Los navegantes En busca del tiempo perdido #4
92%

En busca del tiempo perdido #4

—¿Queréis una vosotros también? —preguntó, dirigiéndonos un gesto de asentimiento a Gugu y a mí.

Por suerte, Gugu se ofreció a ayudarme. No pudo llevarme a la selva, pero me acompañó a una pequeña comunidad isleña cercana, en la que resultó que ya nadie se consideraba indígena y en la que la mayoría apoyaban con fervor al expresidente Bolsonaro, creían que la vacuna contra el coronavirus había sido creada para matar niños e iban a la iglesia evangélica local tan a menudo como podían.

Antes de irme, Gugu también organizó una reunión con un joven de diecinueve años que hacía todo lo posible por mantener vivas las tradiciones indígenas.

Quedamos en un restaurante al aire libre en la ciudad portuaria de Santarém, junto al río Amazonas, a poco menos de una hora en coche del hotel de Gil.

El joven se llamaba George Lobato de Castro, pero lo llamaban Jorginho Borari porque era borari.

—Originalmente, los boraris vivían aquí, en esta zona —contó Jorginho con entusiasmo. Era grande y corpulento, por lo que parecía mayor de lo que era—. Pero casi todos, el noventa y cinco por ciento, tal vez, murieron durante la Cabanagem.

La Cabanagem fue la mayor revuelta de la historia de Brasil.

Tuvo lugar entre 1835 y 1840 en las provincias de Pará y Amazonas, que entonces formaban una única y extensa provincia, Grão-Pará.

Esta había tenido el estatus de territorio autónomo dentro del imperio colonial portugués, pero cuando Brasil se independizó en 1822 pasó a ser una provincia brasileña más.

Los sublevados, en su mayoría indígenas muy pobres, esclavos africanos liberados y personas de ascendencia mixta, se inspiraron en la Revolución francesa y quisieron independizarse del Imperio brasileño.

Cuando la rebelión fue finalmente sofocada por las autoridades en 1840, había costado unas cuarenta mil vidas, alrededor del 40 % de la población total de la región.

—Nuestra cultura cambió a raíz de esa rebelión, ya que murió mucha gente, pero los cambios, por supuesto, empezaron mucho antes —señaló Jorginho—.

Comenzaron con la llegada de los jesuitas en 1666.

Hoy la mayoría de nosotros somos una mezcla de diferentes culturas y grupos étnicos.

Tenemos una religión distinta de la que teníamos en un principio y vestimos de otra manera.

Yo intento aprender sobre la cultura borari, sobre su música y sus bailes, pero por desgracia nuestra lengua se ha perdido para siempre.

Solo quedan unas ciento cincuenta familias boraris.

Ninguno de nosotros vive ya de manera tradicional. Buscamos nuestras raíces.

—¿El resto de tu familia está tan interesado como tú en recuperar las raíces boraris? —pregunté.

—¡En absoluto! Mi padre se considera blanco, aunque es tan moreno como yo.

Mi madre se identifica como cabocla, una mezcla.

Yo tenía nueve o diez años cuando empecé a identificarme como borari, inspirado por mis profesores del colegio.

No fue mi aspecto lo que resultó decisivo, pese a tener piel oscura, pómulos altos y cosas así.

Para mí, lo importante era la forma de vida.

Escucho música tradicional, como pescado, duermo en una hamaca y creo en la medicina natural.

Mi familia es católica, pero yo ya no voy a la iglesia.

Creo más en la naturaleza y en la vida en comunidad. Leo mucho a Spinoza.

Un delfín rosado de río rompió la superficie, saltó al aire y cayó con un gran chapuzón en el río Amazonas, a unos metros de nuestra mesa.

—Mis padres se avergüenzan de que me identifique como borari —dijo Jorginho—. Dicen que en Alter do Chão, de donde somos, no había indígenas.

—¿Cómo sabes que eres borari? —pregunté.

—Porque las investigaciones muestran que la población originaria de Alter do Chão desciende de los boraris.

Como todos en esta región, soy, por descontado, una mezcla de muchas cosas.

Mi bisabuelo era negro, mi padre es medio norteamericano.

Los genes no son el factor decisivo aquí.

Lo más importante es cómo se siente uno. Y yo me siento borari.

Gugu intervino entonces:

—¿Sabías que en Brasil puedes ser lo que quieras?

Si te casas con una persona negra, puedes llamarte negro.

Si te casas con un yanomami, ¡puedes convertirte en yanomami!

¡Automáticamente! Yo no me identifico como nada .

Mi madre era de familia portuguesa, mi padre era de aquí.

No soy ni blanco ni negro ni indígena. ¡No soy nada!

—Para mí es importante volver a mis raíces —objetó Jorginho.

—Para mí lo más importante es quién soy como persona, no con qué grupo me identifico —argumentó Gugu.

