benín. El rey estaba del todo seguro; no necesitó un análisis de sangre para confirmarlo, pues se comunicaba directamente con sus antepasados y con el espíritu. Fue una experiencia muy intensa.
Se inclinó sobre el escritorio, entusiasmada.
—¿Sabe? Durante un año y medio ayudé a los arqueólogos aquí, en Río, a identificar objetos rituales durante la excavación del Cais do Valongo.
Allí encontramos todo tipo de cosas. Metal, joyas, cuentas y cerámica.
Muchísimas conchas de cauri. Se usaban como moneda en África.
También hallamos anillos de boda. Los que fueron traídos aquí tenían orígenes distintos porque venían de diferentes partes de África, pero tenían en común que todos provenían de culturas avanzadas.
En mi opinión, los africanos son diez veces más inteligentes que otros pueblos.
¡El problema es que nosotros, los negros, no conocemos nuestra propia historia!
Los africanos no son esclavos, fueron expulsados de su tierra.
Son inteligentes y capaces, y tienen una cultura rica y fascinante.
¡Si los africanos nos hubiéramos unido seríamos el pueblo más poderoso del mundo!
Mãe Celina hablaba rápido y sonreía a menudo. Todo el tiempo me miraba directamente a los ojos.
—Después de Nigeria, Brasil es el país con más población negra del mundo.
Bastante más de la mitad de sus habitantes son negros, más de cien millones de personas en total.
Y, sin embargo, ¡aquí hay racismo! El racismo es estructural, afecta tanto a la calidad de las escuelas como a las oportunidades económicas.
Tenía razón: los brasileños blancos tienen muchas más posibilidades que sus compatriotas negros.
Solo el 5 % de los directivos de las quinientas empresas más grandes de Brasil son negros.
Los blancos ganan de media un 75 % más que los negros.
Pero la población negra encabeza una estadística: el 75 % de todas las víctimas de asesinato en Brasil son negras.
Mãe Celina tomó un sorbo de su vaso de agua y aproveché para hacer una pregunta:
—¿Qué es exactamente el candomblé? —Mi pregunta era bastante simple, pero Mãe Celina no lo hizo notar y respondió de manera detallada y pedagógica. No debía de ser la primera vez que se lo preguntaban.
—El candomblé solo existe aquí, en Brasil —explicó—.
La religión se originó aquí, pero viene de África.
Los esclavos que fueron traídos aquí trajeron consigo sus energías y costumbres africanas.
Aquí, en Brasil, se reunían en terreiros, una especie de templos, y llevaban allí sus orixás de África.
Un orixá es una suerte de deidad, una fuerza de la naturaleza: viento, agua, tierra, fuego, etcétera.
En Brasil tenemos dieciséis; en África hay veintiuno.
Un terreiro es un lugar lleno de cuidado.
Es un lugar donde estás protegido, rodeado de cuidado y de amor: la esencia misma del candomblé.
—¿Cuál es la diferencia entre el candomblé y la umbanda? —pregunté.
La umbanda es otra religión sincrética que se originó en Brasil y se ha ido volviendo cada vez más popular en los últimos años.
Es difícil encontrar cifras exactas sobre cuántas personas practican candomblé y umbanda.
Las cifras oscilan entre un par de cientos de miles y varios millones.
Muchos practican la religión en secreto, y un buen número de los que están registrados como católicos también practican el candomblé o la umbanda.
—La umbanda es una religión nueva, nació hace solo cien años —respondió Mãe Celina—.
Tiene elementos de las creencias de los pueblos indígenas brasileños, mientras que el candomblé es cien por cien africano.
La diferencia es enorme. En la umbanda no hacen cosas como esta, por ejemplo.
—Señaló su brazo, donde tenía una hilera de cicatrices de centímetros de largo—.
También sacrificamos animales, porque para los africanos la sangre es lo mismo que la vida.
—¿Ha sufrido discriminación o prejuicios por practicar el candomblé?
—No, porque soy el tipo de persona que nunca agacha la cabeza.
Si me hubiera preocupado por lo que los demás pensaran de mí, no habría sobrevivido.
El candomblé es resistencia, es libertad.
Seguimos siendo perseguidos y la sociedad no nos acepta.
La gente piensa que el candomblé es una religión demoniaca, y las iglesias evangélicas nos ven como adoradores del diablo. La Iglesia católica es más tolerante.
—¿Es usted cristiana? —le pregunté.
Mãe Celina me miró sorprendida.
—¿Parezco cristiana? —Rio con ganas—. Me bautizaron en la Iglesia católica, pero eso es todo.
Nací de nuevo, sí, esa es la palabra que usamos, cuando tenía veinticuatro años.
Entonces llegó el momento y fui iniciada.
El candomblé es toda mi vida. Cuando el orixá entra en ti lo sientes en todo el cuerpo; es una sensación absolutamente fantástica, ¡increíble!
El universo nos da mucho a los humanos, pero la mayoría de la gente no lo sabe.
Mi gratitud hacia el universo es infinita. ¡El universo da y yo recibo!
Además de la entrevista había pedido una adivinación con conchas de cauri, una de las especialidades de Mãe Celina.
Me pidió el nombre completo y la fecha de nacimiento, y luego invocó a un orixá.
Supongo que eso fue lo que hizo, porque cerró los ojos y murmuró algo que no entendí.
Después cogió las pequeñas y alargadas conchas de cauri del plato redondo que tenía delante y las lanzó como si fueran dados.
