Los cristianos ocultos
Los cristianos ocultos
Cayó la noche sobre Nagasaki, pero Kazuro Jintoku era fácil de distinguir entre la multitud que había fuera de la estación de tren: era el único que no llevaba mascarilla.
Con una amplia sonrisa me dio un abrazo, una forma inusual de saludar en Japón.
Si no hubiera sabido que tenía setenta y dos años habría calculado que estaba en la cincuentena, no solo porque se conservaba bien, sino sobre todo por su actitud juvenil y enérgica.
—¿Quiere disfrutar de la mejor vista de Nagasaki? —preguntó en inglés—. Siempre llevo a mis invitados a la torre de televisión.
El camino hasta la torre estaba cubierto de nieve, y Kazuro solo tenía neumáticos de verano en el coche, pero logramos superar las curvas y llegar hasta la torre de televisión. Desde allí, Nagasaki parecía un río de luces de neón parpadeantes. En la oscuridad, la ciudad era preciosa.
La esposa de Kazuro, Noriko, había preparado una comida festiva que consistía en ensalada, sashimi, arroz, judías, tempura, cerveza y sake.
Un mapamundi en la pared salpicado de chinchetas mostraba todos los lugares del mundo que habían visitado, juntos y por separado.
Cuando no estaban de viaje alquilaban una de las habitaciones a los turistas, más por afición que por dinero.
A la mañana siguiente desayuné sola. Noriko y Kazuro lo habían hecho antes de la reunión en el círculo de lectura de Kazuro. Solían reunirse a las siete, el único momento en que todos podían asistir.
A las nueve, ya bien entrada la mañana, nos pusimos en marcha.
Kazuro eligió la pintoresca carretera costera.
Con el mar y las montañas azuladas como una constante a la izquierda, pasamos por arrozales, campos de patatas, pequeños pueblos y aldeas a la derecha.
El destino de la excursión era el escenario en el que tuvo lugar la mayor revuelta campesina de la historia de Japón, la rebelión de Shimabara, que fue el último clavo en el ataúd para la aventura de la Iglesia católica y de los portugueses en el país.
El emperador japonés había intentado prohibir el catolicismo ya en 1565, pero las órdenes imperiales tenían poco peso en ese momento de la historia de la nación.
El verdadero poder residía en los gobernantes locales.
El catolicismo continuó extendiéndose y muchos señores feudales se convirtieron al cristianismo para tener mejor acceso a los productos portugueses, en particular al salitre, un ingrediente esencial de la pólvora, que entonces se había convertido en un elemento indispensable en las guerras, en las que los señores feudales estaban constantemente implicados.
A finales del siglo XVI , Japón quedó unificado bajo la autoridad del samurái y señor feudal Toyotomi Hideyoshi.
Este temía que los católicos tuvieran demasiada influencia en el país, y en 1587 prohibió la presencia de misioneros, pero ni siquiera él tenía suficiente control sobre el archipiélago para hacer cumplir la medida de forma estricta.
Cuando el barco español San Felipe encalló frente a la costa de Japón en 1596, Hideyoshi vio confirmadas sus sospechas: el piloto de a bordo contó que los españoles solían dejar que los misioneros se infiltraran en un país antes de proceder a colonizarlo, como habían hecho en Filipinas.
Poco después, Hideyoshi ordenó crucificar a veintiséis católicos en Nagasaki, como advertencia y para infundir miedo.
Las crucifixiones de Nagasaki fueron la primera ejecución masiva de cristianos en Japón, pero no la última.
Cuando Hideyoshi murió, el señor feudal Tokugawa Ieyasu asumió el poder.
Tras vencer a sus principales adversarios en el campo de batalla, Ieyasu logró establecer una base de poder más sólida que la de su predecesor.
En 1603 instituyó una dinastía hereditaria, el shogunato Tokugawa, también conocido como el «periodo Edo».
Ese periodo, que duraría hasta la restauración del Imperio en 1868, se caracterizó por la estabilidad y el aislamiento del mundo exterior, así como por la persecución de los cristianos.
En 1614 se prohibió estrictamente toda forma de cristianismo en todo Japón y se expulsó a todos los misioneros.
Esa vez la prohibición se aplicó con más rigor.
La persecución de los cristianos se intensificó, y durante las décadas siguientes miles de ellos sufrieron el martirio.
Un método popular de ejecución era escaldarlos vivos en aguas termales.
Aun así, todavía quedaban muchos cristianos, sobre todo en Nagasaki y sus alrededores.
Eso cambió en 1637. Las cosechas habían sido malas ese año y la gente pasaba hambre, pero el impopular señor feudal de Shimabara seguía cobrando altos impuestos.
Los que se negaban a pagar eran quemados vivos.
Al final los campesinos se rebelaron, espoleados por Amakusa Shir ō , un samurái cristiano de diecisiete años.
