Los navegantes En busca del tiempo perdido #5
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En busca del tiempo perdido #5

Fue la presencia neerlandesa en Surinam lo que en 1668 llevó a los portugueses a establecer un fuerte en lo profundo de la Amazonia, mucho más allá de la línea divisoria del Tratado de Tordesillas.

Temían que los neerlandeses siguieran expandiéndose hacia el interior de la selva y querían adelantarse.

El fuerte recibió el nombre de São José da Barra do Rio Negro y se construyó donde el imponente río Amazonas confluye con el Negro.

Poco a poco fue surgiendo junto a la fortaleza un pequeño asentamiento que con el tiempo se llamó Manaos, «Madre de los dioses».

Brasil se convirtió literalmente en una mina de oro para los portugueses: a finales del siglo XVII se descubrieron grandes yacimientos de oro en Minas Gerais, en el sudeste de Brasil.

Ese hallazgo dio lugar a la primera y más prolongada fiebre del oro de la historia mundial.

Cuatrocientos mil lusos —un asombroso 20 % de la población total— cruzaron el Atlántico en busca de fortuna.

Manaos siguió siendo un puesto fronterizo aletargado durante todo el periodo colonial y hasta bien entrado el siglo XIX .

La mayoría de los indígenas de la zona fueron abandonados a su suerte.

Por supuesto, conocían desde hacía siglos el árbol del caucho y su extraña savia lechosa y viscosa.

Los europeos, en cambio, no descubrieron las múltiples posibilidades del látex hasta después de la Revolución Industrial.

Entonces nunca tuvieron bastante. El árbol del caucho crecía originalmente solo en la Amazonia, y a finales del siglo XIX inversores, empresarios y buscavidas acudieron en masa a Manaos.

El auge del caucho transformó Manaos, que de ser un puesto fronterizo dejado de la mano de Dios y plagado de mosquitos pasó a convertirse en una de las metrópolis más ricas y decadentes del mundo.

Manaos fue una de las primeras ciudades de Brasil en tener alumbrado público eléctrico, agua corriente y alcantarillado.

Se construyeron casas señoriales y amplias avenidas, y en 1896 abrió sus puertas el elegante teatro de ópera de la localidad, de color rosa y construido en estilo neorrenacentista, con capacidad para setecientos espectadores, escaleras de mármol de Carrara y una cúpula recubierta de azulejos de Alsacia.

Los numerosos nuevos ricos de la ciudad contribuyeron a que Manaos se convirtiera, en torno al cambio de siglo, en el mercado más importante del mundo para la venta de diamantes.

En 1912 se acabó de repente. Ya en 1875 un explorador inglés había logrado sacar de contrabando una gran cantidad de semillas del árbol del caucho.

Tras muchos años de prueba y error, los británicos consiguieron cultivar una variedad que sobrevivió en sus colonias asiáticas, con lo que el monopolio brasileño llegó a su fin.

Con la excepción de unos pocos años durante la Segunda Guerra Mundial, la aventura del caucho en la Amazonia había terminado.

Cuando la lancha redujo la velocidad al cabo de dieciséis horas, el sol hacía ya mucho que se había puesto y era imposible ver cómo las frías y oscuras aguas del río Negro se encontraban con las de color marrón claro del Amazonas y fluían paralelas durante varios kilómetros sin mezclarse.

Cogí un taxi hasta el hotel. Hoy viven más de dos millones de personas en Manaos, pero las calles estaban casi vacías. Pocos se aventuraban a salir después del anochecer.

Tampoco pude ver la majestuosa sala del Teatro Amazonas.

El cadáver de un exgobernador yacía en el vestíbulo, y todas las visitas guiadas y funciones habían sido canceladas.

A falta de una alternativa mejor, me puse al final de la fila de dolientes y entré en el edificio rosa.

El suntuoso vestíbulo estaba lleno de coronas de flores, a cuál más grande, y en medio de todas ellas había un ataúd marrón.

El despliegue de seguridad era formidable, tanto en el interior como en el exterior; la policía armada mantenía a los dolientes bajo estricta vigilancia.

