Los navegantes El viejo burro y el mar #2
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El viejo burro y el mar #2

La capital portuguesa es un monumento viviente a la grandeza perdida del país.

Pero, aun estando los portugueses muy familiarizados con la tristeza y el dolor, hay un monumento que brilla por su ausencia.

La era de los descubrimientos estuvo marcada por hallazgos valientes y decisivos, pero sobre todo por naufragios, guerras, violencia y esclavitud.

Aunque los lusos por sí solos representaron la mitad del comercio transatlántico de esclavos, en Lisboa no hay ni un solo monumento que recuerde el destino de quienes fueron esclavizados.

Hay un plan concreto, incluso se convocó un concurso y se eligió un ganador: Plantation: Wealth and Nightmares [Plantación: riqueza y tormento], del artista angoleño Kiluanji Kia Henda.

El monumento constará de quinientas cuarenta cañas de azúcar en aluminio negro, cada una de tres metros de altura, en memoria de los muchos africanos esclavizados que acabaron sus vidas en plantaciones de azúcar de América.

Aunque en el presupuesto de 2018 se reservaron fondos para levantarlo, hasta ahora no se ha materializado ni una sola caña de azúcar de aluminio.

A los portugueses les encanta quejarse del presente, pero no hurgan en el pasado con la misma alegría.

Ni siquiera en el pasado reciente. En 2007, el dictador Salazar fue elegido por los espectadores como el portugués más grande de todos los tiempos en el programa de televisión Os Grandes Portugueses .

El pasado lejano resplandece aún más.

Por primera vez en semanas, el sol brilla sobre Jeremias y sobre mí.

Aprovecho para subir al Pico. En el centro de visitantes me equipan con un transmisor GPS que lleva un botón de emergencia incorporado: cada año, decenas de turistas heridos tienen que ser bajados del volcán por los hombres más entrenados de la isla.

En la cima, el volcán forma un cráter plano, y en el centro del cráter el pequeño Pico se eleva como un cono perfecto.

El volcán está casi tan sin aliento como yo a dos mil quinientos metros de altitud; el gas sulfuroso caliente se filtra entre las piedras.

Han pasado trescientos años desde la última erupción.

¿Será que Pico está a punto de volver a la vida?

Desde aquí arriba la isla de repente parece pequeña. El campo de visión se llena de aire y agua. Una vez más me asalta este pensamiento banal, pero casi inevitable: ¡qué grande es el océano!

En los últimos años apenas he hecho otra cosa que viajar por y a lo largo del mar; no importa dónde estuviera, la playa más cercana nunca quedaba lejos. El Imperio portugués fue fundado por marineros.

Un viaje consiste en instantáneas rápidas, coincidencias más o menos planificadas y breves inmersiones en los destinos de otras personas.

Durante tres años he viajado por el imperio perdido de Portugal, desde Ceuta, en el norte, hasta Mozambique y Timor Oriental, en el sur; desde la Amazonia, en el oeste, hasta Nagasaki, en el este.

Algunos de esos países se convirtieron en colonias bajo administración portuguesa; otros fueron durante un corto periodo simples puestos comerciales y poco más.

Las huellas permanecen, porque la perspectiva cambia según los ojos con los que se mire.

Las más profundas quizás se encuentren en las propias personas.

Los portugueses tuvieron hijos con las mujeres que conocieron en el Viejo y el Nuevo Mundo, y la gente se desplazaba —y era desplazada— de un lado a otro: millones de personas iban de un extremo del Imperio al otro a través del mar común.

El Imperio está grabado en los genes, la lengua y la memoria de sus descendientes.

Por el camino he conocido a orgullosos luchadores por la libertad y a personas con cicatrices de guerra y de opresión; he conocido a comunistas y capitalistas, a románticos y nostálgicos, y a un montón de jóvenes impacientes que no tienen tiempo para mirar atrás porque bastante tienen con lidiar con un presente descarrilado.

¿Por qué precisamente Portugal se convirtió en el primer Imperio global?

