Los bárbaros del sur #2
El junco fue remolcado hacia el sur, hasta la capital de la isla.
Los portugueses permanecieron en Tanegashima durante al menos dos meses mientras se reparaba el barco.
Los lugareños se dieron cuenta de que los bárbaros siempre llevaban consigo un utensilio largo, recto y pesado cuando se movían por la isla.
Un día, uno de ellos demostró que podía matar aves a gran distancia con ese utensilio, un arcabuz.
Los japoneses nunca habían visto un arma de fuego con llave de mecha, parecía pura magia.
El gobernante de la isla intercambió dos arcabuces con los portugueses.
Casualmente, había ricos yacimientos de mineral de hierro en Tanegashima, y la isla era conocida por sus hábiles herreros.
Estos se pusieron a hacer lo que los japoneses han repetido tantas veces desde entonces, y con gran éxito: copiaron la tecnología occidental y la mejoraron.
No pasó mucho tiempo antes de que los herreros de Tanegashima pudieran fabricar sus propias armas de fuego.
Los japoneses ya estaban familiarizados con la pólvora gracias a su proximidad con China, pero esa forma de usarla era del todo nueva.
Durante mucho tiempo, el arma se llamó simplemente tanegashima en japonés.
En el extremo sur de la isla se construyó una plataforma de observación con la forma de un barco portugués.
Una escalera de hormigón conducía a la playa, cubierta de pequeñas piedras redondas.
Allí, rodeados de acantilados y rocas, los primeros europeos habían desembarcado en suelo japonés.
La tecnología mortal que llevaban consigo cambiaría el país para siempre.
Si hemos de creer en las memorias del aventurero portugués Fernão Mendes Pinto, él fue uno de los portugueses que iban a bordo del junco chino que naufragó frente a Tanegashima.
Unos años después de regresar de su larga aventura en Asia escribió sus memorias, sobre todo para entretener a familiares y amigos.
Se les dio el título de Peregrinação, y en ellas Pinto relata, entre otras cosas, que «sufrió cinco naufragios, fue vendido dieciséis veces y esclavizado en trece ocasiones».
En 1614, treinta años después de la muerte del autor, el libro se publicó póstumamente.
Enseguida se convirtió en un gran éxito de ventas en toda Europa.
Pinto fue la réplica portuguesa de Marco Polo, y el aventurero luso tuvo con la verdad una relación tan dudosa como la de su homólogo italiano.
Pinto no tuvo ningún reparo en apropiarse de las experiencias de otros y presentarlas como propias.
En Portugal empezaron a llamarlo «Fernão Mentes?
Minto», un juego de palabras con sus apellidos que significa «Fernão, ¿mientes? Miento».
Pocos historiadores creen que Pinto fuera a bordo del junco que naufragó frente a Tanegashima.
Su nombre no aparece en ninguna fuente japonesa, y además afirmó en un capítulo anterior que en ese mismo momento participaba en una campaña militar en Birmania.
Aunque Pinto no es la fuente más fiable que se pueda desear, sin duda fue uno de los primeros europeos en visitar Japón.
Regresó al país varias veces —cuatro, según él—, y sus memorias contienen claramente las descripciones más detalladas y entretenidas del primer encuentro de los europeos con ese reino extranjero.
Tras pasar veintitrés días tranquilos en Tanegashima, llegó una carta del «rey de Bungo», aseguró Pinto.
Ese rey, o daimy ō , la palabra japonesa para «señor feudal», gobernaba una gran área de Kyushu, la más meridional de las cuatro islas principales de Japón.
El monarca estaba enfermo. Sufría fuertes dolores y una profunda melancolía, y necesitaba que alguien lo distrajera.
Se decidió enviar a Pinto, el más alegre de los portugueses de la comitiva.
El luso tomó un barco a Kagoshima, y después de unos días de viaje llegó al castillo del soberano.
Tuvo de inmediato una audiencia con él, que estaba postrado en cama y lo saludó con estas palabras: «¡Que tu llegada a la tierra sobre la que gobierno sea tan agradable a mis ojos como la lluvia del cielo sobre nuestros campos de arroz! ». 1
Pinto no supo muy bien cómo responder a un saludo tan florido.
El monarca le ofreció amablemente posponer la conversación, ya que era evidente que el invitado estaba abrumado por todo el jaleo, pero Pinto se recuperó pronto: «La sola idea de hallarme a los pies del rey es suficiente para dejarme mudo durante cien mil años, pues su alteza real ha sido creado por Dios para ser superior a todos los demás hombres, mientras que yo no soy más que una pequeña hormiga», respondió a través de su intérprete.
El soberano estaba complacido. Disfrutaba de la compañía de Pinto.
Cuando terminaron los saludos formales, llamó al extranjero para que se acercara a su cama y le preguntó si acaso conocía algún remedio para la enfermedad que lo había dejado tan incapacitado y le había impedido comer durante dos meses.
