Los jugadores #3
Tenía cuarenta y cinco años y un pelo denso y ondulado. Su madre era macaense y su padre, vasco. Nos encontramos en una cafetería tranquila a un tiro de piedra del despacho de Miguel.
—Ahora las cosas son muy diferentes —continuó—.
Hay más gente. Incluso en las montañas hay mucha.
Ya no estás solo en ninguna parte. Macao se ha vuelto más sofisticado: antes teníamos que ir a Hong Kong para comprar ropa de moda, maquillaje y tecnología.
Pero sigue siendo muy seguro. Aunque sea mujer, puedo caminar sola en plena noche y sé que no me pasará nada.
—¿Qué piensas de los casinos? —quise saber.
—Han traído riqueza a Macao, y gracias a ellos vienen cantantes y grupos famosos.
Macao ya no es un rincón perdido. Esos son los beneficios.
La desventaja es que la gente se ha vuelto perezosa.
No se molestan en esforzarse, porque siempre pueden conseguir trabajo en los casinos.
Yo soy funcionaria, así que casi nunca voy.
De hecho, solo nos dejan entrar tres días al año, cuando celebramos el Año Nuevo chino.
Cuando Isabela era pequeña, sus padres la llevaban todos los años al teatro en patuá de Miguel.
De niña lo encontraba sumamente aburrido.
Ya de adulta, había escrito una tesis doctoral sobre ese teatro y también había publicado un diccionario de patuá para principiantes, con traducciones al inglés y al mandarín.
—Aprendí patuá viendo grabaciones en vídeo de las representaciones teatrales. Ese idioma llegó a Macao con los malayos que se trasladaron aquí después de que Malaca pasara a manos neerlandesas en el siglo XVII . Es muy similar al kristang que hablan allí.
Mientras que el patuá ya no es una lengua viva, el portugués ha experimentado un resurgimiento.
China es el país del mundo donde más crece su uso.
En Macao, muchos adultos lo aprenden para progresar en sus carreras, sobre todo abogados y funcionarios.
Isabela también lo había aprendido de adulta.
El cantonés era el idioma principal en su casa, y en el colegio aprendió mandarín.
—Mis padres sabían que China era el futuro de Macao y querían que yo estuviera preparada —explicó—.
Sin embargo, aunque no crecí en un hogar de habla portuguesa, me considero macaense.
Se dice que esa cultura es una mezcla de la china y la lusa, pero es mucho más que eso.
Tenemos elementos de la India y del océano Pacífico: usamos cúrcuma y leche de coco en nuestra comida, por ejemplo.
¡La cocina fusión se originó aquí, en Macao!
Pero la pregunta es cuánto tiempo más sobrevivirá nuestra cultura.
Es matemática pura, en realidad. Mi marido es chino; las parejas mixtas son habituales aquí.
Con cada generación, la cultura se diluye cada vez más.
Temo que a la larga acabemos como la comunidad kristang de Malaca, siendo una atracción para los turistas.
Uno de los pocos que todavía habla patuá con fluidez es el arquitecto André Ritchie.
Tiene cuarenta y seis años y es el director del Departamento Inmobiliario de STDM, la empresa fundada por Stanley Ho.
Estaba tan ocupado que no tuvo tiempo de reunirse conmigo mientras estuve en Macao, pero logró hacerme un hueco para una videollamada justo después de que me marchara.
—Mi abuela habla patuá y yo lo aprendí de ella —dijo a través de la pantalla—. Sigue viva, por cierto.
André había crecido en el seno de una prominente familia macaense. Su padre era un médico conocido y su madre había sido presidenta del Parlamento.
—Yo era solo un crío cuando Portugal y China firmaron en 1987 The Handover, la transferencia de soberanía de Macao —continuó—.
Pero recuerdo bien ese día, porque esa noche, mientras cenábamos, mis padres me explicaron que todo iba a ser distinto.
Como éramos macaenses y hablábamos portugués en casa, habíamos tenido una vida privilegiada en Macao.
En ese entonces, pocos macaenses se molestaban en estudiar, porque de todos modos conseguían trabajo en la administración.
Ese no sería nuestro caso, me aclararon mis padres.
Tendríamos que competir por los puestos de trabajo en igualdad de condiciones con todos los demás.
Teníamos que prepararnos para un futuro diferente.
Tras acabar la secundaria, André viajó a Portugal e Italia para estudiar arquitectura.
