Los jugadores #2
Dondequiera que mirara, mi campo de visión estaba lleno de casinos.
Casinos grandes y pequeños, resorts de lujo con restaurantes con estrella, balnearios y tiendas de diseño, y sencillos garitos.
A solo unos minutos a pie de todo ese bullicio se encuentran los restos del casco antiguo portugués.
El Largo do Senado, plaza del Senado, está rodeado de casas decimonónicas de colores pastel bien conservadas, un pequeño pedazo de patrimonio mundial entre todos los complejos de lujo.
La gran plaza abierta está cubierta de adoquines típicos portugueses, piedras blancas y negras colocadas a toda prisa justo antes de que Macao fuera devuelto a China.
Era como si los lusos hubieran querido dejar una huella duradera.
Caminé sin rumbo por una calle lateral y terminé ante la escalinata de una iglesia.
Dentro estaba prohibido sentarse o detenerse; los guardias uniformados se aseguraban de que los visitantes mantuvieran un ritmo constante.
Un minuto y medio después estaba de nuevo en la calle, dejándome llevar por la corriente de gente, y de repente quedé atrapada.
Me encontré en una calle estrecha, rodeada de miles de chinos; estábamos todos tan juntos que apenas podíamos movernos, la masa humana avanzaba centímetro a centímetro.
No había adónde escapar, las cortas callejuelas laterales eran todas callejones sin salida; no tuve más remedio que seguir a la multitud, que serpenteaba lentamente cuesta arriba como un solo organismo.
Cuando el organismo se disolvió en sus componentes individuales y por fin fue posible volver a respirar, me encontré delante del monumento más famoso de Macao: una fachada barroca de iglesia, exenta y solitaria, con forma de retablo.
La catedral de San Pablo fue construida a principios del siglo XVII por artesanos japoneses cristianos que habían huido de la persecución en su tierra natal.
Al frente del proyecto estaba Alessandro Valignano, el italiano que logró que los jesuitas de Japón comenzaran a adaptarse a la cultura local.
Como había hecho en el país nipón, Valignano impulsó que los misioneros de Macao y China aprendieran el idioma del lugar, y junto a la iglesia mandó construir una institución educativa para la formación de sacerdotes y misioneros: la primera universidad europea de Asia.
Una vez terminada, la catedral de San Pablo era una de las iglesias católicas más grandes del continente asiático.
La iglesia lleva en ruinas casi tanto tiempo como fue un lugar de culto: se quemó hasta los cimientos en 1835.
En lo alto de la colina, por encima de la solitaria fachada barroca, se alza la Fortaleza do Monte.
Los viejos cañones portugueses apuntaban justo a la ostentosa fachada dorada del hotel Grand Lisboa, y en cada uno de ellos posaba un turista chino.
En 1622, las bocas de los cañones apuntaron directamente a una flota invasora de los Países Bajos.
Gracias a un disparo certero que impactó en el polvorín de uno de los barcos, el ataque neerlandés fue repelido y Macao siguió siendo portugués durante casi cuatrocientos años más.
Los neerlandeses navegaron entonces hacia Formosa, la actual Taiwán.
Detrás de las ruinas de la iglesia se encuentra el jardín de Camões, un pequeño pero evocador parque con árboles tropicales, bancos de madera y cascadas artificiales.
En medio del jardín está la gruta de Camões, recreada lo mejor posible con tres peñascos, ya que la original desapareció hace mucho tiempo.
Entre las rocas hay un busto de bronce de Luís de Camões, el poeta nacional de Portugal.
Se dice que vivió en esa gruta —o, mejor dicho, en una parecida— mientras terminaba de escribir su obra maestra, el poema épico Os Lusíadas, a mediados del siglo XVI .
Según la leyenda, Luso, hijo del dios romano Baco, llegó al actual Portugal en compañía de Odiseo y fundó el país de Lusitania.
Los lusíadas son los hijos de Luso, es decir, los hijos de Portugal.
En otras palabras, es la historia de Portugal lo que Camões plasma en sus versos.
De los 1102 que componen la epopeya, la mayoría están dedicados al descubrimiento por parte de Vasco da Gama de la ruta marítima a la India, punto culminante de la historia de Portugal, entonces y ahora.
Camões terminó en Macao por su mal comportamiento.
Procedía de la baja nobleza y había recibido una educación respetable, pero de joven lo había estropeado todo con líos de faldas y demasiadas visitas a las tabernas.
Tal vez él —o su madre— esperaba que la vida militar lo enderezara.
En cualquier caso, se alistó como soldado, fue a Ceuta y volvió a casa con un ojo menos, pero con el mismo carácter rebelde.
Apenas regresó a Lisboa se metió en una pelea.
En pleno forcejeo apuñaló sin querer a un funcionario de la corte.
