En busca del tiempo perdido #2
En 1790 se encontró en los archivos de Lisboa una carta de casi trescientos años de antigüedad dirigida al rey Manuel I y firmada por Pêro Vaz de Caminha.
Caminha iba a bordo de la segunda expedición portuguesa a la India en 1500 y estaba destinado a ser secretario en el recién establecido puesto comercial de Calicut.
La flota estaba dirigida por Pedro Álvares Cabral, y en el viaje participaban también Bartolomeu Dias, el primero en rodear el cabo de Buena Esperanza, y su hermano Diogo Dias.
Los trece barcos zarparon de Lisboa el 15 de febrero.
En cuanto la flota pasó Cabo Verde, Cabral puso rumbo al sudoeste, como había hecho Vasco da Gama.
El 22 de abril la tripulación divisó en el horizonte una montaña alta y cónica.
Los marineros creyeron haber descubierto una nueva isla, pero en realidad habían llegado al actual Brasil.
Tras un par de días de navegación a lo largo de la costa, Cabral encontró un puerto natural donde la flota pudo fondear.
Llamó al lugar Porto Seguro, Puerto Seguro.
Cuando bajaron a tierra por primera vez para inspeccionar el lugar, los portugueses capturaron a dos hombres y los llevaron a bordo de la nave capitana. Ese procedimiento se había convertido, por así decirlo, en una práctica habitual.
«Son de piel oscura, casi rojiza, con rasgos faciales armoniosos y una nariz bien formada», escribió Caminha en su carta al rey.
«Andan desnudos sin cubrirse de ninguna manera, y no sienten el menor reparo o vergüenza cuando se encuentran con alguien cara a cara; en ese sentido, son muy inocentes. » 1
Los prisioneros tenían el cabello cortado justo por encima de las orejas, y uno de ellos llevaba unas plumas amarillas sujetas al pelo.
Los marineros les mostraron una de las gallinas que llevaban a bordo.
Los dos nativos se asustaron al verla y se negaron a tocar esa extraña ave.
También rechazaron la comida que les sirvieron; lo poco que se llevaron a la boca lo escupieron enseguida.
Tal vez temían ser envenenados, porque tampoco bebieron el agua que les ofrecieron, solo se enjuagaron la boca con ella y la escupieron.
Cuando llegó la noche se acostaron sobre las mantas que les habían dado.
Al día siguiente, los portugueses los dejaron en libertad y les dieron sombreros, camisas y rosarios para que se los llevaran como regalo.
La estrategia funcionó. Más tarde, ese mismo día, se acercaron a los lusos pequeños grupos de hombres que querían intercambiar arcos y flechas por camisas y sombreros.
Al día siguiente era domingo. Los portugueses montaron una carpa y los sacerdotes celebraron misa mientras los lugareños observaban con curiosidad desde la distancia.
A media tarde, Diogo Dias sacó su gaita y empezó a bailar y a divertirse con los nativos, que, entre risas, se unieron al baile. Y entonces, de repente, se marcharon.
«Por temor a ahuyentarlos, no se les dice ninguna palabra dura; nos adaptamos a ellos para que se vuelvan dóciles», escribió Caminha, quien concluyó que el lugar estaba habitado por personas salvajes e inocentes que vivían en armonía con la naturaleza: «En general, parecen sanos y limpios, y a mis ojos se asemejan más a pájaros o animales salvajes, a los que el aire puro concede plumas más hermosas y un pelaje más fino, pues no podrían ser más limpios ni más hermosos ni estar mejor alimentados».
Las mujeres también iban desnudas y «no eran feas», según Caminha.
Unos días más tarde, Diogo Dias y uno de los condenados que participaban en la expedición pudieron acompañarlos a su aldea y relataron que los nativos vivían en largas casas de madera con tejados de hojas, y que entre cuarenta y sesenta personas dormían juntas en cada vivienda.
La relación entre los lugareños y los portugueses evolucionó rápidamente.
«Entonces buscaban nuestra compañía hasta tal punto que casi nos interrumpían en nuestras tareas», escribió Caminha.
Como se sentían más seguros con ellos, ya comían lo que los lusos les servían, y algunos incluso bebían vino con gran deleite.
Los portugueses celebraron un consejo para decidir cómo proceder.
Se resolvió enviar el barco de suministros de vuelta a Lisboa con la noticia de esa tierra recién descubierta, que podía ser una isla o bien tierra firme.
En cualquier caso, según lo acordado en el Tratado de Tordesillas era, sin duda, territorio portugués, ya que se encontraba al este de la línea de demarcación que dividía el mundo entre España y Portugal.
Cuando se firmó el acuerdo seis años antes, América acababa de ser descubierta, y nadie en Europa tenía aún una idea clara de cómo era el continente ni de su tamaño.
