La persona más solitaria del mundo
La persona más solitaria del mundo
Su ojo era del tamaño de mi cabeza, y en ese momento me miraba, insondable y oscuro, sin parpadear. Inexpresivo.
Los tiburones no tienen expresión facial. Estaba tan cerca de mí que podría haberlo tocado con las manos.
Estaba en pleno encuentro con el pez más grande del mundo.
El tiburón ballena. Uno tras otro se habían lanzado desde el bote a las olas agitadas mientras yo todavía me peleaba con la máscara de buceo, sin estar nada convencida del plan.
Nunca había practicado esnórquel en tales condiciones.
El mar estaba revuelto. El pequeño bote se balanceaba con fuerza; las olas eran cortas y abruptas.
Un alemán de unos cincuenta años tuvo dificultades para respirar incluso antes de que yo lograra ponerme la máscara, y tuvieron que rescatarlo y subirlo de nuevo a bordo.
Afilados y escarpados acantilados se elevaban desde el mar; las laderas marrones de la montaña estaban moteadas de blanco por el guano de las aves marinas.
A lo largo de la pared rocosa se habían construido aquí y allá pequeños puestos defensivos.
Desde el mar, la isla parecía un castillo inexpugnable, y yo anhelaba volver a ella.
Pero entonces me armé de valor, tomé impulso y salté. No salió muy bien. Agua salada en los ojos, en la nariz y en la boca; luchaba por mantenerme a flote, oscilando sin control arriba y abajo como un patito de goma agujereado. Estaba a punto de rendirme y regresar al bote cuando de repente lo vi.
O él me vio a mí. Sus ojos eran como dos bolas negras de las que se usan en las boleras.
Y el más corpulento de todos era tan grande como un tráiler.
Su boca plana y alargada, por la que filtraba la comida con total tranquilidad, era casi tan ancha como yo de alta.
Su piel era de color gris oscuro con manchas blancas.
Grandes peces blancos pululaban a su alrededor.
Pronto me vi acompañada por otros dos tiburones ballena: un macho y una hembra, cuyas enormes aletas rompían la superficie del agua.
El pez más grande del mundo y yo pasamos varios minutos juntos; podría haberlo acariciado, pero me habían dicho que estaba estrictamente prohibido. Solo mirar, no tocar.
Miré y miré. Nunca había visto un animal tan grande.
El tiburón ballena puede medir hasta quince metros de largo y pesar más de veinte toneladas.
Son criaturas pacíficas, tranquilas y curiosas, apenas tienen enemigos naturales y pueden vivir más de cien años.
Han crecido tanto que pueden permitirse relajarse y conformarse con kril y plancton, al igual que la ballena azul.
Y de pronto desaparecieron. Volví a encaramarme como pude al pequeño bote y el patrón puso rumbo a la islita, la más solitaria de todas: Santa Elena.
Los investigadores creen que el raro tiburón ballena podría haber peregrinado hasta allí a lo largo de cinco millones de años.
La historia humana en la isla es bastante más corta.
Durante casi quinientos años, la gente ha llegado navegando hasta ese lugar, uno de los más desiertos de todo el planeta.
La isla fue descubierta por el gallego Juan de Nova, más conocido como João da Nova, ya que navegaba al servicio de Portugal.
En 1501 lideró la tercera expedición portuguesa a la India.
En el viaje de regreso, al año siguiente, De Nova dejó que los vientos y las corrientes oceánicas guiaran los barcos en un gran arco alrededor de la costa occidental de África.
A casi dos mil kilómetros al oeste del litoral africano, los marineros, para su sorpresa, avistaron tierra.
El gallego dio a esa isla desierta el nombre de Santa Elena, en honor a Helena de Constantinopla, madre del emperador Constantino el Grande, de quien se dice que encontró la cruz de Jesús en Jerusalén.
«Parece que Dios ha creado esta isla en este mismo lugar para alimentar a los que venimos de la India.
.., pues ofrece la mejor agua de todo el viaje», escribió uno de los historiadores de la época sobre Santa Elena.
1 En el transcurso del siglo siguiente, la isla se convirtió en una parada rutinaria para los barcos portugueses que regresaban de Asia.
Los marineros aprovechaban para reponer sus reservas de agua potable y estirar las piernas.
Los lusos nunca reclamaron formalmente ese enclave volcánico aislado ni establecieron allí ningún asentamiento; no era más que una de las muchas islas deshabitadas que habían descubierto en sus expediciones.
Santa Elena era una escala conveniente en su viaje de regreso desde la India, nada más.
Durante muchos años, solo tuvo un único habitante.
Como tantos jóvenes portugueses de la época, Fernão Lopes había buscado fortuna en el mar.