Pero el museo del caucho, situado muy lejos del centro de la ciudad, al final de un pequeño río, estaba abierto. Jaime Henrique de Souza, de ochenta años, me mostró la selva donde había trabajado desde los ocho años hasta los cincuenta.

—Aquí no había escuela, así que la única opción era trabajar —explicó mientras sostenía una de las lámparas de aceite que solían usar como linterna frontal. La leche del caucho tenía que extraerse temprano por la mañana, antes de que el calor hiciera que la savia del árbol subiera.

—Nunca vimos dinero —continuó—. No nos pagaban, pero intercambiábamos caucho por comida y ropa. Ese era el sistema. Era un trabajo esclavo, pero no teníamos más remedio que aceptarlo. El camino terminaba aquí, y no podíamos ir a ninguna parte.

Me llevó hasta un árbol de caucho alto y robusto e hizo un corte en la corteza. Un líquido blanco que se pegaba a los dedos corría por el tronco.

—Es demasiado tarde en el día —observó el anciano—. No queda mucha leche.

Los árboles del caucho en la Amazonia crecen de forma silvestre; no se dejan domesticar para el cultivo en plantaciones.

Henry Ford lo intentó de todos modos. En lo profundo de la Amazonia, a medio camino entre Manaos y Belém, el magnate automovilístico estadounidense fundó Fordlândia en 1928.

Decenas de miles de árboles del caucho fueron plantados muy juntos: el plan era que las fábricas de Ford en Estados Unidos fueran autosuficientes en caucho.

Además, Fordlândia debía ofrecer a los trabajadores y a sus familias unas condiciones de vida moralmente edificantes.

El alcohol, el tabaco y la prostitución estaban prohibidos: Fordlândia debía ser una comunidad modelo norteamericana en plena selva tropical, con hospital, campos de golf y piscina.

Todo debía ser como en Estados Unidos, incluidas las casas.

En medio de la selva, el fabricante de automóviles construyó viviendas con paredes gruesas y tejados de metal rellenos de amianto.

La idea era que esos tejados aislaran el calor, pero ocurrió lo contrario, y las casas se volvieron insoportablemente calurosas para vivir en ellas.

Los trabajadores locales se rebelaron varias veces contra el alojamiento, la mala comida de la cantina y las estrictas normas.

Nadie había intentado antes establecer una plantación de árboles del caucho en la Amazonia, y nadie lo ha vuelto a intentar desde entonces.

En la naturaleza, los árboles del caucho crecen muy separados unos de otros.

Los de Ford estaban apretados, como en una cadena de montaje, y murieron todos.

En 1945, Henry Ford vendió la plantación con grandes pérdidas económicas. Nunca visitó Fordlândia.

Jaime iba a paso ligero delante de mí, adentrándose en la selva.

—La selva tiene su propia música —declaró con solemnidad cuando por fin se detuvo. Ni siquiera jadeaba—. Me habla y a veces canta.

Yo no oía más que el zumbido agudo y exasperante de los mosquitos. Intenté espantarlos con la mano sin éxito.

—Los mosquitos ya no me molestan —dijo Jaime—. La malaria, en cambio... Cuando me da un ataque, tirito de una manera que no sabía que fuera posible antes de enfermar. Mi madre era indígena. Sabía cómo curar la malaria y me preparaba una infusión. No todos tenían esa suerte.

Una escalera conducía a una plataforma que descansaba sobre pilotes, elevada sobre el suelo. La cabaña, muy simple, tenía tejado de paja, pero no paredes. El octogenario subió la escalera con ligereza y soltura.

—Vivíamos en lugares como este. Era importante que la cabaña estuviera lo bastante alta para que los jaguares no pudieran saltar a ella.

—¿Qué comían ustedes? —pregunté.

—¡Monos! —Jaime soltó una risita—. Era una vida dura.

Di un manotazo a un mosquito. Un hilo rojo de sangre me corrió por el codo.

Al mismo tiempo empezó a llover. Gotas grandes y pesadas caían del inmenso cielo amazónico, arrastrando la sangre.

Como una orquesta de percusión, las gotas golpeaban contra los árboles del caucho, los ceibos, los castaños de Brasil, las hojas de palmera, el tejado de paja y la rugosa tierra marrón.