Los navegantes El último emperador #2
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El último emperador #2

El marqués de Pombal gobernó Portugal como un déspota ilustrado y llevó a cabo una serie de reformas de gran alcance, muy inspiradas en las ideas de la Ilustración.

Entre otras cosas, fundó la Compañía General de Agricultura de las Viñas del Alto Duero e introdujo un sistema de clasificación para el vino de Oporto.

En 1759 se aseguró de que los poderosos jesuitas fueran expulsados tanto de Portugal como de sus colonias.

Sus numerosas propiedades pasaron al Estado.

La nobleza también fue tratada con dureza: tras un atentado fallido contra el rey, varios nobles fueron torturados y ejecutados.

En 1761, Pombal prohibió la importación de esclavos a Portugal, aunque lo hizo sobre todo porque eran más necesarios en las minas de oro y diamantes de Brasil.

Asimismo prohibió la discriminación contra los «nuevos cristianos», es decir, los judíos que habían sido obligados a convertirse al cristianismo.

En la Barraca Real, José I y su reina solo tuvieron hijas, por lo que su primogénita, María, heredó el trono cuando su padre murió en 1777.

Se casó con su tío Pedro, el hermano menor de su progenitor, quien por lo general se mantuvo en un segundo plano y dejó que su sobrina gobernara con tranquilidad.

En cuanto María I tuvo la corona sobre la cabeza, los días del marqués de Pombal en el poder estaban contados.

María I era profundamente religiosa y recibió el sobrenombre de A Piedosa .

No podía soportar las ideas progresistas del marqués y lo destituyó como primer ministro.

Además, se aseguró de que él no pudiera acercarse a ella a menos de treinta kilómetros, probablemente la primera orden de alejamiento legal del mundo.

Con el paso de los años se hizo evidente que la reina sufría un grave trastorno mental.

La enfermedad se manifestaba en delirios, alucinaciones religiosas y lo que en la época se llamaba «melancolía».

Llamaron a Francis Willis, el médico británico que había curado con éxito al perturbado rey Jorge III.

Prescribió un estricto tratamiento que consistía en camisas de fuerza, alimentación forzada y lavativas, pero la reina no mostró señal alguna de mejoría.

Al final, Willis se dio por vencido y regresó a casa.

En 1792 todos tenían claro que la reina estaba demasiado loca para gobernar el Imperio.

Su hijo mayor, Juan —el de los problemas de piel y el pollo asado—, asumió la regencia.

El príncipe heredero era apreciado por la mayoría, excepto por su esposa, que no ocultaba lo mucho que detestaba a su marido: Carlota Joaquina era hija de Carlos IV de España y solo tenía diez años cuando en 1785 la casaron con Juan.

La pareja tuvo nueve hijos, pero no se sabe si los tres últimos eran de él.

Las fuentes contemporáneas describen a Carlota Joaquina como excepcionalmente fea, baja y coja, con bigote y verrugas en la cara. En 1801 los esposos se separaron.

Juan no era un hombre de acción, pero el mundo que lo rodeaba estaba gobernado por señores muy activos.

Las secuelas de la Revolución francesa aún resonaban en todo Occidente, y a su paso un enérgico corso iba dejando su huella en el mapa de Europa.

Bajo el liderazgo de Napoleón, Francia se volvía cada vez más fuerte y amenazante.

Juan intentó desesperadamente mantener a Portugal al margen de las guerras que asolaban Europa y adoptó una posición neutral.

El problema era que el aliado más importante del país luso, Gran Bretaña, no compartía esa neutralidad.

En 1807 Napoleón exigió que Portugal cerrara sus puertos a los barcos británicos.

Juan vaciló. Cuando por fin cedió, era demasiado tarde: el ejército de Napoleón ya había cruzado la frontera con Portugal.

Los británicos, por su parte, amenazaron con bombardear Lisboa si los obligaban a marcharse.

Como solución al dilema, propusieron que la familia real fuera evacuada a Brasil y dejara que ellos se encargaran de los franceses.

Y así se hizo. A finales de noviembre, todo el Portugal oficial navegó Tajo abajo escoltado por buques de guerra británicos.

El príncipe regente, Juan, y Carlota Joaquina iban a bordo de barcos distintos; los esposos no se habían acercado más el uno al otro en ese momento de necesidad.

La perturbada reina María I también participó en el viaje.

Cuando la llevaron a toda prisa al muelle, se dice que, en un instante de lucidez, pidió al cochero que redujera la velocidad para que la gente no creyera que huían. Pero eso era justo lo que hacían.

Mientras los británicos ponían orden en Portugal, la corte portuguesa se estableció en Río de Janeiro.

