Castigo de los dioses
Castigo de los dioses
Todas las iglesias de Salvador estaban acordonadas, y todas las estatuas, envueltas en plástico y cartón a la espera de hordas desatadas.
Salvador es considerada una de las ciudades más peligrosas del mundo, pero en ese momento parecía segura: por todas partes había gente alegre y desfiles con tambores y baile.
Algunos llevaban disfraces elaborados, pero la gran mayoría paseaban con muy poca ropa.
Las medias de red y los bikinis fluorescentes dominaban la moda del carnaval de ese año.
La cerveza corría, la gente sonreía, reía y se marcaba unos pasos, aunque cierto cansancio empezaba, inevitablemente, a hacerse notar.
Los habitantes de Salvador llevaban seis días seguidos de fiesta sin parar.
Cuando el martes de Carnaval dio paso al Miércoles de Ceniza, las últimas personas con medias de red volvieron tambaleándose a casa y el centro se vació de gente.
A primera hora de la mañana siguiente, un ejército de trabajadores de la limpieza vestidos de verde ya estaban en las calles.
Barrieron los vasos de cerveza vacíos, el confeti y las guirnaldas de papel; retiraron las barricadas y liberaron las estatuas de sus envoltorios protectores.
Las iglesias volvieron a abrir sus puertas.
Aproveché para visitar un par de ellas. Nunca había visto tanto pan de oro en un espacio tan reducido.
Parecía como si los constructores hubieran competido entre sí para ver quién conseguía meter más brillo; los interiores estaban cubiertos de oro desde el suelo hasta el techo.
Durante muchos años, la ciudad portuaria de Salvador, en la costa de Bahía —la primera capital de Brasil—, fue la ciudad más importante y rica de todo el vasto Imperio portugués, solo superada por Lisboa.
Hoy en día, tres cuartas partes de los habitantes de Salvador y del estado de Bahía son de ascendencia africana. La herencia de África está presente en todas partes: en la genética, la moda, la comida especiada, la música, la danza, el arte y, sobre todo, la religión.
Una docena de mujeres y hombres danzaban con los ojos cerrados alrededor de una columna en medio de la sala abarrotada.
Sus movimientos eran ausentes, violentos y sensuales a la vez; los danzantes estaban todos en trance, ya no eran ellos mismos, sino que cada uno estaba poseído por su propia divinidad.
Sus vestimentas representaban a los dioses que los poseían.
Una de las mujeres llevaba una gran corona de perlas en la cabeza; un hombre estaba cubierto por entero con hojas de cáñamo secas.
En un pequeño estrado se sentaban cuatro tamborileros.
Al principio tocaban despacio, con un ritmo monótono y evocador, y luego cada vez más rápido.
Cientos de personas se habían apretado contra las paredes para presenciar el ritual; el aire se había vuelto cálido y húmedo por tantos cuerpos como había allí.
La mayoría cantaban con una voz alta y potente las mismas palabras extrañas, las mismas melodías, una y otra vez.
Dos de los danzantes sostenían cada uno un gran cuchillo que agitaban aparentemente sin control: estaban en trance.
Mujeres con turbante y faldas grandes y abombadas se aseguraban de que los danzantes no se cayeran ni hirieran a nadie; les secaban el sudor de la frente y, cuando ya habían llegado al límite, los acompañaban fuera de la sala y subían por una estrecha escalera.
A veces también algunos de los espectadores entraban en trance y empezaban a danzar de forma salvaje y desatada, o se desplomaban con fuertes espasmos.
Enseguida acudía una mujer y los atendía con sumo cuidado.
Me abrí paso entre todos aquellos cuerpos y me dirigí hacia la salida. Llevaba varias horas allí dentro y necesitaba aire fresco. Mi guía, Miguel, un hombre mayor con boina inglesa y gafas, estaba sentado en los escalones de fuera, navegando en su teléfono móvil.
—¿Qué hace aquí? —me preguntó con severidad en cuanto me vio—. ¿Por qué no está dentro siguiendo la ceremonia?
—Quizás podríamos encontrar a alguien con quien hablar —sugerí, secándome las gotas de sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Va a ser difícil —suspiró Miguel—. No veo a nadie que conozca, y la gente de aquí rara vez quiere hablar con desconocidos.
Empezó a buscar a alguien que conociera. Al final encontró a una mujer mayor que llevaba turbante y una falda abombada que le llegaba hasta los pies.
—Con ella puede hablar —dijo—. Yo tengo que quedarme dentro vigilando su silla mientras tanto. Tiene miedo de que se la quiten.
—Pero necesito ayuda para traducir —objeté. Entendía aún menos ese dialecto que los de otras zonas de Brasil. Incluso los mismos brasileños tienen dificultades para entender lo que dice la gente de Salvador.
—Seguro que irá bien —dijo Miguel—. Solo tiene que esforzarse un poco.
La mujer con la que debía hablar desapareció en el baño. Luego se quedó allí hablando largo y tendido con un hombre. Me rendí y dejé de esperarla; salí de nuevo al delicioso y fresco aire nocturno. Medio minuto después, Miguel salió corriendo por la puerta.
