La persona más solitaria del mundo #4
¿Fue allí donde Fernão Lopes se escondió hace quinientos años?
La residencia del habitante de la isla más famoso de todos los tiempos fue mucho más fácil de encontrar.
El camino estaba bien señalizado y Derek había estado allí cientos de veces.
Un guardia nos dejó entrar en la parte privada de la casa.
La puerta daba directamente al comedor, donde el cónsul honorario de Francia, Michel Dancoisne-Martineau, tomaba un suntuoso desayuno.
Me invitó a sentarme a la mesa, y el ama de llaves, una mujer mayor vestida con un clásico uniforme blanco y negro de encaje, me sirvió café.
El comedor estaba decorado con muebles del siglo XIX , y en las paredes, pintadas de verde, colgaban retratos de Napoleón.
Todo había sido recreado de manera meticulosa para que se asemejara a la casa en la que el exemperador de los franceses y su séquito vivieron durante su exilio.
Tras la muerte de Bonaparte en 1821, la población local utilizó la vivienda como establo para cabras.
Cuando NapoleónIII se enteró de la situación en que se encontraba la última residencia de su tío, la compró en nombre del Estado francés.
Algunas partes estaban en tan malas condiciones que tuvieron que ser demolidas y reconstruidas.
Desde 1858, Longwood House ha sido un pequeño pedazo de Francia en Santa Elena, bajo la supervisión del cónsul honorario francés.
El actual titular de ese consulado había acabado en la isla debido a su gran pasión por el poeta inglés del siglo XIX Lord Byron.
Originario de un pequeño y aburrido pueblo del norte de Francia, de joven se había empapado de poetas ingleses del Romanticismo.
Un día se topó con una biografía de Byron escrita por un francés y escribió de inmediato una carta al biógrafo.
Para su gran alegría, recibió respuesta.
Resultó que el autor era cónsul honorario en Santa Elena e invitó al joven que le había escrito a visitarlo.
En 1985, con dieciocho años y recién terminada la secundaria, Michel subió a un barco con destino al Atlántico Sur.
Gilbert Martineau, biógrafo de Byron y cónsul, tenía sesenta y siete años cuando Michel llegó a su vida.
En realidad estaba jubilado, pero, como no había logrado encontrar un sucesor, había permanecido en Santa Elena.
Se había mudado allí después de la Segunda Guerra Mundial, y se decía de él que adoraba odiar la isla.
Su mayor pesar era no haber tenido hijos propios.
Michel, por su parte, tenía una mala relación con su familia.
Gilbert acabó adoptándolo, y el muchacho añadió Martineau a su apellido.
En cuanto terminó el servicio militar, el joven se trasladó definitivamente a Santa Elena con su padre adoptivo y asumió el cargo de cónsul honorario y conservador de los dominios franceses.
Vivieron los dos juntos como padre e hijo en Longwood hasta la muerte de Gilbert en 1995.
Al quedarse solo, Michel emprendió amplios proyectos de restauración en Longwood. Consiguió localizar varios de los muebles originales que se perdieron tras la muerte de Napoleón. Ha restaurado el jardín hasta dejarlo como estaba en 1821, el año en que murió el emperador.
—Me gusta 1821 —comentó Michel—. Es un año más humano.
Napoleón se había dado cuenta de que se quedaría en Santa Elena el resto de su vida y pasaba mucho tiempo en el jardín.
«Ahora no soy más que un hombre normal», solía decir, pero no creo que le molestara, porque sabía que su fama le sobreviviría.
Mucha gente se decepciona cuando viene aquí.
Otros edificios relacionados con Napoleón son magníficos, pero Longwood no es precisamente una obra maestra de la arquitectura.
Es más bien un desastre arquitectónico.. .
Michel estaba cerca de los sesenta años y había vivido en la isla más tiempo que Napoleón y Fernão Lopes juntos.
Su pelo se había vuelto gris, pero aún tenía grandes planes para seguir mejorando las propiedades francesas en Santa Elena.
Además de trabajar en una obra de doce volúmenes sobre el exilio de Napoleón allí, tenía la ambición de convertir Briars Pavilion —el pequeño pabellón en el que Napoleón se alojó al principio— en un museo.
—Santa Elena no estaba en absoluto preparada para la llegada de Napoleón —contó Michel—.
Llegó el 15 de octubre de 1815. Durante los dos primeros días tuvo que permanecer en el barco, porque nadie sabía dónde alojarlo.
Como solución provisional, lo llevaron a Briars Pavilion, cerca de Jamestown, y allí estaba a gusto.
Pero después de dos meses Longwood estuvo listo y lo trasladaron aquí.
La primera vez que Napoleón abdicó, en 1814, tras la desastrosa campaña contra Moscú, se le permitió retirarse a la isla de Elba, en el Mediterráneo.
Dejaron que la gobernara como si fuera su propio principado privado.
