El último emperador
El último emperador
Durante las primeras veinticuatro horas, la distinguida flota apenas se movió del sitio. Luego, el mismo día en que los soldados de Napoleón entraron en Lisboa, los barcos por fin tuvieron viento en las velas y pusieron rumbo al oeste.
La travesía se convirtió en una auténtica pesadilla.
Las naves eran lentas y estaban en mal estado, y además era pleno invierno, la peor temporada de tormentas.
Las provisiones que habían logrado reunir en esos cuatro días no bastaban ni de lejos para alimentar a quince mil personas.
No había ni literas ni sillas a bordo; todo el mundo tuvo que sentarse en la cubierta.
Durante los cincuenta y cuatro días que duró la travesía, todos los barcos se quedaron sin víveres.
El agua estaba reservada para beber; a ninguno de los pasajeros se le permitió lavarse durante el viaje.
Una de las embarcaciones se vio afectada por un brote de piojos y todas las mujeres tuvieron que raparse la cabeza.
Por primera vez en la historia del mundo, un imperio fue gobernado desde una colonia.
Las cabezas coronadas son perchas en las que colgar la historia, y para que fuera aún más fácil recordarlas, los historiadores portugueses les pusieron apodos.
Juan VI, que huyó con toda su corte a Brasil cuando aún era príncipe regente, recibió el sobrenombre de O Clemente .
Se decía que siempre se detenía a hablar con la gente que lo paraba por la calle, y que a menudo se implicaba él mismo en ayudarlos con sus problemas.
Muy elegante no era. Solía ir vestido con ropa sencilla y burguesa, y, según se contaba, nunca se quitaba el abrigo por mucho calor que hiciera, porque en los bolsillos llevaba una provisión de trozos de pollo asado que iba comiendo a lo largo del día.
También sufría hemorroides y varios problemas de piel, agravados probablemente por la falta de higiene.
Juan VI pertenecía a la dinastía de Braganza.
La de Avís, fundada en 1385 por Juan I, padre de Enrique el Navegante, se había extinguido por falta de herederos del trono y había llevado a Portugal a la unión dinástica con los Habsburgo españoles.
Tras sesenta años, los portugueses habían tenido suficiente.
Estaban hartos de todas las guerras a las que España los arrastraba.
En 1640, un pequeño grupo de nobles dio un golpe casi incruento: entraron en el palacio del regente en Lisboa, mataron al secretario de Estado e hicieron prisionera a la virreina, prima del monarca Felipe III.
Luego proclamaron rey al duque de Braganza con el nombre de Juan IV de Portugal.
El momento había sido elegido con cuidado: el soberano español estaba muy ocupado con una rebelión en Cataluña y no tenía capacidad para sofocar el golpe portugués.
La familia Braganza podía remontar su linaje hasta uno de los hijos ilegítimos de Juan I, Alfonso.
Este último se convirtió en uno de los hombres más ricos de Portugal y en 1442 fue ennoblecido como duque de Braganza.
La familia había sido desde entonces la segunda más poderosa del país, solo superada por la familia real.
En Portugal, Juan IV fue conocido como O Restaurador .
Fue un rey afable y modesto, y, como muchos de sus parientes, un apasionado de la música.
Ya en la siguiente generación las cosas empezaron a torcerse.
JuanIV murió joven, con solo cincuenta y cuatro años, en 1656.
La mayoría coincidían en que el heredero del trono, Alfonso, de trece años, no era apto para ser rey, pero ¿qué se podía hacer?
El problema inherente a la monarquía es que se está a merced del heredero: unas veces se tiene suerte, otras no.
A los tres años, Alfonso había sufrido un cuadro febril que lo había dejado paralizado de un lado.
Por ello no podía hablar con claridad, y es posible que la enfermedad también hubiera afectado sus capacidades intelectuales.
Mucho más importante que la inteligencia del heredero es su capacidad para engendrar nuevos herederos, pero tampoco en eso tuvo éxito Alfonso VI.
Dos años después de casarse, el matrimonio fue anulado tras un escabroso juicio eclesiástico.
La reina y otras mujeres con las que el monarca habría intentado mantener relaciones sexuales fueron llamadas a declarar acerca de la impotencia de su majestad.
El hermano menor de Alfonso, Pedro, se hizo cargo tanto de la reina como del gobierno y la administración, mientras que el inepto rey fue enviado al exilio en las Azores.
Cuando Alfonso finalmente murió en 1683, Pedro II fue coronado rey de manera formal.