Los rebeldes intentaron primero tomar el castillo de Shimabara.
Al fracasar, se atrincheraron en la fortaleza de Hara, a unos treinta kilómetros más al sur.
Entre veinte mil y cuarenta mil personas buscaron refugio tras sus muros de piedra.
Lucharon con valentía contra fuerzas muy superiores mientras poco a poco morían de hambre.
La rebelión se convirtió en algo parecido a una guerra religiosa: muchos de los campesinos eran católicos, y algunos de ellos combatieron bajo estandartes en los que aparecían representados Jesús y la Virgen María.
Los labriegos de la fortaleza de Hara no tuvieron ninguna posibilidad, entre otras cosas porque sufrieron intensos bombardeos por parte de barcos de los Países Bajos.
Los neerlandeses tenían un puesto comercial en la isla de Hirado, al sur de Nagasaki, desde 1609.
En ese momento vieron la oportunidad de ganarse el favor del shogunato Tokugawa.
Tras resistir durante cuatro meses, los campesinos fueron derrotados el 15 de abril de 1638.
Se les castigó con severidad. Se estima que unos treinta y siete mil rebeldes y simpatizantes fueron decapitados.
Después, quedaron desiertas tantas aldeas y granjas que el shogunato tuvo que importar agricultores de otras partes de Japón para compensar las muertes.
El lugar en el que una vez se levantó la fortaleza de Hara es hoy un gran túmulo funerario.
Kazuro y yo paseamos por las onduladas praderas que ocultaban los huesos de los muertos.
Del fuerte en sí apenas queda nada. Una vez sofocada la rebelión, la fortaleza fue desmantelada piedra a piedra.
Las piedras se llevaron muy lejos para que los campesinos de la zona nunca más pudieran atrincherarse allí.
Solo los fosos y los cimientos se dejan todavía entrever en el apacible paisaje.
Se erigió una cruz para conmemorar a los muertos; marrón por el óxido, se alzaba sobre una columna blanca.
En la sencilla tumba de Amakusa Shir ō alguien había depositado flores frescas.
Tras la revuelta de Shimabara, los últimos portugueses que quedaban fueron expulsados de Japón.
A partir de entonces, los neerlandeses fueron los únicos europeos a los que se les permitió comerciar con el país, y solo en condiciones controladas.
Sus barcos solo podían atracar en la pequeña isla artificial de Dejima, en la bahía de Nagasaki.
1 Al mismo tiempo, se prohibió a los japoneses salir del país. Japón se cerró por completo.
Los pocos cristianos que quedaban renunciaron a su religión o pasaron a la clandestinidad y se convirtieron en los llamados kakure kirishitan, «cristianos ocultos».
A las siete en punto de la mañana siguiente las cortinas de las taquillas de la terminal de ferris rápidos de Nagasaki se descorrieron en perfecta sincronía.
Kazuro se acercó a una de las ventanillas y compró billetes para las islas Got ō .
El ferri estaba casi lleno. Los pasajeros permanecieron sentados en silencio tras sus mascarillas durante las poco más de dos horas que duró el viaje.
Cuando llegamos, Kazuro se detuvo en un quiosco para recoger los vales a los que tenía derecho: el Gobierno japonés subvencionaba los viajes nacionales con generosas sumas durante ese invierno de covid para alentar a los ciudadanos a volver a viajar.
El taxi que Kazuro había reservado estaba listo y esperándonos.
El estrecho camino serpenteaba a lo largo del agua.
La isla estaba cubierta de bosque verde y era montañosa, pero de una manera comedida; no era una reina del drama como Santo Tomé.
Cuatro kilómetros después llegamos. Kiri era tan pequeño que apenas tenía sentido llamarlo pueblo; el lugar consistía en unas pocas casas junto a un camino.
En lo alto de la colina se alzaba una gran iglesia blanca.
—Es conmovedor estar aquí de nuevo —comentó Kazuro mientras caminábamos el último tramo hasta la fábrica de jabón, donde íbamos a reunirnos con el representante de los cristianos ocultos.
Kazuro se crio en el pueblo vecino, pero se marchó de la isla cuando tenía quince años.
Sus padres habían muerto. Habían pasado trece años desde la última vez que visitó su lugar de origen.
La fábrica de jabón estaba al lado de la antigua escuela primaria. Los trabajadores sacaban pizarras y pupitres del edificio escolar. Ya no había suficientes niños en Kiri para llenar un colegio.
Me había preparado para encontrarme con un hombre mayor, pero Shingo Fukaura solo tenía treinta y cuatro años.
Tenía el pelo corto y tieso, llevaba gafas y vestía una sudadera negra con capucha.
Dijo, casi en tono de disculpa, que había ido a Fukuoka a estudiar después de terminar la escuela, pero que en realidad no tenía ningún plan, y luego su padre enfermó y tuvo que volver a casa para ayudar en la fábrica de jabón.