En busca del tiempo perdido
En busca del tiempo perdido
El cielo colgaba bajo sobre el Amazonas. Casi se podía tocar con la mano. A nuestro alrededor, por todas partes: agua marrón del río, hasta prácticamente donde alcanzaba la vista. En el horizonte, una estrecha franja verde. El resto era cielo.
También los pasajeros colgaban bajos. Cuerpos sudorosos vegetaban en hamacas colgadas muy juntas, tres de ancho y Dios sabe cuántas de largo, iluminados por la luz azulada de las pantallas de los móviles.
De vez en cuando se levantaban de la hamaca y se quedaban encorvados, mirando por la borda hacia la lejana franja verde de palmeras, árboles de hojas anchas, manglares.
La selva tropical. Entonces entendí por qué la mayoría de las fotografías del Amazonas se toman desde el aire.
A veces pasábamos por casas dispersas a orillas del río.
Saqué mi cámara e hice zum sobre la casa más grande y bonita.
T ESTEMUNHAS DE J EOVÁ , testigos de Jehová, decía en grandes letras bajo el techo.
Desde las pequeñas aldeas a lo largo de la orilla venían mujeres y niños remando hacia nosotros en canoas diminutas.
Los pasajeros estaban preparados con bolsas de plástico con comida o ropa que les lanzaban desde arriba.
Al cabo de un par de días se quedaron sin bolsas, y los habitantes de la ribera tuvieron que remar de vuelta a casa sin limosnas.
Un hombre mayor, casi desdentado, se me acercó junto a la barandilla.
—Es hermoso, ¿verdad? —dijo en portugués.
—Muy hermoso —asentí.
—¡Los pulmones del mundo! —El hombre se golpeó el pecho para dar más fuerza a su exclamación.
En la cubierta contigua colgaban varios cuerpos sudorosos, apretados unos contra otros.
De la pequeña cafetería llegaban ritmos de forró a través de altavoces crepitantes.
Dos mujeres de unos sesenta años bailaban ensimismadas.
A falta de un caballero mejor, una de ellas cogió una silla de plástico blanca y se puso a bailar con ella.
Evité las comidas, aunque estaban incluidas en el billete, porque se cocinaban con el agua marrón del río.
En su lugar me limité a las galletas secas que había llevado como provisiones.
—¿Cuándo llegaremos a Monte Alegre? —pregunté al hombre mayor del mostrador de información.
—A medianoche —respondió con seguridad.
Muchas horas después de la medianoche apareció una pálida franja de luz en el horizonte.
Una larga cola de personas, bolsas y mochilas descendía por las escaleras y se extendía hasta la cubierta de coches.
Nos quedamos allí, en el denso aire de la noche, mientras el cielo se volvía gris poco a poco.
Los demás pasajeros, que aún tenían por delante muchos días de viaje, intentaban dormir bajo el intenso resplandor de los tubos fluorescentes, que permanecían encendidos toda la noche.
La mujer que estaba delante de mí en la cola se giró y me dijo algo, pero no pude entenderla con la mascarilla puesta, húmeda por el sudor.
Cuando la multitud comenzó a moverse, la mujer se desplomó; intenté sostenerla, pero cayó igual.
Quedó tendida, inmóvil, en la cubierta; su piel estaba fría y pegajosa.
La gente pasó por encima de ella para bajar las escaleras y salir del barco.
Desconcertada, me quedé allí de pie, sin saber qué hacer.
Un pasajero más decidido le quitó la mascarilla y empezó a masajearle el pecho, y lentamente volvió en sí.
Se levantó, bajó tambaleándose los escalones y salió a la luz gris del amanecer.
En el muelle me recibió Ilivaldo Luz. Tenía unos cincuenta años, era delgado y fibroso, con el pelo gris y rizado hasta los hombros, y llevaba horas allí, preparado y esperando.
—El barco siempre llega con retraso —dijo, encogiéndose de hombros—. Estoy acostumbrado.
Ilivaldo vivía muy cerca, y pude pasar la noche en el cuarto de su hija, rodeada de purpurina y peluches. Hacía calor y no conseguía dormir, pero al final debí de lograrlo, porque me desperté cuando una niña, riéndose, me daba toquecitos en la mejilla.
El peñasco rugoso sobresalía como un bulto en el paisaje completamente llano. La pared de roca estaba cubierta de figuras geométricas y patrones en rojo y naranja. Ilivaldo señaló una formación natural en la superficie rocosa. El artista había pintado ojos y nariz allí donde la piedra sobresalía.
—Puede que sea el primer dibujo en 3D del mundo —afirmó Ilivaldo.
Los grabados de un hombre y una mujer, con dos puntos y una línea por rostro, parecían hechos por un niño.
Dos de las figuras en la pared de roca tenían el cuerpo triangular con círculos dentro.
¿Mujeres embarazadas? Al lado había un gran círculo pintado con otro más pequeño en su interior.
Líneas rectas irradiaban desde el más grande, y encima había algo que recordaba a un cuerpo.
