Los navegantes El último emperador #5
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El último emperador #5

Manuel, tataranieto de Pedro I, se convirtió en rey de Portugal con solo dieciocho años.

A diferencia del monarca Manuel I del siglo XVI , apodado el Afortunado, Manuel II no permaneció mucho tiempo en el poder; su reinado fue breve, caótico y desdichado.

Cayeron siete Gobiernos en el transcurso de dos años.

Desde 1891, los republicanos habían intentado hacerse con el poder por medio de la revolución hasta en cinco ocasiones.

En 1910 lograron derrocar para siempre la monarquía: el 5 de octubre se proclamó en Lisboa la Primera República.

Manuel huyó a Inglaterra, donde se dedicó a coleccionar libros portugueses raros. El último rey de Portugal murió en Londres en 1932, a los cuarenta y dos años y sin descendencia.

También en Brasil se vivían tiempos turbulentos.

El país era formalmente una democracia, pero solo los hombres alfabetizados tenían derecho al voto.

Los presidentes de las primeras décadas procedían bien de la oligarquía cafetera del distrito de São Paulo, bien de la región de Minas Gerais, conocida por sus grandes haciendas ganaderas y sus lecherías; por ello, ese periodo recibió el nombre de política do café com leite .

Revueltas y disturbios sociales sacudieron el país a intervalos irregulares.

Nunca se llevó a cabo ninguna redistribución de tierras o de riqueza, y la mayoría de los esclavos manumitidos siguieron siendo pobres.

En su lugar, se abrieron las fronteras a la mano de obra extranjera, y en el transcurso de unas pocas décadas llegaron a Brasil cinco millones de trabajadores inmigrantes procedentes de países como Alemania, Italia y Japón.

En 1920, el Gobierno brasileño levantó el destierro de la familia imperial.

Isabel, la hija de Pedro II, era demasiado mayor y estaba delicada de salud para regresar.

Murió en Francia al año siguiente. Como parte de las celebraciones del centenario de la independencia, en 1922 se trasladaron a Brasil los restos de Pedro II y la emperatriz Teresa Cristina.

El mausoleo familiar no estuvo listo hasta 1939, y entonces los féretros se llevaron a la catedral de Petrópolis.

Los libros que podrían escribirse sobre la historia de Brasil durante los cien años siguientes serían tantos que llenarían toda una biblioteca.

El país se convirtió en una dictadura, luego volvió a ser una democracia y más tarde derivó en una dictadura militar en toda regla.

En 1985 se restableció la democracia, pero la economía no se recuperó con la misma facilidad.

Siguieron años de crisis económica e hiperinflación.

En 2003, el político de izquierdas Luiz Inácio Lula da Silva fue investido presidente.

Había sido obrero metalúrgico y líder sindical, y fue el primer presidente en la historia de Brasil que provenía de la clase trabajadora.

Lula puso en marcha reformas económicas y sociales que sacaron de la pobreza a 30 millones de personas.

La deforestación de la Amazonia se detuvo casi por completo y se hicieron importantes hallazgos petrolíferos frente a la costa brasileña.

Cuando Lula dejó el cargo tras haber cumplido el máximo de dos mandatos consecutivos, gozaba de una popularidad histórica: el 80 % de la población consideraba que el presidente había hecho un buen trabajo.

En 2011, la antigua jefa de gabinete de Lula, Dilma Rousseff, se convirtió en la primera mujer en presidir Brasil.

Durante la dictadura militar formó parte de un grupo guerrillero de izquierdas y fue encarcelada y torturada.

Dilma luchó contra la corrupción y defendió la introducción de cuotas para que los grupos económicamente desfavorecidos pudieran acceder a la universidad, y además creó una comisión de la verdad para esclarecer los crímenes cometidos en la dictadura, lo que le granjeó enemigos influyentes.

Durante su segundo mandato se destapó el mayor escándalo de corrupción de la historia de Brasil, la llamada operación Lava Jato.

Los directivos de la petrolera estatal Petrobras, designados por el Gobierno, exigían sobornos a las constructoras a las que adjudicaban contratos.

Dilma fue sometida a un juicio político y destituida por el Parlamento en 2016.

El expresidente Lula negó haber tenido relación alguna con el escándalo de corrupción, pero fue acusado y llevado a juicio.

La única prueba en su contra era un apartamento de lujo al que su familia había tenido acceso.

El tribunal no pudo demostrar que lo hubiera recibido en propiedad ni que fuera una contraprestación por favores políticos.

Pese a ello fue condenado a doce años de prisión.

La sentencia no le impidió presentarse como candidato a las elecciones presidenciales de 2018, pero en plena campaña electoral se dictó una orden de detención contra él.

Lula se entregó a la policía y continuó la campaña desde su celda.

Lideraba las encuestas, pero un mes antes de las elecciones la comisión electoral decidió que no podía concurrir como candidato.

