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Los jugadores

Los jugadores

Me sentía en un estado febril, puse todo ese dinero al rojo ¡y súbitamente me di cuenta de las cosas!

Solo una vez durante toda la noche, durante todo el tiempo que estuve jugando, un escalofrío de miedo corrió por todo mi cuerpo, me temblaron las piernas y los brazos.

Sentí con espanto y comprendí momentáneamente lo que para mí significaría perder.

¡Era mi vida entera la que había apostado!

Hice como la mayoría de los turistas chinos y subí por la escalera mecánica hasta la segunda planta para probar suerte.

Apareció ante mí un mar de mesas verdes ovaladas; cada una de ellas estaba rodeada por al menos un puñado de jugadores.

Casi todos eran hombres y el código de vestimenta era relajado; muchos, evidentemente, se habían vestido para aguantar el mayor tiempo posible.

Nadie bebía alcohol y apenas se oía una voz.

El juego acaparaba toda la atención. La atmósfera era concentrada, casi eléctrica.

En el centro de la enorme sala había una figura de cristal azul con forma de huevo, como una especie de santo grial.

El casino se extendía por varias plantas y albergaba un total de ochocientas mesas de juego y mil máquinas tragaperras.

Por lo que pude ver, yo era la única europea.

A diferencia de lo que pasó en el casino de Goa, todos jugaban a lo mismo: a los jugadores se les repartían dos cartas, las mismas que a la banca, y luego se comparaban.

De vez en cuando el crupier repartía un tercer naipe.

Después se retiraban, las fichas cambiaban de manos y se volvía a empezar con dos cartas nuevas.

Intenté averiguar la lógica del juego, pero me rendí y salí del hotel Grand Lisboa con todos mis billetes intactos.

Delante de mí caminaban tres chinos, y los tres parecían profundamente angustiados. Uno de ellos lloraba en silencio.

Crucé el puente peatonal y subí en ascensor por la torre hasta el restaurante portugués del hotel.

Las camareras vestían faldas plisadas tradicionales portuguesas, y la especialidad eran los pastéis de bacalhau.

Con la boca llena de crujientes bolitas de bacalao, busqué en Google y descubrí que los jugadores habían jugado al bacarrá, con mucho el juego más popular de Macao.

Es un juego de puro azar, un juego de suerte, y las reglas son sencillas (una vez que se conocen).

La palabra inglesa hazard proviene, por cierto, del francés medieval hasard, que significaba «juego de dados» o «azar» y que con el tiempo adquirió el sentido de «peligro» o «riesgo».

En otras palabras, es un juego peligroso.

Aunque no tanto como para disuadir a nadie.

En el bacarrá, la banca gana solo el 51 % de las veces.

Pero ese 1 % basta para hacer muy ricos a los propietarios de los casinos.

.. y dejar a algunos jugadores sin un céntimo.

Francisco Pinheiro me había pedido que me reuniera con él en el Clube Militar, muy cerca del hotel Lisboa.

El antiguo club de oficiales funcionaba entonces como restaurante y círculo social para académicos y empresarios.

Dado que Francisco era arquitecto y trabajaba en desarrollo urbano, yo había preparado una serie de preguntas sobre la masiva urbanización de Macao en las últimas décadas.

Pero él no quería hablar de arquitectura, quería hablar de historia, porque también era historiador de formación, especializado en la llegada de los portugueses a Japón y el sudeste asiático.

Originario de Portugal, llevaba más de treinta años viviendo en Macao.

—Macao fue la caída de Venecia —afirmó con rotundidad. Vestía ropa académica intemporalmente anticuada y llevaba unas gafas y una barba igual de intemporales. No pude determinar su edad.

—¿No fue Malaca, entonces? —Recordé la frase de Jens: «¡Quienquiera que sea el señor de Malaca tendrá en sus manos la garganta de Venecia!».

—No, pero está relacionado. Macao llegó a ser importante para el comercio entre Japón y China.

Pero luego Japón se cerró al mundo exterior.

Los británicos y los neerlandeses habían difundido rumores de que los jesuitas querían colonizar Japón.

Esos rumores carecían de fundamento, pero esa es una de las razones por las que los jesuitas y los portugueses fueron expulsados.

Los neerlandeses se hicieron cargo del comercio, aunque bajo un control estricto.

Pidió una fuente de pastéis de bacalhau.

—Es un plato portugués muy famoso. ¿Lo ha probado?

Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí, Japón se unificó gracias a los portugueses.