La geografía y la economía ofrecen una explicación.

En el siglo XV , Portugal era un país pequeño, pobre y aislado, situado en el extremo de la península ibérica: el mar era la única vía para salir al mundo y dejar atrás la pobreza.

La tecnología ofrece otra. Los portugueses perfeccionaron la ágil carabela, capaz de soportar largas travesías en condiciones difíciles y de adentrarse en aguas desconocidas.

Las ambiciones personales también influyeron: Enrique el Navegante lo puso todo en marcha, y reyes oportunistas continuaron enviando expediciones al sur, a lo largo de la costa de África, dirigidas por marineros audaces que a menudo tenían más suerte que conocimientos.

A medida que los océanos se abrían, las ambiciones de los reyes crecían: a diferencia de otros Imperios atlánticos, el de Portugal estuvo siempre bajo control de la Corona, aunque algunos territorios se delegaran a comerciantes y nobles.

Con la ayuda de las bulas papales y del monopolio de la ruta del cabo de Buena Esperanza, el pequeño Portugal logró mantener a raya a sus competidores y controlar el comercio de especias durante todo un siglo.

En los puertos de Oriente, las miserables mercancías de los portugueses eran objeto de burla, pero sus cañones jugaban en otra liga, y ahí está el núcleo del colonialismo: los europeos eran superiores desde el punto de vista militar, pero carecían de materias primas y de mano de obra.

Oro, diamantes, especias, azúcar, algodón, seda, porcelana, esclavos: todo tenía que importarse de otros continentes, si era necesario por la fuerza.

Así, gracias a los mares, los veleros y los cañones, los Imperios de Europa occidental se hicieron inmensamente ricos a expensas de otros.

Los portugueses también se enriquecieron, pero no supieron adaptarse a los nuevos tiempos.

Dependían de las materias primas de las colonias y quedaron rezagados en el desarrollo tecnológico e industrial.

La mayor parte de la población seguía siendo pobre, como en las colonias, y el monopolio comercial era, por supuesto, demasiado bueno para durar.

Cuando Brasil se independizó en 1822, la aventura portuguesa había terminado en lo esencial, aunque Lisboa se aferró al resto de sus colonias durante otro siglo y medio más.

La madre patria hace tiempo que fue superada por sus antiguas colonias.

Hoy en día hay casi veinte veces más hablantes de portugués en Brasil que en Portugal.

Los brasileños han desarrollado una rama propia e independiente de la lengua portuguesa, con su propia gramática y su propio diccionario, su propia academia y sus propias traducciones de obras extranjeras.

Durante la crisis financiera de la primera década del siglo XXI , la economía lusa se sostuvo gracias a los préstamos de la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, y también gracias a las grandes inversiones de angoleños multimillonarios.

En el oeste, el mar se tiñe de rosa y el sol rueda bajo el horizonte. En algún otro lugar —en Japón, tal vez, o en Timor Oriental— amanece. En el Imperio portugués el sol nunca se ponía.

A medida que desciendo poco a poco del volcán, el mar se va haciendo cada vez más pequeño y mi campo de visión se llena de rocas.

Visto con gafas geológicas, Pico no es más que un recién nacido.

Hace unos trescientos mil años, la isla emergió del mar escupiendo lava.

Hasta entonces había sido invisible, tan solo una posibilidad teórica, oculta bajo el océano, al igual que la mayor parte de la superficie del planeta.

La Tierra está cubierta de agua. Incluso nuestro cuerpo está compuesto principalmente de agua; tres cuartas partes del cerebro son agua.

Nuestros pensamientos nacen en el agua, nuestros recuerdos chapotean en ella.

Aturdida tras el descenso, bajo tambaleándome la ladera hasta Jeremias para despedirme.

Los burros también están compuestos sobre todo de agua, pero eso no es algo en lo que Jeremias piense.

Para un burro la vida es sencilla: comer, descansar.

Cuando llueve está mojado. Cuando brilla el sol tiene calor.