Al cabo de trescientos días, Elba se había transformado: con su energía y eficiencia habituales, Napoleón se había asegurado de que las carreteras estuvieran en óptimas condiciones; había desarrollado minas y racionalizado la agricultura, y las escuelas y el sistema judicial de la isla se habían reformado a fondo.
Entonces el exemperador empezó a aburrirse.
Le apetecía un bis. Resultó que a los franceses también.
Regresó a Francia, puso al pueblo de su lado, revocó su abdicación y reunió un gran ejército.
Después de cien días, su vuelta a la escena política terminó el 18 de junio de 1815 con la batalla de Waterloo, en la que cayeron unos sesenta mil soldados en pocas horas.
En total, las campañas militares napoleónicas costaron entre tres y cuatro millones de vidas humanas.
Después de la derrota en Waterloo, Napoleón abdicó por segunda vez y se entregó a la misericordia de los británicos.
Había imaginado un agradable retiro en Inglaterra, pero los ingleses ya no estaban dispuestos a correr riesgos y enviaron al molesto corso al rincón más remoto de todo el Imperio británico.
Cuando vio por primera vez Santa Elena a través del catalejo, se dice que Napoleón habría dicho: «No es un lugar muy deseable.
Me habría ido mejor si me hubiera quedado en Egipto». 2
En Briars Pavilion, el exemperador se encontraba bastante bien, pero en Longwood se sentía profundamente infeliz. «No lo llaméis palacio, sino mi tumba», se quejó. «Mirad esas horribles montañas: son los muros de mi prisión.»
El alojamiento en Longwood también estaba pensado como algo temporal.
Los ingleses empezaron a construir una casa nueva y más grande para el prominente prisionero de guerra, pero no estuvo terminada hasta la semana siguiente a su muerte.
Napoleón tenía buenas razones para estar descontento con su hogar provisional.
Longwood había sido la residencia del gobernador británico en la isla, pero este solo había soportado vivir allí tres meses al año.
Dado que la propiedad se encuentra a 500 metros sobre el nivel del mar, está envuelta en nubes y niebla más de trescientos días al año, y en aquel entonces, además, estaba infestada de termitas, ratas, cucarachas y mosquitos.
El suelo estaba podrido por completo y todas las habitaciones apestaban a orina de rata.
El clima húmedo y frío hacía que los franceses sufrieran dolor de garganta y tos permanentes.
Sin embargo, Longwood era la única casa en Santa Elena lo bastante grande como para albergar al emperador abdicado y su leal séquito.
Más de veinte personas habían elegido acompañar al exemperador en su cautiverio, además de cinco niños.
Al año siguiente de la llegada de Napoleón a Santa Elena, en 1816, la isla tuvo un nuevo gobernador, Hudson Lowe.
Este había combatido contra el militar francés en varias batallas, y los dos hombres no se soportaban.
Napoleón dejó de dar paseos a caballo y evitó al gobernador tanto como pudo.
En vez de montar, dedicó todo su tiempo libre a dictar sus memorias, hasta doce horas al día.
Se publicaron dos años después de su muerte y se convirtieron en uno de los mayores éxitos editoriales del siglo XIX .
Tras la cena, Napoleón entretenía —o atormentaba— a sus fieles acompañantes con largas lecturas en voz alta de Corneille, Homero o Voltaire.
Un año después de desembarcar en Santa Elena, Napoleón empezó a mostrar signos de deterioro en su salud.
Los síntomas eran numerosos y difusos: piernas hinchadas, encías enrojecidas, falta de apetito, dolor abdominal, náuseas, insomnio, dolor de cabeza.
Su estado fue empeorando poco a poco, pero Lowe no quiso tomarse sus dolencias en serio, y Napoleón se negó a ser examinado por cualquier médico designado por Lowe.
«Muero antes de tiempo, asesinado por la oligarquía inglesa y sus sicarios», dictó Napoleón de manera dramática en su testamento cuando se acercaba el final.
Murió el 5 de mayo de 1821 a los cincuenta y un años.
La autopsia reveló que tenía el estómago lleno de tumores cancerosos y que apenas quedaba espacio para los órganos.
Su padre y dos de sus hermanas también murieron de cáncer de estómago a una edad relativamente temprana.
Michel me acompañó por el cuidado jardín, que más bien parecía un parque, con un pabellón chino, un estanque y una pequeña gruta. En el lugar más sombrío de toda la isla, el exemperador —y el cónsul honorario— habían creado el jardín más hermoso.
—Hay tantas opiniones contundentes sobre Napoleón... —dijo Michel—. Hay dos bandos: los que están a su favor y los que están en su contra. Yo soy neutral. No trato de cambiar la opinión de nadie sobre Napoleón. La gente puede pensar lo que quiera. Mi tarea no es interpretar, sino preservar.
—Has vivido en Longwood mucho más tiempo que él —comenté.