Los primeros desembarcaron en 1543, y sesenta o setenta años después la unificación de Japón era un hecho.

Fue posible gracias a las armas que los lusos llevaron consigo.

La guerra a la antigua, con espadas, arcos y flechas, exige conocimientos especializados y mucha práctica, pero un arma de fuego no requiere un entrenamiento prolongado.

De repente, los campesinos podían ser utilizados en la guerra.

La comida llegó a la mesa y Francisco me hizo señas para que me sirviera los buñuelos de bacalao.

—Los he pedido para usted. Aquí los hacen riquísimos. Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí, 1639 fue un mal año para Macao. Perdió el comercio con Japón.

Tres años más tarde llegó una buena noticia a Macao, pero con un retraso de dos años: en 1642, la comunidad portuguesa de la isla se enteró de que Portugal se había separado de la unión dinástica con España.

La noticia se celebró durante varias semanas, y los macaenses, pese a su reciente empobrecimiento, enviaron un regalo al rey Juan IV y le aseguraron su lealtad.

El rey les agradeció su fidelidad y dio a Macao el sobrenombre de Não há outra mais leal, «No hay otra más leal».

—Durante los primeros siglos nunca hubo muchos portugueses en Macao —continuó Francisco—.

Un par de cientos, quizás. La influencia portuguesa se mantuvo gracias a los matrimonios.

Los lusos se integraron en las culturas que colonizaron casándose con mujeres locales; esa fue la gran idea de Albuquerque y algo muy característico del Imperio portugués.

Los neerlandeses y los británicos no se mezclaron con la población local de la misma manera, tal vez porque son protestantes.

Albuquerque fue astuto. Un hombre con familia se queda.

Portugal nunca ha tenido mucha población.

En el siglo XV , cuando se expandió, tenía menos de un millón de habitantes.

Se comió un buñuelo de bacalao con gran deleite.

—Ricos, ¿verdad? ¿Por dónde iba? Ah, sí.

Macao eran dos ciudades: una portuguesa, frente al mar, y otra china, frente al continente.

No fue hasta 1792 cuando se permitió a los chinos establecerse en Macao.

El siglo XIX fue turbulento. En Portugal avanzaban los liberales, y al mismo tiempo tenían lugar las guerras del Opio.

Como resultado de esos conflictos bélicos, en 1842 los británicos se hicieron con Hong Kong, que rápidamente asumió el papel de Macao como puerto comercial.

Cuatro años más tarde, en 1846, el nuevo gobernador portugués, João Maria Ferreira do Amaral, paralizó el pago anual a las autoridades chinas y ocupó Taipa, una pequeña isla cercana que nunca había estado bajo control luso.

Ferreira no sobrevivió mucho tiempo en Macao: durante la construcción de una nueva carretera ordenó la destrucción de las tumbas chinas de la zona.

Poco después lo decapitaron los aldeanos locales.

Los portugueses se vengaron atacando un fuerte cercano.

Ese fue el primer y único enfrentamiento violento entre fuerzas portuguesas y chinas en la historia de Macao.

—Es imposible imaginar Hong Kong sin Macao —continuó Francisco—.

Hong Kong nació porque los lusitanos ya tenían Macao.

Como Hong Kong era una colonia británica, Portugal exigió que Macao se convirtiera en una colonia portuguesa.

Hasta entonces, el Gobierno luso había arrendado la isla, que había sido administrada por un senado local.

En 1887, China y Portugal firmaron un nuevo acuerdo, y Macao se convirtió formalmente en una colonia portuguesa.

Francisco hizo una seña a un camarero, pidió la cuenta e insistió en pagar.

—Como soy miembro, tengo descuento. Vengo aquí a menudo.

Bueno, ¿por dónde iba? Ah, sí, los portugueses nunca ocuparon territorio chino, como sí hicieron británicos, franceses, rusos y japoneses.

Portugal siempre ha tenido una buena relación con China.

Ni siquiera después de 1975 quiso China recuperar Macao.

Necesitaba Macao y Hong Kong como ventana a Occidente.

Los chinos tienen una percepción del tiempo diferente de la de los europeos. Piensan a largo plazo.

Salimos juntos del club, pasando por delante de una chambre séparée en la que había una delegación de países budistas.

—Por desgracia, los portugueses de hoy se han olvidado de Macao y de los demás estados lusófonos —se quejó Francisco mientras salíamos a la concurrida calle—. A Portugal ahora solo le preocupa la Unión Europea. Todo se ha uniformizado. Ya no nos queda ninguna independencia. Así ha acabado todo.