La persona más solitaria del mundo #3
Derek Richards, mi jovial anfitrión, me esperaba en el muelle cuando bajé a tierra después de nadar con el pez más grande del mundo. Tenía más de cincuenta años y regentaba un hotelito familiar y otros pequeños negocios en la isla junto con su esposa, Lynda.
A unos cientos de metros del puerto, un puñado de yates y veleros de altura se mecían suavemente; quedaba un buen tramo hasta el siguiente lugar donde atracar.
Desde el muelle, la capital, Jamestown, se extendía tierra adentro como un intestino largo y delgado.
La pequeña ciudad se encuentra en una profunda quebrada, flanqueada por áridas laderas montañosas.
Las casas bajas, de estilo georgiano, se alinean en una larga hilera; muchas de ellas están construidas con piedra volcánica local.
Derek me preguntó si quería ver el otro lado de la isla.
Unos minutos después llegamos, pero en ese breve tiempo habíamos atravesado paisajes muy distintos, desde valles marrones y yermos hasta prados exuberantes y crestas cubiertas de verde.
Por todas partes —en los bordes de las acequias, en las laderas y en los pastos— crecía una planta asilvestrada de hojas vigorosas: el lino.
A mediados del siglo XIX , los británicos empezaron a cultivarlo allí, sobre todo para fabricar cuerdas y sacas de correo.
Cuando la producción estaba en su apogeo, más del 10 % del territorio de Santa Elena estaba sembrado de plantaciones lineras.
El lino representaba el 99 % de las exportaciones de la isla y empleaba a trescientas o cuatrocientas personas.
Sin embargo, la maquinaria era anticuada y los costes de transporte, elevados.
Cuando el servicio postal británico pasó a utilizar materiales sintéticos en 1965 y las autoridades británicas recortaron las subvenciones ese mismo año, la producción de lino en Santa Elena llegó a su fin.
Pero las resistentes plantas han sobrevivido y se han extendido por toda la isla como maleza.
A mitad de camino, en el punto más alto, pasamos por una pequeña plantación de café.
Aunque su producción sea escasa, el café es hoy una de las exportaciones más importantes de Santa Elena.
La falta de cantidad la compensan los productores con calidad.
.. y con precio. El café que se cultiva en la zona es Green Tipped Bourbon Arabica, descendiente de las plantas originales de café que la Compañía de las Indias Orientales llevó allí desde Yemen en 1732.
Al otro lado de la isla el paisaje volvía a ser árido y marrón. El camino descendía en zigzag por una ladera empinada hasta una estrecha playa rodeada de acantilados volcánicos bajos. La arena era tan marrón como las rocas.
—Solíamos venir aquí cuando era niño —contó Derek—. Tardábamos tres horas de ida y tres de vuelta, pero no le dábamos importancia. Simplemente era así. Esta es la única playa de arena de Santa Elena. Por desgracia, es peligroso nadar aquí debido a las fuertes corrientes.
En la arena había cinco o seis cañones ingleses en una larga fila.
En lo alto de la ladera de la montaña había otro cañón, en solitaria majestuosidad, también inglés.
Lo único que quedaba de los portugueses era una pequeña capilla y algunos cobertizos junto al puerto, donde ahora se encuentra Jamestown.
Fueron demolidos por los neerlandeses o los británicos cuando empezaron a atracar en la isla en el siglo XVII .
Los Países Bajos reclamaron formalmente Santa Elena en 1633, pero, con la excepción de un hito fronterizo, no queda ningún rastro físico de ellos.
Cuando la Compañía de las Indias Orientales estableció un asentamiento permanente allí en 1659, los neerlandeses ya se habían ido.
Y desde entonces la isla ha sido territorio británico.
Justo al lado del cañón, Derek había escondido lo que se conoce como un geotesoro.
—Tenemos nuestra propia aplicación con coordenadas GPS que muestran dónde están escondidos los geotesoros —explicó mientras levantaba un pequeño contenedor de plástico.
—¿Es uno de los tesoros? —pregunté, señalando el contenedor con la cabeza.
—Sí, dentro hay un papel en el que la gente puede escribir su nombre si lo encuentra. —Lo sacó del recipiente y lo extendió. Ya había en él cinco o seis nombres.
Otra de las pasiones de Derek era la radioafición. Llevaba años practicándola y estaba acondicionando una habitación aparte para sus equipos de radio. Hora tras hora se sentaba a escuchar en el éter voces procedentes de continentes lejanos.
—A veces hablamos entre nosotros, pero por lo general solo registramos las coordenadas —explicó—. A la mayoría les hace ilusión hablar conmigo, porque Santa Elena es una coordenada poco frecuente.
Subimos de nuevo al coche y, unos minutos más tarde, Derek enfiló hacia el camino de acceso a su casa.
Esta era fácil de reconocer gracias a las dos banderas que ondeaban en los mástiles del pulido césped: la de Santa Elena y la del Arsenal.