Pinto objetó que no era médico, pero que no estaba del todo falto de recursos.
La tripulación china tenía una especie de raíz que usaban para curar todo tipo de enfermedades, dijo.
El rey dispuso que le llevaran esa raíz desde Tanegashima y un mes después se curó, según Pinto.
Las armas de fuego de los portugueses causaron la misma sensación en la corte de Bungo que en Tanegashima.
El hijo del soberano, de dieciséis años, suplicó a Pinto que le dejara probar su arcabuz.
Pinto prometió mostrárselo cuando fuera oportuno, pero el joven era impaciente.
Un día se coló en el dormitorio de Pinto mientras este dormía la siesta y se llevó prestada el arma.
El muchacho cargó el arcabuz con demasiada pólvora.
Al apretar el gatillo le explotó en las manos.
El hijo del rey se desplomó como si estuviera muerto.
Pinto se había metido en un buen lío. Los sirvientes se ofrecieron a matarlo inmediatamente, pero el monarca quiso que primero fuera interrogado y lo hizo arrestar junto con su intérprete.
«Si no respondes a las preguntas que te hago, puedes considerarte condenado a muerte por sangre, fuego y agua», amenazó el juez, y propinó al sospechoso una patada certera.
Mientras tanto, el príncipe había vuelto en sí, pero sus heridas no dejaban de sangrar.
Nadie en la corte se atrevía a tratar las lesiones del hijo del rey.
Al final, el monarca pidió a Pinto que lo intentara él.
Nervioso, el portugués se dispuso a coser el pulgar desgarrado del príncipe y la brecha que tenía en la cabeza.
Cubrió las laceraciones con clara de huevo, como había visto hacer a los médicos indios.
Las heridas dejaron de sangrar, y al cabo de unas semanas el príncipe estaba tan sano y fuerte como antes.
Es bastante dudoso que eso ocurriera exactamente así, pero fuentes japonesas confirman que tuvo lugar un incidente similar, aunque sin mencionar el nombre de Pinto.
Y pronto los herreros de Bungo también comenzaron a forjar armas de fuego.
Al igual que Pinto, fui de Tanegashima a Kagoshima en barco.
La ciudad fue conocida en un principio como la «ciudad de los castillos», pero ya no quedan muchos.
De hecho, se conservan pocos edificios antiguos.
Casi la mitad de la ciudad fue arrasada durante un ataque aéreo estadounidense en el verano de 1945.
En el último piso del hotel había un onsen, un baño termal tradicional.
Hice lo mismo que las otras mujeres y dejé la ropa y la mascarilla en una cesta.
Con una pequeña toalla colocada con cuidado sobre mi brazo derecho entré en la zona de baño.
No se permitía la entrada a huéspedes con tatuajes, porque la mayoría de los japoneses asocian los tatuajes con el crimen organizado, pero yo esperaba que nadie se fijara en el pequeño sol que llevaba tatuado justo debajo del codo, bien oculto bajo la toalla.
El agua estaba casi desagradablemente caliente, era como estar tumbada en una sauna líquida.
El silencio de los bañistas era profundo y contemplativo; me dejé llevar por la quietud, envuelta en calor.
Casi me había quedado dormida cuando una familia extranjera de tres miembros —abuela, madre y niño pequeño— irrumpió en el agua.
Los tres chapoteaban con fuerza y se hablaban a voces, ¡nada menos que en noruego!
En silencio, los bañistas japoneses se levantaron y abandonaron la zona de baño.
Los bárbaros del norte parecían muy satisfechos de tener toda la piscina para ellos solos.
Tras la primera visita de los náufragos portugueses empezaron a llegar a las costas de Japón un flujo constante de bárbaros del sur, en su mayoría aventureros y comerciantes.
Regresaron a Malaca con descripciones fascinantes de ese país altamente civilizado, poblado por gente agraciada, educada y de apetito moderado.
Uno de los capitanes, Jorge Álvares, se llevó de vuelta a Malaca a un refugiado japonés, Yajir ō .
En sus memorias, Pinto afirmó que fue él quien tuvo el coraje de tomar a Yajir ō bajo su protección, a pesar de que veintitrés japoneses armados a caballo lo habían amenazado con que rodarían mil cabezas como la suya si el fugitivo subía a bordo.
Yajir ō había cometido un asesinato en su ciudad natal y sería el primer japonés en convertirse al cristianismo.
Pero ni mucho menos el último. En el centro de Kagoshima se encuentra la catedral de San Francisco Javier, un extraño y moderno edificio construido con vidrio, hormigón y acero.
Justo enfrente hay un pequeño parque, el parque Xavier, para conmemorar que «la historia del cristianismo de Japón comienza aquí»: el 15 de agosto de 1549, el misionero Francisco Javier, enterrado en Goa, desembarcó en Kagoshima acompañado por el recién convertido Yajir ō .