En esa época, en los años noventa del siglo pasado, Macao era un lugar sin ley.
Varias bandas criminales luchaban por el poder y la influencia antes de la entrega del territorio a China.
En los tres últimos años de dominio portugués, las llamadas guerras de los casinos costaron ciento veintidós vidas y dejaron varios cientos de heridos.
Los asesinatos ocurrían a menudo a plena luz del día, en el centro de la ciudad.
Ninguno de ellos fue resuelto. André perdió a dos amigos en ese tiempo.
Al terminar el instituto, estos empezaron a trabajar para las tríadas y acabaron siendo asesinados.
André regresó a Macao para estar presente en la ceremonia de traspaso el 20 de diciembre de 1999.
—Mi hermano mayor y yo acompañamos a nuestros padres a las recepciones oficiales de ese día —recordó—.
Se arrió la bandera de Portugal y cantamos el himno nacional portugués.
A medianoche se izó la de China. Mi hermano estaba de pie a mi lado.
Lloraba desconsoladamente. Creo que yo también lloré.
Nuestra vida cambió de un día para otro.
Como presidenta del Parlamento, mi madre había sido la segunda política más importante de Macao.
Tenía su propio chófer, y un policía iba delante de nuestro coche abriéndonos paso.
Cuando bajamos del vehículo, a eso de las once y cuarenta, el conductor salió y me estrechó la mano.
Lloraba. Entonces comprendí que era la última vez que nos llevaba. Esa noche volvimos a casa en taxi.
Según la ley china, el presidente del Parlamento de Macao debía tener la nacionalidad china, pero la madre de André no quiso renunciar a la portuguesa.
A partir de la medianoche del 20 de diciembre era, por lo tanto, una simple diputada.
Cuando su mandato expiró en 2001, se retiró a los cincuenta años.
Cincuenta años: ese es el tiempo durante el cual Macao tendrá el estatus de región administrativa especial, al igual que Hong Kong: un país, dos sistemas.
En el transcurso del periodo de transición, Macao conservará la bandera, los pasaportes macaenses, el sistema judicial, el Parlamento y la moneda.
El portugués seguirá siendo idioma oficial junto con el chino, y el derecho a expresarse con libertad y a celebrar elecciones libres e independientes estará, en principio, garantizado durante ese tiempo.
Nunca ha habido grandes manifestaciones en Macao como las de Hong Kong, pero eso no significa que todo esté en perfecto orden.
En un informe estadounidense sobre derechos humanos de 2023, las autoridades de Macao recibieron duras críticas por haber impuesto severas restricciones a la libertad de expresión y a las oportunidades de participación política. 3
André regresó a su hogar en Macao a principios de este siglo. Descubrió que tenía más posibilidades de hacer carrera en Macao que en Europa.
—Como arquitecto, no puedo decir que lo que construimos hoy en Macao me entusiasme mucho, pero no tengo más remedio que aceptarlo. Así es como ganamos dinero ahora.
Déjà vu . Me había vuelto a perder en los hoteles de Macao.
Esa vez no era la habitación lo que no conseguía encontrar, sino la recepción.
El Venetian es un mundo en sí mismo: cuando abrió sus puertas en 2007, era el sexto edificio más grande del mundo.
Ese gigantesco complejo hotelero se extiende por 980.
000 metros cuadrados, el equivalente a más de quince palacios de Versalles.
Cuenta con casi tres mil habitaciones y cerca de diez mil empleados, más de trescientas cincuenta tiendas y un pabellón con capacidad para quince mil personas.
Además, el edificio alberga piscinas, un balneario, una clínica de belleza que hace cirugía plástica y el segundo casino más grande del mundo.
Abierto las veinticuatro horas, por supuesto.
El área de recepción estaba al otro lado de las mesas de juego, lo descubrí por fin.
El vestíbulo no estaba inspirado en Venecia, sino en la Real Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, a las afueras de Madrid, con un techo abovedado y frescos enmarcados por casetones dorados, aunque sin libros.
Había una larga cola delante de los recepcionistas, como en un aeropuerto.
Me dirigí al final de la fila, pero un empleado uniformado me detuvo enseguida: «¿Tiene tique de acceso?
». Negué con la cabeza y me puso en la mano un papelito: «3.
00 pm - 3.30 pm», decía. Esa era mi franja horaria para registrarme en el hotel. Dentro de media hora, vaya.