Jeremias se acerca a la valla y mastica las rebanadas de pan que le he traído. Le rasco entre las orejas y él mordisquea mi mochila.

Saudade, murmura, la más portuguesa de todas las palabras, y casi intraducible.

Encierra todo el dolor y la añoranza del mundo y se ha extendido como una enfermedad infantil contagiosa a toda la comunidad lusófona, desde las áridas islas de Cabo Verde hasta la selva primigenia brasileña.

La añoranza y la melancolía son lo único que queda del vasto Imperio.

Jeremias gira el trasero y sigue pastando despreocupado. El cielo se cubre. Pronto comenzará a llover.

Queda una última parada. El vuelo desde Pico dura aproximadamente media hora, y el avión aterriza a la primera en Lajes Field, que aún hoy funciona como aeropuerto civil y base de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos.

Ese arreglo práctico hizo que las autoridades estadounidenses pasaran por alto durante años la dictadura de Salazar y las guerras coloniales en África, y en 1949 Portugal fue un miembro natural de la recién fundada OTAN.

Ningún otro país podía ofrecer una ubicación más estratégica en el Atlántico.

Terceira recibió su nombre porque fue la tercera isla que los portugueses descubrieron en las Azores.

Su capital, Angra do Heroísmo, es un imperio en miniatura.

Las calles empedradas están flanqueadas por pintorescas casas de mampostería en tonos pastel; las iglesias son numerosas, magníficas y fastuosas.

En el puerto me encuentro con Vasco da Gama.

Lleva sombrero, abrigo y botas hasta la rodilla; la larga barba le llega casi al pecho.

La estatua no tiene pedestal; el gran explorador avanza hacia mí con expresión sombría, atormentada.

Durante semanas, Da Gama deambuló por Terceira lamentando la muerte de su hermano Paulo, que murió poco después de su llegada.

Paulo fue enterrado en la iglesia del monasterio franciscano.

La iglesia y el monasterio siguen en pie, pero la lápida ha desaparecido.

Atrás quedó también la tumba de Ngungunhane.

Fue el último rey de Gaza, un reino que en el siglo XIX se estableció en el sur de Mozambique y llegó a controlar un territorio del tamaño de Portugal.

Ngungunhane ascendió al trono en 1884, el mismo año en que las potencias occidentales se reunieron en Berlín para repartirse África.

Los jefes de Estado europeos decidieron que el territorio gobernado por Ngungunhane pertenecía a Portugal.

El rey africano luchó con fiereza contra los portugueses durante más de una década y fue apodado «el león de Gaza».

En la Navidad de 1895 fue capturado por las fuerzas lusas y enviado al exilio en Terceira.

En esa pequeña isla, en medio del Atlántico, Ngungunhane pasó sus últimos años cazando conejos y tejiendo cestas que vendía a los visitantes.

Se convirtió al catolicismo, adoptó el nombre de Reinaldo Frederico y buscó consuelo en la botella.

En la víspera de Navidad de 1906, el león desterrado murió de una hemorragia cerebral con unos cincuenta y cinco años.

En 1985 sus restos fueron repatriados a Mozambique, pero, como las tumbas públicas de la isla se reutilizaban, es imposible saber si pertenecieron realmente al último rey de Gaza.

Ese es solo uno de los millones de destinos. Ngungunhane tiene su propio monumento; al fin y al cabo, era rey. La mayoría permanecen sin nombre, arrollados por siglos de olvido. Pero las huellas que han dejado tras de sí siguen vivas, se entrecruzan y forman otras nuevas.

En la playa de la pequeña ciudad, un hombre dibuja el escudo de armas portugués en la arena.

Está profundamente concentrado en la tarea y no levanta la vista ni una sola vez.

Cuando termina, escribe PORTUGAL en letras grandes sobre el escudo.

El hombre da unos pasos atrás y admira su obra. Luego se aleja.

Al día siguiente, el escudo de armas ya no está, borrado por las olas.