La persona más solitaria del mundo #5
—Sí, durante quince años, de 1987 a 2002.
Luego ya no pude aguantar más la niebla y me mudé a la ciudad, donde brilla el sol y el clima es más llevadero.
Me encantan Santa Elena y su gente, pero, a diferencia de Napoleón, yo siempre he tenido un billete de vuelta a Francia en el bolsillo. Eso cambia las cosas.
Michel regresó con el ama de llaves y a las habitaciones privadas, mientras yo compraba una entrada para el museo.
Junto con un nutrido grupo de turistas británicos llegados en un autobús abarrotado, recorrí las estancias pintadas de verde en las que el prisionero de guerra más famoso del mundo pasó sus últimos cinco años en la Tierra, en una «roca desolada» en medio del Atlántico.
La mesa en la que el emperador exiliado celebró cenas formales.
La pequeña bañera en la que podía pasar dos o tres horas cada noche.
La cama en la que murió. Esos objetos cotidianos transformaron, de un modo conmovedor, al gran jefe militar —en otro tiempo héroe admirado y esperanza de media Europa, más tarde autócrata sanguinario— en un «hombre normal».
Él mismo eligió el lugar donde deseaba ser enterrado.
La tumba estaba en un pequeño claro, rodeada de árboles, flores y el canto de los pájaros.
La lápida no tiene inscripciones porque Lowe se opuso a que figurara únicamente N APOLÉON , como querían los franceses.
A juicio del gobernador, eso habría supuesto reconocerlo como emperador, por lo que exigió que se escribiera N APOLÉON B ONAPARTE . Ninguna de las partes cedió.
La tumba sin nombre se encuentra hoy en territorio galo, así que el cónsul honorario francés custodia una sepultura vacía: en 1840, los restos de Napoleón fueron exhumados y llevados de vuelta a Francia.
La delegación francesa tuvo que abrir cuatro ataúdes encajados uno dentro de otro para asegurarse de que efectivamente era Napoleón quien yacía allí: primero uno exterior de caoba, luego uno de plomo, después otro de caoba y, por último, uno de estaño.
El cuerpo estaba en muy buenas condiciones.
El rostro había conservado sus rasgos característicos; incluso las pestañas estaban intactas.
La delegación francesa rompió a llorar al verlo.
Un millón de franceses desafiaron el frío de diciembre y abarrotaron las calles de París para dar el último adiós al infatigable corso.
A diferencia de Napoleón, yo también tenía un billete de vuelta.
Antes de seguir mi viaje, Derek concertó una audiencia con el habitante más famoso de Santa Elena.
Debido a su avanzada edad, estaba ciego y había perdido el sentido del olfato, pero su oído seguía siendo excelente.
En los últimos años habían complementado su dieta con fruta y verdura, y las vitaminas adicionales parecían surtir efecto, ya que se movía con sorprendente rapidez.
Lo encontré en el amplio jardín verde de la nueva residencia del gobernador.
Tenía un ojo cubierto por una membrana gris blanquecina y del otro salía una espuma clara y fina.
Le acaricié el cuello, arrugado, suave y cálido.
Me mordisqueó los dedos y casi me arrancó de un bocado el dedo corazón.
Unas semanas antes, Jonathan había celebrado su cumpleaños número 190.
Nadie sabe con exactitud cuántos años tiene, pero se cree que debió de nacer como muy tarde en 1832, porque cuando llegó a Santa Elena, en 1882, ya era adulto, y las tortugas gigantes no alcanzan la madurez hasta los cincuenta años.
Con al menos ciento noventa a sus espaldas, Jonathan es el animal terrestre vivo más longevo del mundo.
Desde que llegó a la isla ha vivido en el jardín del gobernador, en Plantation House.
A lo largo de los años ha visto pasar por allí a más de treinta gobernadores.
Ha visto mucho. Cuando Santa Elena pasó de estar bajo la administración de la Compañía de las Indias Orientales a convertirse en una colonia de la Corona, él era un niño de tan solo un año.