Su madre logró sacar al alborotador de la cárcel a cambio de que se comprometiera a servir como soldado en Asia durante tres años.
En el océano Índico, Camões participó en varias batallas antes de ser ascendido a oficial en Macao.
De regreso a Goa, la obra de su vida estuvo a punto de perderse: el barco en el que viajaba Camões naufragó.
Según se cuenta, el poeta salvó el manuscrito sosteniéndolo sobre su cabeza mientras se aferraba a los restos del naufragio.
Dos años después de volver a Lisboa consiguió que se publicara el poema, pero, como era de esperar, el reconocimiento llegó demasiado tarde para que el autor pudiera disfrutarlo.
En los últimos años de su vida, Camões era tan pobre que tenía que enviar a su esclavo a mendigar.
Murió el 10 de junio de 1580 con unos cincuenta y cinco años.
El día de su muerte se celebra hoy como el Día Nacional de Portugal. En la época de Salazar, la jornada se denominó «Día de Camões, de Portugal y de la Raza». Tras la caída de la dictadura se sustituyó «raza» por «comunidades portuguesas».
Salí por la puerta del jardín y seguí por calles estrechas, pasando por iglesias y edificios administrativos, hasta llegar al agua.
A un tiro de piedra del delta había una colina envuelta en niebla.
Un flujo constante de personas desaparecían en la bruma.
Las seguí y descubrí que lo que había creído que era niebla era en realidad incienso.
Una puerta de piedra conducía al templo, que no era uno solo, sino muchos, una mezcla abigarrada de templos budistas y taoístas, aunque yo no podía distinguirlos.
La ropa y el pelo se me pusieron grises de ceniza, y las fosas nasales se me llenaron del dulce aroma a especias y del humo de las velas parpadeantes.
El templo está consagrado a A-Ma, la diosa de los marineros, y ya estaba allí cuando los portugueses desembarcaron a mediados del siglo XVI .
«¿Cómo se llama este lugar?», preguntaron probablemente los marinos, y quizás los lugareños respondieron «A-maa-gook», por el nombre del templo.
Tal vez por eso la isla acabó llamándose Macao.
Un asistente me condujo hasta el despacho de Miguel de Senna Fernandes.
Las oficinas del conocido abogado ocupaban dos plantas, y yo me había equivocado.
En las fotos de Miguel ya se veía que tenía sentido del humor; su sonrisa era cálida y pícara al mismo tiempo.
El hombre, de cincuenta y dos años, me recibió con amabilidad, vestido de manera formal con una camisa azul claro y pantalones oscuros.
La estantería a su espalda estaba llena de libros en portugués, desgastados y muy leídos, sobre derecho y legislación.
—Un macaense es una persona de Macao de origen luso —explicó Miguel, que además de abogado también era el presidente de la Asociación Macaense—. No hay estadísticas sobre cuántos somos, ya que tenemos ascendencia mixta, pero no somos muchos. Aquí, en Macao, puede que quedemos un millar.
—¿Qué significa ser macaense? —pregunté.
—No hay una definición fija, pero para mí ser macaense es tener una fuerte vinculación con Macao.
No basta con haber nacido aquí, hay que tener la conexión portuguesa.
Los macaenses no vivimos como los chinos.
Hablamos portugués, y a través del idioma tenemos una perspectiva diferente.
La lengua moldea la manera en que uno percibe el mundo.
A Miguel le interesaban los idiomas más que a la mayoría. Además de ser jurista —quizás la profesión con más conciencia lingüística que existe—, también era dramaturgo. Escribía obras de teatro exclusivamente en patuá, el criollo portugués que hablaba la población macaense de Macao.
—Ya nadie habla patuá. Pero desde hace treinta años escribo obras de teatro en esa lengua.
Los jóvenes ya no la conocen, así que trato de mostrarles nuestra herencia a través del teatro.
Las obras que escribo son sátiras, aquí tenemos una fuerte tradición satírica.
Muchos vienen a ver nuestras representaciones porque decimos las cosas tal como son.
—¿Habéis tenido problemas con la censura? —pregunté.
—No, las autoridades confían en nosotros.
Saben que conocemos los límites y no los traspasamos.
Así ha sido siempre aquí, no es nada nuevo, porque Macao nunca ha sido libre.
Era una colonia solo de nombre. Los chinos, en el fondo, siempre tuvieron el control aquí.
Permitían que los portugueses lo llamaran colonia, pero en realidad eran ellos los que tomaban las decisiones. Los chinos son pragmáticos.
El Macao en el que creció Miguel ya no existe.
—Macao estaba muy aislado —dijo—. No podíamos ir a ningún sitio. Era una aldea. Pero aun así nos lo pasábamos bien, porque todos nos conocíamos. Era un buen lugar para crecer.
—Macao era una aldea —confirmó Isabela Larrea.