Durante unos segundos observó concentrada el patrón que formaban las conchas.
—A los orixás les gusta usted —concluyó—. La protegen y la ayudan mucho. Sus antepasados la llevan a todos esos lugares a los que viaja. Viaja todo el tiempo, pero para usted es trabajo, no son vacaciones. Para su familia es «la loca».
Recogió las conchas y las lanzó de nuevo sobre el plato.
—Veo a un niño en su vida —dijo—. ¿Tiene hijos?
—No —respondí.
—¿Quiere tenerlos?
Negué con la cabeza.
—Mmm... Pues veo un niño. Podría ser hoy o mañana.
Tal vez adopte. Exu, el orixá de la comunicación, dice que tiene un largo viaje por delante —continuó—.
Debe asegurarse de descansar lo suficiente, porque su cabeza no deja de dar vueltas.
Los orixás la cuidan. Pero ha de hablar seriamente con su editorial.
Necesita una que esté dispuesta a invertir mucho en sus libros.
—Tendré una charla seria con ellos —le aseguré.
Las conchas tintinearon sobre el plato por tercera vez.
—Ha estado trabajando en ese libro durante mucho tiempo, pero ahora debe darse prisa o tendrá mi edad cuando lo termine —dijo al final—. Cuando el libro esté terminado podrá divertirse. Entonces podrá reír y pasarlo bien. Pero ahora lo único que tiene que hacer es trabajar.
Pagué por la predicción, le agradecí la entrevista y me despedí.
El trabajo me esperaba y no tenía tiempo que perder.
Al salir me fijé en tres figuras colocadas en un rincón; representaban a dos mujeres y a un hombre con sombrero de copa y capa roja.
Delante de ellos había dinero y cigarros, un vaso con licor y la botella que lo contenía. Orixás. Orixás sedientos.
Todo Río se dirigía al Sambódromo para ver el último desfile de carnaval de esa edición.
El trayecto en taxi, de seis kilómetros, duró una hora; la cola apenas se movía.
Un ciclista apareció a toda velocidad en sentido contrario.
Un hombre alto y rubio salió corriendo tras él, pero no pudo alcanzarlo.
— Um roubo —dijo el conductor, encogiéndose de hombros—. Pasa todo el tiempo aquí. Sobre todo durante el carnaval. Tenga cuidado.
Él evitaba el sambódromo.
—¿Por qué pagar para sufrir? —preguntó retóricamente—. Mis hijos bailaban samba antes, pero por suerte ya la han dejado. Había demasiado ruido y discusiones. La misma persona podía ser directora de varias escuelas de samba distintas, que competían entre sí. Un lío tremendo.
El sambódromo era gigantesco y estábamos en el lado equivocado.
Tenía una entrada para el sector 6, pero nos hallábamos en el lado de los números impares.
El conductor intentó llegar al otro lado, pero gran parte de la red de calles estaba cortada, y de repente nos encontrábamos a varios kilómetros de distancia.
Regresamos al recinto con dificultad, pero no logramos acercarnos al ansiado sector 6. Al final decidí ir a pie.
Para dar la vuelta al sambódromo tuve que cruzar dos puentes de carretera, avanzar por aceras estrechas y abarrotadas y abrirme paso entre un centenar de bailarines de samba que se cambiaban de traje.
Caminé y caminé, pasando por un mar de faldas y plumas de avestruz mientras me aferraba a mi bolso.
Roubo, roubo . Por fin vi un cartel que decía SECTOR 2.
¡Un número par! Pero el 6 todavía estaba a medio kilómetro de distancia, y el número de faldas de plumas de avestruz parecía crecer exponencialmente a medida que me acercaba a mi destino.
Era casi medianoche cuando por fin encontré las escaleras que conducían al sector 6, tres horas después de haber dejado el centro.
Una mujer con altos tacones de aguja subía los escalones con dos vasos de cartón en las manos.
De repente se precipitó hacia delante. Los vasos volaron por los aires y me golpearon.
Me cayó refresco por todas partes: en el pelo, en la cara, en el vestido, en los zapatos, en las piernas y en los brazos.
La tribuna estaba repleta de turistas ebrios que gritaban sin parar.
Allí abajo alcancé a vislumbrar una masa brillante e informe que avanzaba despacio.
Debí de perder una lentilla al limpiarme los restos de refresco, porque el mundo de repente se volvió borroso y confuso.
Tenía la piel pegajosa y pringosa, y el pelo me olía a edulcorante artificial.
Hacía calor. El aire estaba cargado de humedad, olores corporales, perfume y efluvios de alcohol.
Se repetía la misma canción una y otra vez, el mismo tema alegre e insistente, mientras los tambores retumbaban y aquel bulto de lentejuelas en la pista avanzaba con lentitud.
A la salida había una señora con un chaleco naranja.
Incluso con una sola lentilla pude distinguir las cuatro letras de la parte posterior de su chaleco.
Formaban la bendita palabra TÁXI . Prácticamente me abalancé sobre aquella mujer salvadora, que sacó en silencio una lista de precios plastificada.
No pude leerlos, estaban en letra diminuta, pero aun así acepté.
Le hubiera dado con gusto todo el dinero de mi cartera para que me rescatara de aquel infierno de purpurina.
Una vez de vuelta en la habitación del hotel, me quité el vestido y me enjuagué los restos de refresco ya secos.
Castigo de los orixás. No era el momento de reír y divertirse.