Los navegantes Los cristianos ocultos #2
80%

Los cristianos ocultos #2

Shingo nos hizo señas para que lo siguiéramos hasta la colina de la iglesia. Se paró delante de ella, junto a las estatuas de tres hombres, y sacó de su bolsa una carpeta con fotos y mapas plastificados.

—Quiero contar toda la historia —dijo—. Kiri es uno de quizás tres lugares de Japón donde todavía existen los llamados «cristianos ocultos».

Casi todos ellos se convirtieron en católicos ortodoxos hace mucho tiempo, pero aquí, en Kiri, surgió una profunda división entre esos cristianos y los católicos, y los primeros continuaron practicando a la antigua usanza.

Para entender esa división es necesario conocer el trasfondo.

Shingo no hablaba inglés, por lo que Kazuro tradujo lo mejor que pudo.

A veces tardaba mucho en encontrar las palabras adecuadas, y en ocasiones la traducción era sorprendentemente breve en comparación con el tiempo que Shingo había estado hablando, pero hizo todo lo posible y después me envió un resumen escrito más extenso de la entrevista.

La historia fue más o menos así: Japón permaneció cerrado hasta que cuatro buques de guerra estadounidenses atracaron en el puerto de Edo, hoy Tokio, en 1853.

Los norteamericanos exigieron que Japón se abriera al comercio con los países occidentales, y los japoneses no tuvieron más remedio que aceptar la demanda.

Diez años más tarde, dos sacerdotes franceses desembarcaron en Nagasaki.

Querían construir una iglesia en honor a los veintiséis mártires crucificados allí en 1597.

Al año siguiente, en 1864, se terminó la catedral de Oura.

Un día, quince aldeanos se presentaron en la iglesia.

Para gran sorpresa de los sacerdotes, resultó que esas personas eran cristianas, al igual que ellos.

Durante doscientos cincuenta años habían practicado el cristianismo en secreto, a pesar de arriesgarse a la pena de muerte si eran descubiertos.

No tenían biblias ni sacerdotes, y acudían al templo sintoísta como todos los demás.

Sin embargo, en el más absoluto secreto, bautizaron a sus hijos y les dieron un nombre cristiano además del japonés, y el 24 de diciembre se reunían en casa de uno de los miembros de la comunidad y celebraban la Navidad a escondidas.

Resultó que en el área de Nagasaki había unos treinta mil cristianos ocultos, dispersos por aldeas e islas remotas.

Esas personas, profundamente religiosas, recibieron una acogida más bien fría por parte de la Iglesia católica.

El Vaticano se negó a reconocer a los cristianos ocultos de Japón como parte de la familia eclesial y exigió que se «convirtieran» y aprendieran latín.

—Los tres hombres representados por las estatuas viajaron a Nagasaki y fueron instruidos por los sacerdotes franceses —recordó Shingo—. Y ahí radica la causa de la profunda división aquí en el pueblo. Algunos recibieron enseñanza religiosa, mientras que otros no y siguieron como antes.

Además, las autoridades de Got ō continuaron persiguiendo a los cristianos durante bastante tiempo más. El cristianismo no se permitió oficialmente en Japón hasta 1873, y a muchos les pareció más seguro seguir practicándolo en secreto.

—El pueblo se dividía cada vez más, y los cristianos ocultos eran discriminados tanto por católicos como por budistas —explicó Shingo—.

Los católicos pensaban que no eran verdaderos cristianos.

Los budistas creían que no eran budistas.

Eso hizo que los cristianos ocultos se fortalecieran en su fe.

Consideraban que era la mejor y la más cercana a Dios.

Después de la Segunda Guerra Mundial, durante el baby boom, la relación de fuerzas cambió.

De repente, los cristianos ocultos eran mayoría en Kiri.

Ya no vivían en la clandestinidad, pero seguían llamándose a sí mismos kakure kirishitan y practicando su religión en secreto, como siempre habían hecho.

—Aquí llegó a haber hasta trescientas familias de cristianos ocultos —dijo Shingo—.

Mil setecientas personas en total, porque en esa época la gente tenía muchos hijos.

En un momento dado, en la escuela primaria había más cristianos ocultos que católicos.

Estos últimos tenían que ir a casa a almorzar, mientras que los primeros lo hacían juntos en el colegio.

Incluso los niños eran enemigos, porque aprendían de los adultos.

Luego la relación de fuerzas volvió a cambiar, y los niños católicos pasaron a ser mayoría. Ellos eran entonces los que almorzaban en la escuela, mientras que los cristianos ocultos tenían que hacerlo en casa.

—Hoy en día los cristianos ocultos son mayoría en ese lado de Kiri.

—Shingo señaló hacia la parte norte del pueblo—.

Al otro lado de la iglesia viven los católicos.

La situación es complicada. Nuestros mayores están orgullosos de su religión, pero sus hijos a menudo sufren discriminación.

No son miembros de la Iglesia católica ni son aceptados.

