Los navegantes La persona más solitaria del mundo #2
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La persona más solitaria del mundo #2

Unos años después, en 1515, Albuquerque murió.

Lopes apareció en su funeral. ¿Lamentaba su muerte?

¿O más bien quería asegurarse de que su viejo enemigo estaba realmente muerto?

El nuevo gobernador portugués perdonó a todos los desertores, y a principios de 1516 Lopes viajaba a bordo de un barco con destino a Lisboa.

La India no le había traído más que desgracias.

Pero ¿qué vida le esperaba a un lisiado como él en Portugal?

¿Lo aceptaría su esposa, pues también tenía esposa en Lisboa?

¿Estarían aún vivos ella y su hijo, que era muy pequeño cuando él se fue?

Pensamientos así debieron de atormentar cada vez más a Lopes durante la larga travesía.

Como de costumbre, el barco hizo una breve parada en Santa Elena para abastecerse de agua dulce.

Cuando llegó el momento de zarpar, Lopes había desaparecido sin dejar rastro.

El capitán envió a un grupo de hombres a buscarlo, pero regresaron sin haber encontrado la menor pista del lisiado.

Aunque durante la travesía Lopes casi siempre se había mantenido aparte y tampoco había podido aportar gran cosa, la tripulación le había cogido cariño.

El capitán, Simão da Silveira, también había llegado a apreciar a ese callado e infeliz compatriota.

Lopes se había comportado con gran dignidad y nunca se había quejado de su suerte.

Da Silveira se aseguró de que se dejaran alimentos y utensilios de cocina para el fugitivo, y la tripulación le dejó ropa para que no pasara frío.

Antes de partir, Silveira escribió una carta en la que informaba de que Santa Elena ya no estaba deshabitada: a partir de ese momento vivía un caballero portugués en la isla.

Si seguía con vida debía ser tratado con respeto y recibir lo que necesitara.

El capitán fijó la carta a un árbol. Luego levaron el ancla y pusieron rumbo a Lisboa.

Fernão Lopes estaba solo. Nadie en el mundo había estado nunca tan solo.

Estaba a casi dos mil kilómetros de la costa oeste de África y a cuatro mil del litoral este de Sudamérica.

La isla más cercana, la deshabitada Ascensión, estaba a más de mil kilómetros de distancia.

Sobre él se extendía el vasto cielo estrellado.

Hoy día, Santa Elena es uno de los mejores lugares del mundo para observar las estrellas, siempre que no haya niebla o esté nublado, algo que ocurre a menudo.

La contaminación lumínica es mínima. Desde el pico más alto, que ahora se llama Diana’s Peak, a 808 metros sobre el nivel del mar, Lopes tenía una vista de toda la isla en los escasos días despejados.

En su parte más ancha, Santa Elena mide dieciséis kilómetros.

Lopes tuvo tiempo de sobra para explorar cada rincón, cada pico y cada una de sus zonas de microclima.

Debido a las diferencias de altitud, el tiempo puede variar mucho de un punto a otro.

Si en un lugar hacía frío y había niebla, en otro brillaba el sol.

Aquella porción de tierra estaba cubierta de árboles y plantas que el noble portugués jamás había visto en ningún otro sitio.

Los insectos también eran diferentes, por no hablar de las coloridas aves.

Durante los catorce millones de años que llevaba existiendo Santa Elena, habían llegado a la isla semillas arrastradas desde el continente por las olas y las corrientes oceánicas; algunas aves habían volado hasta allí y se habían quedado, y a lo largo de miles de generaciones habían desarrollado rasgos distintivos adaptados a las condiciones locales.

Algunas de las flores se habían transformado con el tiempo en grandes árboles.

Las playas y los acantilados rocosos estaban llenos de tortugas, focas y leones marinos.

Lopes se instaló en una cueva y se alimentó de las provisiones del barco.

En la India había aprendido a hacer fuego con las manos, y aun con solo cuatro dedos logró encender una pequeña hoguera.

Tras quedar desfigurado se había acostumbrado a arreglárselas con poca comida y solo comía una vez al día.

Los días y las noches se sucedían, y una semana se parecía a la otra.

Al cabo de más o menos un año apareció un barco en el horizonte.

La tripulación encontró la cueva de Lopes.

Las brasas de la hoguera aún estaban calientes y había ropa harapienta en el suelo, pero por lo demás estaba vacía y él no se dio a conocer.

Cuando el barco siguió su rumbo, Lopes descubrió que le habían dejado una carta.

En ella se leía que habían encontrado la del capitán Silveira y que habían dejado comida y ropa para él.

Según uno de los cronistas portugueses, un gallo negro escapó del barco y se convirtió en el fiel compañero de Lopes, pero nadie más menciona al animal.