Al principio, el famoso misionero tuvo poco éxito.
Convirtió a un pobre samurái, así como a los familiares más cercanos de Yajir ō .
Francisco Javier soñaba con visitar Kioto, esa ciudad legendaria de la que tanto había oído hablar y que, según decían, era más grande y hermosa que Lisboa.
Partió con un pequeño séquito, primero en barco y luego a pie, completamente absorto en pensamientos sobre Dios.
Cuando llegó solo quedaban harapos de su ropa.
También la magnífica ciudad estaba hecha jirones, tras años de guerra y conflictos.
Japón era en ese momento uno de los países más peligrosos del mundo.
Guerras civiles y rebeliones asolaban el archipiélago, y el país estaba gobernado por señores de la guerra y señores feudales.
Francisco Javier comprendió que tenía que cambiar de táctica si quería tener éxito entre personas tan preocupadas por la lucha armada, el honor y el rango.
Se dio cuenta de que para predicar con libertad necesitaba la bendición de los señores feudales, y también de que tenía que hacer algo con su apariencia.
Los monjes mendicantes, pobres y andrajosos, no causaban ninguna impresión en los japoneses.
El cambio de táctica funcionó, aunque distó de ser un éxito rotundo.
Cuando Francisco Javier abandonó Japón después de dos años, con el pelo canoso y visiblemente envejecido, había convertido a unas quinientas almas.
La mayoría de los japoneses que había conocido habían quedado más impresionados por el conocimiento del misionero sobre la geografía de la Tierra y el sistema solar que por el dios del que hablaba.
Los comerciantes portugueses tuvieron más suerte.
Pronto se dieron cuenta de que los japoneses estaban dispuestos a pagar sumas elevadas por la seda china, y, para gran ventaja de los lusos, hacía poco que el emperador Ming había prohibido a los nipones comerciar en China, ya que quería poner fin a su piratería a lo largo de la costa.
En 1557, los portugueses lograron por fin afianzarse en el litoral chino: el emperador accedió a alquilar a Portugal la pequeña isla de Macao, situada en la desembocadura del río Perla, a cambio de una renta simbólica anual.
Una vez al año, los lusos enviaban desde Macao un barco mercante a Japón cargado de seda, porcelana y otros productos muy codiciados por los japoneses.
En el viaje de regreso, las naves transportaban cobre, plata y objetos lacados, entre otros artículos.
Los barcos crecieron de tamaño con el paso de los años y acabaron siendo conocidos como los «barcos negros».
El comercio Nanban, como llegó a llamarse, estaba en marcha.
Los señores feudales japoneses empezaron a competir entre sí para recibir el barco mercante anual procedente de Macao.
Los nipones comprendieron pronto que la religión y el comercio iban de la mano, y se superaban unos a otros en sus intentos de ganarse el favor de los jesuitas.
Al final, el señor feudal de la zona de Nagasaki, Ō mura Sumitada, salió victorioso.
No solo se convirtió al catolicismo y adoptó el nombre de Dom Bartolomeu, sino que juró convertir todo el feudo en territorio cristiano.
Los jesuitas se establecieron en el pequeño pueblo pesquero de Nagasaki y construyeron allí una iglesia y un puerto.
En 1580, Sumitada cedió formalmente el puerto de Nagasaki a los portugueses.
Poco a poco, los jesuitas fueron haciéndose cada vez más populares entre los japoneses, en gran parte gracias al italiano Alessandro Valignano.
Este llegó a Japón por primera vez en 1579, y aunque no tenía muy buena opinión de los otros pueblos que había encontrado en Oriente, enseguida quedó cautivado por el estilo de vida japonés.
Valignano entendió que, si los jesuitas querían llegar a los japoneses, tenían que abandonar sus costumbres de origen y empezar a vivir, a pensar y a comportarse como ellos.
En otras palabras, tenían que adaptarse a la cultura local.
El italiano introdujo una serie de nuevas normas en las misiones.
Entre otras cosas, los monjes jesuitas debían comenzar a vivir de manera estrictamente jerárquica, como hacían los japoneses, y su especial cuidado de los pobres debía acabar.
Tales actos de misericordia no tenían cabida en la sociedad nipona.
Los monjes debían comer lo mismo que los japoneses, y las cocinas y la vajilla tenían que limpiarse con regularidad.
Solo se les permitía comer carne cuando los sirvientes japoneses se habían retirado, y, por lo demás, tenían que comer como ellos, con palillos y en cuclillas.
La estrategia dio sus frutos. En 1603 había unos trescientos mil católicos en Japón. Nagasaki se había convertido en la Roma del Lejano Oriente.
Pero solo unas décadas después casi no quedaban cristianos en el país del sol naciente.