Los historiadores portugueses dieron al desdichado Alfonso el grandilocuente sobrenombre de O Vitorioso .
Durante su reinado, Portugal obtuvo varias victorias militares sobre España, y en 1668 los dos países firmaron un tratado de paz tras veintiocho años de guerra, pero nada de eso puede atribuirse a Alfonso.
Juan V, que subió al trono después de Pedro II, pasó a la historia como O Magnânimo .
El Rey Sol portugués, como también se le llamó, tuvo una suerte excepcional con el momento histórico: mientras reinó hubo en general paz en el Imperio, y de las minas de oro de Brasil llegaron grandes riquezas al país.
En 1708 se casó con la archiduquesa María Ana de Austria.
Portugal había logrado liberarse de España y de los Habsburgo, si bien los monarcas portugueses siguieron casándose con ellos.
La boda se celebró durante dos meses seguidos, pero el matrimonio no dio frutos.
Dos años después del enlace, la reina aún no se había quedado embarazada, y una vez más la familia real portuguesa corría el riesgo de extinguirse.
El desesperado rey prometió a Dios construir un monasterio franciscano en Mafra, a unos treinta kilómetros al nordeste de Lisboa, si la reina concebía en el plazo de un año.
El 4 de diciembre de 1711 nació una princesa.
Luego llegaron cinco hijos varones en rápida sucesión.
Dios había escuchado las súplicas del soberano, y este cumplió su promesa.
En un principio, el plan era construir una iglesia relativamente modesta para unos pocos monjes, pero a medida que aumentaban los envíos de oro desde Brasil crecían también las ambiciones.
Casi todo el oro brasileño se destinó a financiar el monasterio de Mafra, que con los años se convirtió en un gigantesco palacio barroco con su propia basílica y una biblioteca con más de treinta mil libros raros.
En su momento más álgido, cincuenta mil personas trabajaban en las obras, pero el palacio aún no estaba terminado cuando murió el rey Juan V en 1750.
El edificio acabado tuvo poco uso, por grandioso que fuera.
Estaba demasiado lejos de Lisboa para servir como residencia principal, y pocos miembros de la familia se sentían a gusto allí: ninguna de sus ochocientas ochenta habitaciones resultaba especialmente acogedora.
El trono pasó a José I. Se le apodó O Reformador, aunque en lo personal estaba más interesado en la caza y la ópera.
Las reformas corrieron a cargo de Sebastião José de Carvalho e Melo, más conocido como el marqués de Pombal.
Comenzó su carrera como embajador en Austria e Inglaterra, y luego fue nombrado ministro de Asuntos Exteriores y posteriormente primer ministro.
Tras el terremoto de Lisboa se convirtió, en la práctica, en un dictador absoluto.
La catástrofe golpeó hacia las nueve y media de la mañana del 1 de noviembre de 1755.
Como era el Día de Todos los Santos, las iglesias estaban llenas de gente y de cirios encendidos.
Cuando se produjo el seísmo, los templos se desplomaron, se desataron incendios y miles de personas murieron en los primeros minutos.
Muchos de los supervivientes bajaron al puerto para ponerse a salvo del fuego y de los edificios derrumbados del centro de la ciudad.
Lo que no sabían era que el temblor submarino había provocado un tsunami.
Aproximadamente una hora después de las primeras sacudidas violentas, olas de 20 metros —tres— arrasaron la zona del muelle.
Miles se ahogaron. Los incendios siguieron devastando la capital durante varios días.
Cuando todo terminó, más del 80 % de los edificios de Lisboa estaban en ruinas.
Hasta cerca de cuarenta mil personas habían perdido la vida.
El flamante teatro de la ópera, el palacio y los archivos reales quedaron reducidos a cenizas, al igual que el hospital público de la ciudad junto con cientos de pacientes.
Toda Europa quedó conmocionada, y en un sentido muy literal: el terremoto se sintió incluso en Finlandia.
La Lisboa de hoy es en gran parte obra del marqués de Pombal.
Él fue el responsable de su reconstrucción y trazó una ciudad moderna, con grandes plazas abiertas y calles rectas y elegantes.
El rey se encontraba en Belém cuando se produjo el terremoto y no resultó herido, pero el resto de su vida se negó a vivir en edificios de piedra.
Se levantó para él un elaborado campamento de tiendas de campaña a las afueras de Lisboa y con el tiempo se mudó a un palacio de madera construido a toda prisa, conocido popularmente como la Barraca Real.