Cuando Napoleón fue desenterrado era un jovenzuelo de ocho.
Cuando se inauguró el canal de Suez en 1869 y Santa Elena quedó relegada a un rincón olvidado, tenía treinta y cinco, estaba en plena adolescencia tortuguesca y aún vivía en su isla natal, en las Seychelles.
En 1900, cuando seis mil prisioneros bóeres fueron llevados a Santa Elena durante la segunda guerra bóer, él ya llevaba casi dos décadas paseándose por el jardín del gobernador y empezaba a acostumbrarse a su nuevo hogar.
Tenía unos cien años cuando llevaron la primera tortuga hembra a la isla y tuvo sexo por primera vez.
Aunque lo intentó con ahínco cada año, nunca fue padre.
En 1981, cuando los habitantes de Santa Elena perdieron sus pasaportes británicos, Jonathan llevaba un siglo viviendo allí.
Veintiún años después recuperaron la nacionalidad británica, pero es poco probable que Jonathan se enterara, paseando por el césped del gobernador, con la vista cada vez más deteriorada y el estómago siempre hambriento.
Tampoco sabe que aparece en la moneda local de cinco peniques.
En cambio, el mayor acontecimiento que había vivido la isla en mucho tiempo sí lo percibió.
En 2017 se inauguró el aeropuerto tras numerosos retrasos y sobrecostes.
Jonathan no puede ver los grandes pájaros metálicos que a veces sobrevuelan el jardín del gobernador antes de aterrizar, pero los oye.
Una vez por semana, antes de que la niebla de la tarde se asiente sobre el aeropuerto, un avión aterriza en la pista situada más allá de Longwood House, y unas horas más tarde vuelve a despegar.
Debido a las condiciones de viento extremadamente difíciles, los pilotos deben recibir un entrenamiento especial antes de poder aterrizar en la isla.
Durante la construcción de la carretera que lleva al aeropuerto se descubrieron grandes fosas comunes.
En 1836, el mismo año en que Portugal fue presionado por el Reino Unido para que prohibiera el lucrativo comercio transatlántico de esclavos, fue liberado el último que quedaba en Santa Elena.
Entre 1840 y 1874, barcos británicos patrullaron el océano Atlántico en busca de embarcaciones esclavistas ilegales.
Más de veintiséis mil esclavos liberados fueron desembarcados en Santa Elena y alojados en campamentos provisionales.
Muchos de ellos estaban enfermos y exhaustos, y esos recintos solían estar superpoblados.
Se estima que unos ocho mil de los esclavos liberados no sobrevivieron al tránsito; la mayoría de ellos eran apenas adolescentes.
Los muertos fueron enterrados en fosas comunes sin identificar en Rupert’s Valley.
Como solo había un vuelo a la semana, el personal del aeropuerto estaba descansado y listo para la faena.
Me seleccionaron para un control aleatorio y revisaron mi bolso con minuciosidad: «¿Es suyo el bolso?
». «¿Lo ha hecho usted?» «¿Puede identificar todos los objetos que contiene?
» «¿Ha estado el bolso en algún momento sin vigilancia?
» «¿Lleva algo que no le pertenezca?» Cuando terminó el interrogatorio, me compré un café Green Tipped Bourbon Arabica local, el más caro y exclusivo del mundo.
Un sabor suave y aromático se extendió por mi boca, rico y floral, perfectamente equilibrado, con un toque de caramelo y lava.
Al parecer, Napoleón decía que lo mejor de toda Santa Elena era el café, y yo estaba dispuesta a darle la razón.
El avión despegó antes de lo previsto. Pronto Santa Elena no fue más que una diminuta mancha marrón en medio de todo aquel azul; pronto la isla del exilio de Napoleón desapareció de la vista.
Yo me dirigía a otro exilio: en 1807, toda la corte portuguesa huyó a Río de Janeiro para escapar del avance del ejército napoleónico.
El exilio de los monarcas y su séquito al otro lado del Atlántico cambió la historia tanto de Portugal como de Brasil.