Los navegantes En busca del tiempo perdido #3
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En busca del tiempo perdido #3

Los jesuitas llevaron consigo un dios invisible y virus y bacterias también invisibles.

Los investigadores estiman que alrededor del 90 % de la población indígena de América murió durante el primer siglo tras la llegada de los europeos, más de cincuenta millones de personas en total.

La mayoría murieron a causa de enfermedades a las que no habían desarrollado ninguna resistencia, como la viruela, la difteria, el sarampión y la gripe.

Muchos de los pueblos indígenas de Brasil huyeron de la costa y se adentraron en el Amazonas para escapar de los portugueses, pero los misioneros los siguieron.

Aparte de propagar enfermedades, esos desplazamientos provocaron un aumento de los conflictos entre los distintos grupos étnicos, y muchos acabaron además como esclavos de los lusos.

En un periodo relativamente corto después de la llegada de los portugueses, el número de indígenas se redujo de varios millones a unos ochocientos mil.

Las personas con las que Pêro Vaz de Caminha se encontró en lo que hoy se conoce como la costa de Bahía pertenecían al pueblo tupiniquim.

Al menos mil etnias diferentes vivían en Brasil hacia el año 1500, tal vez hasta dos mil.

En la actualidad solo quedan unas trescientas.

Muchas de ellas viven aisladas en lo más profundo de la selva, y es difícil visitarlas.

En aquel momento era incluso más difícil de lo habitual.

Las autoridades acababan de lanzar una campaña militar a gran escala en el interior de la Amazonia para expulsar a los buscadores de oro ilegales y otros buscafortunas que habían podido campar a sus anchas durante el mandato del populista Jair Bolsonaro, el anterior presidente de Brasil.

La actividad de los mineros ilegales había afectado gravemente a la población local, y en particular al pueblo yanomami.

2 Muchos de sus miembros habían enfermado tras ingerir agua y pescado que contenían dosis peligrosas de mercurio, y un gran número de ellos sufrían desnutrición severa y necesitaban ayuda de emergencia.

Cuando era estudiante pasé varios meses leyendo sobre el complejo sistema de parentesco de los pueblos indígenas de la Amazonia.

En un viaje anterior, unos años antes, había visitado a un par de grupos étnicos que viven junto al río Amazonas y reciben turistas con regularidad, pero eso no contaba.

Como tantos otros viajeros, soñaba con conocer indígenas auténticos, personas que aún vivieran más o menos como siempre lo habían hecho, sin verse afectadas por la ganadería ni por los buscadores de oro ilegales.

Desde la época de Pêro Vaz de Caminha, los aventureros europeos se han dejado seducir por la idea de los «nobles salvajes» de la Amazonia, y me di cuenta de que en realidad yo no era muy diferente.

Anhelaba el mismo encuentro puro e incontaminado con los «auténticos» pueblos indígenas, en lo más profundo de la selva, allí donde ningún otro viajero —o al menos muy pocos— se aventura. Y nunca había estado tan cerca.

El conocedor de la zona Gil Serique había prometido ayudarme.

La guía lo recomendaba encarecidamente y además había asistido a un gran número de periodistas, escritores y documentalistas.

En los últimos días me había enviado largos mensajes de voz con sugerencias de lo que podríamos hacer.

Habíamos acordado que iríamos en coche hasta un asentamiento mundurukú apartado, a orillas del río Tapajós, uno de los afluentes del Amazonas, y tanto la antropóloga social como —debo admitirlo— la romántica que hay en mí esperaban con ilusión la expedición a la selva.

Gil dirigía un pequeño hotel en Alter do Chão, uno de los destinos vacacionales más populares de la Amazonia.

Llegué alrededor de la medianoche, después de haber pasado muchas horas en coche y en barco, y estaba rendida.

Pero Alter do Chão no dormía; en las calles reinaba un ambiente festivo, con tragafuegos, bailarinas de samba, parejas besándose y niños alborotados.

Gil Serique tampoco dormía. Cuando llegué estaba tumbado en una hamaca junto a la cocina exterior del hotel, meciéndose.

Sin levantarse, extendió una mano y me saludó con desgana.

En la otra sostenía un vaso de caipirinha, un cóctel brasileño hecho con aguardiente de caña, azúcar y lima.

Tenía unos sesenta años, era delgado y fibroso, con labios finos, pómulos prominentes y el pelo corto y gris.

—Pensándolo bien, no creo que sea necesario que visites a los pueblos indígenas —masculló. Hablaba inglés con acento americano y pronunciaba cada palabra tan despacio que las consonantes chirriaban—. De todos modos, ya no queda nadie —añadió.

—Pero habíamos planeado visitar al pueblo mundurukú —objeté.

—Sí, pero el camino hasta allí es muy malo. Tienes poco tiempo, ¡has de trazar un plan! —Gil dio un gran sorbo a su bebida—. ¿Quieres una tú también?

Negué con la cabeza.

—Eres difícil —dijo Gil. Se levantó de la hamaca y arrastró los pies hasta la barra para prepararse otra caipirinha. Después sacó un álbum con fotografías en blanco y negro de cuando era joven. En ellas tenía el pelo oscuro hasta los hombros y la mirada perdida.