En Lisboa se difundió la historia del hombre de la cueva de Santa Elena. Al menos cuatro barcos visitaron la isla en los años siguientes, y las tripulaciones dejaron allí provisiones y ropa. Nadie vio rastro alguno de Lopes, pero la comida y la ropa desaparecían.

Varios años después, un muchacho esclavo de un barco que había atracado en la isla encontró a Lopes.

A bordo de ese barco iba Pêro Gomes Teixeira, juez principal de la India portuguesa.

El magistrado logró ganarse la confianza del ermitaño, y este empezó a hablar, al principio de manera incoherente y confusa.

Teixeira lo convenció para que se acercara hasta la embarcación, y los marineros cortaron al hombre de la cueva el pelo y la barba, desmesuradamente crecidos, así como las largas uñas de los cuatro dedos que le quedaban.

Antes de irse le preguntaron si le hacía falta algo.

Tras pensarlo un buen rato, Lopes respondió que necesitaba semillas.

Teixeira le proporcionó algunas de las que llevaban a bordo, además de cerdos, ovejas y gallinas.

El juez consiguió que prometiera que en lo sucesivo se daría a conocer cuando atracaran los barcos.

A cambio, él le dio su palabra de que nadie le haría daño.

Lopes empezó a plantar. Plantó melocotoneros, mangos, naranjos y limoneros, así como rábanos y chiles.

Con el paso de los años, los veleros portugueses recalaban en Santa Elena cada vez con más frecuencia, hasta siete u ocho veces al año, y Lopes ya iba sonriente a su encuentro y preguntaba si llevaban semillas para él.

La tierra de la isla era fértil, y casi todo lo que Lopes sembraba daba abundantes frutos.

Santa Elena no había tenido nada más que agua dulce que ofrecer a los marineros de paso.

Desde entonces hubo abundancia de alimentos gracias a Fernão Lopes.

Los marinos que desembarcaban podían darse un festín de frutas y verduras, y tampoco faltaba la carne.

Los mamíferos importados no tenían enemigos naturales, y pronto hubo ovejas, cabras, gallinas y conejos por todas partes, y también abundaban las ratas.

Algunos de los marineros que pasaron por allí construyeron un pequeño cobertizo para Lopes para que no tuviera que vivir en una cueva.

Les gustaba hablar con él y sentían curiosidad por su vida en la isla.

¿No se sentía solo? Lopes les dijo que miraba las estrellas y conversaba con Dios.

En Lisboa todo el mundo hablaba del ermitaño de Santa Elena.

El desconocido se había convertido en una celebridad y pronto pasó a ser uno de los hombres más famosos de Portugal.

Las historias sobre el noble solitario y sin nariz llegaron a oídos del rey y de la reina y despertaron tanto la curiosidad como las sospechas de ambos: ¿quién era ese hombre y qué quería en realidad?

¿Podía ser que todavía trabajara en secreto para poderes enemigos?

¿Era cierto que hablaba con Dios? Para aclarar las cosas, el rey ordenó que fuera llevado a Lisboa.

Tras catorce años solo en la isla, Lopes subió a un barco con destino a esa hermosa ciudad a orillas del Tajo.

La capital portuguesa apenas era reconocible.

Durante los años que él había estado fuera, la población casi se había duplicado, y en las calles había casi más esclavos africanos que portugueses.

Lopes quedó completamente abrumado por el ruido y la gente, y lo llevaron a un convento apartado.

No hay constancia de la audiencia de Fernão Lopes con el rey Juan III y la reina Catalina; es posible que el documento correspondiente se perdiera en el gran terremoto de 1755.

Se dice que el encuentro tuvo lugar en plena noche, en los aposentos privados de la pareja real.

Poco después, por alguna razón, Lopes fue enviado a Roma para que se reuniera con el papa.

Tampoco se ha conservado ningún registro de esa otra audiencia.

El pontífice le concedió la absolución y le entregó una carta para Lisboa en la que se indicaba que debía permitírsele regresar a la isla.

Al poco de que Lopes volviera a Portugal, Lisboa fue sacudida por un gran terremoto seguido de un tsunami.

El seísmo que estremeció la capital aquella mañana de enero de 1531 no fue tan catastrófico como el que se produciría en 1755, pero sí lo bastante serio: un tercio de las casas de la ciudad resultaron dañadas, los barcos del puerto quedaron destruidos y unas mil personas perdieron la vida.

Lopes sobrevivió también a esa prueba y regresó a Santa Elena, donde continuó cultivando árboles y hortalizas.

Un esclavo le hizo compañía durante aproximadamente un año y lo ayudó con el trabajo. Salvo por ese hecho, estaba solo.

En 1546, un capitán portugués informó de que Fernão Lopes había muerto y había sido enterrado en Santa Elena. Lopes superó los sesenta años, una edad avanzada para la época. Más de la mitad de esos años los pasó en la más profunda soledad, en una de las islas más aisladas del planeta.

Su estancia cambió Santa Elena para siempre.