¿Una persona cabeza abajo? Ilivaldo se remangó y me mostró el tatuaje que llevaba en la parte superior del brazo: una copia exacta de aquella extraña figura.
—Solo podemos conjeturar qué representan esos dibujos —dijo—. Mi opinión es tan válida como la tuya. La de un profesor tampoco deja de ser eso, una simple opinión. No sabemos nada de esas personas.
Hablaba despacio y con claridad, y cuando yo no entendía lo que decía me lo explicaba de forma pedagógica con otras palabras.
El portugués de Brasil tiene una gramática, unos términos y unos sonidos distintos de los del de Portugal; es más suave y melódico, pero también menos nítido.
Mientras que los portugueses arrastran la erre, los brasileños solo producen un débil sonido aspirado.
«Río» se convierte en Hio . «Carro» se convierte en ca-ho .
Mientras descendíamos de la montaña, Ilivaldo hablaba con entusiasmo de las iglesias.
La Igreja da Paz, la Iglesia de la Paz, una iglesia evangélica norteamericana, es particularmente popular en la Amazonia y cuenta con más de mil templos.
La Assembleia de Deus, la Asamblea de Dios, fundada por dos misioneros suecos a principios del siglo XX , también tiene una fuerte presencia en la región y más de doce millones de miembros en Brasil.
—Esas iglesias extranjeras están por toda la Amazonia —se quejó Ilivaldo—. Destruyen la cultura y roban el dinero de la gente.
Desde el asiento delantero de la motocicleta continuó con su monólogo.
Cada vez que pasábamos por delante de una iglesia, la señalaba indignado: «¡Ahí tenemos otra!
». El camino se estrechaba y se iba haciendo más arenoso.
Las ruedas derrapaban debajo de nosotros.
«¡Otra más!», exclamó Ilivaldo, señalando con rabia un edificio blanco de madera.
Yo prefería que mirara la carretera. En un momento dado perdió el control de la moto y tuvo que meterse en la hierba, pero no llegamos a caer.
En un cruce había un trozo descolorido de tela roja de algodón.
—¡Ahí ha habido un sacrificio de animales!
—gritó exaltado Ilivaldo desde el asiento delantero—.
¡Aquí eso pasa continuamente! —Se volvió hacia mí y gesticuló con energía con el brazo tatuado—.
Es posible que sea una tradición de África que ha perdurado, traída aquí por los esclavos.
Los sacrificios siempre se hacen por la noche, para que los hombres de la iglesia no los vean.
Pasan muchas cosas raras aquí por la noche, ya te lo digo yo.
.. ¡No, ahí hay otro! ¿Lo ves? Señaló un edificio blanco y anónimo.
Por suerte, el camino se volvió tan intransitable que tuvimos que aparcar la moto y seguir a pie.
Los dibujos al otro lado del peñasco eran más pequeños, pero más intrincados: la pared rocosa estaba cubierta de espirales, cuadrados, semicírculos; en un lugar había cuatro círculos unidos por cuatro líneas.
Las figuras geométricas continuaban desde el exterior hasta el interior de una espaciosa cueva.
Miles de murciélagos chillaban y revoloteaban en el techo, pero no podía verlos en la oscuridad e hice como si no estuvieran allí.
La cueva fue descubierta —o redescubierta— en 1990 por la arqueóloga Anna Curtenius Roosevelt, bisnieta del presidente de Estados Unidos Theodore Roosevelt.
Las investigaciones mostraron que lo más probable es que hubiera sido habitada hace once mil años, por lo que hubo que reescribir la historia de la Amazonia.
Hasta entonces, los investigadores habían dado por hecho que la selva tropical había estado poblada solo durante seis mil años, y que los primeros humanos cruzaron el estrecho de Bering y se establecieron en América hace trece mil.
Sin embargo, investigaciones más recientes muestran que los primeros seres humanos llegaron a América hace treinta mil.
En otras palabras, el Nuevo Mundo es mucho más antiguo de lo que se creía.
Lo más seguro es que la selva también estuviera mucho más densamente poblada de lo que se pensaba.
Cuando llegaron los portugueses, puede que vivieran en la Amazonia hasta cinco millones de personas.
Ilivaldo trepó por grandes rocas hasta llegar a otro punto.
Los dibujos de líneas curvas recordaban a barcos vikingos.
Un panel con pequeños recuadros llenos de cruces en un extraño sistema cubría toda una pared.
¿Un calendario solar? ¿Un juego? Ilivaldo pensaba que debían de ser garabatos infantiles.
A mí me pareció un lugar de ofrendas. Ninguno de nosotros podía saber qué pensaban y creían las personas que vivieron allí hace once mil años —mucho antes de que se inventaran los alfabetos, mucho antes de que se trazaran las fronteras actuales—.
Lo más probable es que tuvieran mucho más tiempo libre que nosotros, porque no necesitaban esforzarse para encontrar frutas y raíces para comer; el río era rico en peces y no pasaban frío.