—¡Le he conseguido una buena entrevista y va y desaparece! —se quejó—. Su problema —afirmó— es que es demasiado tímida.
—Puede ser —repliqué—, pero en el fondo estoy contenta con cómo va la noche. Podemos volver al hotel.
—No —dijo Miguel—. Acaba de decir que quiere hablar con alguien. Así que tenemos que encontrar a alguien con quien pueda hablar. Por suerte conozco a otra mujer con la que puede hacerlo: doña Sônia. Vamos a verla.
Intenté protestar, pero Miguel no cedió. Estaba decidido a que yo hablara con doña Sônia.
—Ha tenido mucha suerte de presenciar un ritual hoy —declaró cuando volvimos al coche—.
Hay en total tres mil terreiros, lugares como este, aquí en Salvador, pero no celebran ceremonias con mucha frecuencia.
Por cierto, ¿se ha fijado en que ahí dentro había sobre todo mujeres?
Eso es porque hay más mujeres en el mundo. La naturaleza es sabia.
Poco después nos detuvimos frente a una casa pequeña y estrecha.
Miguel desapareció por la puerta, y al cabo de un momento doña Sônia salió a los escalones exteriores.
Sobre el pecho llevaba atado un trozo de tela blanca de algodón que le llegaba hasta los tobillos, y en la cabeza, un turbante también blanco.
Tenía ochenta y tres años y era de porte erguido y digno.
—El candomblé es vital para mí —contó—. Cuando era niña tenía problemas en las piernas.
Caminaba de manera extraña. Mi madre me llevó primero a varios médicos.
Tenía tres hijas y no quería que nos metiéramos en el candomblé.
Pero cuando mi hermana tenía cinco años fue poseída por un espíritu, un orixá .
El espíritu intentó arrastrarla hacia una poza.
Por suerte alguien intervino y consiguió salvarla.
El orixá intentó matar a mi hermana porque mi madre la había mantenido alejada del candomblé.
Tras ese episodio, mi madre permitió que mi hermana se iniciara en esa religión, pero a mí siguió llevándome a médicos.
Al final el orixá le dijo que dejara de hacerlo.
Mi madre obedeció y en su lugar me llevó a una cascada sagrada.
Todas las mujeres que estaban allí fueron poseídas por los orixás y me curaron. Yo tenía cuatro años.
—¿Es usted católica? —le pregunté, porque había oído que muchos de los que practicaban el candomblé eran también católicos.
—Sí —respondió ella sin rodeos—. A veces voy a la iglesia a oír misa, pero otras solo la veo por la televisión.
—¿Recuerda algo de cuando ha estado en trance? —pregunté.
—No —respondió Miguel sin traducir la pregunta—. No recuerdan nada.
—¿Puede explicar de manera sencilla qué es el candomblé, para que extranjeros como yo puedan entenderlo? —pregunté a doña Sónia. Miguel tampoco se molestó en traducir esa pregunta, y cuando yo misma empecé a formularla en portugués me interrumpió:
—¿No va a preguntar cómo se llama la casa?
Obedientemente, pregunté cómo se llamaba la casa.
—Se llama Tira Tema —respondió doña Sônia.
—Tira Tema es el nombre del orixá que vive aquí —explicó Miguel—. ¿No le va a sacar una foto? —Señaló una piedra redonda del tamaño de una pelota de balonmano. Sobre ella había unos guijarros y una especie de bieldo en miniatura.
Obediente, tomé una foto de la piedra.
—Cuando hay una fiesta aquí, visten la piedra —explicó Miguel—. Pregúntele a qué santo corresponde.
—São Lourenço —respondió doña Sônia.
—Tienen un ritual muy especial que solo hacen en esta casa —comentó Miguel—. Pregúntele qué es.
Doña Sônia contó que los poseídos solían bailar sobre fuego durante las ceremonias.
El ritual está presumiblemente inspirado en San Lorenzo, que fue asado vivo en una parrilla.
Se dice que, cuando llevaba ya mucho rato sobre el fuego, dijo a sus verdugos: «Ya estoy bien asado por este lado, podéis darme la vuelta».
Es el santo patrón de cocineros y comediantes.
—Alrededor de mil fieles están vinculados a esta casa —relató Miguel—. Pero muchos de ellos ya han muerto.
—¿Cuántos siguen vivos? —pregunté.
Doña Sônia se lo pensó.
—Cien, tal vez.
Le agradecí la charla y doña Sônia volvió a entrar en la casa.
—Qué bien que haya podido hablar con doña Sônia —dijo Miguel, satisfecho, cuando volvimos al coche—. ¿Entiende más del candomblé ahora?
—Un poco más, quizás, pero todavía hay muchas cosas que no comprendo —admití.
—Si hace un pequeño esfuerzo, lo entenderá —opinó Miguel.
Esa noche soñé con tambores, hojas de cuchillo y una danza sonámbula y sudorosa.
Cidade Maravilhosa, así llaman a Río de Janeiro sus habitantes. Puede que la arquitectura no sea la más bonita, pero el entorno es impresionante: espectaculares colinas boscosas y montes bajos rodean la metrópolis costera. No es de extrañar que los portugueses trasladaran la capital allí en 1763.