Los navegantes El último emperador #4
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El último emperador #4

Una vez que Pedro había alcanzado la mayoría de edad y había sido coronado, necesitaba una esposa.

Como era de esperar, su lista de deseos la encabezaba una princesa de los Habsburgo, pero en Viena había mucho recelo.

Al final, los enviados de la corte consiguieron un buen fichaje más al sur, en el Reino de las Dos Sicilias, cuyo rey accedió a enviar a su hija Teresa Cristina al otro lado del Atlántico.

El emperador, de diecisiete años, no pudo ocultar su decepción al ver a su futura esposa, pero cumplió con su deber imperial y tuvieron cuatro hijos en rápida sucesión, aunque los dos varones murieron en los primeros años de vida.

Pedro y Teresa Cristina no tuvieron más hijos —y tampoco parece que lo intentaran—, pero siguieron siendo buenos amigos el resto de su vida.

El emperador intervino más bien poco en la vida política, si bien rara vez se perdió una reunión del recién fundado Instituto de Historia y Geografía de Brasil.

Se tomó muy en serio la tarea de construir la nación y se convirtió en un gran mecenas de artistas y escritores.

Fue especialmente generoso con los autores que escribían obras románticas y heroicas sobre los pueblos indígenas, que durante su reinado fueron promovidos como un símbolo importante de la joven nación.

El emperador repartió con largueza premios, medallas, becas y títulos nobiliarios.

Machado de Assis, hijo de un mulato descendiente de esclavos libertos, fue uno de los escritores que quedaron bajo su amparo.

Pedro dio al humilde Assis un empleo fijo como subdirector del boletín del Gobierno, el Diário Oficial, y además lo nombró caballero en agradecimiento por su labor.

Más tarde, tras la muerte del emperador, Assis se convertiría en el primer presidente de la Academia Brasileña de Letras y hoy es considerado el mayor escritor brasileño de todos los tiempos.

El reinado de Pedro no estuvo marcado solo por la literatura y las artes.

En 1864, Paraguay invadió el sur de Brasil, y al año siguiente ocupó la ciudad argentina de Corrientes.

El emperador no tuvo más remedio que responder a la agresión, e insistió en hacerlo él mismo.

A pesar de que la mayoría le aconsejaban encarecidamente que se quedara en casa, Pedro fue a la guerra en persona.

Aunque Brasil, Uruguay y Argentina se aliaron contra Paraguay, el conflicto se prolongó.

No fue hasta 1870 cuando la Triple Alianza se alzó con la victoria.

Esa guerra es la más sangrienta que se haya librado jamás en América del Sur: en Paraguay apenas quedaron hombres.

Cuando terminó la contienda, un Pedro exhausto entregó las riendas del Estado a su hija mayor, Isabel, y viajó a Europa.

La menor, Leopoldina, había muerto hacía poco de tifus en Viena con solo veintitrés años y dejaba cuatro hijos pequeños que en ese momento necesitaban a su abuelo.

Durante el viaje, el emperador aprovechó para recorrer buena parte de Europa, además de Palestina y Egipto, y conoció a muchos de los grandes artistas y científicos de la época.

Tras diez meses de periplo regresó a Brasil y enseguida empezó a planear su siguiente destino.

En 1876, Pedro II se convirtió en el primer jefe de Estado extranjero en visitar Estados Unidos.

Allí inauguró la Exposición Universal de Filadelfia junto con el presidente Ulysses S.

Grant y conoció, entre otros, a Alexander Graham Bell, que acababa de inventar el teléfono.

Desde Estados Unidos, el emperador volvió a cruzar el Atlántico y visitó Estocolmo, Moscú, Constantinopla, Damasco y El Cairo, entre otros lugares.

No regresó a Brasil hasta un año y medio después.

Durante esa larga ausencia casi se había convertido en un desconocido.

Mientras estuvo fuera los partidos Republicano y Liberal crecieron, y él era caricaturizado con frecuencia en los periódicos.

Pedro era un firme defensor de la libertad de prensa y nunca intervino.

Al igual que su padre, Pedro II se oponía a la esclavitud, pero era consciente de que debía actuar con cautela y, sobre todo, con lentitud, porque la economía brasileña seguía muy ligada al sistema esclavista, y pocos lo criticaban de manera abierta.

Tras la presión del Reino Unido, en 1831 se aprobó una ley que en principio prohibía el comercio de esclavos: todos los que llegaran a los puertos de Brasil debían ser liberados en cuanto desembarcaran.

En la práctica, sin embargo, los recién llegados eran enviados directamente a las plantaciones.

Aunque Portugal prohibió el comercio transatlántico de esclavos en 1836, los barcos esclavistas continuaron cruzando el Atlántico en secreto durante un par de décadas más.