—Vale, vale, como quieras —dijo Jorginho levantando las manos como un adolescente.

A orillas del Amazonas acabé en medio de un debate sobre la identidad casi indistinguible de los que podrían haberse dado entre un adolescente y un cincuentón en cualquier parte del mundo en 2023. Quizás eso fuera, al final, lo más auténtico de todo.

Un violento aguacero nos obligó a buscar refugio. Nos despedimos, y Gugu volvió a la tabla de surf, al yoga y a su excéntrico amigo en Alter do Chão. Yo debía seguir adentrándome en la selva, rumbo a la séptima ciudad más grande de Brasil.

Una lancha rápida me llevó el último tramo río arriba hasta Manaos.

Tras la ventanilla, el Amazonas pasaba a cámara lenta: agua marrón, pequeñas granjas ganaderas, pastizales, casas sencillas.

Sobre nosotros, el cielo infinito. Al cruzar la frontera estatal entre Pará y Amazonas, el reloj del móvil se adelantó una hora.

Brasil es inmenso. Es el quinto país más grande del mundo y tiene cuatro husos horarios.

La Amazonia constituye más de la mitad de ese vasto país.

Por sí sola, la parte brasileña de la cuenca amazónica es más grande que Portugal y todas las demás antiguas colonias portuguesas juntas.

La selva amazónica se extiende desde el océano Atlántico hasta casi el Pacífico y está formada por la asombrosa cifra de 380.

000 millones de árboles. Aunque antes había aún más.

En los últimos cincuenta años, alrededor de una quinta parte de la selva ha sido destruida, principalmente para dar cabida al pastoreo de ganado, y cada año se talan de media casi mil quinientos millones de árboles.

Los investigadores temen que muchos de sus ecosistemas se estén acercando a un punto de inflexión y que grandes partes de la selva puedan colapsar si la deforestación continúa.

Más de dos tercios de la Amazonia se encuentran en Brasil, pero la selva se extiende por otros ocho países: Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, Guyana, Surinam y la Guayana Francesa.

Esos países son un capítulo fascinante de la historia de las grandes potencias europeas.

España, como es natural, dejó la mayor huella.

El genovés Cristóbal Colón navegó para la Corona española y, según el Tratado de Tordesillas, la mayor parte de ese continente recién descubierto cayó en manos de España, con la excepción del este de Brasil.

En el siglo XVII , sin embargo, otros Estados europeos también entraron en escena: los Países Bajos, Francia y Gran Bretaña intentaron hacerse con una parte de la Amazonia.

Para los Países Bajos, la lucha por la Amazonia fue una prolongación de la guerra de independencia de ochenta años contra España y los Habsburgo.

Dado que Portugal estuvo en unión dinástica con España desde 1580 hasta 1640, los portugueses también se vieron involucrados en la guerra, y Lisboa cerró sus puertos al comercio con los Países Bajos.

Como es sabido, eso llevó a los neerlandeses a hacerse a la mar para conseguir especias por su cuenta.

A medida que fueron construyendo una flota, sus barcos atacaron no solo los territorios de Portugal en África y Asia, sino también, con el tiempo, en Sudamérica.

Ese conflicto prolongado fue, en cierto modo, la Primera Guerra Mundial y pasó a la historia como la guerra de las especias.

Como se mencionó anteriormente, terminó con la pérdida de Ceilán y Malaca por parte de los portugueses, que además perdieron sus puestos comerciales en la costa de Malabar y en las Molucas, ricas en especias.

Asimismo, fueron expulsados de Nagasaki, mientras que a los neerlandeses se les permitió quedarse.

En África, estos últimos se hicieron con el control del fuerte de Elmina, en la actual Ghana, pero al final tuvieron que abandonar sus intentos de apoderarse de Santo Tomé y Príncipe, Angola y Mozambique.

En Sudamérica, los portugueses perdieron durante un breve periodo el control del nordeste de Brasil, y la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales estableció la colonia de Nueva Holanda, con Mauritsstad —la actual Recife— como capital.

En 1654, los lusos recuperaron el control de Brasil.

Los Países Bajos y Gran Bretaña también estaban en guerra.

En virtud del tratado de paz firmado en 1667, por el que los Países Bajos recibieron la isla de Run, en Indonesia, a cambio de Manhattan, se concedió a los neerlandeses la soberanía sobre Surinam y Guyana.

Nueve años más tarde, en 1676, los Países Bajos cedieron a Francia los territorios situados al este de Surinam, y así nació la Guayana Francesa.

La parte occidental de Guyana cambió de manos varias veces durante las guerras napoleónicas y en el siglo XIX se convirtió en colonia de la Corona británica: había nacido la Guayana Británica.

Guyana se independizó del Reino Unido en 1966, mientras que Surinam permaneció como colonia neerlandesa hasta 1975.

La Guayana Francesa sigue siendo hoy territorio francés de ultramar.