—¡Fui tan estúpido! —Dio un sorbo enorme a su bebida—.

Pensé que podía cambiar el mundo. Participé en manifestaciones porque quería salvar la selva, ¿sabes?

Pero me he dado cuenta de que no se puede.

La van a destruir de todas formas. No sirve de nada.

Por eso ahora trabajo con turistas y disfruto de la naturaleza.

Antes trabajaba con gente como tú, pero ya no me apetece.

No sabía muy bien qué decir, así que no dije nada; simplemente me quedé allí mirando el río Tapajós, que en la oscuridad de la noche parecía un lago.

Gil cerró el álbum de fotos y me miró:

—¡Tienes poco tiempo! ¡Has de trazar un plan! Pero supongo que estás cansada, me han dicho que lo estás. ¿Quieres descansar, tal vez?

—Sí, la verdad es que sí —admití—. Ha sido un día largo, el ferri llegó con retras...

—¡De eso no quiero saber nada! —interrumpió Gil, levantando una mano—.

Pero bueno, bueno, lo entiendo, quieres descansar.

Depende de ti, ¡eres tú la que tiene poco tiempo!

—Se acomodó en la hamaca y apuró lo que quedaba de la bebida—.

De todos modos, no sirve de nada —murmuró—.

Vienen y lo estropean todo. ¿Por qué sigues aquí? ¿No querías irte a la cama?

Me fui a la cama.

A la mañana siguiente me desperté temprano, descansada y lista para hacer planes. Gil deambulaba inquieto por el jardín.

—¡Qué HERMOSO día! —gritó al verme—. En serio, ¿has visto alguna vez un día tan hermoso? ¡Mira el cielo, el mar, este jardín! ¿No es FANTÁS TICO ? —Sonrió emocionado y soltó un grito de pura alegría: ¡Iiiiiiih!

—Sí, es un día muy hermoso —asentí, y me senté a la mesa para desayunar—. Pero quizás deberíamos empezar a hacer algunos planes, ¿no?

—¿Planes? —Gil me miró con los ojos muy abiertos—. ¡El plan es disfrutar de esta mañana! —Dejó escapar otro grito de alegría, parecido al de un ave rapaz.

—Sí, claro, pero ayer dijiste que tenía poco tiempo, y en eso tienes razón —objeté.

—¡Esta mañana es para disfrutarla! —afirmó Gil—. Gugu, ¡tráele unas nueces!

Gugu era amigo de Gil. Tenía cincuenta y tantos largos, estaba en buena forma y era calvo.

Su verdadero nombre era Jeferson, pero todos lo llamaban Gugu.

Tenía a sus espaldas una carrera en la Fuerza Aérea Brasileña y dedicaba su vida de jubilado a actividades tranquilas como el yoga y el windsurf.

Sonriendo, me tendió un puñado de nueces.

—¿Sabes qué tipo de nueces son? —preguntó Gil, y respondió antes de que yo pudiera abrir la boca—. Son nueces de Brasil, las más fantásticas que puedas imaginar. ¡Una sola nuez contiene más proteínas que un bistec!

La nuez de Brasil —también conocida como castaña de Pará, ya que crece allí, en el estado de Pará— es una nuez alargada, casi blanca, cubierta por una fina cáscara marrón.

Botánicamente hablando, en realidad no es una nuez, sino un fruto.

Crece dentro de cápsulas duras y gruesas que pueden llegar a ser tan grandes como un coco, y el árbol puede alcanzar los 15 metros de altura.

Comí una; era blanda y densa, casi mantecosa al paladar.

Por lo demás, el desayuno fue lo mejor de toda mi estancia con Gil.

Una mujer de voz suave y trato amable sirvió huevos revueltos cremosos, tortitas de harina de tapioca y piña y papaya dulces y jugosas.

Mientras comía, Gil parloteaba de manera inconexa sobre sus orígenes judíos: miles de judíos emigraron de Marruecos a la Amazonia en los siglos XIX y XX atraídos por el auge del caucho, y al parecer la familia de Gil estuvo entre ellos.

—¡Soy el único hombre inteligente de todo Brasil!

—proclamó de pronto—. ¡Soy simplemente fantástico!

Imagínate, edito Lonely Planet, ¡es del todo cierto!

Soy el único hombre con una estrella en todo Lonely Planet.

Les digo: «Incluid a este, sacad a aquel», y lo hacen, ¡ja, ja!

¿De dónde saco todo eso? ¡Creo que es porque me comunico de un modo directo con Dios!

Corrió a la biblioteca al aire libre, cogió un montón de libros sobre la Amazonia y me los tendió. Muchos de ellos contenían largas, personales y cálidas notas de agradecimiento de los autores.

—Me he sacrificado para dar conocimiento a la gente —declaró Gil—. ¡Vivo única y exclusivamente para compartir mi gran sabiduría!

Pero era evidente que no estaba dispuesto a sacrificarse por mí.

—Dime, ¿por qué debería abandonar este hermoso lugar? —preguntó en tono retórico—. ¿Solo por dinero? ¡No, gracias!

Soltó otro grito y se dejó caer en la hamaca con una sonrisa feliz. Al cabo de unos minutos se levantó de nuevo de un salto y se preparó una caipirinha.