No se sabía que Sudamérica sobresalía en su parte central y que, por lo tanto, quedaba dentro de la zona asignada a Portugal.
Los capitanes debatieron si debían capturar a dos nativos y enviarlos a Portugal, como era costumbre, pero decidieron conformarse con dejar allí a dos condenados para que pudieran aprender la lengua y actuar como intérpretes cuando regresaran los portugueses.
Por lo general, los lusos no habrían tenido reparos en secuestrar a miembros de la población local, de modo que aquella pequeña y hospitalaria comunidad debió de impresionarlos.
Caminha concluyó su carta al rey con algunas reflexiones sobre lo fácil que sería convertir a esas personas al cristianismo, ya que, según podía juzgar, no tenían religión y vivían en «tan gran inocencia».
Creía que lo único que se necesitaba para convertirlos en buenos cristianos era una lengua común.
Unas semanas después, cuatro de los barcos de la flota naufragaron a causa de una tormenta cerca del cabo de Buena Esperanza y más de trescientos hombres se ahogaron.
Pêro Vaz de Caminha, el escribano, muy probablemente murió durante el ataque al puesto comercial portugués de Calicut más tarde ese mismo año.
Los portugueses tardaron un tiempo en comprender el potencial del país recién descubierto al otro lado del Atlántico. Al principio solo se interesaban por los árboles.
Ya en la primera expedición, los marineros se habían dado cuenta de que muchos de los árboles de hoja caduca del nuevo país tenían la misma madera de color rojo sangre que el árbol asiático del sappán.
Esa madera se utilizaba para hacer tinte rojo.
Era muy escasa y, por lo tanto, muy cara.
En esa nueva tierra abundaban esos árboles rojos.
Los lugareños llamaban al árbol ibirapitanga .
Los portugueses lo llamaron pau-brasil, árbol de brasil.
La palabra brasil proviene del término latino brasa, que puede traducirse como «ascua» o «carbón encendido» y que usaron los lusos para describir el color rojo anaranjado extraído del árbol.
El tinte en sí se llama brasilina . La valiosa madera acabó dando nombre al país.
Es probable que en 1500 hubiera en Brasil alrededor de setenta millones de árboles de brasil.
Los marineros portugueses hacían que los lugareños los talaran para ellos a cambio de baratijas y objetos decorativos.
El primer barco cargado por completo con madera de árbol de brasil zarpó rumbo a Portugal en 1511.
Un siglo después, estaba casi extinguido y su comercio se desplomó.
Ese árbol, que es el árbol nacional de Brasil, sigue hoy en peligro de extinción.
Aunque el árbol de brasil se convirtió pronto en un importante artículo de exportación, los lusos no establecieron un asentamiento permanente en la nueva colonia.
El país había sido descubierto por pura casualidad por una flota que en realidad se dirigía a la India, y durante la primera mitad del siglo XVI la riqueza de las especias de Asia siguió siendo la principal prioridad de las autoridades de Lisboa.
En aquella época, los portugueses dedicaban grandes recursos a asegurarse el monopolio comercial en el océano Índico, y el tiempo libre del que disponían lo empleaban en someter ciudades portuarias de Marruecos.
No fue hasta los años treinta del siglo XVI cuando Juan III intervino.
Los piratas franceses habían empezado a establecerse a lo largo de la costa de Brasil, y pocas cosas estimulan más la capacidad de acción de los Estados que la competencia territorial.
El problema era la escasez de gente y de recursos.
La población de Portugal seguía siendo de solo un millón de habitantes, y la expansión en Asia continuaba a pleno rendimiento.
La solución fue delegar responsabilidades: Brasil se dividió en capitanías, como ya había hecho con éxito Enrique el Navegante en Madeira.
Treinta de ellas quedaron en manos de nobles de confianza.
Pero Brasil era más grande y complejo que Madeira, y el sistema funcionaba mal.
Solo dos de las capitanías obtuvieron ganancias: una apostando por plantaciones de azúcar y la otra vendiendo indígenas como esclavos.
El rey comprendió que debía intervenir de nuevo.
En 1549 envió una flota de mil hombres, entre ellos cuatrocientos degredados, es decir, condenados enviados al destierro, para convertir Brasil en una colonia de la Corona.
La flota estaba dirigida por el noble Tomé de Sousa, primer gobernador general portugués de Brasil.
Fundó la ciudad portuaria de Salvador, en la costa de Bahía, y la convirtió en la capital.
Varios misioneros jesuitas acompañaron al gobernador general en la travesía del Atlántico. Establecieron misiones en la costa y, con el tiempo, también en el interior; aprendieron el idioma y la cultura de los pueblos indígenas y lograron convertir a un gran número de ellos al catolicismo.