Tres veces por semana se pasaba por allí el jardinero local para ocuparse del cuidado jardín.
Un arbusto había sido recortado de tal manera que formaba las letras del equipo de fútbol favorito de Derek, con sede en Londres, o sea, a 8400 kilómetros de distancia.
Al anochecer, él y Lynda invitaron a vecinos y amigos a una barbacoa.
Los invitados componían un grupo variopinto, jóvenes y viejos; la mayoría de ellos eran Saints, como se llama a los residentes permanentes de Santa Elena.
Por su aspecto recordaban a los habitantes de Cabo Verde; reflejaban la compleja historia de la isla como destino final de británicos, esclavos africanos y trabajadores contratados asiáticos.
Ya entrada la noche, un hombre mayor con rastas y un gorro de colores sacó su guitarra y entretuvo al grupo con éxitos del siglo pasado.
No siempre se sabía las letras, pero daba igual.
La gente cantaba alegremente y proponía con entusiasmo la siguiente canción.
De manera sorprendente, Santa Elena se parecía, en el fondo, a los buques portacoches. La conexión a internet era pésima, las posibilidades de ir a algún sitio eran de lo más limitadas, y todos lo sabían todo de todos. En lugares así no hay más diversión que la que uno mismo se inventa.
Derek y Lynda tenían otro invitado además de mí: Quentin Cronk, un botánico británico que llevaba cuarenta años investigando la flora de Santa Elena.
Salvo por las zapatillas Converse, era tal y como yo me imaginaba que sería un botánico británico, barba completa y gafas de montura de acero incluidas.
—En estos momentos trabajo en un estudio sobre la endogamia en las plantas de aquí —comentó durante el desayuno—. Como las condiciones del entorno son tan reducidas, la endogamia es un gran problema.
—¿Cómo afectó la llegada de los portugueses a la flora de la isla? —pregunté.
—Cabras —respondió Quentin en tono sombrío—. Trajeron cabras.
Sacó un ordenador portátil de su mochila y abrió la presentación que había dado hacía poco en el museo de Jamestown.
«La catástrofe ecológica comienza en 1502», rezaba el título.
Quentin fue pasando diapositivas hasta llegar a un boceto de principios del siglo XVI .
El dibujo mostraba una flota de barcos portugueses anclados frente a lo que hoy es Jamestown; en aquel entonces allí solo había una pequeña capilla y algunos árboles frutales.
En las cimas de las colinas pastaban rebaños de cabras.
Un portugués solitario deambulaba con una escopeta, probablemente a la caza de algo para la cena.
—Las cabras no tenían enemigos naturales en la isla, y las plantas carecían de cualquier defensa contra ellas, como sí la tienen, por ejemplo, las del Mediterráneo —explicó Quentin, arrugando la nariz bajo las gafas—.
Los animales se comieron toda la vegetación de aquí y con gran probabilidad extinguieron muchas de esas plantas.
Cuando estas desaparecieron ya no hubo nada que mantuviera el suelo unido, lo que provocó erosión.
Que la costa esté ahora tan seca y sea tan estéril se debe seguramente a las cabras portuguesas.
Además, se reprodujeron sin control. Cuando el británico Thomas Cavendish llegó a la isla en 1588, describió un rebaño de cabras que se extendía a lo largo de una milla .
¡Y la isla solo mide diez millas en total!
Los portugueses también trajeron hierbas y árboles frutales.
Y cerdos y ratas. Y gatos. Las aves de aquí no tenían ninguna posibilidad.
De la avifauna única que alguna vez existió en el territorio solo ha sobrevivido una especie, el chorlitejo de Santa Elena, el ave nacional de la isla.
A la cabeza de la importación de todas esas plantas y mamíferos foráneos estuvo el primer residente permanente de la isla, Fernão Lopes.
Al igual que Lopes, Derek había estado por toda la isla, pero justo allí, curiosamente, nunca había estado.
Según Google Maps, la cueva estaba en medio de un pastizal.
Un puñado de vacas rumiaban a la sombra de unos árboles.
Nos siguieron con la mirada, pero no se movieron de su sitio.
La cueva no estaba donde se suponía que debía estar según el mapa.
Anduvimos dando vueltas entre las boñigas sin ver ni rastro de ninguna cueva.
Estaba más arriba, muy cerca de la valla, en una ligera pendiente, a la sombra de árboles altos.
Había un abrevadero con agua para las vacas justo al lado de la entrada.
Dentro apenas podíamos estar de pie. La cueva era en parte natural y en parte excavada por manos humanas, con tres pequeñas estancias separadas por aberturas arqueadas.
En el techo y en las paredes había grabadas versales antiguas, pero eran tantas y estaban tan desordenadas que no logramos descifrar más que letras sueltas, una P y una H, una F y una D.
El suelo estaba cubierto de estiércol de vaca pisoteado.