Los navegantes Los cristianos ocultos #3
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Los cristianos ocultos #3

—Si tenemos suerte, nos enseñará las figuras —dijo—. Pero no debemos preguntar de inmediato. Primero tenemos que hablar de otras cosas.

Chisako tenía ochenta y tres años y era diminuta.

El pelo, gris, lo llevaba muy corto y su menudo rostro estaba cubierto por una fina red de arrugas.

La frágil mujer nos condujo a una habitación sencilla.

Allí dentro hacía frío, pero encendió un pequeño calefactor y se sentó con suavidad en el suelo, cubierto de tatamis, las tradicionales esteras japonesas tejidas con paja de arroz.

Empezó a hablar de su infancia con entusiasmo.

—Fueron tiempos difíciles —afirmó Chisako—.

Éramos ocho hermanos, y yo era la mayor.

Tenía que llevar a mi hermanito y a mi hermanita a la espalda cuando iba a la escuela.

Todo el tiempo tenía que trabajar. Debía subir a la montaña a cortar leña e ir al mar a recoger ostras.

Contábamos con poca comida, y a veces tenía que pedir boniatos a unos parientes del pueblo vecino.

—¿Recuerda cuando los estadounidenses lanzaron la bomba atómica sobre Nagasaki? —pregunté. Había calculado que ella debía de tener cinco o seis años cuando ocurrió, y solo cien kilómetros separan las islas Got ō de Nagasaki.

—Lo aprendimos en el colegio, aunque yo no sabía nada cuando sucedió. ¡Pero sí recuerdo muy bien que teníamos que escondernos cuando los estadounidenses sobrevolaban la zona!

—Algunos de aquí perdieron a familiares en Nagasaki y fueron a recoger los cuerpos —dijo Shingo—. No sabían que era peligroso.

—Me casé cuando tenía veintidós años —continuó Chisako.

Me ofreció una clementina y peló otra para ella—.

Mi suegro era el líder de los cristianos ocultos.

Su esposa era perezosa, así que me asignaron la tarea de ayudarlo con los preparativos para los rituales.

Vivió hasta los ciento dos años. Mi marido solo llegó a los cincuenta y ocho.

Tuvimos tres hijas. Yo tenía una pequeña tienda y, además, cumplía con mis obligaciones como cristiana oculta.

Durante las ceremonias era yo la que preparaba toda la comida. Todavía lo hago.

—¿Cómo es ser cristiano oculto ahora?

—Es solitario. Antes éramos muchos. Ahora somos pocos. La gente se marcha de aquí porque no hay trabajo.

El nombre cristiano de Chisako era María. Ya no recordaba los de sus hijas.

—¿Cómo es la relación con los católicos? —pregunté.

—¡Oh, hay mucho que decir sobre eso! —exclamó Chisako.

Y dijo mucho, pero el pobre Kazuro no tuvo tiempo de traducirlo todo.

Según resumió, los niños católicos no fueron amables con ella.

Sus padres decidieron que dos de sus hijos se convirtieran al catolicismo.

Fueron aceptados por el sacerdote, pero no por los demás católicos.

Luego siguió una larga exposición sobre la guardería, dirigida por monjas.

A una de sus hijas se le daba bien bailar, pero los padres católicos se quejaron.

Sentían envidia, creía Chisako. Uno de ellos incluso dijo que la niña terminaría en el infierno.

—El problema es que la gente nunca olvida lo que le pasó cuando era niña —señaló Shingo.

—Las figuras de Maria Kannon —dije, tanteando el terreno, y Shingo asintió para animarme—. ¿Tiene que hacer algo especial por ellas? ¿Tal vez encender velas o rezar?

—¿Quieren verlas? —preguntó Chisako enseguida.

La anciana se arrastró por el suelo y sacó del armario una caja del tamaño de una de zapatos.

Desenvolvió la tela en la que estaba envuelta, quitó la tapa, retiró el heno protector y sacó con cuidado dos figuritas de porcelana.

Dejó la más grande en la caja. Las piezas eran de cerámica, con esmalte blanco.

La Virgen María tenía los ojos estrechos, orientales, y llevaba un vestido hasta los pies y un largo velo en la cabeza.

Solo una de las figuras más pequeñas sostenía a un bebé en su regazo.

Chisako también sacó un viejo espejo de bronce.

Tenía una crucecita grabada en la parte inferior.

—Nunca las saco del armario —dijo—. Solo las guardo. Es una gran responsabilidad. Ojalá no tuviera que hacerlo.

Durante la cena, Kazuro estuvo callado.

—He aprendido mucho hoy —dijo pensativo—.

Mis padres seguramente tampoco trataron muy bien a los cristianos.

No podían saber si eran católicos o cristianos ocultos, pero la gente de Kiri era pobre.

Mucho más pobre que nosotros. De vez en cuando mi madre compraba ostras para la cena.

¿Quizás se las comprara a Chisako? Esta lo pasó tan mal, no tenían nada.

Y yo no tenía ni idea de la vida que llevaban. ..

La cena en el hotel fue de todo menos pobre.

El sashimi hizo que incluso Kazuro abriera los ojos de par en par.

Era el plato de sashimi más impresionante que había visto en su vida, dijo.

Comimos y bebimos como reyes, todo subvencionado por el Estado nipón, que quería que la gente empezara a vivir como antes. Tras la cena pedí un whisky japonés.

—¿Por qué no lo ha pedido antes? —preguntó Kazuro con asombro—. Nosotros bebemos con la comida. Nunca en otro momento.

En un edificio anexo estaba el onsen del hotel. Apenas había otros visitantes en la isla, y tenía toda la instalación termal para mí sola. Las ventanas se empañaron, y yo solo quería quedarme allí tumbada, rodeada de agua caliente y silenciosa.