Era casi lo esperado de un hidalgo de baja nobleza como él, que había crecido bajo las alas protectoras del rey y recibido educación e instrucción militar.
Se cree que Lopes nació hacia el año 1480.
A principios del nuevo siglo puso rumbo al océano Índico.
Bajo la férrea disciplina de Afonso de Albuquerque, el joven Lopes participó en brutales batallas contra los musulmanes a lo largo de la costa árabe, incluso en Socotra y en la isla de Ormuz, de gran importancia estratégica y situada en medio del estrecho que conecta el golfo de Omán con el Pérsico.
Durante esas batallas, que parecían no tener fin, Albuquerque se volvió cada vez más impopular entre los soldados portugueses.
El descontento llegó a su punto álgido cuando ordenó a los exhaustos marineros que construyeran un fuerte en Ormuz bajo un sol abrasador.
Varios capitanes desertaron y pusieron rumbo a la India.
Es posible que Albuquerque se diera cuenta de que había ido demasiado lejos, pues también autorizó la partida del gallego João da Nova.
Apenas unos meses antes lo había puesto bajo arresto por rechazar la petición que le hizo de navegar hasta allí.
El joven Fernão Lopes fue uno de los que acompañaron a Da Nova a ese país.
Tal vez fue entonces cuando oyó hablar por primera vez de Santa Elena.
Tres años más tarde, en 1510, Lopes volvió a combatir para Albuquerque en las batallas por Goa.
Conquistada esa ciudad, el segundo se apresuró a continuar su avance para someter Malaca.
Lopes permaneció en Goa. Al igual que muchos de sus compatriotas, se casó con una mujer musulmana local, una de las muchas que habían quedado viudas durante los estragos causados por los lusos.
Antes de irse, Albuquerque organizó una boda colectiva que fue tan caótica y tumultuosa que muchos portugueses acabaron en el lecho nupcial con la esposa equivocada.
No se sabe con certeza cuánto tiempo se quedó Lopes en Goa.
En un momento dado fue a Bijapur, a ocho días de viaje, se convirtió al islam y se alistó como mercenario al servicio del sultán local.
No era raro que los aventureros lusos se dejaran reclutar como soldados a sueldo.
Una vez en la India, por lo general se les abandonaba a su suerte y tenían que arreglárselas lo mejor que podían.
Dado que los soldados portugueses tenían experiencia con armas de fuego modernas, eran populares entre los gobernantes musulmanes, que pagaban generosamente por sus servicios.
El problema de las deserciones llegó a ser tan frecuente que el rey portugués ordenó que los pecadores arrepentidos no fueran castigados siempre y cuando volvieran al bando correcto.
Lo inusual, en cambio, era que nobles como Lopes se pasaran al enemigo.
A diferencia de los soldados rasos, los nobles solían llevar una vida mucho más cómoda en la India que en Portugal.
De media, cada uno de ellos tenía diez esclavos locales para que los ayudaran en todo tipo de tareas.
Las fuentes no dicen nada de por qué Lopes actuó así.
La siguiente vez que se le menciona es como mercenario en la campaña del general Rasul Khan contra Goa en 1512.
Allí, Albuquerque y mil setecientos de sus hombres estaban preparados y esperándolos.
El almirante portugués era despiadado, brutal y fanático, pero también un estratega militar de primera categoría.
El ejército de Rasul Khan buscó refugio en un fuerte cercano, pero no tuvo ninguna posibilidad contra el César de Oriente.
Al final, Khan accedió a entregar a los desertores a Albuquerque a cambio de que le garantizara que les perdonaría la vida. Luego huyó.
Albuquerque perdonó la vida a los traidores, como había prometido, pero a cambio los sometió a un tormento tan grande que muchos de ellos probablemente habrían preferido morir.
La orden del rey de indultar a los desertores fue ignorada sin más.
Por ser noble, Lopes fue castigado con especial severidad.
El primer día, Albuquerque lo dejó en el cepo de castigo, expuesto a la burla y al escarnio, bajo un sol abrasador y con la cara untada de estiércol de cerdo y barro.
Se instó a los lugareños a orinar y escupir sobre él.
El segundo día, el almirante ordenó que cortaran al desertor la nariz y las orejas.
El tercer día, Lopes perdió la mano derecha y el pulgar izquierdo.
Entonces quedó libre, pero ¿adónde podía ir?
En los años que siguieron, el desfigurado y lisiado Lopes llevó una vida miserable en Goa.
Es posible que dependiera de las limosnas para sobrevivir.
Tal vez su esposa y la familia de ella lo cuidaron, o tal vez no quisieron tener nada más que ver con él.