De los ochenta hogares cristianos que hay aquí en Kiri, solo treinta son de cristianos ocultos.

Sesenta o setenta personas en total, quizás.

Dentro de diez o veinte años apenas quedará ninguno.

En 2018, muchos de los sitios asociados con cristianos ocultos fueron incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Kiri no figura en ella, a pesar de que es uno de los poquísimos pueblos donde todavía los hay.

—¿Por qué no está Kiri en la lista de la Unesco? —pregunté.

—Oh, no preguntes por la Unesco... —Shingo suspiró y bajó la mirada.

Pregunté de todos modos, pero la respuesta que obtuve no tenía sentido.

Quizás se perdió en la traducción de Kazuro, o tal vez Shingo respondió con evasivas a propósito.

La Unesco había querido incluir Kiri en la lista, si lo entendí bien, pero los católicos se habían opuesto, supuestamente porque habría significado el reconocimiento de los cristianos ocultos del pueblo.

Estos también se habían opuesto a ser incluidos en la Lista del Patrimonio Mundial, ya que habría implicado el reconocimiento de la Iglesia católica del pueblo.

No entramos en la iglesia, sino que seguimos a Shingo hasta el cementerio, situado en la ladera.

Las tumbas de los católicos estaban marcadas con cruces, mientras que las de los cristianos ocultos eran tan similares a las de los budistas y sintoístas que era fácil confundirlas: lápidas sencillas y sin adornos, con caracteres japoneses grabados en oro, sin cruces ni nada que revelara su religión. Ocultaron su fe incluso en la muerte.

—Tenía veinte años cuando me di cuenta de que los miembros de mi familia eran cristianos ocultos —dijo Shingo—.

Un día, nuestra casa se llenó de gente de repente y yo no entendí por qué.

Solo entonces mis padres me dijeron que éramos cristianos ocultos.

Tuve que aprenderlo todo sobre nuestra religión ya de adulto.

El propio Shingo tenía una hija de cinco años. Ni él ni su esposa le habían dicho que eran cristianos ocultos.

—Quiero esperar hasta que pueda entender lo que eso implica, pero tal vez ya pueda comprenderlo un poco ahora. Mis padres no deberían haberlo ocultado durante tanto tiempo...

Seguimos paseando por el pueblecito y nos detuvimos frente a un pequeño edificio de madera de color crema con un tejado japonés curvo.

—Este es nuestro templo sintoísta —afirmó Shingo—. Aquí es donde hacemos nuestros rituales.

Una anciana encorvada se acercó empujando una carretilla rebosante de repollos. Shingo la saludó calurosamente; también era una cristiana oculta.

—Cuando nos bautizan nos dan un nombre cristiano —explicó Shingo mientras seguíamos paseando por el tranquilo pueblo—.

El mío es Domegos. Mi hija se llama Domegas.

Mi mujer, también. No tenemos muchos nombres entre los que elegir.

Miguel y Domegos para los hombres; María y Domegas para las mujeres.

Cuando una persona muere, los familiares le entregan la llave del cielo para que pueda entrar en él y llegar hasta Dios, o Deus, como lo llamamos nosotros.

No se trata de una llave física, claro está, sino espiritual.

—¿Cómo celebráis la Navidad? —pregunté.

—La celebramos en casa de uno de los líderes.

Tenemos tres, tres hombres mayores. Son ellos los que conocen todas las oraciones y los que hacen todos los rituales.

Los demás sabemos, quizás, algunos de los rezos, pero no todos y nunca enteros.

Por lo general somos unas veinte personas las que celebramos juntas.

Hasta hace treinta o cuarenta años todavía era costumbre poner dos vigilantes durante la ceremonia.

Celebramos con sashimi de cola amarilla, rábano, arroz y sake. La comida es un regalo de Dios.

—¿Cuánto dura la celebración?

—¡Depende de la cantidad de sake que bebamos!

Nos detuvimos frente a una casa modesta rodeada por un pequeño jardín bien cuidado.

—Aquí vive Chisako Ohura —dijo Shingo—. Ella guarda en su casa algunas de las figuras de Maria Kannon.

Tenemos menos de diez en todo el pueblo, y están repartidas entre nuestros mayores y personas más respetadas.

En caso de que el propietario fuera arrestado, era importante que no estuvieran todas en el mismo lugar.

Dado que su fe se había asociado con el peligro de muerte, los cristianos ocultos casi no tenían objetos religiosos.

Las figurillas de Maria Kannon eran las únicas piezas de mayor tamaño que se atrevían a guardar en sus congregaciones.

Kannon es la diosa de la misericordia en el budismo japonés y una de las deidades más populares.

Sus representaciones se parecen tanto a las imágenes católicas de la Virgen María que pueden confundirse.

Los cristianos ocultos a menudo le añadían discretamente un niño pequeño para que se pareciera aún más.

Shingo llamó con fuerza a la puerta.