También algunos británicos acompañaron el traslado: en agradecimiento por la escolta, Gran Bretaña exigió acceso pleno a los puertos de Brasil.

Dado que Napoleón había cerrado los europeos para ellos, necesitaban un nuevo mercado para sus mercancías.

En los años siguientes, el Brasil tropical se vio inundado de productos británicos en parte inútiles, como patines de hielo y mantas de lana.

Los portugueses llevaron consigo a Brasil una imprenta, y pronto vio la luz el primer periódico de la nación.

Poco después, el país contaba con jardín botánico, academia de arte, teatro, facultad de Medicina, museo real y banco propio.

Tras el Congreso de Viena de 1815, Brasil fue ascendido oficialmente de colonia a reino, al igual que Portugal, y los dos países quedaron entonces unidos por una unión dinástica, en la que el monarca portugués lo era también del Reino de Brasil.

En Europa imperaban la guerra, el hambre, la revolución y el caos.

Las sublevaciones se extendieron a las colonias españolas de Sudamérica, que, alentadas por el líder revolucionario Simón Bolívar, exigieron independizarse de España.

Pero en el Brasil portugués reinaba, por el momento, la calma.

Quizás la presencia física de la familia real contribuyera a esa estabilidad.

En 1816 murió María I sin haber mostrado signos de recuperación, y Juan VI fue coronado rey.

En Portugal, la gente empezó a impacientarse: querían de vuelta a su rey.

En 1821, Juan emprendió a regañadientes el viaje de regreso para intentar calmar el ambiente revolucionario.

Se cuenta que Carlota Joaquina sacudió de forma ostentosa sus zapatos al subir al barco: quería asegurarse de no llevar ni un grano de arena de Brasil de vuelta a su patria.

A bordo también viajaba el féretro de María I.

La reina fue enterrada de nuevo en Lisboa siguiendo todos los rituales establecidos: su cadáver en descomposición fue vestido de negro, y los dolientes desfilaron hasta el ataúd abierto para besar la mano de la reina muerta, como dictaba la costumbre.

Juan dejó el gobierno de Brasil en manos de su hijo mayor, Pedro, de veintitrés años, que permaneció en Río de Janeiro.

Portugal y Brasil eran entonces, en la práctica, dos reinos separados, gobernados por dos generaciones distintas de la dinastía de Braganza.

En Portugal, el rey Juan promulgó una nueva constitución liberal, inspirada en la española, y el país pasó de ser una monarquía absoluta a convertirse en una monarquía constitucional.

En Brasil, el joven Pedro apoyaba abiertamente el movimiento independentista.

El Parlamento portugués, sin embargo, no estaba dispuesto a renunciar a Brasil y a todos los ingresos que generaba, y envió una delegación a Río para obligar a Pedro a abandonar sus juveniles ideas independentistas y regresar a la metrópoli.

Pedro se negó. «¡Independencia o muerte!

», gritó con heroísmo entre ataques de diarrea aguda, dolencia que lo aquejaba por aquel entonces.

La pérdida de Brasil fue una catástrofe económica para Portugal, pero los portugueses no tenían recursos para obligar a su colonia más grande e importante a volver al redil.

Tres años más tarde, el país luso reconoció la independencia de Brasil.

Pedro I fue coronado emperador de Brasil el 1 de diciembre de 1822.

Probablemente eligió el título imperial porque era un gran admirador de las ideas revolucionarias de la época.

.. y de Napoleón. Pedro estaba casado con María Leopoldina de Austria, cuñada del corso.

Cuando ella murió se casó con Amelia de Leuchtenberg, nieta de Josefina, la primera esposa de Napoleón.

Brasil, con su enorme extensión y sus múltiples regiones, era en muchos sentidos un imperio en sí mismo.

Como Portugal, se convirtió en una monarquía constitucional, aunque el emperador tenía derecho a nombrar ministros y gozaba de amplios poderes de veto.

En Portugal, el rey Juan libraba una feroz batalla contra su peor enemigo: su esposa.

En 1823, Carlota Joaquina logró convencer a Miguel, su hijo predilecto, de veinte años, para que intentara dar un golpe de Estado y restaurara el absolutismo.

Conviene recordar que Miguel era uno de los tres últimos hijos de la pareja real, y por lo tanto quizás ni siquiera fuera hijo del monarca.

Pero era el ojito derecho de su madre. Poco antes, el rey lo había nombrado comandante en jefe del Ejército, un puesto muy oportuno para un aspirante a golpista.

Juan fue rescatado en el último momento a bordo de un buque de guerra británico, y desde allí destituyó a su hijo del cargo.

El intento de golpe fue sofocado. Miguel, entre lágrimas, suplicó a su padre que lo perdonara.

Como castigo, fue enviado al exilio en la corte de Viena.