El ganador de los comicios fue el populista de derechas Jair Bolsonaro.

La presidencia del antiguo paracaidista estuvo marcada por divisiones y controversias, y la deforestación de la Amazonia volvió a acelerarse.

Brasil fue uno de los países más golpeados por la pandemia de coronavirus: Bolsonaro era un declarado escéptico de las vacunas y se oponía a las estrictas medidas de control sanitario.

Lula fue puesto en libertad en el otoño de 2019. En 2021 quedó exonerado por el Tribunal Supremo. Al año siguiente volvió a presentarse como candidato a la presidencia, y durante mucho tiempo la contienda entre él y Bolsonaro estuvo muy reñida.

En plena campaña electoral, el corazón embalsamado del emperador Pedro I fue trasladado en avión a través del Atlántico y recibido por el presidente Bolsonaro con toda la pompa y el boato propios de una visita de Estado.

Los restos de Pedro I ya se encontraban en el país: cincuenta años antes, durante la conmemoración del 150.

º aniversario de la independencia, fueron trasladados de vuelta a Brasil.

Hoy se conservan en el Monumento a la Independencia, en São Paulo.

Pero el corazón del emperador permaneció en Portugal.

En su testamento especificó que deseaba que se conservara en Oporto, como muestra de gratitud por el apoyo del pueblo.

Y así se hizo: durante casi doscientos años, el corazón de Pedro permaneció sumergido en formol en un recipiente de vidrio dentro de una urna de oro en la iglesia de Lapa, en Oporto.

En el otoño de 2022, la reliquia fue enviada de gira a Brasil para conmemorar el bicentenario de la independencia.

Llegó acompañada por el alcalde de Oporto y fue recibida solemnemente por el ministro de Defensa en el aeropuerto de Brasilia.

El presidente Bolsonaro le dio la bienvenida durante una ceremonia militar, y luego fue expuesta en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

Ni siquiera teniendo de su lado el corazón embalsamado del emperador logró Bolsonaro ganar las elecciones: en la segunda vuelta, Lula obtuvo una victoria ajustada.

Bolsonaro se negó a felicitarlo por el triunfo, y muchos de sus votantes tampoco quisieron aceptar la derrota.

Apenas una semana después de que Lula asumiera la presidencia, varios miles de partidarios de Bolsonaro asaltaron el edificio del Congreso, el Tribunal Supremo y el palacio presidencial en Brasilia.

El orden se restableció rápidamente, y el corazón embalsamado de Pedro I hace ya tiempo que está de vuelta y a salvo en Oporto.

Pero el corazón imperial sigue latiendo en la ciudad más grande de Brasil.

El emperador vivía en una pequeña casa en las afueras del centro de São Paulo.

En el modesto jardín se alzaban dos árboles de brasil.

La secretaria, una mujer de unos cincuenta años, abrió la puerta y me hizo pasar a la sala de recepción.

La estancia estaba amueblada de forma sencilla, con un gran escritorio, un sofá de cuero oscuro, grandes sillas también de cuero y retratos oficiales de la familia enmarcados.

Poco después hizo su entrada el emperador. Vestía de manera formal: zapatos de piel marrón, pantalón gris, americana, camisa y corbata. El hombre, de ochenta y dos años, seguía con una tos fea tras haber estado enfermo unos días, pero ya se estaba recuperando.

—La monarquía está renaciendo en Brasil —declaró, tomando asiento en una de las sillas de cuero—. Fue abolida por una secta que no representaba nada en absoluto. El pueblo seguía apoyándola.

Según una encuesta de 2017, el 10,7 % de los encuestados dijeron que querían que se restableciera la monarquía en Brasil.

—El país está actualmente sumido en el caos —dijo desde la silla de cuero—.

La izquierda gobierna Brasil y quiere imponer su agenda roja en el país.

Su objetivo es acabar con el mundo cristiano.

Quieren destruir la familia como institución.

La única alternativa posible para Brasil, tal como yo lo veo, es volver a la monarquía.

El nombre completo del hombre que estaba sentado en la silla es Dom Bertrand Maria José Pio Januário Miguel Gabriel Rafael Gonzaga de Orléans e Bragança, aunque en el día a día solo lo llaman Dom Bertrand de Orléans e Bragança.

El mismo año en que el corazón de su tataratatarabuelo fue enviado en visita oficial a Brasil, su hermano Luiz murió a los ochenta y cuatro años.

El presidente Bolsonaro declaró un día de luto nacional cuando falleció el pretendiente al trono.

Como Luiz nunca se casó ni tuvo hijos, su hermano menor, Bertrand, heredó el —por decirlo suavemente— controvertido título de emperador de Brasil.

En la página web de la familia imperial se le presenta como de iure Imperador Constitucional e Defensor Perpétuo do Brasil.