En 1871 se aprobó una ley que declaraba libres a todos los hijos nacidos de mujeres esclavas, y en 1885 se decidió que todos los esclavos mayores de sesenta años debían ser liberados.

Varios millones ya habían sido manumitidos o habían huido.

El sistema se desmoronaba poco a poco. En Estados Unidos la esclavitud había sido abolida en 1865, tras una sangrienta guerra civil.

Brasil era entonces el único país del hemisferio occidental donde la esclavitud seguía siendo legal, pese a que el sistema ya estaba en vías de desaparición.

La necesidad de una prohibición definitiva se imponía cada vez más.

En los últimos años, Pedro había envejecido de forma visible.

Su barba era larga y gris, tenía profundas arrugas en el rostro y además padecía una grave diabetes.

Los médicos le aconsejaron que fuera a Baden-Baden para seguir un tratamiento.

En junio de 1887, el emperador enfermo emprendió una nueva travesía del Atlántico; de nuevo, dejó el destino de Brasil en manos de su hija, Isabel.

Isabel, de cuarenta y un años, era la única de los cuatro hijos de la pareja imperial que seguía con vida.

No había sido educada como heredera del trono y mostraba poco interés en asumir la sucesión.

En ese momento se enfrentaba a su mayor prueba.

La oposición a la esclavitud crecía, pero el Gobierno conservador aplazaba la decisión final.

El 13 de mayo de 1888, Isabel tomó la pluma y firmó la llamada Ley Áurea.

Con ello llegó a su fin la esclavitud en Brasil, y setecientos mil esclavos fueron manumitidos.

Con un solo trazo de pluma, Isabel había cambiado la historia de Brasil.

Se dice que su padre lloró de alegría cuando la noticia le llegó a Europa.

El anciano emperador recibió una cálida acogida cuando regresó a Río de Janeiro en agosto de 1888.

La población negra lo ensalzó como libertador.

Entre los propietarios de plantaciones de café, en cambio, era menos popular.

Muchos de ellos estaban resentidos porque no habían recibido ninguna compensación por la pérdida de su «propiedad».

En noviembre de 1889, algunos de los republicanos más obstinados consiguieron atraer a su causa a un grupo de oficiales de rango inferior, y juntos dieron un golpe de Estado tan poco visible, silencioso y discreto que apenas nadie se dio cuenta de lo que pasaba.

El 15 de noviembre, un oficial se presentó a las puertas del palacio rosa de verano en Petrópolis.

Entregó al emperador una carta en la que se decía que Brasil era a partir de entonces una república y que el general Deodoro da Fonseca había sido nombrado presidente interino.

A la familia imperial se le concedieron veinticuatro horas para que abandonaran el país.

El 17 de noviembre, Pedro y el resto de la familia cruzaron el Atlántico por última vez.

El plazo había sido tan breve que partieron casi sin equipaje.

Unas semanas más tarde, el 28 de diciembre, la emperatriz Teresa Cristina murió de un infarto en un hotel de Oporto a los sesenta y siete años.

Dos años después, el 5 de diciembre de 1891, el emperador Pedro II falleció de neumonía en un hotel de París. Tenía sesenta y seis años.

Diecinueve años más tarde, la monarquía de Portugal también murió. O, mejor dicho: la mataron.

El 1 de febrero de 1908, la familia real regresó a Lisboa tras su estancia invernal anual en el Alentejo.

Después de cruzar el Tajo, desembarcaron en la Praça do Comércio, en el centro de la ciudad.

A pesar de las recientes turbulencias, decidieron viajar en un coche descubierto.

Al final de la plaza, la comitiva fue atacada por dos hombres armados, que empezaron a disparar contra el carruaje.

El rey Carlos I murió en el acto, y el príncipe heredero, Luis Felipe, de veinte años, sucumbió a sus heridas veinte minutos después.

La reina Amelia arrojó el ramo de flores que llevaba en las manos a la cara de uno de los atacantes y se abalanzó sobre su hijo menor, Manuel.

Así, con su propio cuerpo, salvó la vida del joven príncipe.

Los dos asesinos fueron abatidos en el lugar.

El asesinato del rey y del príncipe heredero conmocionó al mundo entero, pero no fue del todo inesperado.

El siglo XIX había sido un periodo caótico en la península ibérica, marcado por el conflicto entre liberales, republicanos anticlericales y monárquicos conservadores y clericales, así como por una interminable sucesión de revoluciones, contrarrevoluciones e intentos de golpes de Estado.

El día antes de ser asesinado, el rey Carlos había firmado una controvertida ley que permitía enviar al exilio a todos los condenados por delitos contra el Estado.